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Trump estudia cortar inteligencia a Ucrania pese al rechazo de la CIA
La Casa Blanca debate si reduce la inteligencia que comparte con Kiev mientras Trump presiona a Ucrania y John Ratcliffe rechaza ese posible corte.
Por Daniel Torok - White House / Facebook, Dominio público, Wikimedia Commons
Resumen
- Trump mantiene por ahora el intercambio de inteligencia con Ucrania
- La Casa Blanca estudia limitarlo y Ratcliffe se opone al posible corte
- Una restricción parcial podría afectar a operaciones ucranianas en Rusia
Donald Trump asegura públicamente que Estados Unidos sigue compartiendo información de inteligencia con Ucrania, pero dentro de la Casa Blanca se discute la posibilidad de limitar o interrumpir esa cooperación. La medida, todavía no adoptada, supondría uno de los movimientos de presión más duros de Washington sobre Kiev desde el regreso del republicano a la presidencia.
El debate llega, además, con una división relevante dentro de la propia Administración. Según las informaciones conocidas, el director de la CIA, John Ratcliffe, se opone a cortar el intercambio de inteligencia, mientras un funcionario estadounidense describe a Trump como especialmente enfadado y considera posible que acabe ordenando la suspensión. No hay, de momento, una decisión formal. Ni siquiera está claro que una eventual restricción afectase a toda la cooperación o únicamente a la información utilizada para operaciones ucranianas dentro de territorio ruso.
Trump lo niega en público, pero la opción está sobre la mesa
La posición oficial expresada por Trump parece, a primera vista, bastante menos dramática. Preguntado por los periodistas sobre una posible interrupción de la inteligencia estadounidense, respondió que no se había producido ningún corte y añadió que Washington continúa ayudando a Ucrania mientras intenta poner fin a la guerra.
El matiz importante está detrás de esa respuesta. Que el intercambio continúe no significa que la Casa Blanca haya descartado suspenderlo. La posibilidad está siendo debatida internamente y forma parte de una presión estadounidense cada vez más visible sobre el Gobierno de Volodímir Zelenski.
Una de las opciones planteadas sería más limitada: dejar de proporcionar a Kiev inteligencia destinada a seleccionar objetivos situados dentro de Rusia, sin desmontar necesariamente el resto de la cooperación. La diferencia es enorme. No es lo mismo apagar una lámpara que cortar la electricidad de todo el edificio.
Ratcliffe aparece como uno de los frenos internos
En ese debate sobresale John Ratcliffe. El director de la CIA, una figura cercana al presidente y con peso en la política de seguridad estadounidense, estaría en contra de interrumpir el intercambio de inteligencia con Ucrania.
Ratcliffe conoce además de primera mano la dimensión diplomática del conflicto. En septiembre mantuvo un encuentro con Zelenski durante una escala en Irlanda y, semanas antes, había viajado a Moscú para reunirse con responsables de los servicios de inteligencia rusos. Su oposición, si finalmente se mantiene, introduce un contrapeso dentro de la Administración Trump en un momento de señales cada vez más ásperas hacia Kiev.
Eso no significa que el director de la CIA pueda bloquear una orden presidencial. Trump conserva la capacidad política de imponer un cambio en la cooperación si decide hacerlo. Pero la resistencia de Ratcliffe revela algo importante: Washington todavía no parece tener una posición completamente cerrada.
La pelea de fondo está en los ataques contra el petróleo ruso
El pulso no nace de la nada. Estados Unidos lleva días presionando a Ucrania para que reduzca o detenga sus ataques contra refinerías e instalaciones energéticas rusas. Esas operaciones con drones se han convertido en una de las herramientas utilizadas por Kiev para golpear la economía de guerra de Moscú lejos del frente.
Washington teme, entre otras cosas, su efecto sobre los mercados energéticos. La Administración Trump ha utilizado precisamente el suministro de armas y la cooperación de inteligencia como elementos de presión para intentar modificar la estrategia ucraniana sobre las infraestructuras petroleras rusas.
La cuestión tiene una evidente carga política. Para Kiev, las refinerías son objetivos que afectan a los ingresos rusos, al abastecimiento militar y a la capacidad de Moscú para sostener una guerra larga. Para Trump, esos ataques también entran en una ecuación internacional de precios de combustible, negociación y relación con Moscú.
Ahí chocan dos prioridades. Ucrania intenta erosionar la maquinaria económica rusa; Washington pretende controlar una escalada que puede alterar sus propios planes diplomáticos y energéticos. Y en medio aparece la inteligencia estadounidense, una palanca de presión de enorme peso.
Zelenski denuncia que Kiev ya está recibiendo menos avisos
La controversia se ha hecho todavía más delicada después de que Zelenski denunciara que Ucrania no recibió avisos previos de sus socios antes de recientes ataques rusos con misiles balísticos contra Kiev.
Uno de esos bombardeos alcanzó una central térmica y un edificio residencial de la capital ucraniana. Murieron dos personas y otras 21 resultaron heridas. Zelenski sostuvo que las alertas proporcionadas por los aliados son esenciales para activar con suficiente antelación las defensas y proteger a la población civil.
Trump, sin embargo, insiste en que Estados Unidos continúa compartiendo inteligencia. Las dos afirmaciones no tienen por qué ser incompatibles: una cooperación puede seguir existiendo y, al mismo tiempo, haberse reducido el flujo de determinados datos, avisos o capacidades. Precisamente por eso el debate sobre qué información podría limitar Washington resulta mucho más importante que un simple sí o no.
La inteligencia estadounidense no es un detalle técnico
Para Ucrania, perder parte del apoyo estadounidense tendría consecuencias militares bastante concretas. La inteligencia occidental ayuda a localizar amenazas, anticipar ataques y analizar movimientos rusos, además de mejorar la selección de determinados objetivos.
No sustituye a los radares, drones, satélites o servicios propios de Kiev, pero multiplica su capacidad de reacción. En una guerra dominada por misiles, drones de largo alcance y movimientos observados desde el espacio, unos minutos de información pueden separar una interceptación de un impacto.
La posibilidad de reducir esa cooperación funciona así como una herramienta especialmente poderosa. Para Kiev no se trata de una discusión burocrática en Washington: afecta a capacidades militares que tienen efectos directos sobre el terreno.
Estados Unidos ya suspendió la cooperación en 2025
Existe un precedente muy reciente. En marzo de 2025, la Administración Trump suspendió temporalmente el intercambio de inteligencia con Ucrania mientras aumentaba la presión sobre Zelenski para aceptar negociaciones con Rusia.
La paralización afectó a información sensible, incluida parte de la utilizada para operaciones militares. Días después, tras las conversaciones celebradas en Arabia Saudí, Washington recuperó la asistencia y la cooperación con Kiev. Ese episodio explica por qué las informaciones actuales no se perciben en Ucrania como una amenaza puramente retórica.
La Casa Blanca ya demostró que está dispuesta a emplear armas, inteligencia y asistencia militar como instrumentos de negociación. Esa experiencia pesa especialmente cuando vuelve a aparecer la posibilidad de reducir el flujo de información estadounidense.
La diferencia es el momento. Rusia mantiene una intensa campaña sobre las infraestructuras ucranianas y se acerca otro invierno de enorme importancia estratégica. Una reducción significativa de la inteligencia occidental llegaría cuando Kiev tiene que defender centrales eléctricas, ciudades y redes ferroviarias bajo una presión constante.
La decisión vuelve a estar en manos de la Casa Blanca
La fotografía del 14 de octubre es incómoda pero bastante clara: Estados Unidos no ha anunciado un corte de inteligencia, Trump sostiene que la cooperación continúa y Ratcliffe estaría intentando evitar una suspensión. Al mismo tiempo, la posibilidad se debate en la Casa Blanca y forma parte de una presión más amplia para modificar la conducta militar de Ucrania.
Lo relevante no es únicamente si desaparece todo el intercambio de información. Una restricción parcial, por ejemplo sobre objetivos situados dentro de Rusia, ya podría modificar la capacidad operativa ucraniana y darle a Washington una herramienta de negociación de enorme peso.
Trump ha convertido su relación con Kiev en algo cada vez más transaccional: ayuda, armas, inteligencia, energía y conversaciones con Moscú forman parte del mismo tablero. Sobre ese tablero hay una pieza que Ucrania no controla. La información procedente de Estados Unidos puede seguir fluyendo, reducirse o detenerse mediante una decisión presidencial.
Por ahora permanece abierta una contradicción reveladora. Trump dice que ayuda a Ucrania y que continúa compartiendo inteligencia; su propia Administración discute qué parte de esa ayuda podría utilizarse para aumentar la presión sobre Zelenski.
Ratcliffe representa, según las informaciones conocidas, una de las resistencias internas a cruzar esa línea. Pero la decisión última pertenece al presidente. Ese es el punto verdaderamente delicado para Kiev: el grifo sigue abierto, pero la mano está sobre la llave.
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