Cultura
Javier Bardem alerta del «retroceso tremendo» en igualdad de género
Javier Bardem habla de El ser querido y alerta de un retroceso social que devuelve al primer plano viejas formas de poder masculino y machismo.
Por Georges Biard, CC BY-SA 4.0, Wikimedia Commons
Resumen
- Javier Bardem alerta de un retroceso social en materia de igualdad
- El actor vincula esa inquietud con el poder y el machismo de otra época
- El ser querido enfrenta a un padre dominante con una hija que le planta cara
Javier Bardem ha vuelto a poner palabras a una preocupación que lleva meses deslizando en entrevistas y apariciones públicas: la sensación de que algunos avances en igualdad están retrocediendo. El actor, al hablar de El ser querido, la película de Rodrigo Sorogoyen que protagoniza junto a Victoria Luengo, lo expresa sin demasiados adornos: «Estamos volviendo atrás de una manera tremenda».
La frase no aparece aislada ni como una excursión política al margen del cine. Está directamente relacionada con uno de los nervios de la película: el poder masculino, la autoridad mal entendida y una generación educada bajo códigos que durante décadas apenas se discutieron. Bardem mira a su propio personaje, pero también fuera de la pantalla. Y ahí encuentra algo que le inquieta: comportamientos que parecían arrinconados reaparecen con una sorprendente facilidad.
Bardem vuelve a poner el foco en el machismo
El actor considera especialmente preocupante que una parte de la sociedad dé por conquistados cambios culturales que, en realidad, pueden deshacerse. El progreso no viene con garantía de fábrica. Una conquista social puede asentarse durante años y, de pronto, comenzar a erosionarse casi sin hacer ruido.
Bardem, nacido en 1969, ha hablado en otras ocasiones de la educación recibida por los hombres de su generación y de una cultura en la que la posición masculina de poder se asumía con demasiada naturalidad. Meses atrás ya advertía de una vuelta atrás en materia de machismo y vinculaba ese fenómeno a viejos modelos de masculinidad que continúan circulando, aunque cambien el lenguaje o el envoltorio.
No plantea el asunto desde la cómoda posición del que señala siempre hacia fuera. Parte de su reflexión consiste precisamente en revisar la generación a la que pertenece, sus privilegios y una determinada idea del hombre como figura dominante. En El ser querido, esa discusión abandona el terreno abstracto y adquiere cuerpo, tono de voz, silencios y estallidos.
‘El ser querido’, una película atravesada por el poder
Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña colocan a Bardem en la piel de Esteban Martínez, un prestigioso director de cine que regresa a España cargando con una biografía profesional brillante y una vida personal bastante menos presentable. Su pasado está marcado por los excesos, la violencia y, sobre todo, por una hija a la que prácticamente dejó fuera de su vida.
Esa hija es Emilia, interpretada por Victoria Luengo. Su carrera como actriz no ha despegado y Esteban decide ofrecerle el papel protagonista de la película que prepara. El trabajo los obliga a convivir después de años de distancia. Lo que en principio parece una oportunidad profesional empieza pronto a abrir heridas familiares que nunca estuvieron realmente cerradas.
La cinta llegó a los cines españoles el 26 de agosto de 2026, después de competir en la Sección Oficial del Festival de Cannes. Su recorrido internacional continuó posteriormente por otros certámenes, incluido Toronto, mientras la producción amplió su distribución fuera de España.
Un padre, una hija y una vieja forma de mandar
Esteban no es simplemente un padre ausente. Es también un hombre acostumbrado a que su talento funcione como salvoconducto. Dirige películas y dirige personas; durante demasiado tiempo, ambas cosas casi se confundieron.
Ahí Sorogoyen encuentra un terreno incómodo pero fértil. El rodaje que aparece dentro de El ser querido permite observar cómo se ejerce la autoridad cuando quien manda está convencido de que su prestigio justifica casi cualquier comportamiento. Bardem interpreta esa mezcla de magnetismo, fragilidad, egocentrismo y violencia sin convertir al personaje en una caricatura fácil.
La película parte de una realidad reconocible en la propia industria: durante décadas, determinadas conductas de directores, productores o estrellas se toleraron porque venían acompañadas de talento, éxito o taquilla. Bardem recordó durante la presentación de la cinta en Cannes que había conocido rodajes en los años noventa donde el poder del director apenas se cuestionaba. Ese terreno podía convertirse fácilmente en caldo de cultivo para los abusos.
Y aquí aparece una de las decisiones significativas del filme: quienes terminan plantando cara al personaje de Bardem son mujeres. No como estampita edificante ni como reparto automático de buenos y malos, sino como choque entre dos formas de entender el poder.
Una preocupación que Bardem ya había expresado
La nueva declaración del actor encaja con lo que viene diciendo durante la promoción de la película. No es, por tanto, un fogonazo nacido en una sola entrevista. En primavera ya vinculaba la historia de Esteban con la masculinidad tóxica de su generación y confesaba que le preocupaban los signos de retroceso que percibía en la sociedad.
También ha situado a su madre, Pilar Bardem, como una referencia fundamental para desmontar algunos de esos patrones aprendidos. Haber crecido en una determinada cultura, viene a decir el actor, explica ciertas inercias, pero no las absuelve.
Hay una diferencia importante. Bardem no sostiene que nada haya cambiado. De hecho, la propia película se construye sobre ese cambio: ahora existen límites, respuestas y voces que antes podían ser ignoradas con mucha mayor facilidad. Sorogoyen ha defendido una idea semejante al hablar del poder: siempre existe riesgo de abuso, aunque actualmente quien ocupa una posición de autoridad está más obligado a cuestionarse.
La contradicción está precisamente ahí. Se ha avanzado, pero avanzar no vacuna contra el retroceso.
El cine español también revisa sus antiguas reglas
El ser querido llega en un momento en que parte del cine español está revisando no solo las historias que cuenta, sino también cómo se construyeron históricamente sus jerarquías. Raúl Arévalo, que participa en la película, ha reconocido igualmente haber trabajado con directores cuyos comportamientos probablemente serían denunciados en la actualidad.
Ese cambio generacional atraviesa la cinta de Sorogoyen. Esteban pertenece a una época en la que el creador podía presentarse como una especie de monarca del plató: genial, temperamental, imprevisible y, llegado el caso, insoportable. Todo incluido en el paquete del artista. La cultura contemporánea discute precisamente esa coartada.
No significa que El ser querido funcione como un manifiesto de dos horas y cuarto. Su centro continúa siendo íntimo: un padre que abandonó y una hija que tuvo que aprender a vivir con ese abandono. La política del poder aparece porque está incrustada en esa relación, no porque alguien coloque un discurso encima de ella.
La película dura 135 minutos y convierte el propio rodaje cinematográfico en una especie de cámara de presión. A medida que padre e hija trabajan juntos, las fronteras entre dirección artística, manipulación emocional y necesidad de reconocimiento se vuelven cada vez más borrosas.
Bardem y Luengo, frente a frente
Buena parte de la fuerza de El ser querido reside en el enfrentamiento interpretativo entre Javier Bardem y Victoria Luengo. Él ocupa mucho espacio, deliberadamente. Ella necesita arrebatárselo. Esa fricción no es un efecto secundario del argumento; es el argumento.
Sorogoyen y Peña construyeron la historia alrededor de una hija que nunca se sintió mirada por su padre. El hecho de convertirlo en director de cine añade una ironía bastante cruel: cuando él decide escogerla como actriz protagonista, se ve obligado literalmente a mirarla, encuadrarla y prestar atención a aquello que había ignorado durante años.
Bardem encuentra ahí un personaje especialmente incómodo porque Esteban puede resultar desagradable y vulnerable casi en la misma escena. Sería más sencillo convertirlo en villano. También sería bastante menos interesante.
El actor ha explicado que afrontar el personaje suponía aceptar precisamente esas zonas incómodas, su mezcla de brutalidad y fragilidad, sin tratar de ofrecer una justificación tranquilizadora. Comprender a alguien no equivale a absolverlo, una diferencia que el buen cine suele manejar mejor que muchas discusiones de sobremesa.
Una película que mira al presente sin apartar la vista
La frase de Javier Bardem sobre una sociedad que «está volviendo atrás» tiene fuerza porque va más allá de la promoción de una película. Pero El ser querido le proporciona un contexto concreto: hombres educados para mandar, mujeres obligadas durante demasiado tiempo a soportarlo y nuevas generaciones que ya no aceptan con tanta facilidad determinadas reglas heredadas.
El actor no describe un regreso literal al pasado ni niega las conquistas logradas. Su advertencia resulta más incómoda: los avances sociales no son irreversibles. Basta con que aquello que parecía intolerable empiece otra vez a parecer normal.
Sorogoyen convierte esa tensión en drama familiar y Bardem le presta el rostro de un hombre acostumbrado a ocupar el centro del plano. Fuera de la ficción, el intérprete parece preocupado por otra cosa: que ciertas ideas que parecían haber salido definitivamente de escena estén encontrando, de nuevo, la puerta de entrada.
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