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Condenan a 20 años al líder de una red neonazi que torturaba menores

Rohan Rane, de 29 años, ha sido condenado a 20 años de prisión por dirigir una red neonazi dedicada a chantajear y torturar a menores en Internet

Publicado

el

20 años de cárcel

Resumen

  • Rohan Rane ha sido condenado en París a 20 años de prisión
  • La red CVLT chantajeaba y torturaba a menores por Internet
  • La víctima más joven identificada en la investigación tenía 12 años

Un tribunal de París ha condenado a 20 años de prisión a Rohan Rane, ciudadano indio de 29 años considerado uno de los responsables de una red internacional que utilizaba Internet para someter a menores a explotación sexual, chantaje y actos de extrema violencia. La trama operaba principalmente a través de Discord bajo el nombre de CVLT y mezclaba sadismo, simbología neonazi, misoginia y una cultura de ultraviolencia convertida en espectáculo para otros integrantes del grupo.

La sentencia llegó después de cinco días de juicio, celebrados en buena parte a puerta cerrada por la naturaleza de las pruebas y por la presencia de víctimas menores de edad. Rane fue declarado culpable de una docena de delitos y crímenes, entre ellos torturas y actos de barbarie contra menores de 15 años, posesión de material de abuso sexual infantil, corrupción de menores y extorsión acompañada de torturas. La Fiscalía había solicitado una pena superior.

El caso retrata una forma especialmente inquietante de violencia digital: agresores que no necesitan encontrarse físicamente con sus víctimas para causarles un daño tangible. Bastaba un teléfono, una cámara y una amenaza. Del otro lado había adolescentes sometidas a coacción sexual, miedo y humillación, en ocasiones durante largos periodos.

Una red que convirtió el chantaje sexual en una forma de tortura

El mecanismo comenzaba, muchas veces, de una manera tristemente corriente en Internet. Los integrantes del grupo buscaban adolescentes vulnerables en foros y plataformas de conversación, ganaban su confianza y trataban de conseguir fotografías íntimas. Cuando obtenían ese material, la relación cambiaba por completo: la imagen privada pasaba a convertirse en un instrumento de chantaje.

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Llegaban entonces las amenazas de publicar las fotografías o enviarlas a familiares y conocidos. Ese chantaje, conocido como sextorsión, servía para imponer nuevas exigencias. Algunas víctimas fueron obligadas a grabarse practicándose lesiones, sometiéndose a actos sexuales violentos o realizando acciones degradantes mientras miembros de la red observaban las imágenes desde el otro lado de la pantalla.

La menor identificada en la investigación tenía 12 años. Entre los episodios documentados aparecen adolescentes forzadas a hacerse cortes en la piel, grabarse nombres o símbolos nazis y someterse a prácticas capaces de provocar daños físicos graves. No era una comunidad de provocadores jugando a traspasar límites. Había amenazas, jerarquías, víctimas y consecuencias muy reales.

CVLT, el grupo de Discord que estaba detrás de los abusos

Rane administraba en Discord un espacio denominado CVLT, una deformación gráfica de la palabra inglesa cult. Alrededor del grupo se movían jóvenes de distintas nacionalidades unidos por una mezcla de fascinación por la violencia extrema, ideología neonazi, racismo y corrientes masculinistas radicalizadas.

Los investigadores encontraron también una obsesión por la humillación pública y por acumular material cada vez más brutal. Dentro de ese entorno se generaba una competición macabra: cuanto más extremo era el sufrimiento impuesto a una víctima, mayor podía ser el reconocimiento entre determinados miembros.

En varios casos, las víctimas eran seleccionadas también por su origen étnico, religión o posiciones políticas. Jóvenes negras, judías, árabes o hispanas aparecieron entre los objetivos de estos círculos, junto con adolescentes vinculadas a causas progresistas o al colectivo LGTBI. La violencia sexual y el extremismo terminaban mezclados en el mismo ecosistema digital.

Una investigación internacional que comenzó años antes

La investigación francesa comenzó a tomar forma en 2020, después de una alerta procedente de Estados Unidos. La dimensión internacional del caso obligó después a coordinar a investigadores de Francia, Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda, además de organismos europeos especializados en delincuencia transnacional.

La propia naturaleza de la red complicaba el trabajo policial. Los miembros podían encontrarse en un país, las víctimas en otro y las plataformas utilizadas para almacenar o distribuir el contenido en un tercero. El delito viajaba a la velocidad de una conexión a Internet; las órdenes judiciales y la cooperación policial, inevitablemente, mucho más despacio.

Rane fue detenido en Antibes en 2021

Rohan Rane fue detenido en Antibes, en el sur de Francia, en 2021. Había llegado al país para estudiar en una escuela de negocios y posteriormente trabajó como entrenador físico. Durante la investigación terminó admitiendo que había administrado el grupo de Discord y reconoció su interés por contenidos de violencia extrema.

La causa francesa permitió identificar a alrededor de una veintena de víctimas directamente relacionadas con Rane, aunque el entorno criminal investigado era mucho mayor. Las pesquisas sobre comunidades similares han localizado víctimas en distintos países europeos y norteamericanos, una dimensión que ayuda a entender por qué el caso dejó pronto de ser un asunto exclusivamente francés.

Varias jóvenes pudieron constituirse como partes civiles cuando alcanzaron la mayoría de edad. Otras víctimas no fueron localizadas o no participaron en el procedimiento. Ahí aparece uno de los grandes agujeros negros de estas redes: muchas personas sometidas a sextorsión y abuso digital desaparecen del radar policial por miedo, vergüenza o porque los agresores actúan con identidades falsas.

De la pantalla al daño físico: una frontera prácticamente inexistente

Durante años, algunas comunidades extremistas de Internet intentaron esconder sus actividades detrás del lenguaje del troleo, el humor negro o la provocación. El caso CVLT muestra algo bastante distinto. Cuando una adolescente es chantajeada para lesionarse delante de una cámara, la diferencia entre violencia digital y violencia física se vuelve casi irrelevante.

El dispositivo es únicamente el intermediario. La amenaza puede viajar por una pantalla, pero la herida sigue siendo real. Y también lo son la presión psicológica, el miedo a que unas imágenes íntimas lleguen al colegio o a la familia y la sensación de que un desconocido controla cada movimiento.

Ese componente explica la atención que ha despertado el proceso en Francia. Las autoridades se enfrentan a una forma de extremismo violento nihilista que mezcla neonazismo, misoginia extrema, abuso sexual infantil, culto a las masacres y fascinación por la autolesión. No siempre existe una organización política clásica detrás. A veces basta un servidor privado y una jerarquía informal basada en quién consigue producir el contenido más brutal.

Otros integrantes de estas comunidades también han sido detenidos

La condena de Rane no significa que el fenómeno haya desaparecido. Varios individuos relacionados con CVLT y comunidades similares han sido investigados o detenidos en otros países, mientras las fuerzas de seguridad siguen tratando de reconstruir conexiones entre usuarios que cambian con frecuencia de cuenta y plataforma.

Estas redes resultan especialmente difíciles de perseguir porque sus participantes viven en países distintos, utilizan múltiples identidades y redistribuyen rápidamente las imágenes entre comunidades cerradas. Una víctima puede estar en Reino Unido, el agresor en Francia y otro miembro que conserva el material en Norteamérica. La estructura no necesita una sede física para funcionar.

Esa dispersión geográfica fue precisamente lo que obligó a intensificar la cooperación policial internacional. CVLT no funcionaba como una organización convencional con carnés, oficinas o dirigentes visibles, pero su arquitectura digital permitía coordinar abusos, almacenar vídeos y transmitir técnicas de captación entre nuevos miembros.

Una violencia que Internet no hacía menos real

La condena contra Rohan Rane coloca una cifra concreta, 20 años de prisión, sobre un fenómeno que durante demasiado tiempo pudo parecer confinado a los rincones más oscuros de Internet. El tribunal de París trató aquellos hechos por lo que eran: extorsión, explotación sexual y torturas a menores, aunque parte de la violencia se ejecutara a miles de kilómetros de quien daba las órdenes.

Detrás de las pantallas había adolescentes. Algunas eran apenas niñas. Y detrás de los símbolos nazis, la pose nihilista y el vocabulario grandilocuente de la secta digital aparecía algo bastante menos abstracto: personas organizándose para quebrar psicológicamente a menores y convertir su sufrimiento en entretenimiento.

La sentencia francesa no elimina estas comunidades ni resuelve un fenómeno internacional mucho más amplio. Sí marca una frontera jurídica bastante clara: la distancia física no reduce la gravedad del delito. Un nombre falso, una cuenta anónima o un servidor privado no convierten la tortura en un juego virtual.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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