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Putin cumple 74 años: guerra, poder y sombras del último zar de Rusia
Vladímir Putin cumple 74 años al frente de una Rusia marcada por su poder, la guerra de Ucrania y una relación cada vez más tensa con Occidente.
Foto: Kremlin.ru, CC BY 4.0.
Resumen
- Putin cumple 74 años tras más de un cuarto de siglo en el poder
- Ucrania se ha convertido en la guerra que puede definir su legado
- Rusia llega al aniversario entre sanciones, militarización y tensión global
Vladímir Putin cumple este 7 de octubre 74 años y lo hace donde lleva más de un cuarto de siglo: en el centro mismo del poder ruso. Nació en 1952 en Leningrado, la actual San Petersburgo, fue agente del KGB, llegó casi de puntillas al Kremlin con Boris Yeltsin y acabó construyendo un sistema político difícil de separar de su propia figura. Rusia ha cambiado con él. Y él, probablemente, también ha cambiado con Rusia.
El aniversario llega en uno de los momentos más tensos de toda su trayectoria. La guerra de Ucrania continúa en su quinto año, las relaciones con la Unión Europea están reducidas prácticamente a sanciones, acusaciones y amenazas, mientras Washington mezcla presión económica con intentos de negociación. La guerra sigue golpeando ciudades, infraestructuras y posiciones militares mientras ambos países tratan de mejorar su posición ante cualquier eventual negociación. Es un paisaje feroz para un hombre cuya biografía política ha terminado fundiéndose con un conflicto que el Kremlin necesita presentar como victoria.
Un cumpleaños bajo la sombra de la guerra de Ucrania
A los 74 años, Putin no es un dirigente próximo a la retirada. Su actual mandato llega hasta 2030 y la reforma constitucional aprobada en 2020 le permite presentarse otra vez. En teoría podría permanecer en el Kremlin hasta 2036, cuando tendría 83 años. Preguntado sobre semejante horizonte, ha evitado comprometerse con tanta antelación. Demasiado pronto, viene a ser la respuesta.
La cuestión importa porque el sistema ruso ha ido perdiendo mecanismos reales de sucesión. Putin lleva ejerciendo como presidente o primer ministro desde 1999. Han pasado Bill Clinton, George W. Bush, Barack Obama, Donald Trump, Joe Biden y de nuevo Trump por la Casa Blanca mientras él continúa sentado al otro lado de la mesa. En Europa ha visto desfilar gobiernos, crisis financieras, pandemias, ampliaciones de la OTAN y una generación entera de dirigentes.
La comparación con un zar es tentadora, aunque conviene entenderla como metáfora. Rusia sigue teniendo Constitución, Gobierno, Parlamento y elecciones. Pero el peso personal acumulado por Putin sobre el aparato estatal, los servicios de seguridad, la política exterior y el ecosistema mediático ha convertido la presidencia rusa en una institución extraordinariamente vertical. El Kremlin no es el palacio imperial. A veces, sin embargo, la distancia parece más jurídica que política.
Del KGB al Kremlin: así comenzó la era Putin
Putin nació el 7 de octubre de 1952 en una familia obrera marcada por la tragedia de la Segunda Guerra Mundial. Sus padres sobrevivieron al asedio de Leningrado y dos hermanos mayores murieron antes de que él creciera. Esa memoria de una Rusia asediada, sacrificada y finalmente victoriosa reaparecería décadas después de forma constante en su discurso político.
Estudió Derecho en la Universidad Estatal de Leningrado y en 1975 entró en el KGB, los servicios de inteligencia soviéticos. Pasó parte de los años ochenta destinado en Dresde, en la Alemania Oriental. Allí asistió al derrumbe de un mundo que parecía sólido hasta que dejó de serlo. La caída del Muro de Berlín, la desaparición de la RDA y posteriormente la desintegración de la Unión Soviética dejaron una huella evidente en su manera de entender el poder: el Estado que pierde autoridad, en su visión, acaba perdiéndolo casi todo.
De regreso a Leningrado entró en la administración municipal junto al alcalde Anatoli Sobchak. Después se trasladó a Moscú. La ascensión fue vertiginosa: administración presidencial, dirección del FSB —principal sucesor del KGB—, Consejo de Seguridad y, finalmente, primer ministro en agosto de 1999.
Cinco meses más tarde llegó el giro decisivo. Boris Yeltsin dimitió el 31 de diciembre de 1999 y Putin se convirtió en presidente interino. En marzo de 2000 ganó las elecciones. Rusia, exhausta tras una década de privatizaciones salvajes, crisis financiera, salarios atrasados, oligarcas y sensación de derrota histórica, encontró en aquel antiguo oficial de inteligencia una promesa sencilla: orden.
Funcionó.
La promesa de orden y el endurecimiento del poder
Los primeros años del putinismo coincidieron con una recuperación económica espectacular. El precio del petróleo pasó de alrededor de 18 dólares por barril en 1999 a cerca de 97 en 2008 y llenó las arcas de un país extraordinariamente dependiente de los hidrocarburos. El PIB avanzó, los ingresos reales aumentaron y la pobreza cayó con fuerza. Rusia acumuló reservas, redujo deuda y volvió a sentir que pertenecía a la primera división internacional.
Sería tramposo atribuir todo aquello exclusivamente a Putin. El petróleo hizo muchísimo trabajo, igual que algunas reformas iniciadas durante la transición postsoviética. Pero millones de rusos asociaron aquella mejora de sus vidas al hombre que ocupaba el Kremlin. Después del vértigo de los noventa, estabilidad era una palabra muy poderosa.
También reconstruyó la autoridad del Estado frente a algunos oligarcas y gobernadores regionales, modernizó partes de las Fuerzas Armadas y devolvió a Moscú capacidad de influencia exterior. Para muchos rusos, esa es la cara luminosa de su legado: el dirigente que recibió un país debilitado y volvió a colocarlo en el tablero mundial.
El precio político de aquella estabilidad
La factura apareció poco a poco. Televisiones independientes pasaron a manos estatales o de empresarios próximos al poder, la competencia electoral se estrechó y los adversarios verdaderamente capaces de desafiar al Kremlin fueron quedando fuera del sistema, en el exilio, en prisión o políticamente neutralizados. Rusia se hizo más estable y también menos plural.
El caso de Alexéi Navalni terminó convirtiéndose en el símbolo más conocido de esa deriva. Envenenado en 2020, encarcelado tras regresar a Rusia en 2021 y muerto en una colonia penitenciaria del Ártico en febrero de 2024, fue durante años el opositor con mayor capacidad para incomodar al Kremlin. Las autoridades rusas rechazaron las acusaciones de responsabilidad por su muerte. Su desaparición dejó, en cualquier caso, un escenario político todavía más despejado.
Las elecciones presidenciales de 2024 concedieron oficialmente a Putin cerca del 88% de los votos, pero se celebraron sin una oposición capaz de competir en condiciones equivalentes. La Rusia actual conserva las formas electorales mientras concentra el poder real alrededor de la presidencia, los servicios de seguridad y una élite administrativa y empresarial cuya supervivencia depende, en buena medida, del propio sistema.
De Crimea a una guerra que amenaza con definir su legado
La política exterior siguió una transformación similar. Primero llegó el discurso de Múnich de 2007, cuando Putin atacó abiertamente el orden internacional dominado por Estados Unidos. Después, la guerra de Georgia en 2008. En 2014 Rusia se anexionó Crimea, territorio ucraniano, y comenzó la guerra en el Donbás. En Siria, Moscú intervino militarmente para sostener a Bashar al Asad y demostrar que Rusia volvía a decidir cosas lejos de sus fronteras.
El 24 de febrero de 2022 llegó la ruptura definitiva. Rusia inició la invasión a gran escala de Ucrania confiando en alterar rápidamente el equilibrio político y militar del país vecino. No ocurrió. La guerra se convirtió en una trituradora de soldados, material, dinero e infraestructuras y ha ido transformando a Rusia en una economía cada vez más orientada al esfuerzo militar.
El gasto combinado en defensa y seguridad absorbe una parte extraordinariamente elevada del presupuesto federal ruso. Moscú conserva enormes recursos, industria militar, petróleo, gas y capacidad para soportar costes que habrían quebrado a economías más pequeñas. Pero el esfuerzo pesa, y los ataques ucranianos contra refinerías e instalaciones energéticas han llevado la guerra a lugares de Rusia donde durante años parecía existir únicamente en la televisión.
Para Putin, Ucrania ha dejado de ser simplemente otra campaña exterior. Es la guerra de su legado. Una derrota inequívoca dañaría el relato construido durante décadas: Rusia como potencia recuperada, capaz de resistir a Occidente y de imponer límites a un orden internacional que el Kremlin considera diseñado contra sus intereses. Eso no significa que Moscú necesite conquistar toda Ucrania; necesita, sobre todo, poder presentar cualquier acuerdo futuro como una victoria.
La dimensión judicial tampoco ha desaparecido. Desde marzo de 2023 pesa sobre Putin una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por la presunta deportación y traslado ilegal de niños ucranianos desde territorios ocupados. Una orden de detención no equivale a una condena y Rusia rechaza la jurisdicción del tribunal, pero el procedimiento ha reducido aún más el espacio diplomático del presidente ruso en numerosos países.
Europa y Estados Unidos: sanciones, amenazas y negociación
Con la Unión Europea, la relación se encuentra en mínimos históricos. Bruselas ha aprobado sucesivas rondas de sanciones financieras, comerciales, energéticas y personales desde 2022, mientras Moscú acusa a Europa de participar indirectamente en la guerra mediante su apoyo político, económico y militar a Ucrania.
Putin presenta esa confrontación como prueba de que Occidente pretende debilitar estructuralmente a Rusia. La tensión se extiende hacia la OTAN y al flanco oriental europeo, donde varios gobiernos han elevado el gasto militar y reforzado sus capacidades defensivas. El Kremlin emplea con frecuencia el arsenal nuclear ruso como elemento de disuasión política; la Alianza, por su parte, sostiene que su despliegue busca defender el territorio aliado y evitar una escalada mayor.
Con Estados Unidos la fotografía es más extraña. Donald Trump mantiene abiertos canales con Moscú para intentar negociar el final de la guerra, al tiempo que Washington conserva importantes instrumentos de presión económica. Negociar mientras se afila el cuchillo económico: diplomacia bastante clásica, por mucho que cada parte la venda con envoltorio nuevo.
Putin tampoco está tan aislado como a veces parece desde Europa. China se ha convertido en un socio económico y estratégico fundamental, mientras Corea del Norte ha estrechado extraordinariamente su cooperación militar con Moscú. El mapa internacional del presidente ruso se ha desplazado: menos Berlín y París; más Pekín, Pyongyang y países del Sur Global.
La Rusia que Putin ha hecho inseparable de su nombre
A los 74 años, las luces y sombras de Vladímir Putin pertenecen ya a la historia contemporánea de Rusia. Bajo su mandato mejoró de forma espectacular el nivel de vida respecto al desastre postsoviético de los noventa, se reconstruyó la capacidad del Estado y Moscú recuperó peso internacional. También se estrecharon las libertades políticas, desapareció gran parte de la competencia real por el poder y el país terminó embarcado en la mayor guerra europea desde 1945.
Ese es el contraste que explica su longevidad mejor que cualquier caricatura. Putin no sobrevivió políticamente durante décadas sólo gracias a la coerción; durante una parte importante de su trayectoria ofreció estabilidad, crecimiento y orgullo nacional a una sociedad traumatizada por el derrumbe soviético. Después, gradualmente, aquella promesa de estabilidad fue convirtiéndose en otra cosa: permanencia.
Su 74 cumpleaños encuentra al antiguo agente del KGB todavía en el Kremlin, todavía decidiendo la guerra y la paz, todavía hablando de fronteras, armas nucleares y grandes potencias. Pero también al frente de una Rusia sometida a sanciones, con una economía crecientemente militarizada y atrapada en una guerra cuyo desenlace sigue abierto.
El último zar, como metáfora, nunca llevó corona. Su verdadero cetro ha sido el tiempo. Más de un cuarto de siglo después de su llegada a la cúspide del poder, la gran incógnita histórica ya no consiste únicamente en cuánto más permanecerá allí. Es qué parte de la Rusia construida alrededor de Vladímir Putin podrá sobrevivir cuando él deje de estar.
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