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Salud

La OMS revela cómo sexo y renta alteran el riesgo de cáncer y diabetes

La OMS identifica fuertes desigualdades por sexo, renta y residencia en los factores de riesgo de cáncer, diabetes y otras enfermedades crónicas.

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sexo y renta alteran el riesgo de cáncer

Resumen

  • La OMS detecta fuertes desigualdades en los riesgos de enfermedades crónicas
  • Los hombres fuman más; las mujeres presentan más obesidad y sedentarismo
  • La renta y el lugar de residencia también condicionan prevención y diagnóstico

El riesgo de sufrir algunas de las enfermedades que más muertes causan en el mundo no se reparte por igual. El sexo, los ingresos, la educación o el lugar de residencia condicionan la exposición al tabaco, el alcohol, la contaminación, la obesidad o la falta de ejercicio y también pueden influir en las posibilidades de recibir un diagnóstico y un tratamiento adecuados.

La Organización Mundial de la Salud ha puesto cifras a esas diferencias en un análisis sobre las desigualdades vinculadas a las enfermedades no transmisibles, entre ellas el cáncer, las enfermedades cardiovasculares, la diabetes y las patologías respiratorias crónicas. Uno de los contrastes más llamativos aparece en el tabaco: fuma el 32,5 % de los hombres frente al 6,6 % de las mujeres. En otros riesgos, sin embargo, la balanza se inclina al lado contrario.

No significa que tener una renta baja, ser hombre o vivir en una ciudad provoque por sí solo un cáncer. El asunto es bastante menos simple. La OMS analiza cómo esas circunstancias modifican la exposición a factores de riesgo y, después, cómo pueden afectar al acceso a la prevención, el diagnóstico o el tratamiento. La biología no llega sola a la consulta: también entran el barrio, el trabajo, los ingresos y la posibilidad de hacerse una prueba a tiempo.

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Los hombres fuman mucho más y también consumen más alcohol

La diferencia más rotunda aparece en el consumo de tabaco. La prevalencia mundial entre los hombres se sitúa en el 32,5 %, prácticamente cinco veces el 6,6 % registrado entre las mujeres. Es una distancia enorme para un factor directamente relacionado con numerosos tipos de cáncer, enfermedades cardiovasculares y patologías respiratorias.

El patrón se repite, aunque con una brecha menor, cuando se observa el consumo de alcohol. Los datos analizados sitúan la proporción en el 52,2 % entre los hombres, frente al 35,4 % entre las mujeres. Dos comportamientos distintos, tabaco y alcohol, que vuelven a mostrar una exposición masculina sensiblemente superior.

Pero no existe un sexo que concentre todos los problemas. Las mujeres presentan una mayor prevalencia de obesidad, con un 18,4 % frente al 13,8 % de los hombres, y también registran más actividad física insuficiente: 33,8 % frente al 28,7 %. El mapa de riesgos, por tanto, cambia según el indicador que se mire.

La hipertensión también presenta diferencias entre hombres y mujeres

La hipertensión arterial aparece ligeramente más entre los hombres, con un 34,5 %, frente al 31,7 % observado en las mujeres. La diferencia porcentual es mucho menor que en el tabaquismo, pero adquiere peso por la importancia de la tensión elevada como factor de riesgo cardiovascular.

Hay otro matiz relevante: las mujeres pueden presentar en determinados contextos mayores tasas de diagnóstico y tratamiento. Eso significa que las diferencias sanitarias no dependen únicamente de cuántas personas desarrollan un problema, sino también de cuántas saben que lo tienen y reciben atención. Una hipertensión detectada y controlada no plantea el mismo escenario que otra que avanza silenciosamente durante años.

La pobreza cambia el mapa de los factores de riesgo

El nivel económico introduce otra frontera, aunque tampoco funciona siempre en una única dirección. En los países de ingresos bajos y medios analizados, el consumo de alcohol es superior entre las personas con más recursos: 26,3 % frente al 19,2 % registrado en los grupos con menor capacidad económica.

Con el tabaco ocurre algo diferente. Entre los hombres con menos recursos, el consumo llega al 25,5 %, mientras que entre los económicamente más favorecidos baja al 12,9 %. El nivel educativo también entra en la ecuación: los hombres con menos formación presentan, en términos generales, una mayor prevalencia de tabaquismo.

La desigualdad económica no dibuja, pues, una escalera perfecta en la que cada incremento de renta reduzca automáticamente todos los riesgos. Los hábitos, las condiciones laborales, la alimentación y el entorno tienen dinámicas distintas. Lo que sí preocupa especialmente es que la desventaja social puede acumularse cuando llega el momento de prevenir una enfermedad o acceder al sistema sanitario.

Detectar un cáncer a tiempo también depende del entorno social

Las diferencias aparecen incluso en las medidas de prevención. La OMS constata una menor cobertura del cribado del cáncer de cuello uterino entre mujeres con pocos recursos y menor nivel educativo en numerosos países. La desigualdad deja entonces de afectar únicamente al riesgo de enfermar: alcanza también la probabilidad de descubrir la enfermedad en una fase temprana.

Ese detalle cambia bastante la fotografía. Dos grupos pueden presentar factores biológicos similares y, sin embargo, acabar con resultados sanitarios muy distintos porque uno accede con mayor facilidad a revisiones, pruebas diagnósticas y tratamientos. En enfermedades como el cáncer, donde el momento del diagnóstico puede resultar decisivo, esa distancia pesa.

La contaminación doméstica deja una brecha enorme entre ricos y pobres

Uno de los datos más contundentes aparece en la exposición a contaminantes. Entre las poblaciones más pobres estudiadas, la exposición a la contaminación generada por combustibles domésticos utilizados para cocinar alcanza el 99,9 %. Entre los sectores con mayor renta se queda en el 21,4 %.

La diferencia roza los 80 puntos porcentuales. Y aquí conviene distinguir entre una conducta voluntaria y una condición impuesta por el entorno. No es comparable decidir fumar con respirar durante años el humo producido en una vivienda porque la familia no tiene acceso a combustibles o tecnologías más limpias.

La contaminación del aire forma parte de los grandes factores asociados a las enfermedades no transmisibles junto al tabaco, las dietas poco saludables, el consumo nocivo de alcohol y la inactividad física. El aire que se respira en casa o en la calle termina entrando, literalmente, en la ecuación sanitaria.

Vivir en una ciudad tampoco garantiza estar más protegido

El lugar de residencia añade otro giro. Las ciudades suelen concentrar hospitales, especialistas y pruebas diagnósticas, pero también reúnen sedentarismo, contaminación exterior y determinados hábitos de vida. Tener un centro sanitario más cerca no elimina necesariamente los factores que favorecen una enfermedad.

En las economías en desarrollo examinadas, la hipertensión alcanza el 47,8 % entre la población urbana, frente al 33,7 % registrado en zonas rurales. Las ciudades presentan asimismo mayores niveles de consumo de alcohol, obesidad y ejercicio físico insuficiente, mientras las diferencias en tabaquismo resultan bastante menores.

El campo tiene otros problemas. En muchos lugares, la población rural cuenta con menos acceso al diagnóstico y al tratamiento de la hipertensión o a determinadas pruebas de detección precoz. También puede sufrir una exposición mucho mayor a la contaminación doméstica. La ciudad concentra unos riesgos; el medio rural, otros.

La OMS mira quién enferma, pero también quién recibe atención

El análisis supone una evaluación amplia de las desigualdades dentro de los propios países relacionadas con las enfermedades no transmisibles. No se limita a comparar Estados ricos y pobres, sino que observa las distancias que existen entre personas que viven bajo una misma bandera pero ocupan posiciones sociales muy diferentes.

El trabajo reúne grandes fuentes internacionales de información y analiza 35 indicadores desagregados mediante distintas dimensiones sociales, entre ellas sexo, edad, situación económica, educación y lugar de residencia. Cuando existen datos comparables, también se tienen en cuenta circunstancias como la discapacidad, el empleo o la situación migratoria.

El tamaño del problema explica el interés. Las enfermedades no transmisibles, entre ellas las cardiopatías, los accidentes cerebrovasculares, el cáncer, la diabetes y las enfermedades pulmonares crónicas, representan aproximadamente tres cuartas partes de las muertes mundiales. No son un problema sanitario periférico; constituyen el grueso de la mortalidad global.

Pero los grandes promedios esconden realidades muy diferentes. Dos personas del mismo país pueden enfrentarse a probabilidades radicalmente distintas de fumar, respirar aire contaminado, desarrollar obesidad, hacerse una prueba preventiva o recibir tratamiento para su tensión arterial. El código postal y la renta no sustituyen a la genética, pero pueden empujar con fuerza el contexto en el que esa genética actúa.

Las medias nacionales pueden ocultar a quienes quedan atrás

La OMS advierte también de importantes lagunas de información. No todos los países recopilan sus estadísticas sanitarias desglosadas por renta, educación, discapacidad o zona de residencia. Sin ese nivel de detalle, una cifra nacional aparentemente positiva puede tapar diferencias profundas.

Un país puede mejorar, por ejemplo, su porcentaje general de cribados y al mismo tiempo mantener comunidades donde muchas personas siguen sin acceder a ellos. Puede reducir la hipertensión en términos medios mientras determinados grupos continúan sin diagnóstico o tratamiento. El promedio tranquiliza; el detalle, a veces, cuenta otra historia.

Por eso la organización plantea la necesidad de adaptar las políticas sanitarias a los grupos realmente afectados, mejorar la recopilación de datos y comprobar periódicamente si los avances llegan a todos. No basta con saber que una campaña funciona. También importa saber quién queda fuera.

Una medicina que no puede mirar solo el promedio

El informe no sostiene que el sexo o el dinero determinen inevitablemente quién desarrollará un cáncer, una diabetes o una enfermedad cardiovascular. Su mensaje es más preciso: las condiciones sociales modifican la exposición al riesgo y también las posibilidades de protegerse frente a él.

Los hombres soportan una carga mucho mayor de tabaquismo y consumo de alcohol; las mujeres presentan más obesidad e insuficiente actividad física en los indicadores analizados; los sectores con menos recursos pueden respirar aire doméstico mucho más contaminado y acceder peor a determinadas medidas preventivas. Mientras tanto, ciudad y campo dibujan perfiles de riesgo diferentes.

La salud pública, al final, no depende únicamente de hospitales, medicamentos o recomendaciones individuales. También cuenta si una persona puede cocinar sin llenar su casa de humo, hacerse una prueba antes de que una enfermedad avance o recibir tratamiento cuando lo necesita. El cáncer y las grandes enfermedades crónicas no entienden de clases sociales; sus factores de riesgo y el acceso a la atención sanitaria, por desgracia, sí.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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