Tecnología
Julian Barnes avisa: la IA será un problema si consigue ser original
Barnes pone el foco en la originalidad: mientras la IA imite estilos no ve una amenaza real, pero admite que ese límite podría cambiarlo todo.
Imagen: WanderingTrad / CC BY-SA 4.0.
Resumen
- Barnes cree que la IA aún imita y no crea literatura realmente original
- El escritor admite que habrá un problema si las máquinas cruzan esa frontera
- El autor recibirá el Princesa de Asturias de las Letras el 23 de octubre
Julian Barnes no parece especialmente preocupado por que una máquina le quite el oficio a un novelista. Al menos, todavía. El escritor británico considera que la inteligencia artificial sigue instalada en la imitación y que el verdadero terremoto llegará únicamente si algún día consigue producir algo genuinamente original. Entonces, admite, los escritores sí tendrán «un problema».
El Premio Princesa de Asturias de las Letras 2026 planteó esa frontera durante un encuentro con lectores celebrado en Oviedo el martes 20 de octubre, pocos días antes de recibir el galardón. Barnes duda de que una IA pueda llegar a escribir una obra comparable a Madame Bovary o La Regenta. No discute tanto su capacidad para generar textos —eso está a la vista— como algo bastante más incómodo de medir: inventar una mirada propia sobre el mundo.
Barnes sitúa la frontera de la IA en la originalidad
La distinción es importante. Una máquina puede recombinar estilos, estructuras y cantidades descomunales de lenguaje aprendido; otra cosa, sostiene Barnes, es que aparezca ahí una voz capaz de sorprender de verdad. El escritor inglés reconoce que no es científico y evita hacer profecías tecnológicas, pero su impresión es bastante poco apocalíptica: la IA sigue siendo, a sus ojos, esencialmente «imitativa».
Incluso encuentra una ausencia reveladora: el sentido del humor. Barnes considera que los sistemas actuales todavía no muestran un humor auténtico. No es una observación menor viniendo de un autor cuya literatura lleva décadas moviéndose entre la ironía, la melancolía y ese pequeño desplazamiento del lenguaje que convierte una frase corriente en otra cosa. Una máquina puede colocar un chiste donde estadísticamente encaja; hacer reír por una asociación inesperada es otro asunto.
Ahí aparece el núcleo de su argumento. Escribir literatura no consiste solo en construir frases gramaticalmente limpias o reproducir las convenciones de una novela. También supone seleccionar, deformar, recordar mal, asociar cosas que aparentemente no estaban juntas. Una novela tiene reglas, claro. Las mejores suelen adquirir vida precisamente cuando alguien decide torcerlas.
El experimento que terminó en plagio e imitación
Barnes contó una experiencia bastante ilustrativa. Una periodista pidió a una herramienta de inteligencia artificial que escribiera el comienzo de una nueva novela de Julian Barnes. Según relató el autor, el resultado empezó con un fragmento que consideró plagio y continuó con una imitación de su estilo.
El episodio sirve casi como una miniatura del debate contemporáneo sobre la literatura generada por máquinas. La IA puede reconocer qué suena a Barnes y producir algo barnesiano, igual que puede aproximarse al tono de otros escritores. La cuestión difícil empieza después: si puede crear aquello que todavía no tiene etiqueta, precedente ni molde reconocible.
Barnes lo resumió con una ironía muy suya. No se siente amenazado mientras la inteligencia artificial no sea más inteligente y escriba mucho mejor; para cuando eso ocurra, comentó, probablemente él ya habrá muerto. Los escritores jóvenes, añadió, sí deberían prestar más atención a esa posibilidad. Broma mediante, la advertencia queda ahí.
De Flaubert a la inteligencia artificial
Que Barnes escogiera Madame Bovary como ejemplo tampoco parece casual. Gustave Flaubert lleva décadas atravesando su obra. El loro de Flaubert, publicada originalmente en 1984, convirtió la relación entre biografía, ficción, memoria y verdad en una de las señas de identidad del novelista británico.
En el fondo, el debate sobre la IA toca precisamente ese territorio. Una máquina dispone de una biblioteca potencialmente inmensa, pero disponer de la tradición no equivale a transformarla. Todo escritor trabaja también con materiales anteriores: libros leídos, conversaciones, pérdidas, obsesiones, recuerdos adulterados por el tiempo. La diferencia que Barnes señala está en lo que sucede durante esa transformación.
Flaubert heredó un idioma y una tradición literaria, como cualquiera. Lo extraordinario fue qué hizo con ellos. De ahí que la comparación con Madame Bovary coloque el listón deliberadamente alto. No basta con generar una novela solvente. Habría que producir una obra capaz de cambiar la forma de entender la literatura, aunque fuese unos centímetros.
La literatura como una forma particular de verdad
Durante su conversación en Oviedo, Barnes también defendió una concepción de la literatura alejada del sermón. Para él, un escritor no tiene como misión decir a los demás cómo deben vivir, sino expresar su particular visión de la verdad y del mundo. El encuentro, titulado Pensamiento, Verdad y Belleza, reunió a alrededor de 2.000 miembros de más de 150 clubes de lectura.
Esa idea ayuda a entender su prevención ante la inteligencia artificial. El inconveniente no sería que una máquina aprendiera dónde colocar una metáfora o cómo cerrar un capítulo. El verdadero salto llegaría cuando fuese capaz de ofrecer una visión reconociblemente propia, no simplemente una síntesis muy sofisticada de millones de voces anteriores.
Y ahí el asunto se vuelve filosófico con bastante rapidez. La originalidad humana tampoco surge de la nada. Cervantes había leído; Flaubert había leído; Barnes ha leído durante toda su vida. La cultura es una conversación interminable entre muertos y vivos. Pero entre recibir una herencia y limitarse a reproducirla queda ese espacio extraño donde aparece una voz. Barnes duda de que el algoritmo haya entrado todavía en él.
Un escritor marcado por la memoria, el tiempo y la ironía
La advertencia tiene un peso particular por quién la formula. Barnes, nacido en Leicester en 1946, estudió Lenguas Modernas en Oxford, trabajó como lexicógrafo y posteriormente desarrolló una larga carrera como crítico, periodista y novelista. Su bibliografía atraviesa más de cuatro décadas y reúne ficción, ensayo, memorias y relatos. La memoria, el tiempo y la identidad reaparecen una y otra vez en sus libros.
En 2011 ganó el Booker Prize por El sentido de un final, una breve novela construida alrededor de la fragilidad de los recuerdos y de la facilidad con la que una persona termina editando su propio pasado hasta hacerlo soportable. Esa obsesión encaja casi demasiado bien con la discusión actual: qué significa recordar, qué significa recombinar y dónde termina la reproducción para empezar la creación.
El jurado del Premio Princesa de Asturias destacó precisamente su singular combinación de humor e ironía, su mirada europeísta y una obra que ha reelaborado la literatura, el arte, la música e incluso la gastronomía desde un estilo reconocible. Barnes ha descrito en distintas ocasiones ese territorio emocional mediante dos expresiones aparentemente contradictorias: «optimismo melancólico» y «pesimismo alegre». Muy suyo.
Despedidas, el último libro de Barnes
El debate sobre el futuro de la escritura llega, además, mientras Barnes contempla el final de su propia trayectoria literaria. En 2026 publicó Despedidas, una obra híbrida entre ficción y memoria, y ha anunciado que será su último libro.
Hay algo casi novelesco en la coincidencia. Un escritor que ha pasado buena parte de su vida examinando cómo reconstruimos el pasado observa una tecnología cuya fortaleza consiste precisamente en procesar cantidades gigantescas de pasado cultural. El viejo problema literario —qué hacemos con todo lo que otros escribieron antes— reaparece revestido de servidores, modelos de lenguaje y potencia de cálculo.
Barnes recibirá el Premio Princesa de Asturias de las Letras el viernes 23 de octubre en el Teatro Campoamor de Oviedo y será uno de los galardonados que pronuncien discurso durante la ceremonia. Su reflexión sobre la inteligencia artificial llega así en uno de los momentos más visibles de su carrera, aunque él prefiera mirar el asunto con distancia y una buena dosis de escepticismo.
El verdadero problema empezará cuando la máquina sorprenda
Por ahora, Barnes concede a los escritores una tregua. La inteligencia artificial escribe, resume, transforma estilos y produce cantidades de texto a una velocidad imposible para cualquier ser humano, pero eso no resuelve la cuestión que más le interesa: si puede crear algo verdaderamente nuevo, algo que no parezca proceder de una plantilla previa.
Su advertencia evita tanto el entusiasmo tecnológico automático como la nostalgia fácil. No afirma que una máquina jamás pueda escribir literatura. Dice algo bastante más incómodo: todavía no cree que lo haga y, si algún día aprende a ser genuinamente original, entonces habrá que volver a discutir qué entendemos por autor, imaginación y creación.
Hasta entonces, el examen que propone Barnes resulta exigente. No consiste en comprobar si una IA puede redactar una novela que parezca escrita por Julian Barnes. Eso sería precisamente el problema menor. La prueba difícil será que escriba algo que Julian Barnes jamás hubiera podido imaginar.
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