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Naturaleza

El CSIC alerta: vuelven lobos y corzos mientras caen aves e insectos

Un estudio liderado por el CSIC advierte de una paradoja: vuelven grandes mamíferos y rapaces mientras retroceden aves, insectos y anfibios.

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El CSIC alerta vuelven lobos

Resumen

  • El CSIC alerta de una paradoja en la recuperación de la fauna rural
  • Vuelven lobos, corzos y osos mientras retroceden aves, insectos y anfibios
  • La intensificación agrícola y el abandono rural explican parte del desequilibrio

El regreso de lobos, corzos, jabalíes, osos y grandes rapaces a numerosos paisajes rurales europeos es una buena noticia, pero no cuenta toda la historia. Mientras estos animales recuperan terreno, insectos, anfibios y pequeñas aves sufren declives que pueden quedar fuera de foco. Un trabajo liderado por investigadores del Instituto Pirenaico de Ecología, perteneciente al CSIC, sostiene que ambos fenómenos, lejos de ser independientes, forman parte de una misma transformación del mundo rural.

La paradoja es bastante gráfica: un monte puede volver a tener corzos y un territorio recuperar al lobo mientras, unos metros más abajo y casi sin hacer ruido, pierde mariposas, escarabajos, pequeños pájaros o anfibios. El paisaje parece más salvaje; el ecosistema, sin embargo, no tiene por qué estar más sano. Ese es el aviso central del estudio publicado el 20 de octubre en Journal of Applied Ecology.

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Dos movimientos opuestos nacidos del mismo cambio rural

Los autores utilizan dos conceptos para describir esta situación. Llaman macrorewilding a la recuperación de animales de gran tamaño —ungulados, carnívoros y rapaces, entre otros— y microdefaunation al retroceso de numerosos animales pequeños, desde artrópodos hasta paseriformes y anfibios. No es una simple división entre bichos grandes que ganan y bichos pequeños que pierden; es un marco para entender cómo la presión humana ha cambiado de forma durante las últimas décadas.

Durante siglos, buena parte de la gran fauna europea soportó una persecución directa feroz. Caza, trampeo, venenos y eliminación de depredadores, junto a la expansión de los cultivos y la sustitución de herbívoros silvestres por ganado, redujeron poblaciones y arrinconaron especies enteras. El lobo o el oso no necesitaban sofisticadas amenazas ambientales: bastaba con que alguien quisiera quitarlos de en medio.

Desde mediados del siglo XX, ese escenario empezó a girar. El abandono de tierras agrícolas y ganaderas, la despoblación de determinadas zonas rurales, la disminución de algunas formas de persecución y las políticas de protección han permitido que numerosos vertebrados recuperen poblaciones y antiguas áreas de distribución. Los bosques avanzaron sobre parcelas abandonadas; algunos animales hicieron lo mismo.

Pero la retirada de una presión no significa la desaparición de todas las demás. Mientras una parte del campo se renaturalizaba, otra se hacía más intensiva, homogénea y dependiente de insumos químicos. Ahí aparece la otra mitad de la paradoja.

El espejismo de un paisaje que parece recuperado

Los grandes vertebrados se ven. Dejan huellas, cruzan carreteras, aparecen en cámaras de fototrampeo y, en el caso del lobo, también protagonizan debates políticos de una intensidad que rara vez obtiene un escarabajo pelotero. Esa visibilidad puede distorsionar la percepción general: recuperar especies emblemáticas no equivale a recuperar todo el ecosistema.

El artículo científico no presenta un nuevo censo nacional de lobos, insectos o aves. Es una perspectiva científica que conecta investigaciones y tendencias previamente estudiadas para proponer un marco conjunto que hasta ahora apenas se había utilizado. Los autores sostienen que mirar por separado la recuperación de la gran fauna y el declive de pequeños animales puede ocultar una reorganización ecológica mucho más profunda.

La diferencia importa. El trabajo no afirma que todos los insectos estén disminuyendo en todas partes, ni que cualquier lugar con más corzos tenga automáticamente menos pájaros. Los patrones cambian entre especies, regiones y ecosistemas. De hecho, la literatura científica recoge también grupos de insectos que no siguen una trayectoria negativa. Lo novedoso es observar simultáneamente tendencias distintas que hasta ahora solían caminar por pasillos académicos separados.

La escala cambia lo que vemos

También hay una cuestión de tamaño geográfico. La recuperación de especies como el lobo o el jabalí puede apreciarse a escala regional o incluso nacional porque estos animales recorren grandes territorios y expanden sus poblaciones a través de áreas extensas. El deterioro de la pequeña fauna, en cambio, puede aparecer como un mosaico mucho más irregular.

Un pesticida, la desaparición de un seto, la pérdida de una charca o la transformación de una parcela pueden provocar efectos intensos en espacios relativamente pequeños. Así, una región puede mostrar una expansión evidente de grandes vertebrados y, al mismo tiempo, acumular pequeños puntos de deterioro difíciles de percibir cuando se contempla el mapa desde lejos.

La presión humana no desapareció: cambió de sitio

La transición desde sociedades eminentemente agrarias hacia economías industriales y tecnológicas redujo algunas formas tradicionales de presión sobre la fauna, pero generó o amplificó otras. La agricultura intensiva concentra maquinaria, agua, fertilizantes y productos químicos en superficies determinadas; al mismo tiempo, otras tierras dejan de cultivarse y entran en procesos de sucesión vegetal.

Entre los factores que afectan a la fauna pequeña, los investigadores señalan los pesticidas, medicamentos veterinarios, infraestructuras y especies invasoras, junto con la simplificación del paisaje, las enfermedades emergentes y el cambio climático. Un cóctel menos espectacular que una escopeta o un veneno contra depredadores, pero capaz de modificar profundamente las comunidades biológicas.

El abandono rural tampoco produce efectos exclusivamente positivos. Cuando desaparecen pastos, cultivos tradicionales y zonas abiertas, el matorral y el bosque pueden avanzar. Eso favorece a determinadas especies, pero perjudica a otras que necesitan hábitats abiertos o semiabiertos. Y las pocas áreas abiertas que permanecen pueden encontrarse, precisamente, entre las más intensificadas.

El resultado tiene algo de trampa: el paisaje tradicional desaparece por un extremo y se industrializa por el otro. Entre ambos movimientos quedan especies que dependían de ese mosaico de pequeñas parcelas, linderos, pastizales y charcas que durante generaciones caracterizó muchas zonas rurales.

Por qué perder pequeños animales cambia mucho más de lo que parece

El tamaño engaña. Un insecto puede resultar menos impresionante que un oso, pero los ecosistemas no funcionan por concurso de popularidad. Animales grandes y pequeños están unidos por redes de depredación, competencia, parasitismo y alimentación, y también mediante la vegetación, la carroña o el estiércol.

Un gran herbívoro modifica la estructura de las plantas; sus excrementos sostienen comunidades enteras de invertebrados; su cadáver alimenta a carroñeros de todos los tamaños. Los insectos, a su vez, sirven de alimento a aves y anfibios, intervienen en la descomposición de materia orgánica y participan en numerosos procesos de polinización. Tocar una pieza termina moviendo otras, aunque la sacudida tarde en verse.

Los investigadores plantean que la combinación entre recuperación de grandes especies y pérdida de fauna pequeña podría originar comunidades biológicas sin equivalentes históricos claros. No sería simplemente regresar a la naturaleza que existía antes de la industrialización, sino construir, casi sin pretenderlo, una composición nueva de especies y abundancias. Sus efectos completos todavía no están suficientemente estudiados.

Entre los procesos potencialmente afectados figuran la productividad vegetal, la descomposición y la dispersión de semillas, e incluso la transmisión de enfermedades. De ahí que contar lobos, osos o corzos dé información valiosa, sí, pero no alcance para diagnosticar por sí solo la salud de un territorio.

La conservación necesita mirar también debajo de la hierba

La principal consecuencia práctica del trabajo es bastante sencilla de formular y bastante más difícil de ejecutar: evaluar la recuperación de la naturaleza exige observar varios niveles de la cadena alimentaria, no solo aquellas especies grandes cuya vuelta resulta más evidente.

Los autores defienden indicadores capaces de integrar animales de distintos tamaños y grupos tróficos. Eso supone seguir la evolución de grandes mamíferos y rapaces, pero también de insectos, anfibios y pequeñas aves. El éxito de una política de conservación no debería medirse únicamente por el regreso de una especie emblemática si, alrededor de ella, se está empobreciendo buena parte de la comunidad biológica.

No se trata de restar valor a la recuperación del lobo, del oso o de los grandes herbívoros. El propio trabajo considera deseable y necesaria esa recuperación después de siglos de persecución. La advertencia va por otro camino: convertirla en sinónimo automático de restauración ecológica puede producir una fotografía demasiado bonita para un paisaje bastante más complicado.

Un campo más salvaje no siempre es un campo más sano

El mundo rural europeo está cambiando de piel. En algunos lugares desaparece la agricultura tradicional y vuelve el bosque; en otros, la producción se concentra y se intensifica. Grandes animales regresan a territorios de los que habían sido expulsados, mientras criaturas diminutas retroceden entre pesticidas, pérdida de hábitats, calentamiento y paisajes simplificados.

Ahí reside la paradoja señalada por el CSIC: la naturaleza puede recuperarse por arriba y deteriorarse por abajo al mismo tiempo. Ver un corzo al amanecer o confirmar el regreso de una pareja de lobos sigue siendo una señal relevante. Solo que no basta. A veces, para saber cómo está realmente un ecosistema, hay que dejar de mirar la silueta grande en el horizonte y acercarse a lo que ocurre entre la hierba.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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