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Milán afronta la rabia de sus periferias tras los saqueos del centro
Los disturbios de Milán revelan el malestar de jóvenes de la periferia, entre precariedad, frustración, redes sociales y falta de horizonte.
Resumen
- Los disturbios de Milán dejaron saqueos, daños y centenares de identificados
- Muchos jóvenes procedían de periferias y expresaban precariedad y frustración
- El Gobierno respondió con más seguridad y nuevas medidas contra la violencia
Los disturbios que sacudieron Milán el 17 y 18 de octubre han dejado algo más difícil de reparar que los escaparates destrozados del centro. Tras los saqueos, las cargas, los incendios y los centenares de jóvenes identificados aparece un fenómeno menos ordenado que una revuelta política y bastante más incómodo: adolescentes y veinteañeros, muchos llegados desde la periferia y el hinterland, que dicen sentirse fuera de la ciudad próspera que contemplan cada día desde el teléfono. Una rabia sin manifiesto, sin organización reconocible y, en demasiados casos, sin otra traducción que romper cosas.
La protesta convocada por Italia in Piazza contra el coste de la vida reunió el sábado 17 a unas 5.000 personas en Milán, pero terminó desbordada por grupos muy jóvenes que se enfrentaron a la Policía y atacaron comercios entre el Duomo, San Babila y las principales calles comerciales. El domingo hubo nuevos saqueos. A escala nacional, solo durante la primera jornada fueron llevadas a dependencias policiales 197 personas y se practicaron 28 arrestos; en Milán, el balance siguió creciendo durante las horas posteriores.
Lo inquietante no es únicamente la violencia. Es su falta de una explicación única. La investigación policial no ha encontrado pruebas de una dirección externa que manejara a los participantes, y el ministro del Interior, Matteo Piantedosi, ha hablado de un fenómeno nuevo y complejo. El alcalde Giuseppe Sala cifró posteriormente en 343 las personas interceptadas tras los disturbios y señaló que solo alrededor del 20% eran milanesas y otro 20% extranjeras. Uno de los identificados tenía apenas 11 años.
El centro como escaparate y la periferia como sala de espera
Milán tiene una geografía que se entiende bien incluso sin mapa. En pocos minutos se puede pasar de los bloques envejecidos de San Siro, Barona o Giambellino a una ciudad de boutiques, restaurantes, áticos de cristal y escaparates donde una chaqueta puede costar varios meses de sueldo. No hay una muralla. Casi sería más sencillo si la hubiera.
Ese contraste aparece una y otra vez en los testimonios recogidos tras los disturbios. Jóvenes procedentes de barrios populares hablan de empleos precarios, familias que llegan con dificultad a final de mes, aburrimiento y una sensación persistente de vivir mirando desde fuera. Para muchos, el malestar acaba girando alrededor de una idea muy elemental: falta dinero, falta horizonte y sobra frustración. TikTok e Instagram funcionan como punto de encuentro y, al mismo tiempo, como escaparate permanente de la vida que otros parecen llevar.
No todos esos jóvenes son pobres, ni todos los habitantes de las periferias viven instalados en el resentimiento. Conviene decirlo porque las explicaciones cómodas suelen durar menos que un vídeo de TikTok. Hay familias trabajadoras, estudiantes, asociaciones, educadores y chavales que intentan abrirse camino exactamente en los mismos barrios. Pero los relatos posteriores a los disturbios dibujan una franja que siente que las cartas están marcadas antes de empezar la partida. Algunos hablan de conseguir un empleo estable; otros fantasean con hacerse ricos mediante el trading; otros, simplemente, con marcharse de Italia.
Una protesta sin partido, pero con algoritmo
La movilización milanesa resulta difícil de encajar en las categorías clásicas. No aparece un partido dirigiendo la protesta, tampoco un sindicato o una organización estudiantil capaz de ordenar consignas, recorridos y reivindicaciones. El algoritmo, por supuesto, no exige carnet.
Las convocatorias circularon por TikTok y otras plataformas sociales, donde mensajes, vídeos e imágenes se propagaron con rapidez. Durante el fin de semana se mezclaron manifestantes contra el encarecimiento de la vida con pequeños grupos violentos, adolescentes atraídos por la concentración y jóvenes que parecían acudir por pura emulación. La propia investigación describe una composición extremadamente heterogénea.
Ahí aparece una de las novedades del episodio. Las redes no solo sirven para convocar una protesta; permiten que un acontecimiento se convierta casi inmediatamente en contenido. Se rompe un escaparate, alguien graba. Se corre delante de la Policía, alguien graba. Se exhibe lo robado, alguien graba. La revuelta también se consume en vertical, con música, comentarios y vídeos de pocos segundos.
Ese comportamiento encaja en un contexto europeo más amplio, con adolescentes movilizados mediante TikTok, Telegram, Signal o Discord y referencias tomadas de protestas juveniles vistas en ciudades como París, Bruselas o Berlín. Entre los símbolos ha aparecido incluso la bandera pirata del manga One Piece, convertida en distintos países en una peculiar enseña generacional.
El dinero convertido en medida de todas las cosas
El sociólogo Mauro Magatti, profesor de la Universidad Católica, ha señalado una idea especialmente reveladora: para una parte de estos jóvenes el dinero funciona como un gran reparador, la fantasía capaz de borrar de golpe los inconvenientes de haber nacido en un barrio, una familia o una posición social determinados. No domina necesariamente una voluntad revolucionaria de transformar la sociedad; pesa más el deseo de acceder al mismo modelo de consumo y éxito que esa sociedad exhibe sin descanso.
Una investigación promovida por Magatti sobre jóvenes de 14 a 24 años dibuja, además, un paisaje poco tranquilizador: aproximadamente uno de cada cuatro se encuentra en una posición de cierre, rechazo, marginalidad o retirada, mientras alrededor de uno de cada cinco mantiene una visión positiva del futuro. Entre ambos queda un grupo enorme, cerca de la mitad, que avanza entre incertidumbre, ansiedad y dificultad para imaginar qué hacer con su vida.
Cuando el móvil enseña una vida que parece inaccesible
La contradicción tiene algo muy contemporáneo. Nunca hubo tanta facilidad para observar cómo viven los ricos, los famosos o, simplemente, quienes aparentan serlo. El adolescente de un bloque periférico puede ver desde su dormitorio un Lamborghini en Dubái, un reloj de cinco cifras, zapatillas de edición limitada y un apartamento frente al mar. Todo antes de desayunar.
Después baja a la calle y quizá encuentra un barrio con pocos espacios de encuentro, escasa oferta cultural y familias que cuentan los euros. Esa comparación no fabrica automáticamente delincuentes, claro. Millones de jóvenes utilizan las mismas redes y no saquean tiendas. Pero ayuda a entender por qué consumo, dinero y reconocimiento aparecen con tanta frecuencia en el vocabulario de quienes participaron en los disturbios.
En barrios como Barona y Giambellino, los educadores trabajan precisamente para reconstruir vínculos allí donde demasiadas horas transcurren frente a una pantalla. Buscan grupos de adolescentes, hablan con ellos, intentan conocer sus ambiciones y crear una relación con adultos que no parta directamente del juicio. Parece poca cosa frente a un escaparate roto. Probablemente sea bastante más difícil.
Del malestar al delito hay una frontera que no desaparece
Comprender el contexto no obliga a decorar la violencia con romanticismo. Durante el fin de semana hubo comercios saqueados, mobiliario destrozado, vehículos dañados y agresiones contra las fuerzas de seguridad. Los desperfectos fueron valorados posteriormente en más de un millón de euros, sin contar las pérdidas comerciales, y decenas de personas fueron arrestadas. Buena parte eran menores.
Ese dato importa porque existe la tentación, desde posiciones muy distintas, de convertir los hechos en una fábula política sencilla. Para unos, todo sería delincuencia sin contexto; para otros, cualquier destrozo quedaría absorbido por la palabra “rabia”. Ninguna de las dos explicaciones alcanza demasiado lejos.
Un adolescente puede tener motivos serios para sentirse abandonado y seguir siendo responsable de romper una tienda. Un barrio puede sufrir pobreza y no ser un vivero de delincuentes. Y una democracia puede escuchar el malestar sin legitimar el saqueo. El matiz, esa criatura poco fotogénica, sigue siendo bastante útil.
El presidente de la República, Sergio Mattarella, reclamó una condena clara de toda violencia, pero también un análisis profundo de unos protagonistas que las autoridades consideran distintos de los grupos radicales tradicionales. Los investigadores se encontraron con numerosos menores sin militancia política reconocible y con motivaciones difíciles de reducir a una sola causa.
La polémica se amplificó cuando Marracash, criado precisamente en la Barona milanesa, comentó públicamente los disturbios. El rapero afirmó que llevaba tiempo esperando una reacción social de este tipo y recuperó una frase de su repertorio, “Con las buenas no cambias las cosas”, aunque posteriormente precisó que no estaba haciendo una apología de la violencia y defendió que también existen otras violencias vinculadas a la desigualdad y a la falta de futuro.
Sus palabras tuvieron una recepción especialmente favorable entre algunos jóvenes de las periferias. No porque Marracash se haya convertido de pronto en jefe político de nada, sino porque representa algo más sencillo: alguien que salió de allí y tiene voz pública. Para quien cree que nadie escucha su barrio, una celebridad capaz de nombrarlo adquiere una autoridad que la política institucional no siempre consigue.
Eso no elimina el problema de la responsabilidad. Una frase incendiaria publicada por una estrella con millones de oyentes pesa más que la misma frase pronunciada entre cuatro amigos en un banco. Tampoco convierte al artista en organizador de los disturbios. Interior sostiene que, hasta el momento, no existen evidencias de una dirección externa detrás de los jóvenes violentos.
El Gobierno responde con penas más duras y 500 militares
Roma ha reaccionado con rapidez. Tras los sucesos de Milán, el Consejo de Ministros aprobó un nuevo decreto de seguridad que introduce el delito de violencia organizada en manifestaciones públicas, amplía determinados instrumentos de detención preventiva y endurece las consecuencias para actos violentos cometidos en grupo. También contempla medidas específicas para menores y sanciones económicas a padres de menores implicados en episodios violentos.
El decreto prevé penas de entre dos y cinco años para determinadas conductas violentas durante protestas y castigos mayores para quienes organicen o promuevan mediante herramientas digitales grupos destinados a protagonizar manifestaciones violentas. El Ejecutivo también ha autorizado el envío de 500 militares adicionales a Milán hasta el 31 de diciembre, dentro del dispositivo de seguridad pública.
Piantedosi ha descartado por el momento que exista una prueba de manipulación externa de los adolescentes, mientras las autoridades preparan un despliegue reforzado ante posibles nuevas concentraciones. Sala, que había criticado la insuficiencia inicial del dispositivo policial, respalda ahora una fase de mayor control, aunque admite que la respuesta no puede terminar ahí: queda un problema generacional que habrá que comprender.
La seguridad es la primera obligación cuando se incendian calles y se saquean comercios. También es la parte más inmediata. Mandar uniformes puede contener un disturbio; resulta bastante más difícil llenar el vacío de una tarde cualquiera en Barona, encontrar trabajo estable a un chico de 19 años o convencer a alguien de 15 de que su futuro vale más que el último vídeo viral.
Milán ha visto algo más que escaparates rotos
Las imágenes más fáciles de recordar son las de siempre: cristales en el suelo, humo, policías con casco, jóvenes corriendo con sudaderas negras. Las cámaras adoran el estrépito. Pero bajo ese ruido aparecen historias bastante menos cinematográficas: un padre que mantiene una familia con un sueldo modesto, un adolescente que quiere un empleo normal, otro que sueña con hacerse rico deprisa, otro que piensa en marcharse del país. El denominador común mezcla apatía, precariedad, deseo de consumo y necesidad de pertenecer.
Nada de eso absuelve a quien roba o agrede. Tampoco debería servir para estigmatizar a una generación completa ni a los barrios de donde salieron muchos de los participantes. Sería demasiado cómodo convertir “periferia” en sinónimo de amenaza y volver después al centro, donde todo reluce otra vez cuando cambian el cristal.
Milán se enfrenta a una realidad más prosaica. Una parte de sus jóvenes contempla diariamente una sociedad que promete movilidad, riqueza y libertad individual, mientras percibe que el ascensor tarda demasiado o directamente no llega a su planta. Algunos reaccionan estudiando, trabajando, asociándose, haciendo música. Una minoría eligió aquel fin de semana romper escaparates y enfrentarse a la Policía.
La democracia tiene que distinguirlos. Ni romanticismo con los violentos ni indiferencia ante el malestar. Porque reconstruir una tienda puede llevar unos días; reconstruir la confianza de una generación que considera que vive al otro lado del escaparate suele salir bastante más caro.
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