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Cultura

Studio Ghibli creó ‘El viaje de Chihiro’ sin guion y sobre la marcha

‘El viaje de Chihiro’ empezó sin un guion cerrado: Miyazaki fue dando forma a la historia mientras dibujaba y el estudio avanzaba con la película.

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El viaje de Chihiro

Imagen: IMDb.

Resumen

  • Miyazaki empezó ‘El viaje de Chihiro’ sin un guion cerrado
  • La historia fue tomando forma mientras avanzaban los storyboards
  • El método acabó dando una película de 1.415 planos y un Oscar

El viaje de Chihiro parece una de esas películas en las que todo estaba decidido antes de levantar el lápiz: personajes que reaparecen en el momento exacto, silencios que pesan tanto como los diálogos, símbolos colocados con una precisión casi sospechosa y una historia que avanza con la extraña lógica de los sueños. La realidad detrás de su creación es bastante más desconcertante. Hayao Miyazaki empezó la producción sin tener terminada la historia y fue desarrollándola mientras dibujaba los storyboards.

No se trató de animar cualquier cosa que surgiera por la mañana. Miyazaki tenía personajes, una premisa, imágenes, ambientes y una dirección general. Lo que no tenía era el equivalente al guion cerrado convencional, con principio, desarrollo y final fijados antes de iniciar la producción. El estudio comenzó a trabajar mientras sus storyboards seguían creciendo y el destino exacto de la historia todavía no estaba completamente decidido.

El dato resulta especialmente llamativo porque hablamos de una obra de 1.415 planos, convertida después en uno de los grandes títulos del cine de animación contemporáneo. Miyazaki había calculado inicialmente unos 1.200. La película, por decirlo de alguna manera, decidió pedir más.

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La historia de Chihiro se escribía mientras se dibujaba

El método de Miyazaki invierte buena parte del proceso habitual de una producción de animación. En un esquema convencional, el guion funciona como columna vertebral; a partir de ahí se construyen secuencias, se preparan diálogos, se diseñan planos y finalmente se anima. En Ghibli, bajo la dirección del cineasta japonés, el dibujo podía llegar antes que muchas respuestas.

Los storyboards —una sucesión dibujada de planos que anticipa movimientos, encuadres, acciones y ritmo— se convertían prácticamente en el territorio donde nacía el relato. La película adquiría forma visual antes de estar narrativamente cerrada. La producción podía avanzar mientras Miyazaki todavía desarrollaba los tableros que decidían qué ocurriría después.

La diferencia llegaba incluso a la relación entre imagen y voz. En buena parte de la animación occidental es habitual registrar primero los diálogos para construir después la interpretación animada. Miyazaki podía trabajar al revés: la imagen marcaba el ritmo y las voces tenían que ajustarse posteriormente a lo que ya sucedía en pantalla. No es un detalle técnico menor. Cambia la respiración de la película.

No era improvisar sin rumbo

Decir que El viaje de Chihiro se hizo “sin guion” puede llevar a una conclusión equivocada. Había ideas previas, propuestas argumentales e incluso un planteamiento que Miyazaki tuvo que reducir cuando comprobó que la película podía crecer demasiado. Había estructura, pero no una estructura petrificada.

Antes de llegar a Chihiro, el cineasta había explorado otros proyectos. Entre ellos apareció una posible adaptación de A Mysterious Town Over the Mist, de Sachiko Kashiwaba, y otra propuesta titulada Rin and the Chimney Painter. Ambas quedaron atrás. Algunos de aquellos caminos, sin embargo, ya contenían un elemento que terminaría siendo fundamental: el mundo de los baños públicos.

Ahí se entiende mejor su método. Miyazaki no partía de una hoja completamente en blanco cada mañana. Acumulaba imágenes, recuerdos, espacios y personajes; luego los hacía chocar entre sí hasta encontrar una película. Algo parecido a construir una casa mientras todavía se decide dónde termina el pasillo. Poco tranquilizador para quien gestione calendarios, bastante coherente con una filmografía que rara vez parece salida de un molde.

Chihiro nació pensando en niñas reales de diez años

La protagonista tampoco nació como la heroína arquetípica de una aventura fantástica. Miyazaki quería hacer una película dirigida especialmente a niñas de unos diez años y se fijó en la hija de un amigo y en otras chicas de su edad. Su intención era crear a alguien reconocible, no una niña extraordinaria equipada desde el primer minuto con poderes espectaculares.

Ese detalle explica mucho de Chihiro. Al comienzo es insegura, incluso apática; tiene miedo y no parece destinada a salvar nada. Pero la película tampoco intenta convertirla repentinamente en una superheroína. Su transformación surge de capacidades que ya estaban dentro del personaje, no de un poder mágico caído del cielo.

Chihiro trabaja, limpia, recuerda nombres, se equivoca, siente miedo y continúa. En un universo poblado por dragones, espíritus, brujas gigantescas y criaturas sin rostro, lo extraordinario termina siendo precisamente que ella conserve algo bastante corriente: sentido común y capacidad de adaptación.

Incluso una de sus escenas más famosas apareció después

El procedimiento llegó a producir coincidencias que el propio Miyazaki reconocería abiertamente. Para él, la escena en la que Chihiro viaja en tren tenía un peso emocional enorme. Quería recrear la sensación de viajar solo por primera vez, concentrado en la experiencia hasta casi olvidar el paisaje exterior.

Para entonces había dibujado previamente aquel territorio cubierto por el agua debido a la lluvia. No lo había hecho pensando específicamente en el tren. Solo cuando llegó a esa secuencia comprendió que el escenario inundado encajaba perfectamente con la imagen que necesitaba.

Es uno de los ejemplos más claros de cómo funcionaba su creación: una decisión visual podía encontrar su sentido narrativo bastante después. Primero llegaba la intuición; la explicación racional podía aparecer más tarde, cuando el trabajo ya estaba sobre la mesa.

De 1.200 planos previstos a 1.415

Miyazaki llegó a describir su relación con la película de una manera casi provocadora: sentía que no era él quien la hacía, sino que la película parecía hacerse a sí misma y él debía seguirla. La frase suena romántica, aunque detrás existía un problema industrial muy concreto: calendario, trabajadores, presupuesto y miles de dibujos esperando decisiones.

Había previsto alrededor de 1.200 planos. Terminó necesitando 1.415 planos. También explicó que tardó cerca de tres años en completar la película. Su método podía producir hallazgos sorprendentes, sí, pero trasladaba una presión considerable al resto del equipo. La inspiración, cuando trabajan cientos de manos alrededor, también pasa factura.

Ahí desaparece cierta versión demasiado azucarada del genio que simplemente sigue su instinto. Una película de animación no aparece porque alguien tenga una tarde particularmente poética. Hay centenares de decisiones técnicas y artísticas detrás de cada minuto. La libertad creativa de Miyazaki descansaba también sobre una maquinaria profesional extraordinariamente exigente.

Una película sin guion cerrado que terminó haciendo historia

El viaje de Chihiro se estrenó en Japón en 2001 y acabó convertida en la obra internacionalmente más decisiva de Studio Ghibli. En 2002 obtuvo el Oso de Oro del Festival de Berlín y en 2003 ganó el Oscar a mejor largometraje de animación.

Su recorrido resulta todavía más singular al conocer cómo fue construida. Una historia que parece cuidadosamente predestinada fue descubriéndose mientras avanzaba su producción. Chihiro, Haku, Yubaba, Sin Cara, el balneario y ese tren que atraviesa silenciosamente una extensión de agua quedaron unidos mediante una forma de trabajo en la que las imágenes no ilustraban simplemente un texto previo: las imágenes estaban ayudando a escribir la película.

Más de dos décadas después, Studio Ghibli vuelve a ocupar un lugar destacado en España. El estudio ha sido distinguido con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2026, un reconocimiento a una trayectoria que ha convertido imaginación, sensibilidad y observación de lo cotidiano en historias universales. Su presidente, Kenichi Yoda, ha viajado a Oviedo para recoger el galardón este viernes 23 de octubre.

El extraño orden detrás de una obra perfectamente ordenada

Conocer el proceso no reduce el misterio de El viaje de Chihiro. Más bien hace lo contrario. La película no surgió de un libreto completamente terminado al que cientos de artistas dieron obedientemente movimiento, sino de una historia que Miyazaki fue encontrando mientras la dibujaba, corrigiendo su tamaño, descubriendo relaciones y dejando que algunas imágenes explicaran después por qué habían aparecido.

Y, aun así, nada parece arbitrario cuando termina el viaje. Ese es quizá el detalle más fascinante. El espectador ve una obra cerrada; detrás hubo un camino abierto. Una niña atraviesa un túnel sin saber exactamente qué hay al otro lado. Durante buena parte de la producción, su director tampoco lo sabía del todo. Y siguió dibujando.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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