España
Alfonso Serrano llama «verdulera» a Bergerot en la Asamblea de Madrid
Alfonso Serrano llamó «verdulera» a Manuela Bergerot durante una bronca en la Asamblea de Madrid, en pleno choque por las protestas educativas.
Imagen: PP Comunidad de Madrid / CC BY 2.0.
Resumen
- Serrano llamó «verdulera» a Bergerot en plena bronca de la Asamblea
- El choque llegó durante el debate por las protestas de la educación pública
- Ossorio pidió silencio y el pleno siguió tras varios minutos de tensión
El secretario general del PP de Madrid, Alfonso Serrano, ha protagonizado uno de los momentos más tensos del pleno de la Asamblea madrileña al dirigirse desde su escaño a la portavoz de Más Madrid, Manuela Bergerot, con un contundente «cállate ya, verdulera». La frase se escuchó durante una bronca entre las bancadas mientras intervenía Isabel Díaz Ayuso y terminó concentrando, en apenas cuatro palabras, buena parte del clima que se respiraba en la Cámara.
El episodio se produjo en pleno enfrentamiento por las protestas de los docentes madrileños. Bergerot había reprochado a Ayuso su respuesta a las movilizaciones y aseguró que la presidenta vive «bunkerizada», mientras Ayuso denunciaba sentirse acosada y defendía que no piensa callarse pese a tener que acudir escoltada a distintos actos. Entre interrupciones, abucheos y réplicas llegó el grito de Serrano.
«Cállate ya, verdulera»: el grito de Serrano en plena bronca
La secuencia arrancó durante el choque entre Ayuso y Bergerot por la huelga educativa y las movilizaciones que han acompañado algunos actos de la presidenta regional. La dirigente de Más Madrid acusó al Gobierno autonómico de criminalizar las protestas y recordó las críticas que la propia Ayuso había dirigido en otras ocasiones contra dirigentes políticos incapaces de pisar la calle sin encontrarse contestación ciudadana.
Bergerot sostuvo que Ayuso tiene que salir «con la cabeza gacha» de algunos actos para evitar encontrarse cara a cara con profesoras de la enseñanza pública. La presidenta madrileña replicó elevando también el tono: «No me voy a callar», afirmó, antes de denunciar que lleva semanas necesitando escolta y acusar a la izquierda de utilizar métodos intimidatorios.
Cuando las protestas desde las bancadas de PSOE y Más Madrid aumentaron, Ayuso aseguró que sus adversarios estaban «acosando incluso dentro de los parlamentos». En ese momento se escuchó a Serrano, situado detrás de la presidenta, espetar a Bergerot: «Cállate ya, verdulera».
La sesión llegó a detenerse durante varios minutos por el revuelo. El presidente de la Asamblea, Enrique Ossorio, pidió silencio a Serrano y el pleno continuó. No hubo expulsión ni una interrupción prolongada. El parlamentarismo sobrevivió, claro, aunque durante unos instantes aquello se pareciera bastante menos a una cámara legislativa que a una discusión subida de volumen.
Un pleno atravesado por interrupciones y reproches
La salida de tono no apareció en un vacío. El pleno del 22 de octubre estuvo marcado por constantes interrupciones y enfrentamientos entre PP, Más Madrid y PSOE, con varios asuntos políticos acumulándose en la misma sesión y una campaña electoral que ya condiciona buena parte de la conversación pública.
También planeó sobre el debate la visita a Madrid del presidente argentino Javier Milei y su relación con Ayuso. La oposición criticó a la presidenta madrileña por sus encuentros con el mandatario argentino, mientras el PP respondió defendiendo sus posiciones y cargando contra sus adversarios. El resultado fue un hemiciclo en el que las palabras competían, literalmente, por hacerse oír.
En ese ambiente, cuestiones de bastante peso —la educación pública, las movilizaciones sociales o la situación de la vivienda— quedaron mezcladas con acusaciones personales y una sucesión de réplicas cada vez más ásperas. Política madrileña en estado concentrado: demasiadas cosas hirviendo en la misma olla.
Bergerot había acusado a Ayuso de vivir «bunkerizada»
El choque que desembocó en el comentario de Serrano comenzó con las críticas de Manuela Bergerot a la gestión de las protestas del profesorado. La portavoz de Más Madrid recordó que Ayuso había ironizado otras veces sobre dirigentes incapaces de caminar por la calle sin recibir protestas y le reprochó encontrarse ahora con movilizaciones en numerosos actos.
Bergerot defendió que los profesores están «dignificando» la educación pública con sus protestas y acusó al Gobierno regional de no atender sus reivindicaciones. La tensión no se quedaba dentro del edificio: miles de docentes se habían concentrado ante la Asamblea coincidiendo con la celebración del pleno.
La protesta educativa mantiene enfrentados al Ejecutivo autonómico y a parte del profesorado desde el inicio de la huelga indefinida. Entre las reivindicaciones figuran la reducción de horas lectivas, la bajada de ratios, mejoras salariales, más recursos para los centros, actuaciones sobre las infraestructuras y una menor carga burocrática.
Ayuso, por su parte, ha cuestionado el carácter de las movilizaciones y sostiene que existe una fuerte instrumentalización política de la huelga. Ese choque de diagnósticos explica buena parte de la temperatura que alcanzó el debate: detrás de los insultos hay una disputa política bastante más concreta sobre la enseñanza pública madrileña.
La tensión entre Alfonso Serrano y Bergerot viene de antes
El episodio tiene un antecedente muy reciente. Dos semanas antes, Serrano había presentado una denuncia ante la Policía Nacional contra Bergerot por unas palabras pronunciadas en otro pleno de la Asamblea: «En las calles de Madrid no va a haber paz», dijo entonces la portavoz de Más Madrid tras la muerte de Maricarmen, una mujer de 87 años que había sido desahuciada días antes.
El PP interpretó aquellas declaraciones como una posible amenaza y Serrano pidió que se investigara si tenían relevancia penal. Bergerot rechazó esa lectura, negó haber amenazado a nadie y defendió que se refería a la continuidad de las movilizaciones sociales.
La relación política entre ambos, por tanto, llega bastante deteriorada. La expresión «verdulera» no inaugura el enfrentamiento; añade otro capítulo a una escalada verbal que ha ido creciendo durante las últimas semanas y que empieza a desplazar el fondo de los debates.
Hay, además, una contradicción difícil de pasar por alto. Un dirigente que recientemente acudió a la Policía porque consideró que las palabras de una adversaria podían contribuir a un clima intimidatorio termina protagonizando después su propio exabrupto parlamentario. La discrepancia política admite dureza. El insulto personal juega en otra liga.
«Verdulera», un insulto que desplaza el debate político
La palabra elegida por Serrano tiene una carga bastante evidente cuando se utiliza como descalificación. No describe el oficio de quien vende verduras; pretende presentar a otra persona como ordinaria, estridente o maleducada. Y dirigida a una mujer arrastra también una tradición nada inocente de desautorizar a quien habla alto, interrumpe o rompe con ciertas convenciones sobre cómo debería expresarse.
No hace falta convertir el incidente en un seminario lingüístico. Basta con observar la escena: un dirigente político no estaba describiendo a su adversaria, estaba intentando desacreditarla en mitad de una discusión parlamentaria.
Antonio García Ferreras ironizó después al asegurar que la mayoría de las verduleras que conoce están «muy por encima de este nivel». La ocurrencia tiene su golpe, pero debajo queda una cuestión más seria: el deterioro del debate parlamentario. Porque una verdulería, dicho sea con todo el respeto, es un negocio. Un parlamento es otra cosa. O debería.
Una Asamblea cada vez más atrapada en la bronca
El incidente de Alfonso Serrano podría quedarse en una anécdota de apenas unos segundos, uno de esos vídeos que atraviesan las redes sociales y enseguida son sustituidos por la siguiente polémica. Resulta más significativo por el contexto: la Asamblea de Madrid lleva semanas acumulando episodios de fuerte confrontación política.
Acusaciones de amenazas, descalificaciones personales y choques cada vez más broncos terminan dejando asuntos materiales —educación, vivienda, servicios públicos— bajo una nube de pólvora verbal. Esta vez, precisamente, el origen de la discusión estaba en una huelga de profesores y en la respuesta del Gobierno regional a sus reivindicaciones.
Es legítimo discutir si una protesta está politizada. También lo es cuestionar al Gobierno, criticar a la oposición o denunciar comportamientos que se consideren intimidatorios. Ese es, en buena medida, el trabajo de un parlamento democrático. Mandar callar a una adversaria llamándola «verdulera» pertenece a una categoría bastante menos sofisticada.
La política española atraviesa una época en la que casi todos denuncian la crispación mientras aportan, cada cual a su manera, alguna astilla a la hoguera. El pleno madrileño dejó un ejemplo bastante limpio de esa contradicción: se reivindica el respeto institucional mientras los escaños se convierten en trincheras.
Cuando el ruido termina devorando el debate
El grito de Alfonso Serrano no modifica una ley ni cambia el resultado de una votación, pero sí retrata el clima político en el que se produjo. La bronca acabó ocupando el espacio de cuestiones bastante más importantes: la huelga educativa, las protestas sociales y la respuesta institucional ante ellas.
Los parlamentos existen, precisamente, para que los conflictos políticos se resuelvan mediante la palabra. Allí se discute, se exagera, se interrumpe y, de vez en cuando, alguien cruza la raya. Forma parte del paisaje humano de la política. El problema aparece cuando la excepción empieza a parecer una forma habitual de conversación.
Esta vez fueron cuatro palabras —«cállate ya, verdulera»— pronunciadas desde la bancada popular. Bastaron para resumir una mañana de tensión en la Asamblea de Madrid. Y quizá ahí esté lo más revelador: cuando un insulto consigue explicar mejor una sesión que los argumentos pronunciados durante el resto del pleno, la política se hace pequeña y el ruido, enorme.
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