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La renta familiar marca cuánto se controlan las pantallas de los hijos

Un estudio con 1.500 familias revela que la renta condiciona los límites de pantalla, la supervisión y el acompañamiento digital de los menores

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control de pantallas de los hijos

Resumen

  • El 60 % de hogares de renta alta limita pantallas, frente al 41 % de renta baja
  • El 61 % de los padres no supervisa lo que hacen sus hijos en internet
  • Las familias con menos recursos aplican menos estrategias de supervisión digital

La forma en que los niños y adolescentes españoles usan el móvil, la tableta o el ordenador también tiene una dimensión económica. Las familias con mayor nivel socioeconómico establecen con más frecuencia límites de tiempo, deciden dónde pueden utilizarse los dispositivos y recurren a más herramientas de supervisión que los hogares con menos recursos.

La diferencia es considerable. Un 60 % de las familias con mayor nivel socioeconómico limita el tiempo que sus hijos pasan delante de las pantallas, frente al 41 % de los hogares con menos recursos. Cuando se trata de decidir dónde y cuándo pueden utilizarse los dispositivos, la distancia vuelve a aparecer: 56 % frente a 40 %. La pantalla es la misma; las condiciones que la rodean, bastante menos.

Los datos proceden del informe Educación digital en la infancia y la adolescencia: prácticas, actitudes e impacto de las tecnologías digitales en los hogares españoles, elaborado por Fad Juventud y Netflix a partir de una encuesta a 1.500 padres y madres con hijos de entre 3 y 17 años y presentado este 13 de octubre en Madrid.

La renta abre una nueva brecha alrededor de las pantallas

Durante años, hablar de brecha digital significaba sobre todo hablar de acceso: disponer de ordenador, conexión a internet o teléfono móvil. El nuevo escenario es más complejo. La tecnología ha entrado prácticamente en todas las casas y la desigualdad empieza a desplazarse hacia cómo se utiliza, quién acompaña al menor y qué límites existen.

El 95 % de los niños, niñas y adolescentes incluidos en el estudio utiliza algún dispositivo electrónico. La cuestión, por tanto, ya no está únicamente en tener o no tener una pantalla al alcance de la mano. Importa qué ocurre después.

En el conjunto de hogares, el 54 % limita el tiempo de pantalla, el 50 % establece cuándo o dónde pueden utilizarse los dispositivos y el 49 % acuerda las normas con sus hijos. Nueve de cada diez progenitores aplican alguna estrategia para gestionar la vida digital de los menores.

Pero esa fotografía general suaviza las diferencias que aparecen al mirar la renta familiar.

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Entre los hogares de nivel socioeconómico alto, un 38 % utiliza cinco o más estrategias de gestión de las pantallas. El porcentaje cae al 34 % entre las familias de nivel medio y al 27 % entre las de menor nivel socioeconómico.

No se trata únicamente de apagar el móvil a determinada hora. Supervisar significa también conocer las aplicaciones utilizadas, fijar espacios de uso, conversar sobre contenidos, configurar determinadas restricciones o saber, sencillamente, qué está haciendo un menor cuando lleva media hora mirando una pantalla en silencio.

Menos recursos también pueden significar menos herramientas

El estudio detecta diferencias en el empleo de sistemas destinados a restringir tiempos y contenidos. Los utiliza el 37 % de las familias con mayor nivel socioeconómico, frente al 29 % de las situadas en el nivel bajo.

Ese desnivel ayuda a entender por qué la desigualdad digital resulta menos visible que otras. Dos adolescentes pueden tener teléfonos parecidos, conexión a internet y acceso a las mismas redes sociales, pero crecer bajo condiciones de acompañamiento muy distintas.

Las familias con más recursos declaran sentirse también más capacitadas para acompañar a sus hijos en el entorno digital. En los hogares con menos ingresos aparecen mayores dificultades para hacerlo y, como consecuencia, los menores pueden consumir contenidos con menor supervisión.

Conviene no convertir el dato en una caricatura de padres atentos frente a padres despreocupados. El acompañamiento digital exige tiempo, conocimientos, herramientas y capacidad para sostener determinadas normas en el hogar. Y esas cuatro cosas, aunque no aparezcan en la factura del teléfono, tampoco están repartidas por igual.

El dormitorio y los espacios privados reducen la supervisión

La diferencia socioeconómica aparece incluso en el lugar físico donde se utilizan los dispositivos.

En los hogares con menos recursos resulta más frecuente que los menores usen las pantallas fuera de las zonas comunes de la vivienda, donde la supervisión adulta es inevitablemente menor. El 30 % de los menores pertenecientes a familias de nivel socioeconómico bajo utiliza el teléfono móvil en espacios privados del hogar.

Son 12 puntos más que entre los menores de familias con nivel socioeconómico alto.

Parece un detalle doméstico —un móvil en el dormitorio, una puerta cerrada, unos auriculares—, pero modifica bastante el contexto. No es lo mismo ver un vídeo sentado en el salón mientras hay adultos alrededor que navegar durante horas en una habitación sin que nadie pueda advertir fácilmente qué contenido aparece o con quién se está hablando.

La gestión de las pantallas no ocurre en abstracto. Ocurre en casas reales, con horarios laborales, habitaciones disponibles, cansancio, conciliación, hermanos, estudios y teléfonos que caben en un bolsillo. Ahí es donde las estadísticas empiezan a tener paredes.

El 61 % de los padres no supervisa lo que hacen sus hijos en internet

Hay otro dato particularmente revelador. Aunque la mayoría de familias establece algún tipo de norma, el 61 % de los progenitores no supervisa las actividades que sus hijos realizan en internet.

Y el 51 % tampoco habla con ellos sobre los riesgos de la red.

Es decir, muchas familias regulan el cuánto —el tiempo delante de la pantalla—, pero bastante menos el qué. Esa diferencia importa porque dos horas de deberes, una conversación con amigos o una película no plantean los mismos riesgos que dos horas saltando entre perfiles desconocidos, vídeos violentos o contenidos pornográficos.

Los mayores esfuerzos de supervisión se concentran entre los 8 y los 12 años. Entre los padres que sí conversan sobre los riesgos digitales aparecen cuestiones como el contacto con desconocidos, la difusión de información privada o la dependencia de las pantallas.

También existe un efecto espejo difícil de ignorar: cuanto más utilizan las pantallas los padres, mayor es el uso de sus hijos. Las normas familiares compiten así con un mensaje mucho más poderoso que cualquier discurso educativo: el comportamiento cotidiano de los adultos.

Decir a un adolescente que deje el teléfono mientras se responde un mensaje durante la cena tiene, por decirlo suavemente, una eficacia pedagógica limitada.

Vídeos, deberes y streaming: no todo uso de pantalla es igual

El informe tampoco dibuja la tecnología como un enemigo doméstico. Sería una simplificación bastante cómoda y, a estas alturas, poco realista.

El uso más frecuente entre los menores es ver vídeos en plataformas digitales, actividad citada por el 55 % de las familias. Le siguen las tareas escolares o el estudio, con un 52 %, mientras que el consumo de contenidos en plataformas de streaming y escuchar música alcanzan el 45 %.

Los propios progenitores reconocen beneficios. Un 67 % considera que las tecnologías ayudan a sus hijos a divertirse y relajarse, mientras que el 64 % valora que permiten aprender cosas nuevas. El 62 % destaca que mejoran el manejo de la tecnología y un 56 % aprecia su utilidad para aprender idiomas.

La discusión, por tanto, no puede reducirse a contar minutos de pantalla como quien cuenta terrones de azúcar. Una videollamada con los abuelos, preparar un trabajo escolar y deslizar vídeos compulsivamente durante dos horas aparecen iluminados por el mismo rectángulo de cristal, pero son experiencias radicalmente distintas.

Ahí entra el acompañamiento. No solo limitar, también comprender qué se consume y para qué.

Pornografía, desconocidos y adicción encabezan las preocupaciones

Las familias sí identifican riesgos muy concretos. El acceso a contenidos pornográficos preocupa al 43 % de los progenitores, mientras que el contacto con personas desconocidas inquieta al 42 %.

Un 41 % menciona posibles comportamientos adictivos. El ciberacoso y la exposición a contenidos de violencia extrema preocupan al 39 %.

La paradoja aparece de nuevo: existe una percepción elevada del riesgo, pero una parte importante de los hogares no mantiene conversaciones habituales sobre esos mismos peligros ni supervisa lo que ocurre dentro de las aplicaciones.

Esa distancia entre preocupación y acompañamiento ayuda a explicar por qué la educación digital no puede descansar únicamente sobre controles automáticos, prohibiciones o límites horarios. Un filtro puede bloquear una página. No enseña a reconocer una manipulación, una petición extraña o una relación tóxica.

La autonomía digital también se aprende. Y, como ocurre con casi cualquier aprendizaje, funciona mejor cuando existe un adulto capaz de acompañarla antes de que aparezca el problema.

La pantalla también refleja la desigualdad del hogar

El estudio introduce una cuestión incómoda en el debate sobre móviles, redes sociales y menores: no todas las familias afrontan el mismo desafío desde el mismo punto de partida.

Los hogares con más recursos no solo limitan con mayor frecuencia el tiempo de pantalla. También establecen más restricciones sobre cuándo y dónde pueden usarse los dispositivos, emplean más herramientas de control y aplican un abanico mayor de estrategias educativas.

En las familias con menor nivel socioeconómico, la supervisión resulta menos intensa y el uso de dispositivos en espacios privados es más frecuente. Esa diferencia puede terminar convirtiendo la renta en otra variable que condiciona la experiencia digital de la infancia.

La tecnología prometió durante años borrar distancias. Algunas, en efecto, las ha borrado. Otras simplemente las ha trasladado unos centímetros, hasta la pequeña pantalla que un niño sostiene entre las manos.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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