Naturaleza
Oliva y Miramar limpian casas y garajes tras el paso de la dana Adam
Oliva y Miramar afrontan la limpieza tras la dana Adam, con viviendas dañadas, garajes inundados, coches afectados y negocios golpeados por el agua
Resumen
- Oliva y Miramar retiran barro y enseres tras la dana Adam
- Varios garajes siguen inundados y continúan los trabajos de achique
- Vecinos y negocios calculan pérdidas mientras intentan volver a la normalidad
Oliva y Miramar intentan recuperar la normalidad después de las graves inundaciones provocadas por la dana Adam. El agua ha desaparecido ya de buena parte de las viviendas y calles afectadas, pero la emergencia ha dejado paso a una tarea mucho más lenta: vaciar casas y negocios, achicar garajes subterráneos, comprobar instalaciones eléctricas y calcular unas pérdidas que en muchos casos todavía son difíciles de medir.
Este miércoles, 21 de octubre, las calles de las zonas más castigadas ofrecen una imagen distinta a la de las horas del temporal, aunque no precisamente normal. Muebles húmedos, electrodomésticos, colchones, herramientas y coches con las puertas abiertas se acumulan al sol. Los vecinos fotografían los desperfectos antes de retirar lo inservible, una manera de dejar constancia de unos daños que después tendrán que trasladar a aseguradoras y administraciones.
El agua desaparece de las casas, pero sigue en los garajes
La situación ha mejorado de forma visible en Miramar y Oliva. En las viviendas ya no permanece el agua que entró durante las inundaciones, aunque varios aparcamientos subterráneos continúan anegados y los trabajos de achique siguen abiertos.
Esa diferencia de apenas unos centímetros de altura entre una calle, un portal o un comercio ha acabado separando los daños importantes de los destrozos casi totales.
Toni Pallarés lo ha comprobado en su propia cafetería y zumería de la playa de Miramar. El establecimiento se encuentra por debajo de la cota de la calle. Fuera, el agua superó los 60 centímetros; dentro del negocio llegó aproximadamente a un metro de altura, dejando una marca inequívoca en las paredes.
Pallarés vive en el núcleo urbano de Oliva, que permaneció confinado durante el episodio más complicado, de modo que no pudo acceder inmediatamente al establecimiento. Una vez retirada el agua, él y su mujer comenzaron a sacar al exterior todo aquello que quizá todavía pueda salvarse: sillas, herramientas, neveras y parte del equipamiento.
Cuero, máquinas de coser y material empapado
No muy lejos, otro pequeño negocio libra una batalla distinta contra el agua y el tiempo. Sandra, artesana del cuero procedente de Lalín, en Pontevedra, había trasladado material de su tienda a un garaje de Miramar. Piezas de piel, telas y pequeños abalorios quedaron empapados. Familiares y amigos han ido sacándolo todo y extendiéndolo en escaleras, muros y cualquier superficie donde el sol pueda hacer algo de trabajo.
Entre el material aparecen dos máquinas de coser industriales cuyo futuro resulta incierto y una vieja Singer de más de un siglo. Paradójicamente, es en esta última, la veterana de la casa, donde conservan más esperanzas.
Vecinos sorprendidos mientras dormían
La inundación llegó de madrugada a numerosas viviendas y sorprendió a residentes que todavía estaban en la cama. En cuestión de minutos, un dormitorio podía convertirse en una habitación con varios centímetros de agua.
Genaro López, de 62 años, vive con problemas de movilidad después de haber sufrido varios ictus que le paralizaron parcialmente el lado izquierdo del cuerpo. Su rutina habitual terminó siendo la primera señal de alarma. Al levantarse temprano para sacar al perro, puso el pie en el suelo y encontró agua a la altura del tobillo. También observó cómo entraba por la zona de los enchufes.
Los vecinos de enfrente acudieron en su ayuda, consiguieron sacarlo de la vivienda y lo trasladaron a una primera planta. Su casa quedó devastada: muebles, ropa y documentación resultaron afectados. Genaro viste estos días prendas prestadas y ha encontrado alojamiento temporal gracias a otros residentes de la zona.
Ese pequeño tejido de ayuda vecinal se ha convertido en uno de los elementos más visibles de las horas posteriores a la dana. No borra los daños, claro, pero evita que quienes han perdido casi todo tengan además que afrontarlo solos.
Otra vecina vivió una situación parecida en una planta baja de Oliva. Ana se encontraba temporalmente en casa de su tía, una mujer de 82 años, cuando el agua comenzó a inundar completamente la vivienda. Se despertó al notar que se mojaba: el nivel había alcanzado ya el colchón. Salió con lo puesto y logró alcanzar la escalera de un vecino, que la refugió en el primer piso.
Coches abiertos al sol y casas con problemas de luz
En la playa de Oliva, a pocos kilómetros de Miramar, la estampa se repite. Decenas de vehículos permanecen estacionados con puertas y maleteros abiertos para intentar secar unos interiores castigados por el agua.
Las temperaturas relativamente altas, alrededor de los 25 grados, han permitido aprovechar el sol para airear coches, muebles y otros objetos recuperados, aunque secar no significa necesariamente salvar. El agua de una inundación alcanza sistemas eléctricos, motores, tejidos, madera y componentes electrónicos donde los daños pueden aparecer incluso después de que todo parezca seco.
En algunas viviendas persisten también problemas con el suministro de agua potable. En otras hay electricidad en la calle, pero no dentro de casa: los cuadros eléctricos permanecen húmedos y deben revisarse antes de recuperar el servicio con seguridad.
Mientras tanto, los bomberos forestales trabajan en aparcamientos subterráneos donde todavía queda una cantidad importante de agua. Son los espacios más lentos de recuperar. El barro, la falta de ventilación y los vehículos atrapados convierten cada garaje en una operación distinta.
Fuera, las calles están más despejadas que durante las primeras horas posteriores al temporal. El agua se ha ido; queda lo que dejó detrás.
Comercios que intentan volver a levantar la persiana
Algunos establecimientos han podido reabrir antes que otros. Una cafetería situada varios escalones por encima de la acera sufrió menos daños en la barra y la cocina, aunque perdió productos y parte de la terraza exterior.
Su reapertura ha servido también como punto de encuentro para residentes y miembros de los servicios de emergencia desplegados en la zona. Volver a servir un café puede parecer una escena menor ante una inundación de esta magnitud, pero en barrios golpeados por un temporal estos pequeños gestos dibujan el regreso, todavía frágil, a cierta rutina.
Otros negocios tendrán que esperar bastante más. Ailín Manzure, una joven argentina de 20 años, había abierto en enero un establecimiento de manicura en Oliva. Durante la inundación se encontraba durmiendo allí junto a su pareja, ya que el local dispone de una habitación. Un ruido la despertó. Al salir, encontró objetos flotando y agua hasta las rodillas.
Ambos consiguieron ponerse a salvo. Después llegó el momento de regresar y mirar lo que quedaba: mobiliario, herramientas y meses de trabajo golpeados en unas horas. Ailín graba vídeos para mostrar a su familia el estado del negocio y mantiene la intención de volver a ponerlo en marcha.
La frase se repite con distintas palabras entre muchos damnificados: primero, estar vivos; después, reconstruir.
Veintidós horas aislado entre un puente y el paseo marítimo
La rapidez con la que avanzó el agua obligó también a tomar decisiones improvisadas. Luis López vive de alquiler en un bajo de la zona de Miramar. El aviso de Es-Alert lo despertó y, poco después, alrededor de las siete de la mañana, comenzó a entrar agua en la vivienda.
Decidió sacar el coche y conducir hasta un puente cercano situado a mayor altura, pensando que desde allí podría continuar por el otro lado. No fue posible. Terminó permaneciendo 22 horas aislado entre el puente y el paseo marítimo.
Durante ese tiempo, según relata, el Ayuntamiento, la Guardia Civil y los bomberos estuvieron pendientes de las personas atrapadas en la zona y les facilitaron agua y comida.
Historias como la suya explican mejor que cualquier fotografía la velocidad del episodio: una persona sale de casa para proteger el coche y acaba pasando casi un día aislada a unos cientos de metros de su vivienda. La rapidez de la inundación dejó muy poco margen.
Del agua al inventario de pérdidas
Superada la fase más peligrosa, la recuperación entra en otra etapa menos espectacular y bastante más ingrata. Hay que decidir qué puede salvarse, documentar los daños, revisar instalaciones y empezar a retirar toneladas de objetos deteriorados.
En Oliva y Miramar, los vecinos fotografían muebles, vehículos, comercios y viviendas dañadas antes de seguir limpiando. Cada imagen es también una prueba de lo ocurrido: detrás llegará la relación con las aseguradoras, las reclamaciones y la evaluación económica de unas inundaciones que han afectado especialmente a bajos, garajes y negocios próximos al litoral.
La calle funciona estos días como un enorme tendedero involuntario. Cuero colgado de una pared, una máquina de coser al sol, un coche abierto de par en par. Sillas cubiertas de barro. Documentos extendidos con cuidado. La vida doméstica, literalmente, puesta a secar.
Y debajo de esa imagen queda la parte menos visible. Personas que duermen en casas prestadas, comerciantes que todavía no saben cuánto podrán recuperar y familias que empiezan a hacer números mientras continúan sacando agua de los últimos garajes inundados.
La normalidad vuelve despacio a Oliva y Miramar
El nivel del agua ha bajado, las calles empiezan a despejarse y algunos negocios vuelven a abrir, pero Oliva y Miramar siguen lejos de recuperar por completo su ritmo habitual. En determinadas viviendas faltan todavía servicios básicos, persisten problemas eléctricos y los aparcamientos subterráneos concentran buena parte del trabajo pendiente.
La emergencia visible se transforma así en una recuperación larga, casa por casa y local por local. Ya no hay vecinos cruzando calles con el agua por la cintura. Ahora hay cubos, escobas, bombas de achique, teléfonos haciendo fotografías y puertas abiertas para que entre el sol.
La dana Adam se aleja. Sus marcas, en cambio, siguen dibujadas en las paredes.
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