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Economía

Feijóo promete deflactar el IRPF y rebajar la factura tras el 29-N

Deflactar el IRPF evita que la inflación eleve la carga fiscal sin ganar poder adquisitivo. Feijóo promete aplicarlo si gobierna tras el 29-N.

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pareja intenta deflactar el IRPF

Resumen

  • Deflactar el IRPF evita que la inflación eleve la carga fiscal
  • Feijóo promete aplicar la medida si llega al Gobierno tras el 29-N
  • El alcance real dependerá de los tramos, mínimos y porcentaje aplicado

Deflactar el IRPF significa adaptar el impuesto a la subida de los precios para evitar que un aumento nominal del sueldo, provocado simplemente por la inflación, termine haciendo pagar más impuestos a una persona que en realidad no ha ganado poder adquisitivo. No supone necesariamente bajar los tipos del impuesto: consiste, sobre todo, en mover sus límites y otros parámetros para que la inflación no eleve por sí sola la factura fiscal.

Alberto Núñez Feijóo ha convertido esa corrección en una de sus primeras promesas económicas ante las elecciones del 29 de noviembre. El candidato del PP ha asegurado que, si llega a La Moncloa, bajará impuestos y deflactará la tarifa del IRPF, una propuesta especialmente significativa en un momento en el que el indicador adelantado del IPC sitúa la inflación española de septiembre en el 4,9 % interanual.

La letra pequeña, sin embargo, importa. Mucho. Feijóo todavía no ha presentado una nueva escala completa del impuesto ni ha precisado qué porcentaje de inflación trasladaría a cada tramo tras una eventual victoria electoral. El PP sí ha defendido anteriormente que se actualicen los límites de la escala estatal del IRPF conforme a la inflación acumulada, con especial atención a las rentas medias y medias-bajas.

Qué significa realmente deflactar el IRPF

El concepto tiene una sonoridad bastante más misteriosa de lo que merece. No hay que confundir deflactar con provocar deflación ni con reducir directamente todos los tipos impositivos. La idea es corregir los efectos que produce la inflación sobre un impuesto progresivo.

El IRPF funciona mediante distintos escalones de renta. Conforme aumentan los ingresos, las porciones sucesivas de esa renta tributan a tipos mayores. A ello se añaden mínimos personales, familiares, reducciones y otros parámetros expresados en euros.

El problema aparece cuando los salarios suben nominalmente para compensar unos precios que también han aumentado, pero esos límites fiscales permanecen sin actualizarse, clavados al suelo mientras todo lo demás sube.

Ahí nace la llamada progresividad en frío: un contribuyente puede acabar soportando un tipo efectivo mayor aunque su capacidad real para comprar bienes y servicios apenas haya mejorado. Es decir, Hacienda puede recaudar más aunque el trabajador no sea realmente más rico.

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Un ejemplo sencillo: ganar más euros sin ser realmente más rico

Imaginemos un límite fiscal situado, únicamente a efectos ilustrativos, en 20.000 euros. Un trabajador gana esa cantidad y al año siguiente recibe una subida salarial del 5 %. Pasa a cobrar 21.000 euros.

Sobre el papel gana 1.000 euros más. Pero si los precios también han aumentado un 5 %, su poder adquisitivo real prácticamente no ha cambiado. Puede comprar, más o menos, lo mismo.

Si el límite del impuesto continúa en 20.000 euros, una parte mayor de su renta puede quedar sometida a una tributación superior. Si ese límite también aumentase un 5 %, hasta 21.000 euros, se neutralizaría ese efecto fiscal de la inflación.

Eso es, en esencia, deflactar el IRPF.

Y hay un matiz importante: pasar a un tramo superior no significa que todo el salario tribute al nuevo porcentaje. El IRPF es progresivo; el tipo superior se aplica a la parte de la base que cae dentro de ese escalón. Es una confusión muy extendida y bastante persistente, casi una tradición tributaria española.

Por qué Feijóo lleva la deflactación a la campaña del 29-N

La propuesta no aparece de la nada. El PP lleva tiempo defendiendo la adecuación del IRPF a la inflación y logró que el Senado instara al Gobierno a actualizar los límites de la escala estatal conforme a la inflación acumulada para combatir la progresividad en frío.

Feijóo volvió a situar la medida en primer plano tras la convocatoria de las elecciones del 29 de noviembre de 2026. En su intervención ante el Congreso Nacional de la Empresa Familiar aseguró que un Gobierno del PP no subiría los impuestos y que entre sus medidas estaría precisamente la deflactación de la tarifa del IRPF.

Días antes había presentado un paquete más amplio para aliviar el poder adquisitivo de las familias: adecuar el IRPF a la inflación, reducir temporalmente determinados tipos de IVA y ampliar beneficios fiscales vinculados a los hijos. La filosofía política es bastante clara: si los precios suben y el salario nominal intenta seguirlos, Hacienda no debería aprovechar ese movimiento puramente monetario para recaudar más.

La discusión, naturalmente, empieza justo después de esa frase. Deflactar no determina por sí solo cuánto ahorrará cada contribuyente. Todo depende de hasta dónde llegue la corrección.

La inflación convierte un debate técnico en una cuestión de bolsillo

Durante años, hablar de indexación tributaria podía sonar a materia reservada para inspectores, economistas y personas extrañamente entusiasmadas con una hoja de cálculo. La oleada inflacionista posterior a la pandemia cambió el paisaje y convirtió la progresividad en frío en algo mucho más tangible.

Entre 2021 y 2024, la inflación acumulada fue especialmente intensa y los parámetros del IRPF no se actualizaron de manera general y automática. Los cálculos publicados sobre ese periodo apuntan a cerca de 9.700 millones de euros de recaudación adicional ligada a la falta de actualización de distintos mínimos y desgravaciones. Para las rentas medias, algunas estimaciones sitúan el sobrecoste medio en unos 458 euros por declarante en determinados componentes del impuesto.

Otro dato ayuda a comprender la dimensión del fenómeno: alrededor de la mitad del aumento de la recaudación del IRPF sobre el PIB registrado entre 2019 y 2023 podría relacionarse con esta progresividad en frío. Dicho de una forma menos académica, la inflación no solo encarece el supermercado, la energía o el alquiler; también puede incrementar silenciosamente la presión fiscal efectiva.

El asunto vuelve a ganar peso en 2026. El indicador adelantado estima que el IPC alcanzó en septiembre el 4,9 %, frente al 4,3 % de agosto, mientras la inflación subyacente subió al 3,1 %. Con los precios otra vez corriendo más deprisa, la discusión sobre qué hacer con los tramos fiscales deja de ser una rareza teórica.

Quién se beneficiaría y por qué el diseño importa tanto

La respuesta depende de cómo se haga. Una deflactación completa puede actualizar los tramos de la tarifa, los mínimos personales y familiares y otras cantidades fijadas nominalmente. Una versión parcial puede limitarse a determinados escalones, a un porcentaje concreto de inflación o a contribuyentes por debajo de cierto nivel de renta.

No producen el mismo resultado. Y ahí está buena parte de la discusión política que acompañará a la propuesta si el PP concreta su programa fiscal.

Si únicamente se actualizan los primeros tramos, el efecto se concentra más en las rentas bajas y medias. Si se ajusta toda la tarifa, contribuyentes de rentas elevadas también pueden beneficiarse porque las distintas franjas de su renta atraviesan esos mismos escalones.

Los defensores de una indexación amplia sostienen que no corregir el impuesto equivale a permitir una subida fiscal automática provocada por la inflación. Quienes prefieren modificaciones selectivas argumentan que una actualización general también proporciona ahorro tributario a quienes tienen ingresos altos y reduce recursos públicos.

España, además, no dispone de un mecanismo general y automático de indexación aplicable a todo el IRPF. Las correcciones se han realizado de forma discrecional y distintas comunidades autónomas han introducido sus propios ajustes durante los últimos años.

El IRPF no depende únicamente del Estado

Hay otro detalle fácil de perder en medio del ruido electoral: el IRPF español tiene una parte estatal y otra autonómica.

Las comunidades autónomas disponen de competencias sobre determinados elementos de su escala, de modo que el efecto final sobre un contribuyente depende también del territorio en el que tribute. Algunas autonomías ya han aplicado correcciones vinculadas a la inflación sobre su parte del impuesto.

Por eso una futura reforma estatal no produciría necesariamente una factura idéntica en Madrid, Galicia, Cataluña, Andalucía o la Comunitat Valenciana. El recibo fiscal final es una suma de piezas. Y, como suele ocurrir con los impuestos, cuando alguien promete mover una pieza conviene mirar qué ocurre con las otras.

Lo que Feijóo todavía tiene que concretar

La promesa política está clara; el diseño tributario aún no.

Feijóo ha anunciado que deflactará el IRPF si gobierna, pero todavía quedan por conocer elementos decisivos: cuál será el índice de inflación empleado, qué ejercicio se tomará como referencia, si la corrección abarcará toda la escala estatal o solo determinados tramos y si también alcanzará mínimos personales, familiares, reducciones y otras cantidades nominales.

Tampoco es lo mismo aplicar únicamente la inflación de un año que corregir una parte del aumento acumulado durante varios ejercicios. La diferencia puede traducirse en bastantes euros cuando se lleva a millones de declaraciones.

El PP cuenta, eso sí, con un antecedente bastante preciso. Su iniciativa en el Senado reclamaba ajustar los límites de la escala estatal a la inflación acumulada y justificaba la medida por el impacto que la progresividad en frío estaba produciendo sobre las rentas medias y medias-bajas. Esa formulación sirve como referencia política, pero no sustituye al programa fiscal detallado que determinaría cuánto ahorraría realmente cada contribuyente.

También habría que calcular el coste presupuestario. Neutralizar una parte de la recaudación obtenida gracias a la inflación significa que el Estado ingresaría menos de lo que recaudaría manteniendo congelados los parámetros. Ese dinero no desaparece por arte de magia: afecta a las cuentas públicas y debe valorarse junto al gasto, el déficit y el resto de cambios tributarios.

Una promesa fiscal cuyo efecto terminará viéndose en la nómina

La deflactación del IRPF tiene una idea bastante sencilla detrás de una palabra bastante antipática: cobrar más euros por culpa de la inflación no debería equivaler automáticamente a ser fiscalmente más rico.

Feijóo ha colocado esa corrección entre sus compromisos económicos para el 29-N, junto a una política más amplia de reducción de impuestos. En una España donde la inflación vuelve a acercarse al 5 %, el mensaje tiene una traducción inmediata para millones de trabajadores y pensionistas: cuánto dinero queda realmente en el bolsillo después de actualizar salarios, pensiones y retenciones.

Pero entre la promesa y la nómina hay todavía unos cuantos números por escribir. El porcentaje de deflactación, los tramos afectados, los mínimos que se actualizarían y la relación con la parte autonómica decidirán si la reforma acaba siendo una corrección limitada o una modificación fiscal de bastante mayor alcance.

Ahí estará la diferencia real. No en la palabra deflactar, que parece sacada de un manual de econometría, sino en los euros que finalmente deje —o no— de cobrar Hacienda.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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