Naturaleza
La deforestación en la Amazonía de Brasil cae un 41,8% y bate récord
Brasil rebaja a 3.335 km² la deforestación amazónica, un 41,8% menos en un año y el mejor registro desde que comenzaron las mediciones en 1988.
Resumen
- Brasil reduce un 41,8% la deforestación amazónica en un año
- La pérdida de bosque cae a 3.335 km², el mínimo desde 1988
- El Cerrado también marca su menor nivel de deforestación
La Amazonía brasileña ha registrado la menor deforestación desde que comenzaron las mediciones oficiales en 1988. Entre agosto de 2025 y julio de 2026 fueron destruidos 3.335 kilómetros cuadrados de vegetación, un 41,8% menos que en el periodo anterior, según los datos oficiales del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, el INPE.
La cifra rebaja con claridad el anterior mínimo histórico y confirma un cambio de tendencia notable en la mayor selva tropical del planeta. Un año antes se habían perdido 5.731 kilómetros cuadrados. El récord favorable anterior databa de 2012, cuando la superficie deforestada quedó en 4.571 kilómetros cuadrados. Dicho de otra manera: Brasil no solo mejora el dato de 2025, sino que perfora un suelo estadístico que llevaba catorce años intacto.
La Amazonía baja de los 4.000 kilómetros cuadrados por primera vez
Los 3.335 kilómetros cuadrados destruidos siguen siendo una extensión enorme, casi equivalente a toda Mallorca. El récord, por tanto, necesita cierta perspectiva: que sea el mejor dato de la serie no convierte la tala de bosque en una anécdota. Lo verdaderamente excepcional es la distancia respecto a los niveles que Brasil llegó a soportar durante décadas.
A mediados de los años noventa, la deforestación amazónica llegó a acercarse a los 30.000 kilómetros cuadrados anuales. Frente a aquel paisaje de motosierras, carreteras improvisadas y enormes claros abiertos en el bosque, el dato actual muestra hasta qué punto las políticas ambientales y la vigilancia pueden modificar una tendencia que durante años pareció casi estructural.
El descenso también se acelera respecto al ciclo anterior. Entre agosto de 2024 y julio de 2025 se habían contabilizado 5.731 kilómetros cuadrados de pérdida forestal. En apenas un año la reducción ha sido de casi 2.400 kilómetros cuadrados, una superficie mayor que muchas áreas metropolitanas españolas.
Hay, eso sí, un detalle técnico importante. La cifra de 2026 corresponde a la estimación anual del sistema Prodes, elaborada a partir de imágenes de satélite. El dato consolidado se publicará posteriormente una vez procesada la totalidad de las imágenes. No es una aproximación improvisada, sino el procedimiento empleado para calcular cada año la evolución de la cubierta forestal.
Pará, Mato Grosso y Amazonas siguen concentrando la presión
La mejoría nacional no significa que la deforestación haya desaparecido del mapa. Pará continúa siendo el estado con mayor superficie perdida, con 1.130 kilómetros cuadrados, aunque reduce su registro un 45,3% frente al periodo anterior. Mato Grosso aparece después, con 849 kilómetros cuadrados y una caída del 46,7%.
El estado de Amazonas registró 525 kilómetros cuadrados, también con un descenso pronunciado, del 46,4%. Entre los grandes focos históricos de destrucción forestal, por tanto, la bajada ha sido bastante homogénea y se acerca a la mitad de la superficie perdida solo un año antes.
Roraima rompe ligeramente el dibujo general. Pasó de 285 a 286 kilómetros cuadrados, un incremento del 0,4%. Es prácticamente estabilidad estadística, pero recuerda algo elemental que los grandes porcentajes nacionales pueden esconder: la presión sobre la selva no se mueve igual en todos los territorios.
En el extremo contrario, Rondônia redujo la superficie deforestada hasta 149 kilómetros cuadrados, Acre bajó a 252 y Maranhão a 128. Amapá y Tocantins presentan cifras mucho menores, de ocho kilómetros cuadrados cada uno.
Más vigilancia, multas y territorio protegido
La caída coincide con el reforzamiento de la política ambiental federal desde 2023. Brasil recuperó el Plan de Acción para la Prevención y Control de la Deforestación en la Amazonía Legal, conocido como PPCDAm, combinando vigilancia por satélite, inspecciones sobre el terreno, ordenación territorial, protección de espacios públicos y medidas económicas destinadas a hacer menos rentable la destrucción ilegal del bosque.
Entre 2023 y 2026, el Ibama realizó más de 76.000 actuaciones de fiscalización en Brasil y levantó más de 25.000 actas de infracción relacionadas con la flora. También impuso embargos sobre unos 18.630 kilómetros cuadrados. Son cifras nacionales, no exclusivamente amazónicas, pero ayudan a dimensionar el aparato de vigilancia desplegado durante los últimos años.
A ello se suma el Fondo Amazonía, que financia operaciones contra la deforestación, gestión territorial, cuerpos de bomberos, tecnologías de vigilancia y actividades económicas compatibles con la conservación. Brasil también trabaja en sistemas que combinan satélites e inteligencia artificial para detectar con mayor rapidez zonas de riesgo, degradación del bosque e incendios.
No hay magia. Tampoco una selva que haya decidido regenerarse por disciplina administrativa. Hay satélites, multas, embargos, inspecciones y financiación; un engranaje menos romántico que plantar un árbol ante las cámaras, pero bastante más decisivo cuando se trata de frenar miles de kilómetros cuadrados de destrucción.
El objetivo de Brasil sigue siendo llegar a la deforestación cero
El Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva mantiene como horizonte acabar con la deforestación para 2030. El mínimo alcanzado en 2026 acerca al país a ese objetivo, aunque la distancia entre reducir drásticamente la destrucción y eliminarla por completo sigue siendo considerable.
La evolución es especialmente relevante porque la pérdida de bosque amazónico constituye una de las grandes fuentes de emisiones de gases de efecto invernadero de Brasil. Cuando una masa forestal desaparece, no solo se pierde su capacidad futura de absorber dióxido de carbono: parte del carbono acumulado durante décadas puede acabar liberándose a la atmósfera mediante incendios, descomposición y degradación posterior.
La Amazonía tampoco es simplemente una inmensa reserva verde encerrada dentro de las fronteras brasileñas. Su vegetación participa en los ciclos de humedad y lluvia de buena parte de Sudamérica. Los llamados ríos voladores transportan enormes cantidades de vapor de agua desde el bosque hacia otras regiones del continente y condicionan precipitaciones a miles de kilómetros.
Por eso, bajar la deforestación no es una cuestión meramente paisajística. Afecta a la agricultura, la disponibilidad de agua, la biodiversidad, las temperaturas y las emisiones. Y, por supuesto, también a una economía brasileña muy dependiente de sectores vinculados al territorio.
El Cerrado también registra su mínimo histórico
El descenso no se limita a la Amazonía. El Cerrado brasileño, la gran sabana tropical situada al sur y al este del bosque amazónico, perdió 5.516,69 kilómetros cuadrados de vegetación entre agosto de 2025 y julio de 2026, un 23,8% menos que en el ejercicio anterior.
También supone el nivel más bajo de su serie histórica, iniciada en 2001. El dato tiene una cara menos cómoda: pese al récord favorable, la superficie destruida en el Cerrado continúa siendo mayor que la perdida en la Amazonía.
Maranhão, Tocantins, Piauí y Bahía, la región agrícola conocida como Matopiba, concentraron cerca de tres cuartas partes de la deforestación del Cerrado. Es una fotografía que obliga a ampliar el foco. Proteger la Amazonía mientras la presión agrícola y ganadera se desplaza a otro bioma sería un triunfo bastante peculiar.
Menos deforestación no significa menos incendios
Hay otra aparente contradicción que conviene separar. Brasil puede registrar su menor tasa de deforestación amazónica mientras determinadas zonas sufren simultáneamente incendios forestales graves. Son fenómenos relacionados, pero no son exactamente el mismo indicador.
El Prodes mide la supresión de vegetación nativa dentro de un ciclo anual concreto. Un incendio, en cambio, puede quemar una zona previamente talada o degradar bosque sin provocar de inmediato la eliminación completa de la cubierta vegetal que contabiliza el sistema de deforestación.
Las condiciones de sequedad y las temperaturas elevadas pueden disparar los focos de fuego incluso en periodos en los que disminuye la tala rasa. La paradoja solo es aparente: deforestación, degradación e incendios son procesos distintos, aunque estén conectados y puedan terminar alimentándose entre sí.
Esa distinción evita celebrar demasiado pronto. La naturaleza tiene la mala costumbre de no ajustarse al tamaño de los titulares. Un récord de menor tala es importante, pero no equivale a una Amazonía fuera de peligro.
Un récord que cambia la tendencia, no el problema
El mínimo de 2026 deja una señal difícil de discutir: la deforestación puede reducirse de forma rápida cuando aumenta la vigilancia, se recuperan mecanismos de control y existe capacidad administrativa para intervenir sobre el territorio. Brasil ha pasado de los 5.731 kilómetros cuadrados del ciclo anterior a 3.335 y ha superado por primera vez el antiguo mínimo de 2012.
Queda bosque destruido, persisten incendios, avanzan procesos de degradación y algunas regiones mantienen una presión enorme ligada a la ganadería, la agricultura, la minería y la ocupación ilegal de tierras. El récord no borra nada de eso ni convierte la situación ambiental brasileña en una historia terminada.
Pero tampoco es un simple buen titular ambiental. Después de casi cuatro décadas de mediciones, la Amazonía brasileña ha entrado en un nivel de deforestación nunca registrado anteriormente. El desafío será sostener esa trayectoria durante varios años y acercar esos 3.335 kilómetros cuadrados a cero, sin limitarse a trasladar la motosierra unos cientos de kilómetros más al sur.
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