Economía
Uno de cada cuatro españoles gasta más del 30% de su renta en comida
Uno de cada cuatro españoles gasta más del 30% de sus ingresos en alimentación y solo el 23% se plantea reducir esta partida del presupuesto.
Resumen
- Uno de cada cuatro españoles destina más del 30% de sus ingresos a comida
- Solo el 23% estaría dispuesto a reducir su gasto en alimentación
- El supermercado pesa más mientras los hogares protegen la calidad de la dieta
La comida se está comiendo, literalmente, una parte cada vez mayor del presupuesto familiar. Uno de cada cuatro españoles asegura que destina más del 30% de sus ingresos a alimentación, una proporción elevada para un gasto básico y difícil de esquivar. Y pese a ese esfuerzo económico, solo el 23% estaría dispuesto a recortar esta partida.
El dato procede del Barómetro FOOD 2026 de Edenred, elaborado con la participación de Hostelería de España y la Fundación Española de la Nutrición, y retrata algo más profundo que una cesta de la compra cara: comer bien ha ganado importancia al mismo tiempo que hacerlo cuesta más. El supermercado aprieta, pero el consumidor se resiste a convertir la alimentación en la primera víctima de los recortes domésticos.
La alimentación gana espacio en el presupuesto familiar
Que una cuarta parte de los consumidores dedique más del 30% de sus ingresos a alimentarse no significa que ese sea el gasto medio de todos los hogares españoles. Conviene hacer esa distinción. El estudio recoge respuestas declaradas por los participantes, mientras que las estadísticas oficiales calculan el reparto agregado del gasto familiar con una metodología diferente.
La última Encuesta de Presupuestos Familiares del INE sitúa el gasto medio en alimentos y bebidas no alcohólicas en 5.626 euros por hogar durante 2025, un 4,4% más que un año antes. Esta partida representó el 16% del gasto total de los hogares, frente al 15,8% registrado en 2024.
La media, sin embargo, tiene una vieja manía: suaviza las diferencias. Para una familia acomodada, llenar el frigorífico puede ser una partida importante pero manejable. Para quien vive con ingresos bajos, el mismo litro de aceite, el mismo pescado o la misma docena de huevos pesan mucho más. Los hogares con menor capacidad de gasto dedican proporcionalmente más dinero a necesidades básicas, dejando menos margen para ocio, ahorro o imprevistos.
Cuando comer absorbe un tercio de los ingresos
Destinar más del 30% del ingreso disponible únicamente a alimentación transforma cualquier presupuesto doméstico. Si una persona dispone de 1.200 euros mensuales, superar esa barrera supone gastar más de 360 euros en comida. Con 1.600 euros, serían más de 480.
Y luego está todo lo demás: alquiler o hipoteca, electricidad, transporte, seguros, teléfono, ropa, medicamentos. Las matemáticas domésticas no tienen ideología ni paciencia. Cuando los gastos imprescindibles se acumulan, el margen para ahorrar se vuelve estrecho y cualquier avería del coche, recibo inesperado o visita al dentista puede desordenar el mes.
El INE refleja precisamente esa desigualdad en la estructura del gasto. Los hogares situados en el grupo con menor nivel de consumo dedicaron en 2025 un 19,6% de su presupuesto a alimentos y bebidas no alcohólicas, frente al 12,3% entre los hogares con mayor gasto. Si se suma la vivienda y sus suministros, las dos partidas absorbieron el 61,5% del presupuesto del grupo más modesto.
Los españoles recortan antes otras cosas que la comida
El otro dato llamativo del barómetro es quizá incluso más revelador: solo el 23% estaría dispuesto a gastar menos en alimentación. No parece una simple resistencia sentimental. Comer es una necesidad, pero también uno de esos gastos donde reducir presupuesto puede implicar cambiar productos, calidades, cantidades o hábitos.
Otros estudios recientes dibujan la misma tensión. Una parte relevante de los consumidores reconoce haber reducido o renunciado a algún gasto alimentario por razones económicas, aunque los recortes suelen ser mayores en ocio, restauración, vacaciones y viajes. La cesta de la compra permanece entre los desembolsos cotidianos que más inquietan a las familias.
Ahí aparece una especie de frontera invisible. Se puede cenar menos fuera, retrasar un viaje, estirar un móvil otro año. Con la nevera es distinto. Puede ajustarse, sí, pero hasta cierto punto.
Comer sano importa más, incluso cuando cuesta más
El aumento del peso económico de la alimentación coincide con otra tendencia que a primera vista parece contradictoria: los consumidores prestan más atención a la calidad de lo que comen.
El 88% de los españoles afirma preocuparse por mantener una alimentación equilibrada, frente al 75% en 2023. Son 13 puntos porcentuales de diferencia. Además, el 85% espera encontrar opciones más saludables cuando come en restaurantes.
La idea de comida saludable también se concreta cada vez más. El 92% valora las cocciones ligeras, mientras que el 88% concede importancia a las verduras frescas. Las alternativas vegetarianas y veganas pasan del 35% al 53% en un solo año, un salto de 18 puntos.
No parece, pues, que el consumidor quiera sencillamente comprar más comida. Busca otra cosa: calidad razonable, frescura y equilibrio, pero también un precio que no obligue a mirar el saldo de la cuenta corriente antes de acercarse a la pescadería.
El precio manda, pero ya no manda solo
Cuando toca elegir restaurante, la relación calidad-precio sigue siendo el criterio decisivo para el 90% de los consumidores. Le sigue la proximidad, con un 88%. En el ámbito laboral aparece además un factor más específico: el 84% valora que el establecimiento acepte Ticket Restaurant.
Es una fotografía bastante clara del nuevo consumidor. No busca necesariamente lo más barato. Busca que lo pagado tenga sentido.
Durante años, buena parte de la conversación sobre alimentación giró alrededor de promociones, marcas blancas y descuentos. Todo eso sigue ahí, por supuesto, pero la ecuación se ha sofisticado. Precio, salud y conveniencia compiten por el mismo espacio en la decisión de compra.
El supermercado pesa más aunque el hogar no coma más
Una de las confusiones habituales consiste en asociar automáticamente un mayor gasto con un mayor consumo. No tiene por qué ser así.
Los hogares españoles gastaron de media 236 euros más en alimentos y bebidas no alcohólicas durante 2025 que el año anterior, hasta alcanzar un desembolso medio anual de 5.626 euros. El dinero destinado a alimentación creció más deprisa que el presupuesto familiar en conjunto: el gasto total por hogar aumentó un 3,1%, mientras la partida alimentaria lo hizo un 4,4%.
Dicho de una manera menos estadística: se puede salir del supermercado con una bolsa parecida y un ticket mayor.
El contexto de precios tampoco es irrelevante. El coste de la cesta, unido a vivienda, energía, transporte y otros gastos inevitables, ha convertido el presupuesto doméstico en un puzle cada vez más incómodo. Por eso conviene no interpretar el dato del 30% como una medida directa de inflación alimentaria. Habla, sobre todo, del esfuerzo económico que declara una parte de la población y de cuánto espacio ocupa la comida dentro de sus ingresos.
La desigualdad también se ve dentro del carrito
Hay un viejo principio económico que sigue funcionando con puntualidad casi ofensiva: cuanto menor es la renta de un hogar, mayor suele ser el porcentaje dedicado a bienes esenciales.
La alimentación lo muestra bien. Quien dispone de más ingresos puede aumentar el gasto en restaurantes, viajes o entretenimiento sin que una subida en el supermercado altere demasiado su vida cotidiana. En un presupuesto ajustado ocurre lo contrario: cada euro adicional dedicado a alimentos sale de otra partida.
Por eso dos hogares que compran productos similares pueden experimentar la misma subida de precios de manera completamente distinta. Diez euros adicionales a la semana son algo más de 500 euros al año. Para una economía familiar holgada es una molestia. Para otra, son unas gafas nuevas, varias facturas de electricidad o buena parte del presupuesto de vacaciones.
El debate sobre la cesta de la compra no es únicamente una discusión sobre precios. Es también una discusión sobre salarios, vivienda, poder adquisitivo y capacidad de ahorro. Al final, todo termina encontrándose en la misma mesa.
La comida resiste como una de las últimas partidas a recortar
El retrato que deja 2026 tiene algo de paradoja española. La alimentación ocupa más presupuesto, pero los ciudadanos no parecen dispuestos a degradarla fácilmente. Buscan precios razonables, sí; al mismo tiempo reclaman platos equilibrados, verduras frescas, opciones vegetales y establecimientos cercanos.
Ese comportamiento explica por qué el dato de uno de cada cuatro españoles supera la simple anécdota estadística. Cuando una necesidad básica comienza a absorber más del 30% de los ingresos de una parte relevante de la población, el problema no está únicamente en cuánto cuesta llenar la cesta. Está en cuánto dinero queda después.
Y ahí la fotografía se vuelve menos amable: la comida conserva su lugar en la mesa, mientras el presupuesto familiar tiene que seguir haciendo sitio a todo lo demás.
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