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Marilyn Monroe repitió 14 veces la escena de la falda en Nueva York

Marilyn Monroe repitió 14 veces la escena de la falda ante miles de curiosos en Nueva York, pero el material rodado allí no llegó al montaje final.

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Marilyn Monroe falda levantada

Imagen: Sam Shaw / Corpus Christi Caller-Times / Dominio público.

Resumen

  • Marilyn Monroe repitió 14 veces la escena de la falda en Nueva York
  • Miles de personas acudieron al rodaje nocturno de La tentación vive arriba
  • La escena definitiva tuvo que repetirse después en un estudio de Hollywood

En la madrugada del 15 de septiembre de 1954, Marilyn Monroe salió a una esquina de Manhattan con un vestido claro, se colocó sobre una rejilla del metro y repitió una y otra vez la escena que terminaría convertida en una de las imágenes más reconocibles del cine. Fueron 14 tomas. Al otro lado de las cámaras se apiñaban miles de curiosos y fotógrafos; algunas reconstrucciones elevan la asistencia hasta unas 5.000 personas, aunque las estimaciones sobre aquella multitud varían según los testimonios de la época.

Lo más curioso es que aquel multitudinario rodaje de La tentación vive arriba, The Seven Year Itch en su título original, no proporcionó la versión que finalmente vio el público en el cine. Los gritos, aplausos y silbidos complicaron el material filmado en la calle y Billy Wilder tuvo que repetir la secuencia en los estudios de 20th Century Fox, en California. Nueva York produjo el mito; Hollywood, la escena definitiva.

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Una madrugada de cine con miles de personas en la calle

La producción eligió el entorno de Lexington Avenue y la calle 52, junto al entonces Trans-Lux Theater. Era pasada la una de la madrugada, pero aquello distaba mucho de parecer un rodaje discreto. La presencia de Marilyn Monroe se había anunciado y la maquinaria publicitaria del estudio hizo el resto.

Había cámaras, potentes focos, policías intentando contener al público y fotógrafos buscando el ángulo perfecto. El fotógrafo George S. Zimbel calculó entre 2.000 y 5.000 espectadores, mientras otras reconstrucciones sitúan la asistencia algo por debajo. Lo indiscutible es que la esquina estaba abarrotada y que cada movimiento de Monroe provocaba una reacción inmediata.

El mecanismo era sencillo. Monroe se colocaba sobre la rejilla con Tom Ewell, su compañero de reparto, mientras una corriente de aire levantaba el vestido. El efecto no quedaba simplemente en manos del paso de los trenes: el equipo podía controlar la corriente para conseguir el movimiento que buscaba Wilder.

La falda subía, el público reaccionaba y las cámaras disparaban. Otra toma. Otra ráfaga. Otro estruendo. La espontaneidad que transmite la fotografía escondía, en realidad, un rodaje minucioso y una enorme operación publicitaria.

Las 14 tomas que no sirvieron para la película

La escena fue repetida 14 veces durante unas tres horas, según los testimonios conservados sobre aquella noche. El problema no era Marilyn ni el vestido. Era la calle y, sobre todo, una multitud que difícilmente podía permanecer en silencio cuando la falda se elevaba.

Cada vez que el aire movía el vestido, una parte del público gritaba, aplaudía o lanzaba comentarios. Para una fotografía aquello importaba poco; incluso añadía electricidad al momento. Para una película con diálogos, en cambio, el ruido resultaba mucho más difícil de controlar.

De ahí la paradoja: las imágenes tomadas aquella madrugada se hicieron universales, pero la secuencia cinematográfica tuvo que rehacerse posteriormente en un plató de California, donde Wilder podía controlar el sonido, la iluminación y, sobre todo, la ausencia de varios miles de espectadores entusiasmados.

Las fotografías neoyorquinas, sin embargo, eran oro puro para la promoción. El estudio había conseguido algo que cualquier departamento de publicidad habría firmado encantado: una imagen capaz de explicar una estrella, una película y toda una época sin necesidad de una sola línea de texto.

El vestido blanco que terminó eclipsando a la película

El famoso vestido fue obra del diseñador William Travilla, responsable también de otros trajes asociados a la carrera de Monroe. En realidad no era de un blanco puro, sino de un tono marfil, con escote halter y una amplia falda plisada concebida para moverse con facilidad.

En pantalla funcionaba por contraste. Nueva York aparecía pesada, calurosa, pegajosa; ella, en cambio, parecía ligera. Cuando llega el aire del metro, el vestido prácticamente cobra vida. La secuencia duraba unos segundos. Su vida cultural iba a durar décadas.

El tiempo convirtió aquella prenda aparentemente sencilla en una de las piezas más famosas del vestuario cinematográfico. En 2011, el vestido original fue vendido por 4,6 millones de dólares antes de sumar las comisiones de la subasta. Para entonces ya no era únicamente ropa de película: era cultura popular materializada en tela plisada.

Las fotografías fueron más atrevidas que la película

Existe una diferencia importante entre el recuerdo colectivo y lo que aparece realmente en La tentación vive arriba. Las fotografías del rodaje callejero muestran momentos bastante más espectaculares que los incluidos en el montaje definitivo.

La falda llegó a elevarse mucho más durante algunas tomas neoyorquinas. Monroe, consciente de la multitud de cámaras situadas prácticamente a ras de suelo, tomó precauciones con el vestuario. El resultado que Wilder dejó en la película es bastante más contenido que numerosas fotografías promocionales que circularon después.

Hollywood dominaba ya entonces un arte al que décadas más tarde se pondrían muchos nombres: conseguir que una imagen promocional superase a la propia escena. Y funcionó. Muchísima gente que nunca ha visto la película reconoce inmediatamente a Marilyn Monroe sujetando el vestido sobre la rejilla del metro.

Joe DiMaggio estaba allí y la noche terminó mal

Entre quienes presenciaron el rodaje se encontraba Joe DiMaggio. El legendario jugador de béisbol se había casado con Monroe en enero de aquel mismo año y los relatos biográficos coinciden en que recibió muy mal el espectáculo montado alrededor de su esposa.

La escena se ha relacionado durante décadas con el deterioro definitivo del matrimonio. Conviene no reducir una relación compleja a una sola noche, pero sí consta que DiMaggio se enfadó profundamente durante el rodaje. Monroe solicitó poco después el divorcio alegando crueldad mental y el matrimonio duró apenas 274 días.

Aquel episodio revela también una contradicción que acompañaba a Marilyn Monroe. El estudio explotaba su sensualidad como una formidable herramienta comercial mientras ella intentaba conseguir mayor reconocimiento como actriz y más control sobre su carrera. La mujer y el personaje público caminaban juntos, pero no siempre en la misma dirección.

La fotografía del vestido blanco ayudó a elevarla todavía más como símbolo sexual. También contribuyó a encerrar parte de su imagen pública dentro de ese mismo símbolo, algo contra lo que Monroe acabaría peleando en distintos momentos de su carrera.

Billy Wilder convirtió unos segundos en historia del cine

La tentación vive arriba se estrenó en 1955 bajo la dirección de Billy Wilder, uno de los cineastas esenciales del Hollywood clásico. La historia gira alrededor de Richard Sherman, un hombre casado que permanece solo en Nueva York durante el verano mientras su familia está fuera y comienza a fantasear con su vecina, interpretada por Monroe.

El personaje de Marilyn ni siquiera tiene un nombre propio convencional: es sencillamente “la chica”. Esa decisión encajaba con el juego de la película, que la presentaba casi como una fantasía surgida de la imaginación masculina.

La escena de la rejilla condensaba perfectamente la propuesta. Calor, deseo, humor y una inocencia ligeramente fabricada. Monroe mira la corriente de aire como quien acaba de descubrir un pequeño milagro cotidiano mientras el espectador entiende perfectamente el doble sentido de la secuencia.

Lo que nadie podía calcular del todo era que aquellos segundos terminarían sobreviviendo a casi cualquier otro elemento de la película. El gesto, el vestido y el aire del metro pasaron de ser una escena de comedia a convertirse en una estampa reconocible en medio mundo.

La fotografía acabó siendo más grande que la escena

Más de siete décadas después, el instante conserva una familiaridad extraña. Se ha reproducido en carteles, anuncios, esculturas, disfraces y homenajes. La postura de Monroe, sujetando la falda mientras el aire la levanta, forma parte ya del lenguaje visual del siglo XX.

Y detrás de esa imagen aparentemente espontánea había muy poco de espontáneo: focos en plena madrugada, una corriente de aire bajo la rejilla, fotógrafos colocados estratégicamente, miles de personas mirando y 14 intentos consecutivos.

Incluso el material rodado aquella noche tuvo que sustituirse para la película. Ahí está quizá la mejor ironía de toda la historia: la filmación callejera que Hollywood no pudo aprovechar como pretendía terminó produciendo algo mucho más difícil de fabricar que una buena escena, un icono del cine.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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