Historia
Hallan en Roses dos iglesias del desaparecido monasterio de Magrigul
El hallazgo de dos iglesias y varias tumbas en Roses confirma la existencia del monasterio visigodo de Magrigul, desaparecido durante siglos.
Resumen
- Dos iglesias y varias tumbas confirman la existencia de Magrigul
- Los restos se datan entre los siglos VII y IX, en época visigoda
- Una tercera iglesia citada en documentos medievales sigue sin aparecer
Un monasterio visigodo que durante siglos solo había sobrevivido en documentos medievales ha aparecido en Roses, Girona, a escasa distancia de cala Montjoi y del antiguo restaurante elBulli. Las excavaciones en el Mas de Montjoi de Baix han sacado a la luz dos iglesias y varias tumbas vinculadas al monasterio de Magrigul, un complejo religioso cuya existencia histórica era conocida, pero que nadie había conseguido localizar sobre el terreno.
Los análisis practicados a los enterramientos sitúan los restos entre los siglos VII y IX, un arco cronológico que encaja con las noticias conservadas sobre aquel asentamiento. El descubrimiento deja, además, una puerta abierta: la documentación antigua hablaba de tres espacios de culto. Dos han aparecido. El tercero sigue bajo tierra, si es que el paso de los siglos dejó algo reconocible de él.
Magrigul deja de ser un monasterio perdido
Durante generaciones, Magrigul fue uno de esos lugares que existen con cierta nitidez en los archivos y de manera mucho más borrosa en el paisaje. Había referencias históricas, variantes de un mismo topónimo y pistas dispersas por las montañas de Roses, pero faltaba lo decisivo: piedras que pudieran señalarse con el dedo.
Eso ha cambiado en el Mas de Montjoi de Baix, dentro del entorno del Parque Natural del Cap de Creus. El conjunto apareció durante las actuaciones relacionadas con la rehabilitación de esta antigua masía, situada en una finca protegida y muy próxima a cala Montjoi, el rincón donde funcionó el restaurante de Ferran Adrià y donde se encuentra actualmente elBulli1846.
La historia del descubrimiento tiene poco de expedición de película y bastante de arqueología real: obras, permisos, una finca protegida y una estructura que inicialmente podía parecer poco más que un viejo bancal. El arqueólogo e historiador medieval Marcel Pujol sospechó que aquello merecía una mirada más detenida. La excavación acabaría mostrando el perfil de un ábside. Magrigul, por fin, tenía paredes.
Dos ábsides encontrados casi por casualidad
El primer descubrimiento estuvo condicionado incluso por el calendario. Los trabajos dependían de una ayuda pública que estaba cerca de agotarse y el equipo intensificó la excavación. Fue entonces cuando el arqueólogo Xavier Aguelo localizó el perfil del ábside de una de las iglesias, la evidencia que permitió relacionar directamente las estructuras con el monasterio perdido.
La segunda iglesia llegó con otro giro inesperado. Durante unas obras posteriores era necesario excavar para instalar un depósito de agua y apareció otro ábside. Debajo de una intervención contemporánea emergía otro fragmento de un complejo religioso levantado más de un milenio atrás.
Las dos construcciones no son idénticas ni pertenecen exactamente al mismo momento. Una presenta nave rectangular y ábside semicircular, además de un pequeño pórtico y una dependencia interpretada como sacristía. En sus alrededores aparecieron enterramientos infantiles y de adultos que ayudan a reconstruir una ocupación prolongada del enclave.
La otra iglesia se conserva mucho peor. El edificio fue arrasado y expoliado casi hasta sus cimientos, aunque todavía puede reconocerse una nave rectangular y un ábside en arco de herradura o ultrapaso. Su arquitectura remite al periodo visigodo y, a diferencia de otro de los templos, no habría sido reconstruida durante la etapa carolingia.
Las tumbas abren otra historia bajo el monasterio
Alrededor de los templos han aparecido sepulturas de adultos y niños. Algunas son extremadamente sencillas: una fosa y una cubierta realizada con losas de pizarra. Otras muestran una construcción más cuidada y hablan, quizá, de diferencias de posición dentro de aquella pequeña comunidad.
Una de ellas ha llamado especialmente la atención de los investigadores. Está situada junto al ábside de una de las iglesias y fue construida con piedras y mortero de cal, una posición y una factura poco habituales en comparación con el resto de enterramientos descubiertos.
Su emplazamiento sugiere que allí fue enterrada una persona con cierta relevancia. Se ha planteado la posibilidad de que pudiera tratarse del abad del monasterio, aunque no existe por el momento una identificación concluyente. En arqueología, una tumba llamativa permite formular hipótesis; ponerle nombre al muerto es otra historia.
Las dataciones mediante carbono 14 proporcionan un marco que va de los siglos VII al IX. Dos enterramientos infantiles corresponden al siglo IX, mientras que un enterramiento adulto se sitúa en la primera mitad del siglo VII. Esas fechas permiten enlazar la etapa visigoda con una ocupación posterior de época carolingia y condal.
Los documentos llevaban siglos señalando hacia Montjoi
La existencia de Magrigul no era completamente desconocida. Diversos documentos medievales hablaban de un establecimiento religioso en esta zona, aunque durante décadas fue imposible localizar físicamente el conjunto. Saber que un monasterio existió, claro, no significa saber en qué metro cuadrado decidió asentarse hace más de mil años.
Las referencias históricas situaban aquel mundo religioso en las montañas próximas a Roses y la investigación llevaba tiempo mirando hacia la zona de Montjoi. Incluso el catálogo municipal de patrimonio ya recogía la posibilidad de un yacimiento romano, visigodo y medieval relacionado con el antiguo cenobio, aunque su emplazamiento exacto seguía siendo incierto.
La aparición de las dos iglesias cambia radicalmente ese escenario. Los textos ya no están solos: ahora existen estructuras arquitectónicas, tumbas y dataciones que permiten contrastar sobre el terreno lo que hasta hace poco descansaba básicamente sobre documentos y tradición historiográfica.
El propio Mas de Montjoi de Baix concentra varias capas de esa historia. La documentación permite seguir un periodo agropecuario entre los siglos XVII y XX y, antes, la existencia del castillo de Magrigul, Magrivil o Magirol entre los siglos XII y XV, con una iglesia asociada mencionada en época medieval.
La rehabilitación que acabó propiciando el hallazgo comenzó después de que Larry Williams Pi-Sunyer, descendiente de la familia Pi-Sunyer, adquiriera el Mas de Montjoi de Baix con la intención de recuperar el vínculo familiar con Roses. La protección de la masía y de su torre como Bienes Culturales de Interés Local obligó a acompañar las obras de estudios históricos y controles arqueológicos. Y ahí apareció lo inesperado.
Del mundo visigodo a la época carolingia
El yacimiento refleja una historia bastante más larga que la de un monasterio construido y abandonado de una sola vez. Las evidencias señalan diferentes fases de ocupación, con restos de época visigoda y una continuidad o reconstrucción posterior durante el periodo carolingio.
Los investigadores consideran que el complejo visigodo sufrió una ruptura durante las transformaciones políticas del siglo VIII y que una de sus iglesias fue reconstruida cuando el territorio quedó integrado en la órbita carolingia. La otra no volvió a levantarse, al menos según las estructuras conservadas.
Después, el lugar tampoco desapareció completamente. El monasterio dio paso a otras formas de ocupación y los documentos medievales mencionan posteriormente un castillo de Magrigul y una iglesia relacionada con él. Ya en época moderna, la masía consolidó su función agrícola y ganadera.
El resultado se parece a una sección vertical de la historia de Roses: monasterio, iglesias, enterramientos, fortificación y masía. Todo superpuesto en un paisaje que, a simple vista, podía parecer únicamente una finca frente al Mediterráneo.
Falta encontrar la tercera iglesia de Magrigul
El descubrimiento no da por terminada la investigación. Al contrario. Una de las grandes incógnitas permanece unos metros más allá, aunque nadie sabe exactamente dónde: la tercera iglesia mencionada por las fuentes históricas todavía no ha sido localizada.
Las futuras intervenciones deberán determinar también cuál era la función concreta de cada templo, cómo se organizaba el monasterio y qué relación mantenían las diferentes construcciones. Un complejo religioso de época visigoda no tenía necesariamente que responder al modelo compacto de monasterio que hoy imaginamos; los edificios podían aparecer dispersos por un área amplia.
También queda por profundizar en los enterramientos, la evolución de las estructuras y la conexión entre el asentamiento visigodo y las fases posteriores. La pregunta principal, sin embargo, ha cambiado por completo. Ya no se trata de demostrar que Magrigul existió. Ahora toca reconstruir cómo era y quiénes vivieron allí.
De la cocina más famosa del mundo a un monasterio del siglo VII
La geografía ha reunido dos historias difícilmente más distintas. A pocos metros del lugar donde elBulli convirtió cala Montjoi en una referencia mundial de la gastronomía aparecen las huellas de una comunidad religiosa que vivió allí más de mil años antes de que alguien imaginara espumas, esferificaciones o cocina de vanguardia.
El antiguo restaurante es actualmente elBulli1846, museo y sede de elBullifoundation. Alrededor permanece el paisaje áspero y mediterráneo del Cap de Creus: roca, monte bajo, mar y caminos apartados. Ese relativo aislamiento ayuda también a comprender por qué una comunidad monástica pudo escoger este rincón para establecerse durante la Alta Edad Media.
Magrigul pasó tantos siglos perdido que terminó pareciendo casi una conjetura para especialistas. Dos iglesias, varias tumbas y sus dataciones han cambiado el paisaje histórico de Montjoi. Debajo de la tierra no había únicamente una leyenda particularmente obstinada. Había un monasterio.
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