Naturaleza
Dos montañas mineras de Francia crean un microclima y refugio natural
Los terrils de Loos-en-Gohelle, formados por décadas de residuos mineros, son hoy un paisaje protegido y un refugio singular de biodiversidad.
Resumen
- Dos terrils mineros de Francia alcanzan unos 146 metros sobre el terreno
- El esquisto oscuro favorece microhábitats más cálidos y secos
- El antiguo complejo es Patrimonio Mundial y refugio de biodiversidad
En el norte de Francia, donde durante décadas el carbón dejó cicatrices negras sobre una llanura verde, dos enormes montañas artificiales han terminado convertidas en algo bastante distinto de lo que fueron. Los terrils gemelos de Loos-en-Gohelle, cerca de Lens, nacieron de la acumulación de roca y esquistos descartados por la minería y alcanzan unos 146 metros sobre el terreno, con cimas situadas en torno a los 186-187 metros sobre el nivel del mar. Son considerados los terrils más altos de Europa.
No se trata exactamente de dos «pirámides de basura» abandonadas de golpe en 1986, como puede sugerir la versión más espectacular de la historia. Los depósitos fueron creciendo durante décadas al ritmo de la explotación carbonífera. 1986 fue el año del cierre de la mina 11/19 y del final de los vertidos mineros. Desde entonces, el calor absorbido por el esquisto oscuro, la vegetación espontánea y una gestión orientada a conservar el entorno han favorecido un pequeño universo ecológico donde prosperan especies adaptadas a ambientes cálidos y secos.
Las dos montañas negras que levantó la minería
A simple vista parecen volcanes. Dos conos casi geométricos sobresalen sobre Loos-en-Gohelle y rompen la horizontalidad del Pas-de-Calais. Pero aquí nunca hubo una erupción: cada metro de esas pendientes procede, de un modo u otro, del subsuelo minero.
Los mineros extraían carbón, pero con él llegaban toneladas de materiales estériles que carecían de valor comercial. Esquisto, piedras y restos asociados a la extracción eran transportados y depositados junto a las instalaciones. Año tras año, vagón tras vagón, fueron apareciendo estas montañas hechas por el hombre.
La historia industrial del lugar es larga. El pozo número 11 comenzó a desarrollarse a finales del siglo XIX, mientras que el 19 entró en funcionamiento en el siglo XX y convirtió el complejo en uno de los centros de extracción más importantes de la zona de Lens. En las décadas finales, materiales procedentes de otras explotaciones también acabaron concentrándose aquí, acelerando el crecimiento de los terrils.
Por eso hablar simplemente de «basura» resulta cómodo, pero poco preciso. Son residuos mineros, el negativo físico del carbón que alimentó fábricas, hogares y buena parte de la industrialización francesa.
1986 no fue el nacimiento de los terrils, sino el final de la mina
El dato de 1986 necesita ese matiz. Las montañas no aparecieron aquel año; ya llevaban mucho tiempo dominando el paisaje. Lo que ocurrió fue que la explotación de la fosa 11/19 terminó definitivamente. Con ella cesó también la aportación regular de materiales a los depósitos.
Y entonces comenzó otra historia, mucho más lenta. Sin excavadoras, sin cintas transportadoras, sin el estrépito metálico de una industria funcionando a pleno rendimiento. La vegetación empezó a colonizar unas laderas que, sobre el papel, parecían un lugar poco hospitalario.
La naturaleza entró por las grietas. Y lo hizo sin pedir permiso.
El esquisto negro convirtió las laderas en pequeñas islas de calor
La explicación de lo que ocurrió después está, literalmente, bajo los pies. Buena parte de los terrils está formada por esquistos oscuros, capaces de absorber con rapidez la radiación solar. Una superficie negra expuesta al sol se calienta más que un suelo cubierto de hierba; cualquiera que haya caminado descalzo sobre asfalto en agosto conoce la versión doméstica del fenómeno.
En Loos-en-Gohelle sucede a escala de montaña. La orientación de las pendientes, su exposición solar, el drenaje rápido del suelo pedregoso y la propia naturaleza del material generan rincones más cálidos y secos que el paisaje agrícola circundante. Esas condiciones han permitido la presencia de fauna y flora termófilas, organismos que encuentran ventaja en ambientes relativamente cálidos.
No significa que los terrils hayan fabricado un clima mediterráneo en pleno norte francés. El asunto es más fino —y más interesante—: han creado una colección de microhábitats, pequeños espacios con temperatura, humedad y exposición diferentes de las del terreno vecino. Para un insecto, una planta o un reptil, unos pocos grados y una pendiente soleada pueden separar un lugar inhabitable de otro bastante acogedor.
El viejo residuo industrial pasó así de ser una superficie aparentemente estéril a funcionar como un mosaico de ambientes. El color de la piedra, la inclinación de la ladera y la cantidad de sol importan. Mucho.
De escombrera industrial a reserva de biodiversidad
Los números ayudan a entender la dimensión de esa transformación. En el área del 11/19 se han contabilizado 159 especies animales y 190 especies vegetales, entre ellas especies consideradas raras o excepcionales en la región. Entre la fauna registrada aparecen aves, mamíferos, anfibios, reptiles, libélulas, mariposas, mariquitas y distintos ortópteros, el grupo al que pertenecen saltamontes y grillos.
El espacio cuenta además con reconocimiento como zona de especial interés ecológico, faunístico y florístico dentro del sistema francés de protección natural. El conjunto de los terrils gemelos ocupa alrededor de 75,8 hectáreas, una superficie considerable para un terreno cuyo origen no fue precisamente conservar naturaleza.
No fue únicamente una victoria de la vegetación espontánea. Durante las décadas posteriores al cierre también hubo decisiones humanas destinadas a proteger el lugar. La recuperación ecológica comenzó a finales de los años ochenta y posteriormente se desarrollaron programas de seguimiento de fauna y flora, restauración de hábitats y gestión diferenciada de la vegetación. La vieja explotación carbonífera se convirtió, ironías de la historia industrial, en laboratorio de renaturalización.
Un ecosistema nuevo, no una naturaleza intacta
Aquí conviene evitar otra simplificación. Los terrils no son una naturaleza virgen que haya «regresado» al estado anterior a la minería. Antes de que existieran, estas montañas sencillamente no estaban allí.
Son lo que los ecólogos describen, en términos amplios, como ecosistemas antropogénicos: ambientes creados o profundamente modificados por la actividad humana y posteriormente colonizados por seres vivos. Es una diferencia importante. El valor ecológico actual del lugar no borra el impacto ambiental de dos siglos de minería; nace, precisamente, de esa historia.
La imagen tiene algo de paradoja. El hombre perforó el subsuelo, extrajo carbón, amontonó lo que no quería y levantó dos colosos negros. Décadas más tarde, semillas transportadas por el viento, insectos, aves y pequeños mamíferos encontraron allí un territorio que antes no existía.
La UNESCO protege un paisaje industrial, no dos montones de basura
También aquí la precisión importa. La UNESCO no declaró de manera aislada las dos montañas Patrimonio Mundial por haberse convertido en naturaleza. Desde 2012 forman parte de la Cuenca Minera de Nord-Pas-de-Calais, inscrita como paisaje cultural evolutivo vivo por su valor histórico e industrial.
La protección comprende minas, castilletes, viviendas obreras, infraestructuras, antiguos trazados ferroviarios y terrils repartidos a lo largo de unos 120 kilómetros. Los de Loos-en-Gohelle son una de sus estampas más reconocibles: enormes conos oscuros al lado de los edificios del antiguo complejo minero 11/19.
El patrimonio, por tanto, no reside solo en unas montañas bonitas. Está en lo que cuentan. Trabajo obrero, industrialización, carbón, urbanismo minero y reconversión económica aparecen juntos en un paisaje que Francia decidió conservar en lugar de borrar.
No es poca cosa. Durante mucho tiempo, las escombreras fueron vistas como la parte fea que quedaba después de cerrar una mina. Aquí han terminado funcionando como monumento, mirador y espacio natural al mismo tiempo.
Del paisaje del carbón a un territorio vivo
Loos-en-Gohelle condensa en unos pocos kilómetros una transformación bastante más profunda que la vistosa historia de «dos pirámides de basura convertidas por el sol». El carbón creó las montañas, pero después intervinieron cuatro décadas de sucesión ecológica, protección patrimonial y gestión ambiental.
Todavía conservan su piel negra en numerosos puntos. En otros, arbustos, herbáceas y árboles avanzan sobre las laderas. Hay senderos habilitados para recorrer parte del conjunto, mientras otras zonas permanecen restringidas para reducir la erosión y proteger los hábitats. Desde arriba se observa la vieja cuenca minera, las poblaciones obreras y una línea de horizonte que tampoco es completamente natural: la industria la dibujó a golpe de carbón.
Eso quizá sea lo verdaderamente excepcional. La naturaleza no hizo desaparecer la herencia minera; aprendió a vivir encima de ella. Las montañas siguen siendo residuos de una gigantesca explotación industrial. Solo que, cuatro décadas después del cierre, también son refugios de biodiversidad, memoria obrera y uno de los paisajes más singulares del norte de Francia.
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