España
Mar esperó dos años al niño que le asignaron en China y desapareció
Tras cinco tratamientos de fertilidad, Mar inició una adopción en China. El niño asignado desapareció del orfanato antes de que pudiera viajar.
Resumen
- Mar esperó dos años al niño que le habían asignado en China
- La adopción se truncó al desaparecer el menor del orfanato
- Meses después, un niño de cuatro años llegó a su vida en Galicia
A Mar Ambroa le asignaron en 2020 un niño en China después de años intentando ser madre. Tenía nombre, rostro, una historia y una familia que lo esperaba en Galicia. Durante casi dos años recibió fotografías y vídeos mientras aguardaba el momento de viajar para recogerlo. Ese viaje nunca llegó. El 1 de marzo de 2022 recibió una llamada: el menor había desaparecido del orfanato y la adopción no continuaría.
La historia de esta mujer de Pontevedra explica, desde dentro y sin demasiados adornos posibles, lo que ocurrió con algunas familias atrapadas por la paralización de las adopciones internacionales durante la pandemia. En el caso de Mar, el golpe fue doble: perdió al niño al que llevaba dos años considerando su hijo y su expediente de adopción nacional quedó después temporalmente suspendido. Meses más tarde, sin embargo, otra llamada terminó cambiando su vida: conoció en Galicia a un niño de cuatro años que acabaría convirtiéndose legalmente en su hijo.
Cinco tratamientos de fertilidad antes de iniciar la adopción
Mar tenía 36 años cuando decidió intentar ser madre en solitario. Había crecido como la mayor de seis hermanos y la maternidad formaba parte de una vida rodeada de familia, sobrinos, ruido doméstico y esa clase de normalidad que parece sencilla hasta que deja de serlo.
Antes de acudir a la adopción pasó por cinco tratamientos de fertilidad. Trabajaba para costearlos y afrontaba cada intento fallido pensando que quizá el siguiente sería distinto. No ocurrió. Después del correspondiente duelo decidió abrir otra puerta.
En 2018 inició dos expedientes simultáneos: uno de adopción nacional y otro internacional para China. Superó valoraciones, documentación y el certificado de idoneidad exigido en estos procedimientos. Dos años después llegó la noticia que llevaba tanto tiempo esperando: las autoridades le habían asignado un niño.
Hasta entonces había existido la idea abstracta de ser madre. Desde ese momento apareció algo mucho más concreto: una cara en una pantalla, vídeos, fotografías, gestos que se repiten. Un niño determinado, no uno posible.
La pandemia dejó a familias españolas atrapadas en la espera
La asignación coincidió con 2020. Y 2020, conviene recordarlo, no fue precisamente un año hospitalario con los planes humanos. China cerró de hecho la posibilidad de completar numerosos procesos de adopción internacional durante la crisis sanitaria y las familias que ya tenían menores asignados no pudieron viajar para formalizarlos.
La Administración española llegó a contabilizar 31 familias con niños ya asignados que seguían pendientes de desplazarse al país. Mar quedó dentro de ese limbo. Esperó mientras seguía recibiendo noticias del menor y mientras una relación que jurídicamente todavía estaba incompleta adquiría, emocionalmente, una dimensión muy distinta. Para ella no era un expediente aparcado en una carpeta. Era su hijo.
El problema se fue pudriendo con el tiempo. El Gobierno español dejó constancia en 2022 de que las autoridades chinas estaban retirando algunas asignaciones para que determinados menores pudieran ser adoptados por familias del propio país. España había registrado ya varios casos de retirada de asignaciones.
La llamada del 1 de marzo de 2022
Mar recuerda incluso la fecha. Cuando vio en el teléfono el número de la agencia el 1 de marzo de 2022 pensó que por fin le comunicarían cuándo podía viajar. Fue exactamente al revés.
Según su relato, le informaron de que el niño había desaparecido del orfanato. No obtuvo una explicación que aclarase qué había ocurrido después con él. Habían pasado aproximadamente dos años desde aquella asignación que convirtió unas fotografías y unos vídeos en el centro de su vida.
Se marchó del trabajo y pasó una semana encerrada en casa acompañada por sus hermanas. Había algo especialmente cruel en aquel duelo: lloraba la pérdida de un hijo al que nunca había podido abrazar. La burocracia podía discutir la naturaleza jurídica de aquel vínculo; el cuerpo, por lo visto, no estaba para esas sutilezas.
Su adopción en España quedó también suspendida
Mar mantenía abierto al mismo tiempo su expediente de adopción nacional. Tras comunicar lo sucedido en China a los servicios de menores de la Xunta, recibió otro golpe: ese procedimiento quedó suspendido durante un año, según relata.
La decisión le resultó difícil de comprender. Había sufrido la ruptura de una adopción internacional por circunstancias completamente ajenas a su voluntad y, además, tenía que demostrar que aquel duelo no le impedía afrontar otra maternidad. Acudió a una psicóloga especializada y trabajó durante meses el impacto de lo ocurrido.
La exigencia tiene una lógica dentro del sistema de protección de menores: una adopción no está concebida jurídicamente para proporcionar un hijo a un adulto, sino para encontrar una familia adecuada para un niño que la necesita. El interés superior del menor debe prevalecer durante todo el procedimiento. Esa cautela, necesaria, puede adquirir sin embargo una textura bastante áspera cuando aterriza sobre una persona que acaba de sufrir una pérdida.
Mar siguió adelante. Llegó incluso a iniciar otro expediente internacional con Ecuador. Y entonces, a finales de 2022, sonó otra vez el teléfono.
Un niño de cuatro años cambió la historia en un parque
Esta vez la llamada procedía de Galicia. Había un niño de cuatro años y los responsables del proceso consideraban que ambos podían encajar. Se conocieron un lunes por la mañana en un parque con la idea inicial de iniciar progresivamente las visitas previas a la convivencia.
El calendario duró pocas horas. Aquella misma tarde Mar recibió otro aviso: el niño quería irse con ella. La habitación estaba preparada. También ella. Fue a recogerlo y comenzó una convivencia que, naturalmente, tuvo bastante menos aspecto de cuento que de vida real. Había que construir confianza, rutinas, afecto y seguridad alrededor de un pequeño que llegaba con experiencias difíciles a una edad demasiado temprana.
Mar decidió incluso retrasar su incorporación al colegio pese a que por edad podía cursar Infantil. Consideró que antes necesitaban crear un vínculo sólido. Instaló un pupitre junto a su mesa de trabajo, contó con el apoyo de su familia y recurrió también a terapia para acompañar al niño.
La adopción siguió su curso, despacio. En abril de 2025 llegó uno de esos detalles administrativos que parecen pequeños hasta que se llevan años esperando: Mar vio por primera vez su apellido en el DNI de su hijo.
China cerró después una etapa histórica de adopciones
Lo ocurrido a Mar pertenece además a los últimos años de una relación muy larga entre China y las familias adoptantes españolas. España comenzó a tramitar adopciones en aquel país en 1996 y durante los años de mayor actividad se superaron las 1.000 adopciones anuales. Hasta la suspensión decretada en 2022 se habían constituido 16.327 adopciones de niños procedentes de China.
La tendencia llevaba tiempo cayendo. Después llegaron la pandemia, los expedientes bloqueados y la progresiva reducción del programa. En 2024 se completaron las últimas diez adopciones de menores chinos por familias residentes en España.
China terminó anunciando que dejaría de enviar menores al extranjero para adopción, con excepciones muy limitadas para determinados vínculos familiares. Aquella decisión cerró, en la práctica, una época que había llevado a miles de niños chinos a crecer en familias de España, Estados Unidos, Francia y otros países.
La maternidad que llegó después de perderla dos veces
Mar vive actualmente con su hijo en una aldea de Cotobade, rodeada de naturaleza y cerca de una familia extensa que se ha convertido en parte fundamental de la crianza. Quedan terapias, heridas antiguas y recuerdos que no se evaporan por decreto. También están el colegio, las extraescolares, las tardes ordinarias y una vida que, después de tanto expediente, por fin tiene algo extraordinariamente valioso: rutina.
El niño que China le asignó sigue ocupando otro espacio. Mar no sabe qué fue de él después de aquella llamada de 2022. Durante dos años lo esperó como a un hijo y luego tuvo que aprender a despedirse sin encuentro, sin abrazo y prácticamente sin explicación.
Su historia terminó siendo otra. No más sencilla, desde luego. Cinco tratamientos de fertilidad, una adopción frustrada a miles de kilómetros, un expediente suspendido y años de espera antes de que un niño de cuatro años se cruzara con ella en un parque gallego. Después llegaron las palabras pequeñas, esas que a veces pesan más que todos los sellos oficiales: casa, mamá, familia.
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