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Unicef: más de 340 niños han muerto en Gaza durante el alto el fuego

Unicef denuncia que la infancia sigue pagando el precio de la guerra en Gaza: más de 340 niños muertos y unos 800.000 aún desplazados y sin hogar.

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niños han muerto en Gaza

Resumen

  • Más de 340 niños han muerto en Gaza desde el inicio del alto el fuego
  • Unos 800.000 menores siguen desplazados entre tiendas y edificios dañados
  • La tregua redujo los combates, pero no ha devuelto seguridad a la infancia

Más de 340 niños palestinos han muerto en la Franja de Gaza desde que entró en vigor el alto el fuego de octubre de 2025, según el balance difundido por Unicef. La tregua redujo la intensidad de las hostilidades, pero no consiguió algo bastante más elemental: que dejaran de morir menores. Más de 600 han resultado heridos durante ese mismo periodo, muchos con lesiones que condicionarán el resto de sus vidas.

El otro gran número ayuda a entender qué significa vivir un año después de que se anunciara el cese de las grandes operaciones militares. Unos 800.000 niños continúan desplazados dentro de Gaza. Muchos duermen en tiendas, construcciones improvisadas o edificios dañados, entre escombros y servicios públicos que funcionan a trompicones. Para buena parte de ellos, el alto el fuego no ha significado volver a casa porque, sencillamente, la casa ya no existe.

Un alto el fuego que no ha detenido las muertes

La última fotografía ofrecida por Unicef es especialmente áspera. En las dos últimas semanas, dos niñas y cinco niños murieron por disparos o en ataques israelíes, incluidos ataques con drones, según explicó en Ginebra el portavoz del organismo Ricardo Pires. Otros 33 menores resultaron gravemente heridos y dos niños fallecieron posteriormente como consecuencia de lesiones sufridas con anterioridad.

No es un episodio aislado dentro de la tregua. En enero, Unicef contabilizaba más de 100 niños muertos desde el inicio del alto el fuego; en junio ya eran 265 y en agosto, al menos 300. El balance ha seguido creciendo hasta superar los 340. La secuencia importa porque muestra que no se trata únicamente de una herencia estadística de los meses más duros de la guerra, sino de muertes ocurridas durante el periodo formalmente definido como alto el fuego.

La expresión resulta cada vez más incómoda. Una tregua puede reducir los bombardeos masivos y facilitar la entrada de ayuda; eso cuenta, y mucho. Pero la palabra, por sí sola, no detiene una bala ni protege de un dron. Unicef lleva meses advirtiendo precisamente de esa distancia entre el lenguaje diplomático y la vida cotidiana en Gaza.

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Naciones Unidas aporta otro dato que permite dimensionar el problema. La oficina de derechos humanos de la ONU había verificado 1.076 muertes relacionadas con el conflicto entre el anuncio del alto el fuego y finales de julio de 2026, entre ellas 268 niños. El Ministerio de Salud de Gaza sitúa el balance palestino global desde la tregua por encima de las 1.400 víctimas mortales. Son metodologías distintas y fechas de corte diferentes; por eso las cifras no deben mezclarse como si fueran equivalentes.

La «línea amarilla», un límite difuso y peligroso

Una parte importante de las muertes infantiles se concentra alrededor de la denominada línea amarilla, la frontera de facto que delimita las zonas de presencia militar israelí dentro de Gaza. Unicef calcula que cerca de la mitad de los niños muertos desde el alto el fuego perdieron la vida en áreas próximas a esa línea.

El problema no es únicamente su ubicación, sino también su escasa claridad sobre el terreno. Naciones Unidas sostiene que el despliegue israelí ha ido variando y que, para los civiles, no siempre existe una referencia física inequívoca de dónde empieza una zona de riesgo. La oficina de derechos humanos de la ONU había verificado hasta finales de julio 331 muertos en las proximidades de esa línea, incluidos 66 niños. En numerosos casos, asegura el organismo, no encontró información que indicara que las víctimas supusieran una amenaza para las fuerzas israelíes.

Israel ofrece una interpretación diferente de lo ocurrido alrededor de esas posiciones. Las Fuerzas de Defensa de Israel sostienen que Hamás ha incumplido repetidamente el acuerdo, que continúa sin desarmarse y que combatientes o sospechosos han cruzado la línea o se han aproximado a las tropas de forma amenazante. El Ejército israelí afirma que sus efectivos responden para eliminar peligros inmediatos.

Ese choque de versiones forma parte del conflicto, pero no altera el dato central que preocupa a Unicef: los niños siguen muriendo durante la tregua.

800.000 niños siguen sin poder regresar a casa

El desplazamiento es la otra guerra, menos espectacular en las imágenes y mucho más persistente. Alrededor de 800.000 menores continúan fuera de sus hogares. Las familias se amontonan en tiendas de campaña, refugios precarios, edificios parcialmente destruidos y zonas donde la basura se acumula y el saneamiento apenas existe.

La llegada del invierno agrava una situación que ya era frágil. A finales de septiembre se habían identificado 451 asentamientos de desplazados con alto riesgo de inundación, en los que vivían más de 464.000 personas. Las tiendas deterioradas por meses de uso, el barro, el frío y unas redes de alcantarillado maltrechas convierten una lluvia fuerte en algo más que una molestia.

Gaza arrastra, además, la destrucción acumulada desde octubre de 2023. Unicef cifraba en al menos 21.700 los niños muertos en la Franja hasta el 30 de junio de 2026 y en unos 45.000 los heridos, más de 11.000 de ellos con lesiones capaces de cambiar permanentemente sus vidas. La tregua llegó después de dos años de una guerra que había dejado barrios enteros irreconocibles y los sistemas sanitario, educativo y de abastecimiento de agua profundamente dañados.

El conflicto comenzó tras los ataques dirigidos por Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023, en los que murieron unas 1.200 personas y fueron tomadas como rehenes 255. Entre las víctimas mortales israelíes hubo niños. Ese origen forma parte inseparable del contexto; también lo forma la devastación posterior sufrida por la población civil palestina.

Unos 60.000 menores han perdido a uno o ambos padres

Hay cifras que describen daños materiales. Y luego están las que explican una generación. Unicef estima que alrededor de 60.000 niños de Gaza viven sin uno o ambos progenitores, muertos durante la guerra o desde la entrada en vigor del alto el fuego.

La consecuencia no termina en el duelo. Muchos hermanos mayores han asumido tareas que normalmente corresponderían a adultos: conseguir agua, buscar comida, cuidar de los pequeños o intentar obtener algún ingreso. La infancia se comprime. A los quince años uno puede acabar haciendo de padre; a los once, recorriendo calles dañadas con recipientes de agua. Esa pérdida acelerada de la infancia es otro daño que las estadísticas cuentan peor.

Unicef considera que alrededor de un millón de niños necesitan apoyo psicológico o psicosocial en Gaza. El trauma procede de una combinación difícil de separar: pérdidas familiares, heridas, desplazamientos repetidos, miedo, hambre, interrupción de las clases y años viviendo con la posibilidad de nuevos ataques.

La recuperación, por tanto, no consiste únicamente en reconstruir paredes. Una escuela puede volver a levantarse; recomponer la percepción de seguridad de un niño que ha pasado años huyendo de un lugar a otro es otra obra, bastante más lenta y sin grúas.

Volver a clase, aunque la escuela sea una tienda

Dentro de ese paisaje hay también avances. Más de 560.000 niños palestinos han vuelto a recibir algún tipo de educación en Gaza, incluidos alumnos atendidos en espacios de aprendizaje apoyados por Unicef. Es una mejora considerable frente a los periodos en los que prácticamente toda la enseñanza quedó paralizada.

Pero volver a estudiar no significa recuperar la normalidad anterior a la guerra. Parte de las clases se imparte en instalaciones provisionales. Un niño puede tener cuaderno y profesor y, al mismo tiempo, estudiar bajo una lona porque el colegio donde aprendía antes está destruido.

A finales de septiembre se calculaba que unos 200.000 menores seguían fuera de la escuela, mientras aproximadamente 495.000 estaban matriculados en espacios educativos respaldados por Naciones Unidas y organizaciones humanitarias. Las diferencias entre balances responden a fechas y coberturas distintas, pero dibujan la misma escena: el sistema intenta reconstruirse mientras todavía retira cascotes. Literalmente.

Agua y ayuda humanitaria: mejoras todavía insuficientes

La tregua sí permitió ampliar la respuesta humanitaria. Unicef asegura que sus operaciones contribuyen a proporcionar agua potable a 1,2 millones de personas, además de retirar residuos y distribuir suministros médicos. Son servicios esenciales en una franja de territorio donde buena parte de la infraestructura quedó destruida o seriamente dañada.

Aun así, repartir agua mediante operaciones de emergencia no equivale a tener un sistema de abastecimiento funcionando. Tampoco recoger basura sustituye una red estable de saneamiento. Unicef insiste en que siguen faltando materiales, equipos y piezas necesarios para rehabilitar conducciones, instalaciones sanitarias y sistemas de tratamiento de aguas residuales.

Israel sostiene que desde el alto el fuego ha facilitado grandes volúmenes de ayuda humanitaria y afirma que el flujo de alimentos, medicinas y otros suministros aumentó notablemente tras el acuerdo. Las agencias de Naciones Unidas reconocen que la entrada de ayuda mejoró respecto a etapas anteriores, aunque mantienen que las restricciones de acceso y de determinados materiales siguen frenando la recuperación.

Ahí aparece otra de las paradojas de Gaza: puede entrar suficiente ayuda para evitar que determinados indicadores empeoren y seguir existiendo, al mismo tiempo, una emergencia humanitaria gigantesca. Sobrevivir no es lo mismo que haber recuperado una vida normal.

Un año de tregua que todavía no parece paz

El alto el fuego de octubre de 2025 cambió Gaza. Redujo la escala de los combates, permitió aumentar la asistencia humanitaria y abrió espacios para que cientos de miles de niños regresaran a algún tipo de enseñanza. Negarlo sería falsear una parte de la realidad.

Pero tampoco ha convertido la Franja en un lugar seguro. Más de 340 niños muertos, más de 600 heridos y unos 800.000 menores desplazados dibujan el otro lado de esa tregua. Unicef lleva un año advirtiendo de ello y el último balance vuelve a colocar la misma contradicción encima de la mesa: hay un alto el fuego, sí, pero todavía hay familias enterrando a sus hijos.

Para los niños de Gaza, la diferencia entre una tregua y la paz no cabe en un comunicado diplomático. Está en poder dormir bajo un techo que no sea de lona, cruzar una calle sin calcular dónde queda una línea militar invisible, beber agua del grifo, volver al colegio de siempre y regresar a casa con los padres esperando dentro. A un año del acuerdo, esa normalidad sigue estando muy lejos.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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