España
Pablo Iglesias gana peso ante el 29N y agita a la izquierda española
Pablo Iglesias vuelve a ganar presencia antes del 29N: no será candidato, pero mantiene influencia mediática, peso ideológico y voz en las alianzas.
Por EneasMx, CC BY 4.0, Wikimedia Commons
Resumen
- Iglesias gana peso ante el 29N pese a no figurar como candidato
- Su influencia pasa por Podemos, los medios y las alianzas de la izquierda
- El 29N medirá cuánto poder conserva fuera de las instituciones
Pablo Iglesias no estará, salvo vuelco inesperado, en ninguna papeleta del 29 de noviembre, pero su voz vuelve a ocupar un espacio reconocible en la campaña. Cinco años después de abandonar sus cargos políticos, el fundador de Podemos interviene en el nuevo reparto de la izquierda desde otro lugar: dirige Canal Red, participa habitualmente en debates televisivos y analiza casi a diario las decisiones de quienes sí concurrirán a las elecciones. No tiene despacho en el partido. Tampoco necesita uno para hacerse escuchar.
Su influencia, sin embargo, debe medirse con cuidado. Iglesias ya no controla una organización con decenas de diputados ni ocupa la Vicepresidencia del Gobierno, y las decisiones formales de Podemos corresponden a sus actuales órganos y dirigentes. Lo que conserva es otra clase de poder: capacidad para fijar marcos políticos, amplificar determinadas posiciones y hablar a un electorado que todavía identifica buena parte de la historia de Podemos con su figura. Ante el 29N, esa influencia se concentra en una batalla muy concreta: cómo reorganizar la izquierda situada fuera del PSOE.
De líder de Podemos a actor político sin cargo
Cuando Iglesias abandonó la política institucional tras las elecciones madrileñas de mayo de 2021, parecía cerrarse una etapa. Había pasado en apenas siete años de presentar Podemos en un teatro del barrio madrileño de Lavapiés a ocupar una Vicepresidencia del Gobierno. El viaje fue corto y brutalmente intenso, como casi todo lo que ocurrió alrededor de aquel partido.
Pero retirarse de los cargos no significó desaparecer. Iglesias trasladó buena parte de su actividad al terreno mediático y terminó construyendo alrededor de Canal Red y La Base un espacio desde el que interviene sobre la agenda política. También participa en debates televisivos cuyas intervenciones circulan después por redes sociales, prensa y otros programas. Su influencia ya no depende de un escaño, sino de su capacidad para introducir asuntos y marcos en la conversación pública.
Ahí está precisamente el cambio. Iglesias ha pasado de intentar ganar el debate desde el Congreso o el Consejo de Ministros a disputarlo desde una pantalla. No firma los acuerdos, pero opina sobre cuáles deberían firmarse; no confecciona oficialmente las candidaturas, aunque sus diagnósticos pueden terminar formando parte de la conversación interna y pública que las rodea.
Es un papel menos espectacular que el de 2015, claro. También más difícil de medir. Un ministro deja leyes, presupuestos o decretos; un comunicador deja argumentos, consignas y marcos políticos. Y los argumentos no vienen con contador incorporado.
El eje Montero-Rufián devuelve a Iglesias al centro del debate
Uno de los movimientos que ha vuelto a situarlo con fuerza en la precampaña es el acercamiento entre Podemos y ERC. La colaboración entre ambos espacios y el entendimiento político entre Irene Montero y Gabriel Rufián han abierto una nueva vía dentro de una izquierda que llega al 29N con varios proyectos, liderazgos y heridas acumuladas.
Iglesias ha defendido con claridad esa aproximación. Considera a Montero y Rufián dos dirigentes con capacidad para movilizar electores en el espacio situado a la izquierda del PSOE y presenta su entendimiento como una oportunidad para atraer a otras fuerzas. Su tesis es sencilla: construir alrededor de liderazgos reconocibles una alianza capaz de reducir la dispersión del voto progresista.
No es una posición inocua. Al defender públicamente esa fórmula, Iglesias entra de lleno en el pulso que mantienen Podemos y Frente Amplio, el otro gran espacio que busca ordenar la izquierda alternativa. La discusión no es únicamente quién encabeza una papeleta. También se decide qué siglas sobreviven, qué liderazgos dominan el ciclo y quién puede atribuirse la representación de un electorado cada vez más fragmentado.
Podemos, mientras tanto, mantiene su propia estrategia y ha insistido en que cualquier entendimiento debe respetar el peso político de Irene Montero y el proyecto construido durante los últimos años. Las conversaciones avanzan mientras se acerca el momento de registrar las coaliciones. La izquierda española vuelve así a una de sus tradiciones más persistentes: discutir cómo unirse mientras corre el calendario electoral.
Las provincias pequeñas convierten la unidad en una cuestión matemática
Hay, además, un componente menos vistoso y bastante más importante: la aritmética electoral. Iglesias ha defendido que el entendimiento entre distintas fuerzas resulta especialmente necesario en aquellas provincias donde repartir pocos diputados eleva considerablemente el coste de concurrir por separado.
Madrid y Barcelona funcionan de manera diferente debido al gran número de escaños que eligen. Una fuerza puede obtener representación allí con porcentajes que en circunscripciones pequeñas dejarían sus votos prácticamente sin traducción parlamentaria. De ahí que una parte del debate se concentre en los acuerdos territoriales fuera de las grandes circunscripciones.
Ese planteamiento afecta especialmente a territorios donde varias candidaturas podrían competir por una bolsa de electores semejante y terminar perjudicándose mutuamente. El objetivo es evitar que la fragmentación impida alcanzar el umbral efectivo necesario para obtener diputado. En determinados lugares, unas décimas pueden parecer poca cosa; una lista adicional puede ser la diferencia entre conseguir representación o quedarse fuera.
Aquí Iglesias se mueve en un terreno que conoce bien. Las negociaciones territoriales fueron decisivas durante la expansión de Podemos, especialmente cuando el partido comenzó a concurrir junto a Izquierda Unida y organizaciones autonómicas. La ley electoral española puede ser relativamente proporcional en las circunscripciones grandes y mucho más severa con las formaciones pequeñas en provincias que reparten tres, cuatro o cinco escaños.
Cuánto puede influir realmente Pablo Iglesias en el 29N
La respuesta más razonable es que todavía puede influir bastante en el debate de la izquierda, pero mucho menos directamente sobre el resultado electoral que cuando encabezaba Podemos. Su capacidad de intervención sigue siendo considerable; su poder institucional, no.
Su primera fortaleza es evidente: la notoriedad. Iglesias continúa siendo uno de los políticos españoles más reconocibles surgidos durante la última década. Eso permite que una intervención suya atraviese con facilidad la frontera entre su propio ecosistema mediático y los medios generalistas. Una frase, una crítica o una propuesta pueden convertirse rápidamente en materia de debate nacional.
La segunda es ideológica. Parte del electorado de Podemos sigue viendo en Iglesias una referencia para interpretar las alianzas, las rupturas con otros espacios de la izquierda o la relación con el PSOE. Sus palabras pueden reforzar una estrategia y ofrecer a los simpatizantes un relato político reconocible con el que interpretar decisiones que, sobre el papel, resultan bastante enrevesadas.
Pero existe un límite importante. Influir entre los votantes propios no equivale a conquistar votantes nuevos. Y el principal problema de Podemos y del conjunto de la izquierda alternativa está precisamente ahí: crecer más allá de sus respectivos núcleos, evitar que la competencia interna desmovilice y convertir la visibilidad mediática en votos.
Las encuestas publicadas durante la precampaña muestran diferencias apreciables entre unas y otras, pero coinciden en algo: el espacio situado a la izquierda del PSOE afronta el 29N condicionado por la fragmentación electoral. Competir por quién dirige una parcela pequeña sirve de poco si esa parcela no consigue ensancharse.
El riesgo de movilizar a los convencidos y alejar al resto
Iglesias conserva una cualidad política que nunca ha sido precisamente discreta: polariza. Para sus seguidores, esa capacidad permite identificar adversarios, ordenar el conflicto y movilizar. Para sus detractores, incluidos sectores de la propia izquierda, ocurre justamente lo contrario.
Ese doble efecto acompañó toda su trayectoria institucional y no ha desaparecido por cambiar el Congreso por un estudio de televisión. Una intervención de Iglesias puede cohesionar al electorado de Podemos y, al mismo tiempo, recordar a otros votantes progresistas las viejas guerras entre las distintas familias de la izquierda alternativa.
Ahí aparece la paradoja de su nuevo papel. Cuanto más interviene, mayor es su capacidad para mantener la identidad política de Podemos; pero esa misma presencia puede dificultar que una eventual candidatura común parezca realmente nueva. La fuerza que moviliza a unos puede generar rechazo en otros.
No es un detalle menor ante unas elecciones en las que el PSOE también disputará el voto útil del bloque progresista. Si la competición entre Podemos y el resto de formaciones se percibe como otra batalla entre dirigentes que llevan años discutiendo, una parte del electorado puede refugiarse en los socialistas. Otra puede quedarse en casa. El adversario electoral no siempre roba los votos; a veces basta con esperar a que se pierdan por el camino.
Irene Montero es la candidata; Iglesias, el amplificador
Hay también una frontera que conviene no difuminar. La apuesta electoral de Podemos para el 29N gira alrededor de Irene Montero, no de Pablo Iglesias. Ella es quien debe someterse al voto, negociar alianzas, participar en los debates y responder políticamente por el resultado.
El antiguo secretario general desempeña otra función. Construye discurso, interpreta movimientos y amplifica decisiones. Puede ayudar a situar a Montero o Rufián en la conversación pública, atacar una estrategia rival o convertir un acuerdo territorial en una cuestión nacional. Eso es influencia política, sin duda, pero no liderazgo electoral en sentido estricto.
La diferencia será decisiva cuando la campaña entre en su fase más intensa. Hasta entonces queda margen para debates internos, pactos y movimientos tácticos. Después llegará la prueba incómoda: comprobar si el ruido político se convierte en votos. Ahí terminan las interpretaciones y empieza la aritmética.
El 29N medirá también el poder que Iglesias conserva
Pablo Iglesias ya no tiene el poder institucional que acumuló durante los años de Unidas Podemos, pero tampoco se ha convertido en una figura decorativa del pasado. Ha construido un poder mediático e ideológico propio, mantiene una relación evidente con el universo político que ayudó a fundar y conserva algo que no abunda precisamente en la izquierda española: capacidad para conseguir que los demás reaccionen a lo que dice.
La incógnita es hasta dónde llega esa capacidad. Puede contribuir a cohesionar Podemos, fortalecer determinadas alianzas y presionar para cerrar acuerdos territoriales. Puede incluso condicionar el lenguaje con el que la izquierda discute sobre su futuro. Lo que no puede hacer por sí solo es convertir ese eco en representación parlamentaria.
El 29N servirá, por tanto, para medir algo más que el futuro inmediato de Podemos. También permitirá comprobar cuánto poder político conserva Pablo Iglesias cuando desaparecen el cargo, la candidatura y su nombre de la papeleta. Quizá menos que antes. Desde luego, bastante más de lo que sugería aquella retirada de 2021.
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