Salud
Pantallas y lenguaje infantil: una hora al día muestra diferencias
El estudio detecta más vínculos entre dificultades lingüísticas en niños expuestos más tiempo a pantallas, sobre todo entre los tres y cinco años.
Resumen
- Una hora o más de pantalla se asocia a más dificultades del lenguaje
- La asociación es más clara entre los niños de tres a cinco años
- El estudio observa asociación, pero no demuestra una relación de causa
Los niños pequeños que pasan una hora o más al día frente a pantallas presentan un patrón de dificultades del lenguaje más interconectado que aquellos con una exposición menor. La asociación es especialmente visible entre los tres y los cinco años, una etapa en la que preguntar, explicar, construir frases y comprender lo que dicen los demás deja de ser un repertorio de palabras sueltas para convertirse en conversación.
Es la principal conclusión de una investigación liderada por la Universidad de Granada, junto con la University of Southern Denmark, que ha analizado los datos de 16.914 niños de entre uno y cinco años. El trabajo, publicado en octubre de 2026 en Frontiers in Psychology, no demuestra que una pantalla cause por sí sola un retraso del lenguaje. Sí encuentra algo menos sencillo y quizá más interesante: cuando aumenta el tiempo de exposición, distintas señales de dificultad lingüística aparecen más estrechamente relacionadas entre ellas.
Hay que hacer aquí una distinción que evita bastante ruido. El estudio no sostiene que ver 60 minutos de dibujos transforme automáticamente a un niño que habla con normalidad en otro con problemas. No hay semejante interruptor. Lo que encuentra es una asociación estadística entre un mayor uso de pantallas y una estructura más densa de indicadores relacionados con el lenguaje, sobre todo entre los tres y los cinco años. Y, en ciencia, una asociación no es una sentencia ni tampoco una causa demostrada.
Casi 17.000 niños y una diferencia clara desde los tres años
La investigación utilizó información de la National Survey of Children’s Health de Estados Unidos de 2023, una gran encuesta poblacional en la que los cuidadores informaron tanto de los hábitos de los menores como de diferentes hitos de su desarrollo. La muestra incluyó a 16.914 niños, con una edad media cercana a los tres años; aproximadamente el 51% eran niñas.
Los investigadores separaron a los participantes tomando como referencia el umbral de una hora diaria de pantalla: menos de una hora frente a una hora o más. Con ese criterio, el 72,2% de los menores de la muestra se situó en el grupo de mayor exposición. La proporción fue del 61,2% entre uno y dos años y alcanzó el 80,8% entre los tres y los cinco. Son cifras de la muestra estudiada, no una estimación de cuántos niños españoles utilizan pantallas ese tiempo. Conviene no mezclar mapas.
El salto observado en los mayores resulta llamativo. Entre los niños de tres a cinco años con menor exposición, la red estadística construida por los investigadores contenía 16 conexiones entre indicadores lingüísticos; en el grupo de mayor tiempo de pantalla aparecían 40. Las dificultades, dicho sin jerga, parecían viajar menos solas.
Ese matiz importa. Dos niños pueden presentar alguna señal de alerta concreta y no tener el mismo cuadro. Lo novedoso del trabajo consiste precisamente en no mirar cada habilidad como una isla —vocabulario por aquí, comprensión por allá—, sino estudiar cómo unas dificultades se enlazan con otras.
Preguntar, explicar y comprender aparecen en el centro
Entre los tres y los cinco años, algunas de las capacidades que ocuparon posiciones relevantes en las redes fueron preguntar “por qué” y “cómo”, explicar ideas y combinar palabras. En el grupo con una hora o más de pantalla, las variables relacionadas con la comprensión aparecieron particularmente agrupadas, algo significativo porque comprender el lenguaje suele preceder a utilizarlo de manera más compleja.
También aparecen aspectos vinculados con la producción de determinados sonidos y la conciencia fonológica, esa capacidad que permite empezar a reconocer cómo están construidas las palabras y que después participa en el aprendizaje inicial de la lectura. No estamos hablando únicamente de saber decir más o menos vocablos. El lenguaje infantil funciona como una trama: entender, nombrar, preguntar, ordenar una frase, escuchar una explicación y responder. Tirar de un hilo puede dejar a la vista varios.
La pantalla no solo ocupa tiempo: desplaza conversaciones
Una de las explicaciones que rodean este campo de investigación es bastante terrenal. Veinte minutos mirando una pantalla son también veinte minutos que potencialmente no se dedican a otra cosa. El problema no sería únicamente lo que aparece en el cristal, sino lo que desaparece alrededor: conversación espontánea, juego, gestos, turnos de palabra, cuentos, canciones, aburrimiento incluso. Ese material aparentemente modesto es combustible lingüístico.
El propio estudio encontró que la lectura compartida estaba asociada de forma especialmente clara con un menor tiempo de pantalla. Más de la mitad de los niños del grupo con menos exposición recibían lectura diaria, mientras que esa proporción era inferior entre quienes acumulaban más pantalla. También eran más frecuentes en el primer grupo actividades como contar historias o cantar.
No significa que leer un cuento actúe como antídoto matemático después de una tarde de vídeos. Sería cómodo, casi farmacéutico, pero el desarrollo infantil rara vez funciona con semejante contabilidad. Sí encaja con una evidencia acumulada durante años: los niños aprenden lenguaje mediante intercambios con otras personas en los que alguien escucha, responde, repite, corrige con naturalidad, exagera un gesto o espera esos tres segundos eternos hasta que llega una palabra.
Una pantalla puede emitir miles de palabras por hora. Lo que no hace del mismo modo es esperar la respuesta concreta del niño, detectar que no ha entendido, reformular una frase porque su cara ha cambiado o entusiasmarse genuinamente cuando por fin consigue contar lo que quería decir. Ahí está buena parte de la diferencia entre exposición verbal e interacción.
España recomienda todavía más prudencia con los menores de seis años
El estudio utilizó como referencia las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. Para los niños de un año no se recomienda tiempo sedentario ante pantallas; a los dos años, no debería superar una hora diaria, y entre los tres y cuatro años el máximo recomendado es igualmente una hora, con la indicación de que menos tiempo es preferible. En el mismo dibujo cotidiano aparecen otras piezas esenciales: juego activo, sueño suficiente, lectura y narración compartidas.
En España, la Asociación Española de Pediatría ha adoptado una posición más restrictiva. Sus recomendaciones aconsejan evitar las pantallas entre los cero y los seis años porque considera que no puede establecerse un tiempo de exposición seguro en esa etapa. Admite usos concretos ligados a la interacción social, como una videollamada breve, preferiblemente acompañados por un adulto.
La diferencia entre ambos criterios no convierte uno en verdadero y otro en falso. La OMS formula recomendaciones internacionales de salud pública que deben ser aplicables en contextos muy distintos; la pediatría española adopta una postura más prudente a partir de la evidencia disponible sobre neurodesarrollo, sueño, atención y relaciones familiares.
Hay otro detalle que suele perderse mientras discutimos si son 30, 60 o 90 minutos: cómo se utiliza la pantalla. No es lo mismo un niño solo pasando vídeos automáticamente que una videollamada con sus abuelos; tampoco un contenido lento comentado con un adulto que una sucesión vertiginosa de imágenes utilizada para apagar cada rabieta. El cronómetro cuenta. El contexto también.
Lo que el estudio no permite afirmar
Este es uno de esos trabajos en los que el titular puede correr bastante más deprisa que los datos. Los investigadores lo reconocen con detalle. El diseño es transversal, es decir, observa asociaciones en un momento determinado y no sigue durante años a los mismos niños para establecer qué ocurrió primero. No permite demostrar que la mayor exposición sea la causa de las dificultades lingüísticas.
También existen limitaciones bastante concretas. El tiempo de pantalla fue comunicado por los cuidadores, con el inevitable margen de memoria e imprecisión; se contabilizó el uso durante los días laborables, no el de los fines de semana, y la encuesta agrupó la exposición en categorías. Tampoco diferenciaba suficientemente entre televisión, tableta, teléfono u ordenador.
Hay otra precaución importante. Un hogar con mucho tiempo de pantalla puede diferenciarse de otro con poco en cuestiones que van más allá del dispositivo: horarios laborales, nivel educativo, disponibilidad de tiempo, rutinas de lectura, circunstancias económicas, interacción familiar o características previas del propio niño. Los análisis ajustaron algunas variables, pero no pueden eliminar todos los factores de confusión.
Incluso las diferencias entre las redes lingüísticas deben leerse con cuidado. Los propios autores señalan limitaciones estadísticas a la hora de afirmar que las estructuras comparadas difieren de manera significativa en todos sus componentes. Es una cautela técnica, sí, pero evita convertir una fotografía sugerente en una película que el estudio no ha rodado.
Más pantalla no significa siempre la misma experiencia
La investigación encaja, de todos modos, en una literatura científica cada vez más extensa que relaciona una mayor exposición digital durante la primera infancia con resultados menos favorables en vocabulario y desarrollo lingüístico, aunque los efectos dependen de la edad, el contenido, el contexto y la interacción con los adultos.
No toda experiencia digital es equivalente y tampoco todos los niños reaccionan igual. Hay investigaciones que encuentran resultados distintos según el dispositivo, el contenido o el entorno familiar. Ese detalle desmonta la versión cómoda de esta discusión, la de presentar la tecnología como veneno puro o como herramienta educativa por definición. Una tableta no educa por el mero hecho de encender una aplicación infantil, del mismo modo que un libro cerrado sobre una mesa tampoco enseña a leer.
En edades tan tempranas, el elemento difícil de sustituir continúa siendo la interacción humana. Nombrar el perro que cruza la acera. Repetir una palabra dicha a medias. Inventar una historia absurda con un calcetín. Explicar por quinta vez por qué llueve. Esperar una contestación. Son escenas pequeñas, sin interfaz ni suscripción mensual, pero allí el lenguaje trabaja a pleno rendimiento.
Hablar sigue siendo una tecnología difícil de reemplazar
El estudio liderado desde Granada no ofrece una cifra mágica a partir de la cual el lenguaje infantil se deteriore. Ofrece algo más sobrio: en una muestra muy amplia, una mayor exposición a pantallas aparece asociada con dificultades lingüísticas más conectadas, sobre todo entre los tres y los cinco años, y esa relación merece atención sin convertirla en causalidad demostrada.
La infancia actual crecerá rodeada de pantallas; imaginar lo contrario empieza a parecerse a imaginar una ciudad sin electricidad. Pero durante los primeros años hay una herramienta bastante más antigua que continúa haciendo un trabajo difícil de delegar: alguien que habla con el niño y, sobre todo, alguien que escucha lo que el niño intenta decir. Entre una palabra mal pronunciada, una pregunta repetida veinte veces y un cuento pedido otra noche más se construye buena parte del lenguaje. No lleva batería. Tampoco necesita actualizarse.
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