Economía
Pedro Pestana reparte 4 millones tras vender Marosa por 112 millones
El fundador de Marosa repartió 4 millones entre sus 120 trabajadores después de vender la tecnológica viguesa a Wolters Kluwer por 112 millones.
Resumen
- Pestana repartió 4 millones entre los 120 trabajadores de Marosa
- La venta a Wolters Kluwer se cerró por 112 millones de euros
- El reparto incluyó a toda la plantilla, también a los recién llegados
Pedro Pestana da Silva ha hecho algo bastante menos frecuente que vender una empresa tecnológica por una cifra de nueve dígitos: compartir parte del dinero de la operación con quienes trabajaban en ella. El fundador de Marosa destinó 4 millones de euros de la cantidad que le correspondía tras la venta de la compañía a Wolters Kluwer a sus 120 empleados, incluidos quienes acababan de incorporarse.
La operación se formalizó el 4 de agosto de 2026. Wolters Kluwer adquirió Marosa por 112 millones de euros de valor de empresa, pagados en efectivo. Ese matiz importa: los 112 millones corresponden al valor de la adquisición, no al dinero que Pestana se embolsó personalmente. Marosa tenía otros accionistas, entre ellos el fondo estadounidense Aquiline, que había entrado en el capital en 2024. Los 4 millones repartidos entre los trabajadores salieron de la parte correspondiente al fundador.
En tiempos en los que “compartir el éxito” suele sobrevivir estupendamente dentro de una presentación de PowerPoint, aquí hubo dinero de verdad. Y una decisión voluntaria.
Cuatro millones para los 120 empleados de Marosa
El reparto alcanzó a toda la plantilla. No se exigió una determinada antigüedad ni quedaron fuera las incorporaciones recientes. Entre los beneficiarios había trabajadores que llevaban prácticamente desde los primeros años del proyecto y personas que apenas habían aterrizado en la compañía. Marosa estableció, además, una cantidad mínima para cada empleado.
Eso no significa que cada trabajador recibiera exactamente 33.333 euros, la cifra que saldría de dividir cuatro millones entre 120. El reparto no fue necesariamente idéntico para todos y la empresa no ha publicado las cantidades individuales. Se reconoció especialmente la trayectoria de quienes habían acompañado al negocio durante más tiempo, aunque todos participaron del bonus.
Pestana ha explicado que la decisión surgió al considerar que la venta ofrecía una oportunidad difícil de repetir. Marosa había crecido con enorme rapidez y ese crecimiento, según su fundador, también había sometido al equipo a años de presión. Para él, compensar una parte de aquel esfuerzo tenía sentido precisamente en el momento en que el valor creado se convertía en dinero contante y sonante.
La escena tiene cierta fuerza porque invierte la fotografía habitual de una adquisición. Normalmente hay titulares sobre compradores, vendedores, múltiplos, fondos y valoraciones. Los empleados aparecen después, casi siempre en la incómoda pregunta sobre posibles recortes. En Marosa ocurrió lo contrario: la plantilla se mantuvo y, además, participó económicamente de la venta.
De una mesa de cocina en Londres a una venta millonaria
La historia de Marosa comenzó de una forma bastante menos solemne que su desenlace. En 2016, Pestana estaba en Londres escribiendo un plan de negocio desde una mesa de cocina. Empezó creando contenido para una página web, buscando visibilidad, hasta que apareció un primer cliente. Luego otro. Después llegaron empleados, una pequeña oficina y el regreso a España.
Pestana, nacido en Vigo en 1984, había estudiado Derecho y completado su formación en fiscalidad internacional, tecnología y programación, con etapas en Francia, Bruselas, Singapur y Londres. Antes de construir una tecnológica valorada en más de cien millones, comenzó prácticamente como autónomo y con un cliente temporal. Un origen bastante reconocible para cualquiera que haya montado una empresa sin chófer, campana de Nasdaq ni frase motivacional pintada en la pared.
El proyecto fue evolucionando desde procesos muy manuales, incluidas hojas de cálculo, hacia una plataforma tecnológica especializada en IVA, facturación electrónica y cumplimiento fiscal internacional. Esa especialización terminó siendo una de sus grandes ventajas: mientras las obligaciones tributarias de las multinacionales se hacían más digitales y complejas, Marosa vendía precisamente herramientas para ordenar ese laberinto.
Pestana acabó trasladando el centro del negocio a Vigo. No fue una decisión tomada sobre una hoja de cálculo para arañar unas décimas de rentabilidad. Quería volver a su ciudad. Allí construyó el equipo que acabaría convirtiéndose en uno de los principales activos de la compañía.
El salto de Marosa: capital externo y crecimiento internacional
Durante buena parte de su trayectoria, Marosa creció sin capital institucional externo. Eso cambió en noviembre de 2024, cuando Aquiline invirtió 12 millones de euros en la compañía. Fue la primera entrada de un inversor externo y sirvió para acelerar el desarrollo de producto, la expansión internacional y las soluciones de facturación electrónica. En aquel momento la empresa ya atendía a más de 1.200 clientes corporativos y de comercio electrónico.
Aquiline llevaba siguiendo el negocio desde 2020. El fondo vio pronto una oportunidad en la creciente complejidad de las obligaciones de IVA, la extensión de la factura electrónica y los sistemas de comunicación fiscal prácticamente en tiempo real. Marosa encajaba en ese mercado como una empresa rentable con tecnología propia que había crecido desde cero.
El salto fue rápido. En 2025, Marosa registró unos ingresos cercanos a los 10 millones de euros, más de un 25% por encima del ejercicio anterior. Para una multinacional especializada precisamente en software profesional, información y soluciones fiscales, la pieza gallega tenía una lógica bastante transparente: tecnología europea, conocimiento regulatorio, clientes multinacionales y un mercado en plena transformación.
Por qué Wolters Kluwer pagó 112 millones
Wolters Kluwer no compró Marosa para colocar su logotipo encima de una oficina en Vigo y mandar hacer nuevas tarjetas de visita. La operación busca reforzar una plataforma global de impuestos indirectos, IVA y facturación electrónica, combinando las soluciones europeas de Marosa con la tecnología fiscal que el grupo ya comercializa en otros mercados, especialmente Estados Unidos.
La valoración de 112 millones de euros resulta especialmente significativa frente a los aproximadamente 10 millones de ingresos de Marosa en 2025. No es una comparación directa de beneficio con precio —sería incorrecto hacerlo así—, pero sí refleja cuánto estaba dispuesta a pagar la compradora por el crecimiento esperado, la tecnología, la cartera de clientes y, sobre todo, la posición conseguida en un sector con fuertes barreras regulatorias.
La empresa no vendía un programa simpático para organizar facturas. Trabajaba sobre una de esas áreas empresariales en las que equivocarse puede terminar en sanciones, inspecciones o problemas con varias administraciones tributarias al mismo tiempo. Ese conocimiento especializado vale dinero.
La venta no se llevó por delante el proyecto en Vigo
Otra parte relevante del acuerdo es lo que no ocurrió. La adquisición no supuso el cierre de la sede viguesa ni la salida inmediata de Pestana. El fundador continúa trabajando en Marosa y el equipo se integra en Wolters Kluwer, mientras Vigo mantiene un papel central dentro del negocio. La previsión expresada públicamente es incluso ampliar las oficinas y contratar a más profesionales.
Marosa conserva así una situación algo menos habitual de lo que sugieren las notas corporativas cuando hablan alegremente de “integraciones”: la compañía pierde su independencia accionarial, pero el proyecto tecnológico, el equipo y su centro de operaciones continúan.
Para Pestana, la venta tampoco parece haber funcionado como una puerta giratoria directa hacia la jubilación anticipada. Desprenderse de una empresa construida durante una década tiene una dimensión personal difícil de resolver con una transferencia bancaria. Después de años en los que un proyecto organiza jornadas, viajes, preocupaciones y prácticamente el calendario vital entero, hay que averiguar qué viene después. De momento, sigue dentro de Marosa.
Un reparto excepcional, pero no una nueva norma empresarial
Los 4 millones entregados a la plantilla representan alrededor del 3,6% del valor total de la operación, aunque comparar ambas cifras exige prudencia porque el dinero procedió de la participación de Pestana y la adquisición también afectaba a otros accionistas.
Tampoco conviene convertir el episodio en una fábula empresarial azucarada. Los trabajadores recibieron una gratificación extraordinaria porque el fundador decidió concederla; no porque tuvieran automáticamente derecho a participar en el precio de venta. Precisamente ahí está lo excepcional.
Pestana ha explicado que en otras compañías un movimiento semejante puede ser mucho más difícil porque hay varios accionistas y es necesario alcanzar acuerdos. En Marosa consideró que tenía margen para hacerlo. Y lo hizo.
El resultado introduce, eso sí, una conversación interesante sobre cómo se distribuye el valor cuando una empresa despega. El capital asume riesgo y cobra por ello. Los fundadores arriesgan dinero, reputación y años de vida. Los trabajadores, aunque con otra exposición financiera, también construyen tecnología, atienden clientes, corrigen errores a horas poco decorosas y sostienen etapas de crecimiento en las que la empresa cambia casi cada trimestre. Cuando llega una venta de 112 millones, decidir que esa última parte también cuenta es poco habitual. No debería resultar tan exótico.
Cuando el éxito deja de pertenecer solo al fundador
La historia de Pedro Pestana tiene los ingredientes reconocibles de muchas empresas tecnológicas que terminan en una gran adquisición: una idea pequeña, años de trabajo, internacionalización, capital externo y finalmente un comprador mucho mayor. Lo diferente ocurrió después de firmar.
Cuatro millones de euros regresaron al equipo que había acompañado la construcción de Marosa. No fue un reparto uniforme ni se conocen las cantidades individuales, pero sí alcanzó a los 120 empleados y no excluyó a los recién llegados. El gesto no cambia las reglas del capitalismo ni inaugura una revolución laboral desde Vigo. Tampoco hace falta tanto.
Hace algo más sencillo: recuerda que una empresa puede tener fundador, accionistas y propietario, pero casi nunca tiene un solo autor. En el caso de Marosa, Pestana decidió ponerle precio a esa evidencia. Y pagarlo de su bolsillo.
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