Síguenos

Tecnología

El CSIC alerta: las redes sociales también quieren pensar por nosotros

Las redes sociales evolucionan de capturar atención a integrar IA capaz de resumir, decidir y ejecutar tareas, con riesgos de dependencia cognitiva.

Publicado

el

capacidad de pensar

Resumen

  • El CSIC alerta de una nueva fase: las redes quieren delegación cognitiva
  • La IA ya resume, escribe y decide dentro de grandes plataformas sociales
  • La evidencia apunta a riesgos de dependencia, no a una pérdida mental probada

Las redes sociales construyeron buena parte de su negocio alrededor de una mercancía aparentemente inagotable: nuestro tiempo. Primero había que conseguir que entráramos. Después, que no saliéramos. El siguiente movimiento, advierte el investigador del Instituto de Filosofía del CSIC José Javier Fernández del Barrio, puede ser más profundo: lograr que deleguemos parte de nuestras capacidades cognitivas en herramientas de inteligencia artificial integradas en las propias plataformas.

No se trata simplemente de pasar demasiadas horas mirando una pantalla. La cuestión es qué ocurre cuando el ecosistema que ya decide qué vemos empieza también a ofrecernos herramientas que resumen, escriben, responden, comparan e interpretan en nuestro lugar. X tiene Grok; Meta integra su asistente de IA en Facebook, Instagram, Messenger y WhatsApp. La plataforma deja así de competir solo por nuestros ojos: aspira a ocupar también una parte del trabajo mental que hacemos cada día.

La tesis es inquietante, aunque conviene afinarla. No existe una demostración científica de que utilizar inteligencia artificial vuelva a una persona menos inteligente. La evidencia disponible dibuja algo más complejo: delegar tareas puede ser útil, igual que lo fue utilizar una calculadora, un GPS o un buscador, pero una dependencia sistemática de sistemas que sustituyen el razonamiento plantea riesgos distintos a emplearlos como apoyo. Ahí está la nueva frontera.

De captar tus ojos a pensar por ti

Internet nació con una promesa bastante menos retorcida. Las primeras redes sociales permitían mantener contacto con amigos lejanos, compartir fotografías, conversar y formar comunidades. Cuando millones de personas se instalaron allí, apareció el modelo económico: aquellas conversaciones, relaciones y hábitos podían convertirse en publicidad, datos y negocio.

La consecuencia fue la llamada economía de la atención. El producto gratuito tenía truco —como casi siempre que alguien insiste mucho en que algo es gratis—: el usuario aportaba minutos, preferencias, clics, desplazamientos por la pantalla y una montaña de señales capaces de alimentar sistemas de recomendación cada vez más precisos.

Canal oficial
El Folio en WhatsApp
Recibe las noticias más importantes, alertas y última hora.

Fernández del Barrio sostiene que ese patrón está entrando en una segunda fase. Si durante años el incentivo consistió en lograr que el usuario permaneciera dentro de la aplicación, la integración de asistentes generativos permite añadir otro nivel: que sea el propio sistema el que responda, seleccione información o produzca contenidos por él. El investigador habla de delegación cognitiva, una cesión progresiva de tareas mentales a herramientas cuyo atractivo depende precisamente de que sigamos utilizándolas.

No es una hipótesis lanzada en un vacío tecnológico. Los asistentes de inteligencia artificial ya son capaces de investigar temas, escribir textos, organizar tareas, analizar archivos y trabajar con imágenes. La frontera entre red social, buscador y asistente personal empieza a borrarse. Y bastante deprisa.

La economía de la atención ya no basta

Durante años, las plataformas perfeccionaron mecanismos extraordinariamente simples y extraordinariamente eficaces: desplazamiento infinito, reproducción automática, recomendaciones personalizadas, notificaciones, contadores de reacciones. Pequeños resortes diseñados para prolongar la estancia. Uno detrás de otro.

La preocupación por estos diseños ha salido del terreno puramente académico. Reguladores, investigadores y tribunales llevan tiempo examinando hasta qué punto determinadas funciones pueden favorecer un uso compulsivo de las redes sociales, especialmente entre menores y usuarios más vulnerables.

Ese contexto explica por qué la inteligencia artificial genera una inquietud adicional. Una notificación reclama atención durante unos segundos. Un asistente que redacta un correo, decide qué información merece ser leída o sintetiza una cuestión compleja interviene directamente en una tarea cognitiva. No son exactamente el mismo problema.

De la «mierdificación» al asistente que lo hace todo

Fernández del Barrio relaciona esta evolución con la idea de la “mierdificación”, el término popularizado por el escritor y activista tecnológico Cory Doctorow para describir el deterioro de determinadas plataformas digitales una vez que han conseguido reunir una masa suficientemente grande de usuarios y empresas.

El mecanismo, simplificado, funciona así: una plataforma ofrece inicialmente un servicio muy atractivo, concentra usuarios, crea dependencia y, cuando abandonar el ecosistema resulta incómodo, empieza a modificar las reglas para extraer más valor de quienes permanecen dentro. Doctorow ha aplicado el concepto a la evolución de algunos de los gigantes tecnológicos que dominan internet.

La IA añade una pieza delicada a ese engranaje porque no se limita a ordenar el contenido que llega al usuario. Puede producirlo. Puede decidir qué resume y qué descarta, transformar una cuestión complicada en cuatro líneas aparentemente limpias o formular una respuesta antes incluso de que hayamos elaborado una opinión propia.

Ahí aparece el riesgo de confundir comodidad con autonomía. Ahorrarse un trabajo mental no es necesariamente malo. La humanidad lleva siglos inventando herramientas exactamente para eso. El problema comienza cuando dejamos de distinguir entre utilizar una herramienta para pensar mejor y utilizarla para evitar pensar.

Lo que la ciencia puede afirmar de momento

La investigación sobre atención digital lleva años examinando los efectos de las interrupciones, las notificaciones y el uso intensivo del teléfono. Distintos trabajos han encontrado que una alerta puede provocar una interferencia temporal en la concentración mientras una persona realiza otra tarea, especialmente cuando el mensaje resulta relevante para quien lo recibe.

Otros estudios han observado asociaciones entre un mayor tiempo de uso de redes sociales y peores resultados en determinadas pruebas de atención. Aquí conviene colocar una señal luminosa: correlación no significa causalidad. Que dos fenómenos aparezcan relacionados no demuestra automáticamente que uno provoque el otro.

Con la inteligencia artificial ocurre algo parecido. Las primeras investigaciones sobre descarga cognitiva distinguen entre dos maneras bastante diferentes de utilizar estas herramientas. Una consiste en emplearlas como andamio para desarrollar el propio razonamiento; otra, en entregarles directamente el núcleo de la tarea y aceptar la respuesta con escasa revisión.

Es una diferencia esencial. Pedir a una máquina que critique un argumento que uno acaba de escribir obliga todavía a confrontar ideas. Pedirle que construya el argumento completo, aceptarlo y pegarlo sin examinarlo elimina casi toda esa fricción. El resultado visible puede parecer idéntico; el ejercicio mental que ocurre por debajo no lo es.

Polarización y contenido diseñado para incendiar la conversación

Antes de la llegada masiva de la IA generativa ya existía otra consecuencia del modelo basado en atención: los algoritmos aprendieron que el enfado, la identificación tribal y la polémica pueden producir una interacción extraordinaria. Una publicación razonable pasa sin hacer demasiado ruido; otra capaz de irritar a media pantalla puede circular como gasolina derramada.

Fernández del Barrio señala especialmente el papel del contenido provocador y polarizante en las grandes plataformas. El mecanismo es reconocible incluso sin entrar en ideologías: una afirmación moderada rara vez consigue la avalancha de respuestas que genera una frase diseñada para dividir.

La abundancia tampoco ayuda. Ante una corriente incesante de vídeos, publicaciones, noticias y opiniones, el usuario acaba necesitando filtros para no ahogarse. El algoritmo resuelve entonces un problema que el propio ecosistema ha contribuido a crear: hay demasiado para leer, así que una máquina decide qué merece llegar hasta nosotros.

Con la IA generativa ese filtro puede hacerse todavía más cómodo. En lugar de seleccionar cinco noticias, el sistema puede entregar directamente una interpretación resumida de las cinco. Es práctico, desde luego. También concentra más poder en el intermediario que selecciona, jerarquiza y sintetiza la realidad.

Recuperar la fricción antes de perderla

Las medidas para reducir esa dependencia son bastante menos espectaculares que la tecnología que intentan domesticar. Silenciar notificaciones, revisar permisos, limitar el rastreo o evitar compartir permanentemente la ubicación reduce algunos de los mecanismos que alimentan la personalización y las interrupciones constantes.

También existe una dimensión puramente mental. Mantener espacios en los que una tarea no tenga una respuesta instantánea. Leer un texto largo sin pedir antes un resumen. Intentar resolver un problema antes de consultar al asistente. Contrastar una respuesta que parece demasiado perfecta. En otras palabras, conservar cierta fricción cognitiva.

No porque toda tecnología deba contemplarse con nostalgia analógica. Un buen asistente puede ahorrar trabajo mecánico, ordenar grandes cantidades de información o facilitar tareas que antes exigían horas. La cuestión relevante es quién conserva el mando del proceso.

La investigación disponible apunta precisamente hacia esa diferencia: el factor decisivo puede no ser simplemente cuánto se utiliza una IA, sino cómo se utiliza y qué parte del pensamiento se le entrega. Una herramienta que ayuda a razonar y una herramienta que razona permanentemente en nuestro lugar pueden compartir la misma pantalla, pero no necesariamente producen la misma relación con el conocimiento.

El precio de que la máquina piense primero

Durante la primera gran etapa de las redes sociales, la batalla empresarial consistió en conseguir un minuto más de pantalla. El usuario desplazaba el dedo, la publicidad aparecía y el contador seguía corriendo. Era una economía sencilla de entender: capturar atención y convertirla en ingresos.

La inteligencia artificial modifica el intercambio. El valor ya no reside únicamente en conseguir que permanezcamos dentro de una aplicación, sino en convertirse en el intermediario al que recurrimos para escribir, buscar, recordar, elegir, interpretar o decidir. Es un salto considerable: de gestionar lo que miramos a participar en cómo pensamos.

Eso no convierte a la IA en enemiga del pensamiento ni demuestra una inevitable decadencia intelectual. Sería una caricatura. Pero sí introduce una cuestión política, económica y personal bastante más seria que el viejo debate sobre las horas de pantalla: cuánto trabajo mental estamos dispuestos a externalizar y, sobre todo, quién controla las herramientas a las que se lo entregamos.

Las redes aprendieron hace tiempo cuánto vale nuestra atención. El siguiente gran negocio puede ser nuestra dependencia cognitiva. Y esa mercancía, a diferencia de unos cuantos minutos perdidos haciendo scroll, quizá convenga vigilarla bastante mejor.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído