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Salud

Así ayuda la terapia con perros al ánimo y la movilidad de los mayores

La terapia asistida con perros ayuda a mayores en residencias a moverse, recordar, conversar y recuperar la sensación de cuidar de otro ser vivo

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terapia con perros a los mayores

Resumen

  • La terapia con perros estimula ánimo, memoria y movilidad en mayores
  • Las sesiones convierten al animal en apoyo para ejercicios y conversación
  • La evidencia ve beneficios, pero la intervención complementa otros cuidados

Hay ejercicios que empiezan con una pelota, otros con un cepillo y algunos simplemente con una mano acariciando el lomo de un perro. En una residencia de mayores de Pozuelo de Alarcón, en Madrid, esas escenas forman parte de una intervención terapéutica que busca algo bastante más profundo que pasar un rato agradable: estimular la movilidad, la memoria, la comunicación y el ánimo de personas que conviven con la dependencia o el deterioro cognitivo.

Cada dos semanas, Luna entra en la Fundación San Diego y San Nicolás acompañada por profesionales de la Fundación Sentido Animal. Durante aproximadamente una hora, los residentes juegan con ella, la cepillan, le dan comida o participan en actividades preparadas alrededor del animal. Parece sencillo. Lo es, en apariencia. Detrás hay objetivos concretos de terapia ocupacional y una idea especialmente poderosa en la vejez institucionalizada: conseguir que durante un rato la persona deje de ser únicamente quien recibe cuidados y vuelva a ser quien cuida de otro ser vivo.

Juan José, conocido como JJ, lleva más de tres años viviendo en la residencia. El traslado supuso también separarse de algo que había formado parte de su vida cotidiana durante décadas: sus perros. Había convivido con bóxers, dálmatas, grandes daneses… La visita de Luna recupera un pequeño trozo de aquella normalidad. No sustituye una casa ni recompone de golpe una vida anterior, claro, pero activa recuerdos, conversación y movimiento. Y eso importa.

Una visita que rompe la rutina de la residencia

La sesión está dirigida por Miriam Sainz, especializada en trabajo con animales, y Gloria Muñoz, terapeuta ocupacional. Luna no sustituye a la profesional sanitaria. Funciona como facilitadora, como ese pequeño motor capaz de conseguir que una actividad que podría resultar mecánica tenga de pronto un propósito reconocible.

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Levantar un brazo para cepillar al animal puede convertirse en trabajo de movilidad del tren superior. Lanzar una pelota exige coordinación. Preparar una actividad alrededor del perro obliga a prestar atención, recordar instrucciones o tomar decisiones. Caminar unos metros hacia Luna puede resultar más estimulante que recorrer esa misma distancia porque toca hacer un ejercicio.

Ahí reside buena parte del interés de las intervenciones asistidas con animales. Estos programas incorporan al animal a un proceso planificado con objetivos físicos, cognitivos, emocionales o sociales y bajo la dirección de profesionales. En personas mayores, el perro no es el tratamiento por sí mismo: es el puente que hace más atractiva, cercana y reconocible una actividad terapéutica.

De recibir ayuda a volver a cuidar

Hay otro efecto menos visible que no cabe tan fácilmente en una tabla clínica. En muchas residencias, el día de una persona mayor puede acabar organizado alrededor de recibir: alguien prepara la comida, administra una medicación, ayuda a vestirse, acompaña al baño o recuerda la hora de una actividad.

Con un perro delante, esa dirección puede invertirse durante unos minutos. La persona da comida, acaricia, peina, juega o llama al animal. Vuelve a ocuparse de alguien.

Ese cambio de papel parece pequeño, pero toca una fibra importante. La sensación de autonomía no depende únicamente de poder caminar sin ayuda o vestirse solo; también tiene que ver con conservar la percepción de que uno sigue teniendo algo que ofrecer. Cepillar a Luna no es una hazaña. Precisamente por eso funciona: pertenece al territorio de las cosas normales.

También aparecen los recuerdos. Un perro puede abrir conversaciones que llevaban tiempo guardadas: la mascota de la infancia, aquel animal que esperaba junto a la puerta, el nombre de un perro de hace cuarenta años. La llamada reminiscencia, la evocación de experiencias personales mediante estímulos conocidos, se utiliza desde hace tiempo en el trabajo con personas mayores. Aquí llega con cuatro patas.

Movimiento, memoria y conversación alrededor de un perro

Las sesiones no buscan que todos los participantes hagan exactamente lo mismo. Una persona puede trabajar principalmente la coordinación; otra, el lenguaje; otra necesita estímulos para relacionarse con quienes tiene al lado. El animal permite construir diferentes ejercicios alrededor de un elemento común que, además, despierta curiosidad.

Ese componente social tiene especial interés. Vivir rodeado de personas no garantiza sentirse acompañado. Puede haber habitaciones contiguas, comedores llenos y, aun así, poca conversación espontánea. Cuando entra un perro, aparece un tema compartido sin necesidad de forzarlo demasiado. Alguien comenta cómo se llama, otro recuerda el suyo, alguien se ríe porque Luna busca comida donde no debe. La charla surge casi sola.

Conviene, sin embargo, separar la imagen amable de las afirmaciones médicas demasiado rotundas. Estas intervenciones no curan una demencia, no sustituyen el tratamiento de una depresión y tampoco eliminan automáticamente la soledad. Son una herramienta complementaria que puede incorporarse al trabajo terapéutico cuando tiene sentido para esa persona.

La ciencia encuentra beneficios, pero también límites

La investigación publicada en los últimos años dibuja un panorama prometedor, aunque no mágico. Un metaanálisis de 2026 que reunió 20 estudios, incluidos 16 ensayos controlados aleatorizados, encontró una asociación significativa entre las intervenciones asistidas con animales y la mejora de los síntomas depresivos y de la función cognitiva en personas mayores.

Para la ansiedad y la soledad, en cambio, el resultado conjunto no alcanzó significación estadística. Los propios investigadores calificaron la certeza de la evidencia entre baja y muy baja según el resultado analizado. Es un matiz importante: la terapia con animales tiene potencial, pero todavía existen diferencias notables entre estudios, métodos y perfiles de pacientes.

Otra revisión publicada en 2026 reunió cinco revisiones sistemáticas y 27 estudios originales con 2.156 participantes. Su análisis encontró una reducción relevante de los síntomas depresivos asociada a estas intervenciones. El resultado encaja con trabajos anteriores sobre cuidados de larga duración, donde la terapia con animales aparece entre las medidas no farmacológicas capaces de favorecer el bienestar emocional de algunos residentes.

La lectura sensata está en medio. Ni una visita canina es simplemente entretenimiento ni conviene envolverla en propiedades casi milagrosas. Hay resultados positivos, sobre todo en determinados indicadores emocionales y cognitivos, pero los estudios son heterogéneos: cambian la duración de los programas, los animales utilizados, el estado de los participantes y la forma de medir los efectos.

También existe un dato cualitativo difícil de reducir a una cifra. Distintos trabajos sobre animales en residencias apuntan a que la interacción puede ayudar a algunos residentes a mantener su identidad y una sensación de hogar, incluso entre personas con demencia. A veces el beneficio no aparece como un gran salto en una escala clínica; aparece cuando alguien vuelve a hablar de quién era antes de necesitar ayuda para casi todo.

No cualquier perro sirve para una intervención

Luna llegó a este trabajo después de haber sido encontrada en la calle y pasar por una protectora. Su temperamento llamó la atención: tranquila, adaptable, receptiva al contacto humano. No existe una raza obligatoria para participar en estas intervenciones. Importa mucho más el carácter, la estabilidad y el entrenamiento del animal.

El bienestar del perro también forma parte de la intervención. Los animales deben poder descansar, mostrar señales de cansancio y retirarse cuando la interacción deja de resultar adecuada para ellos. La terapia pierde todo el sentido si para mejorar el bienestar de una persona se sacrifica el del animal.

Y hay cuestiones prácticas. En centros sociosanitarios deben contemplarse alergias, fobias, higiene, posibles infecciones y el estado de salud de cada residente. Estos programas requieren animales sanos, vacunados, limpios, entrenados y supervisados, además de una correcta higiene de manos después del contacto. También el guía debe conocer bien el comportamiento del perro y detectar cuándo aparece estrés.

Volver a sentirse necesario también es cuidar

Luna no entra en la residencia con una bata blanca. Tampoco hace milagros. Se tumba, espera una caricia, acepta un cepillado, persigue una pelota y provoca algo que a veces cuesta bastante más conseguir mediante una actividad convencional: ganas de participar.

Para personas como JJ, además, existe un vínculo más íntimo. Volver a tener un perro cerca conecta el presente de la residencia con la vida que hubo antes, cuando eran ellos quienes abrían la puerta de casa, llenaban un cuenco de comida o salían a pasear con un animal al lado.

La buena atención a los mayores no consiste únicamente en proteger, alimentar y medicar. También implica conservar parcelas de decisión, recuerdos, relaciones y utilidad. En eso, un perro puede ocupar un espacio sorprendentemente grande. No porque haga el trabajo de un terapeuta, sino porque consigue algo mucho más elemental: dar motivos para moverse, hablar, recordar y cuidar otra vez.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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