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Cultura

Vari Caramés gana el Premio Nacional de Fotografía 2026 por su mirada

Vari Caramés, referente de la fotografía gallega, recibe el Premio Nacional de Fotografía 2026 por una trayectoria de más de cuatro décadas.

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Vari Caramés

Fuente de la imagen: Instagram

Resumen

  • Vari Caramés gana el Premio Nacional de Fotografía 2026
  • El galardón está dotado con 30.000 euros y reconoce más de 40 años de obra
  • Su lenguaje convierte bruma, reflejos y desenfoques en una firma visual propia

El fotógrafo gallego Vari Caramés ha sido distinguido con el Premio Nacional de Fotografía 2026, concedido por el Ministerio de Cultura y dotado con 30.000 euros. El reconocimiento coloca en primer plano una trayectoria de más de cuatro décadas construida lejos del estruendo: imágenes borrosas, reflejos, lluvia, agua, sombras y escenas cotidianas que parecen estar a punto de desaparecer.

El jurado ha destacado la vigencia y contemporaneidad de su trabajo, su aportación a la fotografía artística y su papel en la renovación cultural de Galicia desde los años ochenta. Caramés, nacido en Ferrol en 1953, llega así a uno de los principales reconocimientos públicos de la fotografía española con una obra muy reconocible y, paradójicamente, construida sobre lo impreciso.

Vari Caramés gana el Premio Nacional de Fotografía 2026

La decisión premia una carrera desarrollada durante más de cuarenta años y una manera de fotografiar que nunca ha buscado reproducir la realidad como si la cámara fuese una fotocopiadora sofisticada. En Caramés ocurre casi lo contrario: interesa aquello que queda a medias, el movimiento que se escapa, una figura detrás de un cristal, una luz incierta sobre el agua.

Precisamente ahí ha puesto el acento el jurado. Sus manchas, reflejos y desenfoques han ampliado las posibilidades expresivas de la imagen fotográfica y han acercado parte de su producción al territorio de la pintura y la abstracción. No es una característica ocasional. Esa frontera difusa atraviesa buena parte de su carrera y permite reconocer una fotografía suya incluso antes de conocer su autor.

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El Premio Nacional está dotado con 30.000 euros y reconoce anualmente la trayectoria o aportación relevante de un creador en el ámbito de la fotografía española. En la edición de 2025 fue distinguida Carmela García; entre los nombres premiados en años anteriores figuran también Laia Abril, Cristóbal Hara, Pilar Aymerich, Ana Teresa Ortega, Montserrat Soto y Leopoldo Pomés.

Una cámara desde la adolescencia y una carrera autodidacta

La relación de Caramés con la fotografía comenzó pronto. Tenía alrededor de 15 años cuando recibió una cámara Voigtländer de su padre, pintor aficionado. Aquella afición juvenil terminaría convirtiéndose en un lenguaje personal, aunque su formación fotográfica fue esencialmente autodidacta.

Hay algo revelador en su relación con aquellas primeras fotografías analógicas. En los laboratorios de revelado se separaban las copias consideradas buenas de aquellas técnicamente fallidas. A Caramés le atraían precisamente estas últimas. El error, el movimiento y la falta de nitidez podían contener una imagen bastante más interesante que la fotografía impecable.

Esa inclinación hacia lo imperfecto acabó siendo parte de su identidad. Donde otros fotógrafos perseguían una nitidez quirúrgica, él encontraba posibilidades en lo borroso. Mucho antes de que los filtros digitales convirtieran la imperfección en una estética industrializada, Caramés ya trabajaba con el accidente y la incertidumbre como materia visual.

De A Coruña a la Fotobienal de Vigo

Comenzó a exponer en A Coruña en 1980 y durante aquella década quedó vinculado a un momento especialmente fértil para la cultura gallega. En 1986 participó en Vigovisións, dentro de la Fotobienal de Vigo, un proyecto que reunió a fotógrafos de distintos países para interpretar la ciudad.

Desde entonces su obra ha circulado por exposiciones individuales y colectivas dentro y fuera de Galicia, con presencia en Madrid, Barcelona, Portugal y Francia. El reconocimiento de 2026 no descubre, por tanto, a un fotógrafo nuevo. Hace algo diferente: coloca el foco institucional sobre una carrera desarrollada con una extraordinaria continuidad.

La fotografía de Vari Caramés: cuando el desenfoque cuenta más

Una estación, el puerto, una piscina, alguien que espera, la lluvia sobre un cristal. Los temas de Caramés pueden resultar humildes hasta que entran en su cámara. Entonces pierden parte de su condición documental y adquieren otra cosa, difícil de fijar: memoria, extrañeza y cierta sensación de sueño.

El agua aparece una y otra vez. Piscinas, lluvia, reflejos, humedad. También el mar, inevitable en un fotógrafo criado en Galicia. No como postal reconocible, sino como superficie capaz de deformar el mundo. La célebre bruma gallega deja de ser paisaje para convertirse casi en método.

Su fotografía juega así con una contradicción interesante. Parte de cosas perfectamente corrientes, pero evita mostrarlas de la manera esperada. El resultado puede parecer próximo a una pintura abstracta y, segundos después, revelar un cuerpo, una calle o un objeto reconocible.

Durante buena parte de su trayectoria trabajó fundamentalmente en blanco y negro. Alrededor del año 2000 incorporó con mayor presencia el color, sin abandonar esa misma sensibilidad. Cambió la paleta, no la mirada.

«Nadar», «Lugares» y la memoria convertida en imagen

Entre sus trabajos más representativos aparece «Nadar», desarrollado a partir de fotografías realizadas con una cámara subacuática. El agua permitía romper contornos, alterar cuerpos y convertir una escena física y reconocible en algo fluctuante.

En «Lugares», memoria y territorio se mezclan hasta hacer difícil separar el sitio real del recordado. También trabajó en torno al parque de O Pasatempo de Betanzos, aquel extraño jardín enciclopédico levantado por los hermanos García Naveira, un lugar que Caramés conocía desde joven y cuya decadencia encajaba casi naturalmente con su interés por el tiempo y la memoria.

Ese universo quedó ampliamente representado en «Algo, nada, siempre», la exposición presentada en 2022 en la Sala Canal de Isabel II de Madrid. La muestra recorrió buena parte de su producción desde los años ochenta y permitió observar algo que el Premio Nacional vuelve a señalar cuatro años después: pese al paso del tiempo, su lenguaje no ha envejecido.

Una obra ligada a la renovación cultural gallega

El fallo tiene también una lectura que va más allá de una trayectoria individual. Cultura ha destacado expresamente la participación de Caramés en la renovación cultural gallega desde los años ochenta, una etapa en la que fotografía, pintura, diseño, música y literatura ensayaron lenguajes alejados de imágenes más convencionales de Galicia.

Caramés pertenece a ese territorio artístico sin necesidad de convertir cada fotografía en una declaración de identidad. Galicia aparece de una manera más profunda: en la lluvia, el puerto, la luz baja, el mar, cierta melancolía y esa sensación de que detrás de una imagen todavía queda otra que no terminamos de ver.

Su presencia en proyectos y colecciones del Centro Galego de Arte Contemporánea confirma también el lugar que ocupa su trabajo dentro de la creación contemporánea gallega. Una fotografía suya no necesita mostrar una ría, una fachada de piedra o una bandera para llevar consigo esa geografía.

Y quizá ahí esté parte de su fuerza. Lo local termina resultando universal cuando deja de tratarse como decorado.

Un Premio Nacional para una fotografía que no lo enseña todo

Vari Caramés alcanza el Premio Nacional de Fotografía a los 73 años, después de una trayectoria que ha avanzado casi en dirección contraria al consumo acelerado de imágenes. Frente a la fotografía que explica inmediatamente qué estamos viendo, la suya obliga a quedarse un instante más.

No parece una cuestión menor en 2026, cuando millones de imágenes impecables pasan cada día por las pantallas durante apenas unos segundos. Caramés ha construido su obra precisamente con aquello que una cámara moderna intentaría corregir automáticamente: desenfoque, grano, movimiento, sombras, reflejos e incertidumbre.

El Premio Nacional reconoce esa persistencia. También una paradoja bonita: uno de los grandes galardones de la fotografía española acaba distinguiendo a un autor que lleva décadas demostrando que una fotografía no necesita estar perfectamente enfocada para obligarnos a mirar.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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