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China conecta el Ártico y la Antártida con su red propia de satélites

China enlaza por videollamada el Ártico y la Antártida con satélites propios y demuestra su capacidad para operar en regiones polares remotas.

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China conecta los polos

Resumen

  • China conectó el Ártico y la Antártida mediante una videollamada satelital
  • La prueba usó una red propia y registró una latencia de un segundo o menos
  • El ensayo refuerza la apuesta china por comunicaciones polares autónomas

China ha conseguido establecer una videollamada entre el Ártico y la Antártida utilizando un sistema de comunicaciones por satélite desarrollado en el país, una prueba con bastante más alcance que el de una conversación entre científicos separados por medio planeta. La conexión se realizó durante la 16.ª expedición china al océano Ártico y alcanzó una latencia de no más de un segundo, según los datos difundidos tras el ensayo.

La prueba tuvo lugar el 25 de septiembre de 2026 y enlazó a miembros de la expedición desplegada en el Ártico con la estación china Qinling, en la Antártida. Es la primera vez que China realiza una comunicación de vídeo de este tipo, atravesando prácticamente toda la extensión latitudinal del planeta mediante un sistema satelital propio. El matiz importa: no se ha acreditado que sea la primera videollamada de la historia entre ambos extremos del mundo, sino el primer enlace polar de estas características realizado por China con tecnología nacional.

Una llamada de extremo a extremo del planeta

El escenario difícilmente podía ser más exigente. En un extremo estaban investigadores chinos trabajando en aguas del océano Ártico; en el otro, personal científico destinado en la estación Qinling, la base antártica inaugurada por China en 2024. Entre ambos, miles de kilómetros de océanos, continentes y zonas donde una torre de telefonía móvil resulta, por razones bastante obvias, un objeto decorativo.

Ahí entra el satélite. La comunicación se apoyó en equipos vinculados a la constelación de órbita baja GW, conocida también como Guowang, el gran proyecto estatal chino de internet satelital. Durante las pruebas polares se alcanzaron velocidades máximas de subida y bajada cercanas a 30 Mbps, suficientes para mantener comunicaciones audiovisuales, transmitir documentación científica y enviar datos de navegación desde lugares donde las redes terrestres sencillamente desaparecen.

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La cifra más llamativa fue, de todos modos, el retardo. El vídeo registró una demora de un segundo o menos. No es fibra óptica entre dos pisos del mismo edificio, claro, pero para una comunicación que depende de satélites y se produce en dos de las regiones más remotas de la Tierra resulta una prueba significativa de lo que las nuevas constelaciones en órbita baja empiezan a permitir.

El Ártico sirvió como laboratorio real

China no llevó el sistema hasta el hielo únicamente para hacer una demostración vistosa. La prueba formaba parte de una campaña científica real, con barcos desplazándose por zonas donde las condiciones de comunicación cambian con rapidez.

La 16.ª expedición china al océano Ártico movilizó conjuntamente los buques Xuelong, Xuelong 2, Jidi y Tansuo 3. Durante la campaña se realizaron trabajos de observación ambiental, estudios sobre el hielo marino y despliegues de instrumentos científicos. Los investigadores llegaron a completar 19 operaciones sobre estaciones de hielo y colocaron 95 conjuntos de boyas en aguas de alta latitud.

Cuando algunas embarcaciones penetraron en zonas cubiertas por hielo, las comunicaciones habituales dejaron de ofrecer garantías. El sistema SatNet pasó entonces de experimento a herramienta: sirvió para transferir archivos y transmitir registros de navegación, además de conectar a los barcos con centros científicos situados en tierra. Ese detalle quizá sea menos fotogénico que ver dos polos saludándose por pantalla, pero explica bastante mejor para qué sirve la tecnología.

Guowang, la red china que mira hacia Starlink

Detrás del ensayo aparece una de las grandes carreras tecnológicas de esta década: la construcción de redes de internet mediante miles de satélites en órbita terrestre baja, la franja conocida por las siglas LEO.

El proyecto Guowang pertenece a China Satellite Network Group, o China SatNet, una compañía estatal creada para desarrollar la infraestructura nacional de internet por satélite. Los planes registrados para la constelación contemplan una red de aproximadamente 13.000 satélites cuando alcance su configuración completa, aunque el despliegue continúa y todavía se encuentra muy lejos de esa cifra.

No es difícil ver el elefante orbital en la habitación. Starlink, la red de SpaceX, ha convertido el internet desde órbita baja en una infraestructura comercial y estratégica de primer orden. China desarrolla varias constelaciones para reducir esa distancia tecnológica y disponer de redes bajo control nacional. Los proyectos chinos Guowang y Qianfan continúan por detrás de Starlink en número de satélites desplegados, pese al rápido aumento de lanzamientos y de inversión espacial en el país.

No se trata únicamente de llevar internet a una casa perdida entre montañas. Una constelación propia ofrece comunicaciones para barcos, aviones, operaciones de emergencia, centros científicos e infraestructuras críticas y, inevitablemente, también aplicaciones gubernamentales y militares. El cielo se ha convertido en otra capa de internet. Y cada potencia quiere tener las llaves de la suya.

Por qué los polos son una prueba especialmente difícil

Las regiones polares llevan décadas dependiendo de enlaces por satélite, pero no todos los sistemas proporcionan la misma cobertura en latitudes extremas. La geometría orbital importa mucho: una red diseñada principalmente para servir zonas pobladas puede comportarse de manera muy distinta cuando el usuario está cerca de los 90 grados de latitud.

Las constelaciones LEO reducen parte del problema al utilizar numerosos satélites relativamente próximos a la Tierra y repartirlos entre distintos planos orbitales. Esa proximidad también permite disminuir la latencia frente a muchos sistemas tradicionales situados a decenas de miles de kilómetros de altura.

Por eso la llamada entre el Ártico y Qinling funciona como algo más que una curiosidad tecnológica. Demuestra que la infraestructura puede mantener conectividad de banda ancha en un entorno polar operativo, mientras barcos científicos avanzan entre hielo y estaciones remotas intercambian información.

Y ahí está el verdadero examen. Una demostración preparada en un laboratorio puede salir impecable; conseguir que la red funcione cuando fuera hay viento, hielo, movimiento del barco y miles de kilómetros hasta la siguiente ciudad es otra historia.

De las videollamadas al rescate marítimo

Los responsables de las pruebas sitúan entre las posibles aplicaciones del sistema las comunicaciones marítimas y las operaciones de emergencia. Un buque sin acceso a redes terrestres podría intercambiar información, posiciones, imágenes o documentación mediante el enlace satelital. En una expedición científica, eso significa enviar observaciones y registros sin esperar a regresar a una zona mejor conectada.

La utilidad se extiende también a escenarios de catástrofe. Terremotos, inundaciones, incendios o ciclones pueden inutilizar repetidores y redes de fibra precisamente cuando más falta hacen. Una infraestructura orbital añade una ruta de comunicación que no depende directamente de esas instalaciones terrestres dañadas.

China ya está probando otras variantes de esta transición. En junio consiguió efectuar llamadas de voz conectando teléfonos comerciales directamente con satélites, mientras continúa desarrollando tecnologías destinadas a integrar las redes espaciales con las futuras comunicaciones 5G y 6G.

La soberanía tecnológica también pasa por el espacio

Hay otro componente menos visible en esta llamada: quién controla la infraestructura y por dónde circulan los datos.

Los medios estatales chinos han destacado que utilizar equipamiento y satélites nacionales permite mantener bajo control propio las comunicaciones de sus expediciones polares. Pekín presenta esa capacidad como una cuestión de autonomía tecnológica y seguridad de los datos, especialmente en zonas donde recurrir a operadores extranjeros puede ser la única alternativa disponible.

La lógica no es exclusivamente china. Europa desarrolla sus propias redes soberanas; Estados Unidos dispone de un ecosistema espacial privado extraordinariamente avanzado y otros países aceleran sus proyectos. La dependencia de una única constelación comercial se ha convertido en un asunto político además de técnico.

La guerra de Ucrania terminó de borrar cualquier ingenuidad al respecto. Las redes satelitales de banda ancha ya no son simplemente proveedores de internet para una casa perdida entre montañas. Pueden sostener comunicaciones civiles, operaciones de rescate y servicios públicos, pero también estructuras militares. El satélite que permite hablar desde un rompehielos es, al mismo tiempo, una pieza de infraestructura estratégica.

Dos polos, una misma red

La videollamada realizada por China tiene una imagen casi perfecta para explicar el cambio: científicos en el hielo del norte hablando en tiempo real con científicos instalados junto al hielo del sur. Hace no tantos años, una conexión semejante habría exigido infraestructuras mucho más limitadas y costosas. Esta vez bastó una terminal conectada a una constelación en órbita baja que pasa cientos o poco más de mil kilómetros sobre sus cabezas.

El avance, con todo, debe medirse por lo que realmente demuestra. Guowang todavía está en construcción, China continúa lejos de la escala orbital alcanzada por Starlink y una prueba satisfactoria no equivale a disponer de cobertura comercial global. Pero la comunicación polar confirma algo bastante concreto: la red china empieza a funcionar fuera del papel y de los centros de ensayo.

Entre el Ártico y la Antártida hay prácticamente un planeta entero. Durante unos minutos, aquella distancia quedó reducida a una pantalla, un segundo de retraso y una cadena de satélites cruzando el cielo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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