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Trump cae al 32% y dispara el temor republicano a una ola demócrata
La popularidad de Trump cae al 32% mientras los demócratas ganan impulso y los republicanos temen una derrota severa en las midterms de noviembre.
Foto: Gage Skidmore, CC BY-SA 2.0.
Resumen
- Trump cae al 32% y los republicanos afrontan unas midterms muy difíciles
- Los demócratas aventajan al GOP y llegan con más entusiasmo electoral
- Texas y Carolina del Sur revelan un mapa republicano menos seguro
Donald Trump llega al tramo decisivo de las elecciones legislativas de Estados Unidos convertido en un problema mucho mayor para los republicanos de lo que parecía posible apenas unos meses atrás. Un sondeo nacional de Reuters/Ipsos sitúa su aprobación en solo el 32%, mientras los demócratas aventajan a los republicanos entre los votantes registrados por 44% frente a 37%. Más inquietante para la Casa Blanca: entre quienes votaron a Kamala Harris en 2024, el 48% dice estar muy entusiasmado con las elecciones; entre los antiguos votantes de Trump, apenas el 30%.
El deterioro abre la posibilidad de una ola demócrata en las midterms del 3 de noviembre. La recuperación de la Cámara de Representantes aparece como un escenario cada vez más verosímil y hasta el Senado, que durante meses parecía mucho más protegido para los republicanos, ha entrado en una zona de incertidumbre. Hablar del mejor resultado demócrata de la historia sería todavía excesivo: para eso habría que acercarse a terremotos como los de 1958 o 1974. Pero una derrota republicana muy severa ha dejado de parecer una fantasía electoral.
Trump entra en una zona electoral especialmente peligrosa
El 32% de aprobación no es simplemente una mala encuesta. Coloca a Trump en un territorio que, históricamente, suele resultar tóxico para el partido que ocupa la Casa Blanca durante unas elecciones de mitad de mandato.
La comparación con otros presidentes ayuda a entender la dimensión del dato. Antes de las legislativas de 1950, en plena guerra de Corea, Harry Truman se movía aproximadamente en torno al 35% de aprobación. George W. Bush rondaba el 38% antes de las elecciones de 2006, cuando los republicanos perdieron el control del Congreso.
Richard Nixon llegó mucho más abajo, hasta aproximadamente el 24% durante el Watergate, aunque aquí conviene colocar las fechas en su sitio: ese desplome se produjo en 1974, después de sus propias elecciones de mitad de mandato y poco antes de abandonar la presidencia. Trump no está reproduciendo exactamente aquella fotografía política, pero sí se está acercando al pequeño grupo de presidentes modernos que han gobernado con un rechazo nacional excepcionalmente elevado.
Y ahí aparece el problema republicano. Las midterms suelen castigar al partido presidencial incluso cuando el presidente conserva una popularidad razonable. Cuando esa popularidad se hunde hacia el 30%, el viento de cara deja de ser una metáfora cómoda. Empieza a sentirse en prácticamente todo el mapa.
El insulto a Annie Andrews endurece todavía más la campaña
En ese contexto, Trump ha abierto otro frente. El presidente utilizó repetidamente en Truth Social el término inglés “tranny”, considerado un insulto contra las personas trans, para atacar a Annie Andrews, candidata demócrata al Senado por Carolina del Sur.
Andrews no es trans. Es pediatra, madre de tres hijos y candidata frente a la republicana Darline Graham. Trump recurrió al insulto mientras trataba de asociarla con posiciones progresistas relacionadas con cuestiones de género, una de las batallas culturales que el movimiento MAGA utiliza con mayor frecuencia para movilizar a su base.
El episodio puede parecer otra provocación destinada a dominar unas horas el ciclo informativo. Electoralmente, sin embargo, ofrece una lectura mucho más interesante: Carolina del Sur no debería necesitar rescate republicano.
Organizaciones vinculadas al Partido Republicano han tenido que prestar una atención creciente a una carrera que, sobre el papel, tendría que resultar cómoda. Cuando un partido empieza a dedicar dinero, visitas presidenciales y recursos políticos a territorios que hasta hace poco consideraba prácticamente seguros, el mapa está contando una historia distinta a la del discurso oficial.
La paradoja es bastante visible. Trump intenta reactivar a sus votantes mediante el repertorio que mejor conoce —enemigos culturales, provocaciones, ataques personales— mientras una parte importante del electorado parece estar pensando en asuntos bastante menos teatrales: alimentos, vivienda, combustible, seguros médicos y poder adquisitivo.
El espectáculo sigue funcionando dentro del pabellón. Fuera, en la cola del supermercado, quizá bastante menos.
Texas se convierte en una señal de alarma inesperada
Y después está Texas. Trump ha dedicado una atención extraordinaria al estado para apoyar a los republicanos en una campaña que debería desarrollarse en terreno confortable. El mero hecho de que un presidente republicano tenga que emplear tiempo y capital político en defender Texas a pocas semanas de unas legislativas resulta significativo.
Texas continúa siendo un estado claramente favorable al Partido Republicano. Conviene subrayarlo para no convertir una tendencia en un resultado antes de que existan votos. Pero algunas piezas que parecían soldadas empiezan a moverse.
El voto hispano deja de ser la gran buena noticia republicana
Uno de los cambios más delicados aparece entre los votantes hispanos. Trump había logrado avances espectaculares en este electorado durante 2024, especialmente en zonas del sur de Texas y entre determinados segmentos de trabajadores latinos. En 2026, parte de ese crecimiento parece haberse evaporado.
Las últimas encuestas han mostrado una caída pronunciada de la aprobación presidencial entre los hispanos y una ventaja demócrata considerable en intención de voto legislativo. No significa que millones de electores hayan cambiado de ideología de repente. Significa algo más prosaico y, probablemente, más peligroso: muchos votantes que probaron la opción Trump pueden estar decepcionados con el resultado.
En varios distritos del sur de Texas, precisamente donde los republicanos habían celebrado su avance entre los latinos como prueba de un realineamiento político duradero, los demócratas vuelven a competir seriamente.
Un partido que espera ampliar su mayoría dedica octubre a conquistar territorio. Un partido preocupado dedica octubre a apagar incendios.
El entusiasmo puede importar más que unas décimas en las encuestas
Hay otro número que quizá resulte incluso más importante que el 32%. Solo alrededor de tres de cada diez votantes de Trump de 2024 se declaran muy entusiasmados con participar en estas elecciones, frente a casi la mitad de quienes respaldaron a Kamala Harris.
Las legislativas estadounidenses se deciden en gran medida por quién aparece realmente ante la urna. No basta con simpatizar con un candidato o con un partido; hace falta levantarse, desplazarse, esperar y votar. La coalición electoral de Trump siempre ha mostrado cierta dependencia de su presencia personal en la papeleta.
En 2026, Trump no aparece en ella. Está intentando conseguir que sus seguidores voten como si estuviera. Esa diferencia puede terminar siendo decisiva para los republicanos.
Los demócratas vuelven a competir donde antes solo resistían
La Cámara de Representantes es la pieza más accesible. Los demócratas necesitan una ganancia neta relativamente pequeña para cambiar la mayoría y han ampliado su mapa ofensivo hacia distritos que Trump ganó durante las presidenciales.
La referencia inevitable es 2018. Durante el primer mandato de Trump, la reacción contra la Casa Blanca produjo una ganancia demócrata de 41 escaños en la Cámara de Representantes. Fue uno de los mayores castigos recibidos por un presidente moderno en unas elecciones legislativas.
El escenario de 2026 presenta algunas similitudes, aunque no es idéntico. La polarización es aún mayor, los distritos han sido redibujados y muchos escaños están diseñados precisamente para resistir grandes oscilaciones nacionales. Pero el deterioro republicano está haciendo competitivos lugares que hasta hace poco no figuraban entre las prioridades demócratas.
La incógnita más interesante está en el Senado. Los demócratas necesitan una combinación bastante más complicada para recuperar su control, pero carreras en estados que habitualmente parecían demasiado conservadores han empezado a estrecharse. Kansas, Carolina del Norte y otros estados han ganado protagonismo dentro de un mapa que meses atrás parecía mucho más favorable al GOP.
Cuando territorios profundamente republicanos empiezan a aparecer en las conversaciones sobre carreras competitivas, surge la posibilidad de una elección de ola. No la certeza. La posibilidad.
Un triunfo histórico exigiría algo mucho mayor
Aquí conviene enfriar un poco la conversación. Estados Unidos ya ha conocido auténticos terremotos legislativos y superar esos precedentes exigiría una sacudida monumental.
En las elecciones de 1958, durante la presidencia republicana de Dwight Eisenhower, los demócratas lograron una victoria gigantesca en ambas cámaras. El vuelco en el Senado fue uno de los mayores de la historia moderna estadounidense y dejó al partido con una mayoría extraordinariamente amplia.
Después llegó 1974. El Watergate y la dimisión de Nixon destrozaron electoralmente a los republicanos. Los demócratas ganaron 49 escaños en la Cámara y cuatro en el Senado, elevando su mayoría en la Cámara de Representantes hasta dimensiones que actualmente parecen casi imposibles.
También está 2018, mucho más cercano al sistema político actual. Los demócratas recuperaron 41 escaños de la Cámara y obtuvieron una clara ventaja nacional en voto popular, aunque perdieron posiciones en el Senado debido a un mapa especialmente desfavorable.
Para que 2026 supere aquellos precedentes tendría que producirse una ola capaz de atravesar distritos blindados por la polarización, estados profundamente conservadores y estructuras electorales mucho menos elásticas que las de mediados del siglo XX.
Eso todavía no está demostrado. Lo que sí puede sostenerse con mucha más seguridad es que los demócratas están disputando escaños que hace meses parecían fuera de alcance, tienen una vía clara hacia la Cámara y mantienen posibilidades reales, aunque más estrechas, de conquistar también el Senado.
La economía amenaza a Trump más que cualquier polémica
Trump conserva una capacidad extraordinaria para ocupar titulares. Un insulto puede dominar un ciclo informativo entero. Una frase pronunciada en un mitin puede recorrer el país en minutos. Pero debajo de esa espuma aparece una explicación mucho más convencional de su pérdida de apoyo.
El coste de la vida se ha convertido en la gran vulnerabilidad republicana. Alimentos, vivienda, energía, seguros y gastos cotidianos continúan pesando en la percepción económica de millones de hogares, precisamente el terreno en el que Trump prometió resultados rápidos durante su regreso a la Casa Blanca.
Las encuestas han mostrado una ventaja demócrata creciente cuando se pregunta a los estadounidenses qué partido consideran más preparado para afrontar el coste de la vida. También se ha debilitado la valoración de Trump sobre la economía, uno de los pilares que habían sostenido históricamente su fortaleza política.
Aquí aparece una ironía bastante incómoda para la Casa Blanca. Buena parte del regreso de Trump al poder se construyó sobre la idea de que devolvería prosperidad, reduciría los precios y gestionaría mejor la economía. Cuando el bolsillo deja de confirmar el discurso, la fidelidad cultural encuentra límites.
El retroceso entre hispanos, trabajadores y algunos votantes rurales importa precisamente por eso. No son necesariamente electores convertidos de repente en progresistas convencidos. Muchos pueden estar sencillamente decepcionados.
Y un votante decepcionado puede cambiar de partido. O hacer algo todavía peor para quien necesita movilizarlo: quedarse en casa.
Noviembre puede cambiar los dos últimos años de Trump
Las elecciones del 3 de noviembre de 2026 están tomando forma como un referéndum sobre Trump aunque su nombre no figure en la papeleta. El propio presidente parece haberlo entendido: ha intensificado los mítines, multiplicado su presencia en estados sensibles y pedido a sus seguidores que voten como si se tratara de unas presidenciales.
Todavía puede producirse una corrección. Las encuestas tienen margen de error, los republicanos disponen de enormes recursos financieros y la polarización estadounidense dificulta mucho más los derrumbes electorales que hace medio siglo. También existen estados y distritos donde la marca demócrata mantiene un techo evidente.
Pero el cuadro político ha cambiado. Hace un año, la conversación giraba alrededor de cuánto podía durar la nueva coalición construida por Trump. En octubre de 2026, la cuestión central es cuánto de aquella coalición sigue dispuesto a votar por candidatos republicanos cuando Trump no está personalmente en la papeleta.
Un resultado comparable al terremoto de 1958 sigue pareciendo demasiado grande. Otro 1974 tampoco puede darse por descontado. Un 2018 reforzado, con recuperación de la Cámara y posibilidades de disputar seriamente el Senado, pertenece ya al terreno de lo plausible.
Y ahí reside la paradoja que amenaza al Partido Republicano: Trump continúa siendo su figura absolutamente dominante, pero esa dependencia puede haberse convertido, precisamente, en una de sus mayores debilidades electorales.
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