Naturaleza
Nepal encara la reconstrucción tras la riada con 5.285 desaparecidos
Nepal deja atrás la fase de rescate tras la gran riada: 1.455 muertos, 5.285 desaparecidos, miles de viviendas dañadas y años de reconstrucción.
Foto: Krish Dulal, CC BY-SA 3.0.
Resumen
- Nepal cierra la búsqueda con 1.455 muertos y 5.285 desaparecidos
- La reconstrucción se estima en 4.770 millones de dólares
- El desastre dañó unas 7.500 viviendas y golpeó la energía y los puentes
Más de un mes después de la catástrofe que arrasó el corredor del Bhote Koshi y el Trishuli, Nepal ha dado por terminada la búsqueda sistemática de víctimas. El balance oficial deja 1.455 muertos y 5.285 desaparecidos, mientras el país abandona poco a poco la fase de rescate y entra en otra mucho más larga y silenciosa: reconstruir viviendas, carreteras, puentes, centrales eléctricas y comunidades enteras.
La riada del 26 de agosto de 2026 nació en la alta montaña próxima a la frontera entre Nepal y el Tíbet. Un colapso glaciar y una enorme masa de roca, hielo y sedimentos desencadenaron una corriente devastadora que bajó por los valles himalayos y golpeó localidades, proyectos hidroeléctricos y vías de comunicación. No fue una crecida ordinaria: el agua llegó cargada de material suficiente para transformar el cauce y borrar infraestructuras enteras.
Nepal termina las búsquedas, pero miles de familias siguen esperando
El Gobierno nepalí decidió a comienzos de octubre poner fin a las operaciones generales de búsqueda y rescate. Durante las semanas posteriores al desastre fueron rescatadas alrededor de 13.795 personas, pero el número de desaparecidos continúa siendo extraordinariamente alto. Las autoridades mantienen abierta la recuperación de restos humanos que puedan aparecer durante las obras y las actuaciones sobre el terreno.
Los 5.285 desaparecidos no pueden sumarse sin más al número de fallecidos confirmados. Durante la emergencia hubo desplazamientos masivos, problemas de comunicación y registros elaborados en circunstancias caóticas. Con el paso de las semanas las listas fueron depurándose, precisamente para eliminar duplicidades y aclarar casos de personas inicialmente incomunicadas.
Para muchas familias el drama ha pasado de la búsqueda física a un complicado limbo legal. Nepal trabaja en procedimientos que permitan declarar fallecidas a personas cuyo cuerpo nunca fue recuperado, algo imprescindible para tramitar indemnizaciones, seguros, herencias y pensiones. El final de las búsquedas provocó protestas entre familiares que consideran prematuro abandonar las operaciones, mientras otros han celebrado funerales simbólicos ante la falta de restos.
Una reconstrucción de casi 5.000 millones de dólares
La dimensión económica resulta también enorme. La estimación oficial sitúa las necesidades de recuperación y reconstrucción en torno a 4.770 millones de dólares. El desastre afectó a cerca de 33.000 personas y dañó o destruyó aproximadamente 7.500 viviendas, además de carreteras, puentes, explotaciones agrícolas y redes esenciales.
El Banco Mundial calcula que los daños directos sobre activos físicos rondan los 1.660 millones de dólares, con las infraestructuras como principal partida. La evaluación preliminar del Gobierno nepalí eleva los daños físicos a unos 1.810 millones cuando se amplía el análisis, antes incluso de incorporar toda la pérdida de actividad económica y de medios de vida.
En un territorio montañoso, la desaparición de una carretera o de un puente tiene efectos que van mucho más allá de la obra dañada. Hay aldeas donde una conexión rota significa horas de desvío, aislamiento temporal o dificultades para que lleguen alimentos, medicinas y maquinaria. El Himalaya impone su propia geometría: aquí no siempre existe una carretera alternativa dos kilómetros más allá.
La energía sufrió uno de los golpes más duros
La riada destruyó 12 proyectos hidroeléctricos y golpeó precisamente uno de los pilares energéticos de Nepal. El país obtiene gran parte de su electricidad de los ríos de montaña, de modo que una catástrofe que revienta cauces y centrales afecta al mismo tiempo al suministro, a la economía y a las futuras inversiones.
La reconstrucción tampoco consiste simplemente en colocar otra presa o levantar de nuevo un edificio en el mismo sitio. El río ha modificado márgenes, depositado enormes cantidades de sedimentos y desestabilizado laderas. En determinadas zonas habrá que decidir dónde es razonable reconstruir y dónde repetir la infraestructura supondría devolverla al mismo corredor de riesgo.
Los desplazados salen de los refugios, no necesariamente del problema
Durante las primeras semanas se habilitaron centros de acogida para miles de personas que habían perdido su vivienda o no podían regresar a sus comunidades. A medida que bajó la emergencia, muchos desplazados se trasladaron con familiares o encontraron soluciones temporales. Eso reduce las cifras visibles de los refugios, pero no significa que el problema residencial haya desaparecido.
La reconstrucción de una casa es especialmente complicada cuando también se ha perdido el terreno, la carretera, el trabajo o la pequeña explotación agrícola que sostenía a la familia. La ayuda inmediata puede cubrir comida y alojamiento durante un periodo limitado; recuperar un modo de vida exige bastante más. Ese será uno de los grandes problemas de los próximos meses.
También persisten riesgos asociados al agua potable, el saneamiento y la atención médica. Tras una inundación de esta magnitud, la contaminación de fuentes y la destrucción de instalaciones sanitarias aumentan la exposición a infecciones, enfermedades gastrointestinales y problemas respiratorios. A eso se suma la carga psicológica de miles de familias que han perdido personas cercanas, hogares o ambas cosas.
En el Tíbet, el balance público sigue siendo menos claro
La catástrofe atravesó una frontera que sobre el mapa parece nítida pero que el agua ignoró por completo. El área de Gyirong, en el Tíbet, sufrió también daños enormes en carreteras, edificios y el complejo fronterizo que conecta China con Nepal.
El último balance público chino ampliamente difundido a comienzos de septiembre hablaba de 21 muertos y 541 desaparecidos en el lado tibetano. La cifra había evolucionado rápidamente desde los primeros días, cuando cientos de personas figuraban todavía sin localizar, incluidos numerosos extranjeros que atravesaban el paso fronterizo.
La información posterior sobre la vertiente china ha sido mucho menos continua que la publicada por Nepal. Por eso resulta prudente no presentar esas cifras como un balance definitivo comparable al recuento nepalí actualizado de octubre. El desastre fue transfronterizo, pero los dos lados no han mantenido el mismo ritmo de publicación de datos.
La polémica de las alertas entre China y Nepal
La tragedia reabrió una discusión que llevaba tiempo encima de la mesa: el intercambio de información sobre glaciares, ríos y riesgos naturales entre Nepal y China. Tres meses antes de la catástrofe, responsables y especialistas de ambos países se habían reunido en Katmandú para abordar precisamente la cooperación en vigilancia y respuesta ante inundaciones y amenazas glaciares.
Después de la riada, Nepal volvió a reclamar mecanismos más rápidos de intercambio de datos y sistemas de alerta temprana capaces de funcionar a ambos lados de la frontera. En valles estrechos como los del Himalaya, unos minutos pueden decidir si una comunidad consigue evacuar o queda atrapada delante de una corriente cargada de rocas.
La cuestión no es menor. El riesgo nace muchas veces kilómetros arriba, en zonas remotas del Tíbet o de Nepal donde apenas existen poblaciones, y el daño aparece después en asentamientos situados aguas abajo. Una frontera administrativa sirve para aduanas; una avalancha no la reconoce.
Un desastre distinto al que golpeó la zona en 2025
La región ya había recibido un aviso serio el 8 de julio de 2025. Entonces, el vaciado repentino de un lago formado sobre el glaciar Purepu, en el Tíbet, provocó otra inundación en el mismo corredor del Lhende-Bhote Koshi. Aquella crecida destruyó el puente de la Amistad de Rasuwagadhi, dañó instalaciones hidroeléctricas y dejó muertos y desaparecidos.
La similitud geográfica puede llevar a confusión, pero el mecanismo de 2026 fue diferente y mucho más destructivo. En agosto se produjo una gran inestabilidad de hielo y roca que terminó convirtiéndose en un gigantesco flujo de agua y derrubios. En poco más de un año, el mismo corredor fronterizo sufrió dos catástrofes relacionadas con la criosfera del Himalaya, es decir, con sus glaciares, nieve permanente y terrenos congelados.
El calentamiento del Himalaya cambia también el mapa del riesgo
No sería riguroso atribuir automáticamente cualquier inundación concreta al cambio climático sin estudiar su mecanismo. Pero el contexto general es difícil de ignorar. El calentamiento acelera el retroceso de los glaciares, favorece la formación y crecimiento de lagos glaciares y puede desestabilizar zonas de hielo, roca y permafrost que durante décadas permanecieron relativamente firmes.
Nepal ha anunciado un proyecto para reducir el nivel de cuatro lagos glaciares considerados peligrosos: Thulagi, Lower Barun, Lumding Tsho y Hongu II. El programa, valorado en unos 50 millones de dólares, incluye sistemas de drenaje, sensores y mecanismos de previsión de inundaciones. Las primeras obras están previstas antes de mediados de 2027 y el proyecto completo se prolongará varios años.
El país ha registrado decenas de inundaciones por desbordamiento de lagos glaciares durante las últimas décadas. La cuestión ha dejado de ser una rareza de alta montaña. Cuando debajo existen carreteras, centrales hidroeléctricas, rutas comerciales y poblaciones, un fenómeno que comienza a 5.000 metros puede terminar convertido en una catástrofe nacional.
La emergencia terminó; el desastre todavía no
El agua ha bajado y las operaciones masivas de búsqueda han terminado, pero Nepal continúa viviendo dentro de las consecuencias. Quedan 5.285 personas oficialmente desaparecidas, miles de hogares dañados, infraestructuras pendientes de reparación y una factura de reconstrucción cercana a los 5.000 millones de dólares.
El trabajo se desplaza ahora a otro terreno: identificar restos, resolver la situación jurídica de los desaparecidos, reabrir carreteras, levantar viviendas y decidir qué infraestructuras pueden volver a construirse sin repetir los errores del pasado. La reconstrucción será lenta y, en algunos lugares, obligará a cambiar el mapa.
La gran riada de Nepal y el Tíbet deja además una advertencia difícil de esquivar. Cuando el peligro nace en un glaciar remoto, cruza una frontera y desciende por un valle en cuestión de minutos, la prevención también tiene que ser transfronteriza. El agua puede retirarse en días. Reparar lo que deja detrás llevará años.
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