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AfD rompe el cordón sanitario en Alemania y acorrala a la CDU de Merz

La elección de Tobias Rausch para presidir Sajonia-Anhalt abre una grieta histórica en el aislamiento de AfD y aumenta la presión sobre la CDU.

Publicado

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Alice Weidel n1 de ADF

Por Elekes Andor - Trabajo propio, CC BY 4.0, Wikimedia Commons

Resumen

  • AfD logra presidir por primera vez un Parlamento regional alemán
  • Rausch obtuvo apoyos ajenos a AfD y BSW en una votación secreta
  • La grieta aumenta la presión sobre Merz y el cordón sanitario de la CDU

El llamado cordón sanitario contra Alternativa para Alemania (AfD) ha sufrido una grieta que hasta hace poco parecía políticamente impensable. Tobias Rausch, diputado de la formación ultraderechista, ha conseguido la presidencia del Parlamento regional de Sajonia-Anhalt con votos que fueron más allá de su propio partido. El episodio no coloca todavía a AfD en un gobierno, pero sí derriba una frontera simbólica: por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, un político de extrema derecha preside una cámara regional alemana.

La votación ha colocado al canciller Friedrich Merz ante un problema bastante más serio que una rebelión parlamentaria aislada. La CDU mantiene oficialmente que no colaborará con AfD, pero varios votos procedentes de fuera de la ultraderecha fueron necesarios para elegir a Rausch. Entre ellos hubo apoyo del BSW, la formación surgida alrededor de Sahra Wagenknecht, y existen indicios de que también participaron diputados conservadores pese a la consigna de abstención. El voto era secreto. Ahí está precisamente el agujero del muro: nadie puede señalar con el dedo a sus autores, pero los números no cuadran sin ellos.

Sajonia-Anhalt convierte una grieta política en un símbolo nacional

Rausch obtuvo 48 votos, por encima de los 42 necesarios para alcanzar la mayoría absoluta. AfD contaba con 39 diputados y el BSW con cinco, de modo que hicieron falta apoyos adicionales. Ese pequeño puñado de papeletas ha tenido una resonancia enorme porque golpea directamente la llamada Brandmauer, literalmente “muro cortafuegos”, con la que los partidos tradicionales alemanes describen su negativa a cooperar con la extrema derecha.

No ha ocurrido, además, en un territorio cualquiera. AfD ganó las elecciones de Sajonia-Anhalt celebradas el 6 de septiembre con el 43,8% de los votos y quedó a solo tres escaños de la mayoría absoluta. Su líder regional, Ulrich Siegmund, aspira a convertir ese triunfo electoral en el primer gobierno regional de AfD, aunque por el momento ninguna de las grandes fuerzas políticas acepta entrar en coalición con él.

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El movimiento de Rausch tiene así dos lecturas simultáneas. Institucionalmente, AfD sigue aislada para gobernar. Políticamente, sin embargo, acaba de demostrar que puede reunir votos fuera de sus filas cuando la aritmética parlamentaria aprieta. Un muro puede seguir en pie después de la primera fisura; lo difícil es seguir diciendo que está intacto.

Merz intenta mantener la línea roja de la CDU

El canciller ha reaccionado marcando distancias. Merz rechaza cualquier cooperación con AfD y ha advertido sobre la entrada del extremismo en las instituciones parlamentarias. La dirección democristiana sostiene que su prohibición de pactar con la formación ultraderechista continúa vigente tanto a escala federal como regional.

El problema está unos metros más abajo, entre los escaños. Allí las órdenes nacionales tropiezan con realidades políticas distintas, especialmente en el este del país, donde AfD ha dejado de ser una fuerza periférica para convertirse en un partido capaz de superar el 40% del voto en algunos territorios.

Durante años, la estrategia consistió en aislar a AfD y construir mayorías entre fuerzas ideológicamente muy alejadas. Funcionó mientras el partido ocupaba una franja relativamente limitada del electorado. Cuando cuatro de cada diez votantes se inclinan por él, las costuras empiezan a tirar. Socialdemócratas, conservadores, verdes y distintas izquierdas pueden formar barreras parlamentarias, sí, pero cada nueva combinación resulta más incómoda y difícil de sostener políticamente.

AfD ya no crece solo en el este de Alemania

El terremoto no termina en Sajonia-Anhalt. Las encuestas nacionales han convertido la discusión sobre el cordón sanitario en una cuestión que afecta directamente al futuro gobierno federal. AfD aparece por delante de CDU/CSU en distintos sondeos publicados a comienzos de octubre, una situación que multiplica la presión sobre Merz.

Ya no se trata únicamente de saber si AfD puede ganar un estado oriental, sino de imaginar qué ocurriría si llegara a unas elecciones generales como primera fuerza. Ese escenario todavía tiene recorrido por delante: las próximas elecciones federales ordinarias están previstas para 2029 y una encuesta no es una urna. Pero la fotografía política es difícil de ignorar.

La CDU ganó las elecciones federales de 2025 con el 28,5% de los votos, mientras AfD obtuvo entonces un 20,8%. El vuelco demoscópico posterior ayuda a explicar buena parte de la tensión que atraviesa al conservadurismo alemán y el debate interno sobre cómo enfrentarse a una formación que ya no puede tratarse como una anomalía electoral pasajera.

El dilema conservador: aislar a AfD o competir por sus votantes

Dentro de la CDU conviven dos impulsos difíciles de reconciliar. Uno considera que cualquier acuerdo con AfD destruiría una frontera democrática esencial y acabaría normalizando una formación cuya evolución política ha provocado un severo escrutinio de los servicios de seguridad alemanes. El otro observa los resultados electorales y teme que mantener un aislamiento absoluto entregue a AfD el monopolio de una parte creciente del electorado conservador.

Es un dilema viejo en Europa, pero Alemania lo vive con una sensibilidad histórica distinta. La política germana de posguerra levantó barreras particularmente altas alrededor de los movimientos situados en los extremos del sistema constitucional. De ahí que una votación aparentemente técnica —elegir al presidente de un Parlamento regional— adquiera una carga histórica extraordinaria que en otro país quizá pasaría con bastante menos ruido.

AfD explota precisamente esa contradicción. Presenta el cordón sanitario como una maniobra destinada a excluir a millones de votantes y utiliza cada voto compartido, cada abstención útil y cada mayoría accidental para demostrar que el aislamiento es insostenible. Sus adversarios responden que los resultados electorales dan representación, pero no obligan a otros partidos a pactar. Ambas ideas caben dentro de un sistema parlamentario. La batalla está en lo que ocurre después.

Rusia, inmigración y malestar económico alimentan la presión

El ascenso de AfD no puede explicarse únicamente por las decisiones tácticas de la CDU. Detrás existe un malestar político más amplio, especialmente visible en los antiguos estados de Alemania Oriental. La formación ha construido buena parte de su discurso alrededor de una política migratoria mucho más restrictiva, el rechazo a elementos centrales de la política europea de asilo y una relación distinta con Rusia.

En Sajonia-Anhalt, AfD y BSW han encontrado terreno común en su oposición a determinados aspectos del apoyo militar a Ucrania. Las diferencias entre ambas formaciones siguen siendo importantes, pero esa coincidencia demuestra cómo determinadas cuestiones —la guerra, la energía, el coste de las sanciones— pueden romper alineamientos políticos tradicionales.

Las dificultades económicas también pesan. Alemania lleva años digiriendo un crecimiento débil, costes energéticos elevados, presión sobre la industria y una sensación de pérdida de seguridad económica que entra fácilmente en el discurso político. A ello se suma una desconfianza considerable hacia las instituciones federales. El Ejecutivo de Merz llega a este momento con el desafío añadido de convencer de que sus reformas pueden devolver estabilidad económica y política.

Ese caldo no convierte automáticamente a cada votante de AfD en un extremista. Sería una simplificación cómoda y, sobre todo, poco útil. Pero sí ayuda a explicar por qué el aislamiento institucional no ha frenado su crecimiento electoral. La paradoja alemana es esa: cuanto más sólido parecía el cortafuegos entre partidos, más grande se hacía la fuerza situada al otro lado.

Una presidencia regional que altera mucho más que el protocolo

Presidir un Parlamento regional no equivale a gobernar Sajonia-Anhalt. Tobias Rausch no controla por ello el Ejecutivo, ni la política exterior alemana, ni las decisiones del Gobierno federal. Conviene no inflar el hecho hasta convertirlo en algo que no es. Su relevancia está en otra parte: la presidencia de una cámara otorga visibilidad institucional y autoridad parlamentaria.

El político que ayer era mantenido fuera de cualquier responsabilidad representativa aparece de pronto dirigiendo las sesiones desde la tribuna. Los símbolos también gobiernan la percepción pública, a veces más deprisa que las leyes. Para AfD, ocupar ese asiento significa avanzar varios metros en el largo proceso de normalización institucional que persigue desde hace años.

Por eso el episodio ha provocado especial inquietud entre los socialdemócratas y dentro de sectores de la propia CDU. El SPD exige explicaciones sobre los votos conservadores que pudieron facilitar la elección y teme que las excepciones locales vayan erosionando poco a poco una regla concebida precisamente para no admitir excepciones.

Y hay otra cuestión, quizá la más delicada: una vez abierta la puerta para un cargo parlamentario, resultará más difícil argumentar que cualquier cooperación futura es absolutamente inconcebible. No significa que vaya a producirse una coalición CDU-AfD. Merz insiste en descartarla. Significa algo más modesto y, justamente por eso, más plausible: el tabú empieza a dejar de ser absoluto.

Alemania entra en una fase política mucho más incómoda

La elección de Tobias Rausch no liquida por sí sola el cordón sanitario contra AfD, pero demuestra que la frontera política construida alrededor del partido se ha vuelto permeable. La formación sigue sin socios suficientes para gobernar Sajonia-Anhalt y continúa encontrando un rechazo frontal en las direcciones nacionales de CDU, SPD, Verdes y La Izquierda. Esa es la fotografía institucional.

La electoral se parece bastante menos. AfD domina en varios territorios orientales, encabeza sondeos nacionales y obliga a sus rivales a construir alianzas cada vez más heterogéneas para impedirle gobernar. Sajonia-Anhalt ha mostrado el choque entre esas dos realidades dentro del mismo hemiciclo.

Durante mucho tiempo, el debate alemán consistió en decidir cómo mantener a AfD al otro lado del muro. La discusión empieza a ser distinta: cuánto puede resistir ese muro cuando AfD acumula suficientes votos para condicionar todo lo que ocurre a su alrededor. Alemania entra así en un terreno político nuevo, incómodo y mucho menos previsible.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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