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Europa mira el 29-N: Sánchez se juega el Gobierno frente a PP y Vox

El 29-N decidirá el futuro de Sánchez en Moncloa y puede reforzar el giro conservador de Europa si PP y Vox convierten su ventaja en mayoría.

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Participantes del PSOE a una manifestacion

Por Nemo - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, Wikimedia Commons

Resumen

  • El 29-N puede decidir la continuidad de Sánchez en La Moncloa
  • PP y Vox parten con ventaja y podrían sumar mayoría absoluta
  • Europa sigue el resultado por su impacto en el equilibrio político de la UE

Europa observa las elecciones españolas del 29 de noviembre con bastante más interés del habitual. No solo está en juego la continuidad de Pedro Sánchez en La Moncloa. Una derrota del presidente español supondría la posible pérdida de uno de los gobiernos socialdemócratas con mayor peso político de la Unión Europea y podría desplazar todavía más hacia la derecha el equilibrio continental, en un momento marcado por el ascenso de fuerzas conservadoras y populistas.

La paradoja resulta llamativa: Sánchez llega debilitado a esta batalla dentro de España mientras conserva una visibilidad internacional considerable. Su política sobre Gaza, sus choques con Donald Trump, las discrepancias sobre el gasto militar, su defensa de la agenda verde europea y una economía española que sigue creciendo por encima de la media comunitaria le han dado una voz reconocible fuera del país. En casa, en cambio, pesan la vivienda, el bloqueo parlamentario, la fragmentación de la izquierda y los escándalos e investigaciones que han rodeado al PSOE y a personas de su entorno. Las primeras encuestas tras el adelanto electoral sitúan a PP y Vox con opciones claras de alcanzar juntos la mayoría absoluta.

Por qué unas elecciones españolas importan tanto en Bruselas

España no es un socio menor de la Unión. Es la cuarta economía de la zona euro, uno de sus grandes Estados miembros y una pieza importante en cualquier equilibrio entre Berlín, París, Roma y las capitales del sur. Si cambia el Gobierno español, cambia también una silla de bastante peso alrededor de la mesa europea.

Pero el interés va más allá de la aritmética institucional. Sánchez se ha convertido durante los últimos años en una de las figuras reconocibles de la socialdemocracia europea precisamente mientras esa familia política perdía terreno en buena parte del continente. Su eventual salida tendría, por eso, una dimensión que rebasa la política española: debilitaría uno de los contrapesos progresistas dentro del Consejo Europeo y podría reforzar un eje más conservador en materias como inmigración, transición ecológica, seguridad o política fiscal.

No significa que Bruselas esté haciendo campaña por Sánchez. Europa no funciona así, aunque a veces lo parezca desde lejos. Significa que cada capital hace sus cuentas. Y España, por población, economía y peso institucional, ocupa varias columnas de esa hoja de cálculo.

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Sánchez ha construido fuera una identidad política muy definida

Parte de esa relevancia procede de una peculiaridad: el presidente español ha elegido posiciones internacionales propias que no siempre coinciden con la corriente dominante entre los socios occidentales.

La relación con la Administración Trump es probablemente el ejemplo más visible. España ha mantenido discrepancias con Washington sobre el nivel de gasto militar y sobre distintos episodios de política exterior. Las tensiones llegaron durante 2026 a declaraciones extraordinariamente duras de Trump contra España, mientras Sánchez insistía en que el país seguía cumpliendo sus compromisos de seguridad y defendía otra distribución del gasto público.

También Gaza ha situado a Madrid en un espacio especialmente reconocible. El Gobierno español ha mantenido una línea crítica con el Ejecutivo israelí y ha llevado esa posición mucho más lejos que numerosos socios europeos. Ese perfil tiene detractores, dentro y fuera de España, pero difícilmente pasa inadvertido.

Ahí está parte del fenómeno que analistas extranjeros han descrito durante los últimos meses: el Sánchez que se contempla desde Londres, Bruselas o París no siempre coincide con el que protagoniza la pelea política española. El estratega británico Alastair Campbell, que entrevistó al presidente en 2026, lo presentó precisamente como una excepción europea frente a Trump en cuestiones como defensa o Gaza.

Una fortaleza exterior que choca con su debilidad en España

La fotografía doméstica tiene otra luz. Menos amable.

Sánchez convocó elecciones anticipadas para el 29 de noviembre de 2026 después de que el Congreso rechazara medidas de vivienda impulsadas por el Gobierno en plena oleada de protestas por los alquileres y los desahucios. La vivienda, convertida desde hace años en una molestia estructural, terminó entrando en política como entra el agua por una grieta: primero despacio, después por todas partes. Decenas de miles de personas se manifestaron a comienzos de octubre en distintas ciudades españolas.

El presidente intenta transformar esa crisis en el terreno sobre el que disputar las elecciones. Su discurso enfrenta dos modelos: mayor intervención pública para contener precios y proteger a los inquilinos frente a las recetas del PP, más apoyadas en aumentar la oferta, construir vivienda y utilizar incentivos fiscales.

La apuesta es arriesgada porque la indignación por la vivienda no pertenece electoralmente a ningún partido. Puede movilizar a votantes progresistas descontentos, pero también castigar al Gobierno que lleva años ocupando La Moncloa. Esa contradicción explica buena parte del órdago.

Las encuestas explican la inquietud mejor que cualquier discurso

Los primeros sondeos después de la convocatoria dibujan un escenario difícil para Sánchez. Una encuesta de 40dB publicada el 9 de octubre situó al PP en el 31,9%, al PSOE en el 28,1% y a Vox en el 18,4%. Otros estudios de esos mismos días también conceden a PP y Vox una mayoría suficiente para gobernar juntos. El bloque de derechas mantiene, por tanto, una ventaja sólida en la fotografía inicial de la campaña.

El promedio de encuestas previo a esos últimos estudios también colocaba al PP claramente por delante del PSOE y dibujaba una suma de populares y Vox por encima de los 176 escaños necesarios para la mayoría absoluta. Las cifras cambiarán durante la campaña —para eso sirven las campañas—, pero la posición de salida está clara: Sánchez necesita remontar y, sobre todo, necesita que remonte el conjunto de la izquierda.

Ahí aparece otro problema. El PSOE puede recuperar voto y aun así perder el Gobierno. El sistema parlamentario español convierte la situación de Sumar, Podemos y otras fuerzas progresistas en una variable decisiva. La fragmentación de la izquierda puede traducirse en miles de votos sin representación en determinadas provincias. Una pequeña sangría, provincia a provincia, termina convirtiéndose en un buen montón de escaños.

Alberto Núñez Feijóo es el rival inmediato, naturalmente. Pero la elección tiene una segunda batalla: la relación entre PP y Vox. Cuanto mayor sea Santiago Abascal, más posibilidades tiene Feijóo de disponer de una mayoría alternativa a Sánchez, pero también mayor será el precio político de esa mayoría.

El crecimiento de Vox modifica la posición del PP. Los sondeos han llegado a proyectar una representación de la formación de Abascal muy superior a la obtenida en 2023. Ese escenario es precisamente el que se sigue con atención desde otras capitales europeas. No porque España constituya una anomalía, sino por todo lo contrario. El avance de la derecha radical forma parte de una transformación política continental y España sería otra pieza importante moviéndose en esa misma dirección.

La economía ofrece a Sánchez uno de sus argumentos más sólidos

Hay otro contraste incómodo para cualquier análisis sencillo del presidente. España llega a las elecciones con dificultades sociales evidentes, especialmente en vivienda, pero también con unos datos macroeconómicos comparativamente favorables.

La Comisión Europea prevé que la economía española crezca alrededor del 2,4% en 2026. También proyectó que el desempleo español se situaría por debajo del 10%, aunque seguiría siendo elevado en comparación con numerosos socios comunitarios. Es un escenario de crecimiento robusto dentro de una Europa bastante menos dinámica.

Es una de esas situaciones en las que dos cosas aparentemente contradictorias son ciertas al mismo tiempo. La economía española puede crecer con fuerza y numerosos ciudadanos pueden sentir que viven peor. El PIB no paga el alquiler; una nómina sí. Y cuando el alquiler absorbe una parte creciente del salario, los buenos indicadores macroeconómicos tienen menos brillo al llegar al portal de casa.

Precisamente ahí se encuentra uno de los problemas políticos fundamentales de Sánchez. Su Gobierno puede reivindicar crecimiento, empleo y una posición económica comparativamente robusta dentro de Europa, pero deberá convencer a un electorado preocupado por el coste de la vivienda, los servicios públicos y el poder adquisitivo de que esas cifras tienen traducción cotidiana.

El 29-N también medirá hacia dónde gira Europa

Las elecciones españolas llegan, además, en un ciclo continental especialmente delicado. Otros grandes países europeos afrontan procesos electorales y tensiones internas mientras las instituciones comunitarias tratan de responder a una combinación nada pequeña de problemas: guerra y seguridad, inmigración, competitividad industrial, energía, relación con Estados Unidos y ascenso de partidos euroescépticos o nacionalistas.

En ese paisaje, el resultado español tendrá lectura europea desde la misma noche electoral. Si Sánchez logra otra remontada, reforzará la tesis que ha acompañado buena parte de su carrera: puede sobrevivir cuando parece políticamente amortizado. Y la socialdemocracia continental conservará uno de sus gobiernos de mayor tamaño.

Si PP y Vox obtienen la mayoría que anticipan actualmente numerosos sondeos, la interpretación será muy distinta. España se incorporaría con mucho más peso al giro conservador de Europa y abriría, al mismo tiempo, la discusión sobre cuánto poder tendría Vox en esa nueva etapa.

Nada está escrito. Quedan semanas de campaña, debates, errores y acontecimientos imprevistos. Sánchez conoce bien ese territorio: en 2023 llegó a unas elecciones que muchos daban por perdidas y consiguió impedir la investidura de Feijóo, reconstruyendo después una mayoría parlamentaria complejísima. Eso explica también por qué pocos adversarios dan por terminada una elección simplemente porque las encuestas sean malas.

España vota, Europa recalcula

El interés europeo por la batalla de Sánchez no nace de una fascinación personal ni de una misteriosa preferencia extranjera por la política española. Tiene una explicación bastante terrenal: España pesa y el 29-N puede modificar el equilibrio político de la UE.

Sánchez llega a esa cita con una situación extraña. Su voz internacional continúa siendo reconocible, la economía española mantiene un crecimiento sólido y algunas de sus posiciones exteriores le han dado un perfil propio. Al mismo tiempo, dentro del país afronta una crisis de vivienda, una izquierda fragmentada, desgaste político y unas encuestas que favorecen con claridad una alternativa PP-Vox.

Ese es el auténtico órdago. No se juega solamente otra legislatura. Se decide si España mantiene uno de los grandes gobiernos progresistas que quedan en Europa o se suma con todo su peso al desplazamiento político hacia la derecha. El tablero es español; las consecuencias, bastante menos.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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