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Rusia intensifica planes para matar a directivos europeos de defensa
Europa refuerza la protección de directivos de defensa ante el aumento de planes rusos de asesinato ligados al suministro militar a Ucrania.
By kremlin.ru, CC BY-SA 4.0, Wikimedia Commons
Resumen
- Cinco servicios europeos alertan de planes rusos contra jefes de defensa
- Las firmas de drones y componentes también figuran entre los objetivos
- Europa refuerza la protección de ejecutivos vinculados con Ucrania
Los servicios de inteligencia de cinco países europeos han advertido de un aumento de los planes atribuidos a Rusia para atacar e incluso asesinar a altos ejecutivos de empresas de defensa que trabajan con Ucrania. La preocupación ya no se limita a las grandes compañías de armamento: los responsables de firmas más pequeñas, especialmente las vinculadas a la fabricación de drones y componentes militares, también figuran entre los posibles objetivos.
La alerta ha llevado a varias empresas europeas a reforzar durante los últimos meses la protección de sus principales directivos. El asunto se inserta en una campaña mucho más amplia de presión rusa sobre Europa que combina espionaje, sabotaje, operaciones clandestinas y desinformación. El salto inquietante es otro: según los servicios occidentales, esa denominada guerra híbrida estaría dirigiéndose cada vez más contra personas concretas y no solo contra instalaciones, redes logísticas o infraestructuras.
La amenaza rusa cambia de objetivo: de las fábricas a las personas
La información conocida este domingo dibuja una evolución particularmente sensible. Fuentes de inteligencia europeas sostienen que el Kremlin ha ampliado las operaciones encubiertas destinadas a erosionar el respaldo occidental a Kiev y que entre sus objetivos aparecen ahora ejecutivos cuya actividad resulta relevante para el suministro militar a Ucrania.
El foco sobre los fabricantes de drones tiene bastante lógica desde el punto de vista militar. Estas aeronaves, algunas tan pequeñas como una maleta, se han convertido en una de las piezas decisivas del campo de batalla ucraniano. Europa cuenta con centenares de fabricantes y proveedores de drones, sensores, software y comunicaciones, una red industrial fragmentada donde no todos disponen del aparato de seguridad de un gigante armamentístico.
Aquí aparece una de las novedades. Ya no se trataría únicamente de presionar a corporaciones gigantescas y muy protegidas. Los servicios europeos ven riesgos para empresas medianas, proveedores especializados y responsables técnicos cuyo trabajo puede tener un impacto inmediato en Ucrania.
Sinan Selen, presidente de la Oficina Federal para la Protección de la Constitución alemana, el BfV, afirmó el 5 de octubre ante el Bundestag que las amenazas que algunos escenarios militares sitúan hacia 2029 son, en el terreno de la inteligencia, una realidad presente. Alemania considera actualmente a Rusia su principal desafío de seguridad y denuncia una escalada de las operaciones clandestinas contra intereses europeos.
El crimen organizado entra en la ecuación
Otro elemento preocupa especialmente a los servicios de seguridad: la utilización de estructuras criminales y colaboradores reclutados sobre el terreno. Selen ha advertido de una evolución tanto en los objetivos como en los métodos y en los actores empleados en estas operaciones.
No es el espía de gabardina que baja de un tren nocturno con un pasaporte falso bajo el brazo. Esa imagen pertenece bastante al cine. El modelo actual puede apoyarse en intermediarios, delincuentes comunes o personas contratadas para tareas parciales: vigilar una vivienda, colocar un dispositivo, provocar un incendio o recopilar información sin conocer siquiera la dimensión completa de la operación.
Investigaciones europeas anteriores ya habían detectado esta fórmula. Una investigación publicada en mayo documentó varios complots atribuidos por autoridades occidentales a la inteligencia rusa y señaló la utilización de colaboradores de bajo coste, algunos relacionados con el crimen organizado, para operar fuera de Rusia. El recuento incluía 191 episodios de sabotaje, incendios y otras acciones disruptivas vinculados por autoridades occidentales a Moscú desde la invasión de Ucrania, aunque la responsabilidad rusa no está judicialmente acreditada en todos esos casos.
El precedente que disparó las alarmas en Europa
Hay un nombre que explica por qué las advertencias actuales se toman tan en serio: Armin Papperger, consejero delegado de Rheinmetall, uno de los mayores fabricantes europeos de armamento.
En 2024, los servicios de inteligencia estadounidenses detectaron un supuesto plan ruso para asesinar al ejecutivo alemán. Washington trasladó la información a Berlín y las autoridades alemanas reforzaron su protección. Rheinmetall produce munición de artillería, vehículos militares y otros sistemas enviados a Ucrania y había anunciado también planes para ampliar su actividad industrial en territorio ucraniano.
El Kremlin negó entonces las acusaciones. Su portavoz, Dmitri Peskov, calificó aquellas informaciones de falsas y sostuvo que estaban construidas sobre fuentes anónimas. Moscú también ha rechazado reiteradamente las acusaciones occidentales que le atribuyen operaciones de sabotaje o asesinatos políticos en Europa.
El episodio Papperger, sin embargo, dejó una huella duradera. Varias compañías comenzaron a revisar sus protocolos de protección y, según los últimos informes, algunos directivos han vuelto a incrementar durante los últimos seis meses sus dispositivos de seguridad personal siguiendo recomendaciones de los propios servicios nacionales.
Dinamarca detecta sabotajes contra empresas que ayudan a Ucrania
El aviso sobre los ejecutivos llega apenas unos días después de otra señal. Los servicios de inteligencia daneses afirmaron esta semana que Rusia había comenzado a intentar acciones de sabotaje contra empresas de Dinamarca relacionadas con el suministro a Ucrania.
Según el servicio de seguridad danés PET, Moscú habría modificado su estrategia tras comprobar que las acciones de perturbación más generales no bastaban para reducir el apoyo militar occidental. La nueva prioridad serían objetivos directamente vinculados con la capacidad ucraniana en el frente, incluida la producción de armamento. Rusia rechazó también esas acusaciones y las calificó de infundadas.
Este movimiento resulta relevante porque describe algo parecido a un embudo. Primero, operaciones para sembrar incertidumbre de forma amplia. Después, instalaciones concretas. Finalmente, personas con nombre y apellido cuya desaparición, intimidación o retirada podría afectar a una cadena industrial.
No hace falta volar una fábrica para dificultar su trabajo. A veces basta con convertir la rutina del director general en un recorrido entre escoltas, vehículos blindados y hoteles sometidos a revisión. El miedo también tiene costes industriales.
Intimidar puede ser tan importante como ejecutar un atentado
Las fuentes de inteligencia consultadas por medios europeos destacan precisamente esa dimensión psicológica. La finalidad no consistiría únicamente en completar con éxito un asesinato. Conseguir que un ejecutivo rechace una visita a Ucrania, abandone un proyecto, multiplique sus gastos de seguridad o reconsidere un contrato también puede producir efectos estratégicos.
Esa presión obliga, además, a movilizar policías, servicios de inteligencia y seguridad privada. Cada sospecha exige recursos. Cada viaje se complica. Cada reunión fuera de la oficina necesita nuevas precauciones. La intimidación, incluso cuando no desemboca en un ataque, ya altera la actividad de las empresas.
Pero aquí conviene introducir una cautela importante. No cada incidente sospechoso implica una operación rusa. Dos personas detenidas en agosto cerca de una propiedad del consejero delegado de Saab, Micael Johansson, fueron posteriormente puestas en libertad. Los propios responsables de inteligencia admiten que algunas operaciones atribuidas a Rusia son poco sofisticadas y relativamente fáciles de neutralizar.
Esa distinción importa. En el terreno de la seguridad europea abundan las zonas grises, las investigaciones abiertas y las acusaciones difíciles de demostrar públicamente. Atribuir automáticamente cada incendio, dron o comportamiento extraño al Kremlin sería tan cómodo como poco riguroso.
Una guerra en la sombra cada vez menos invisible
Alemania lleva días utilizando una expresión que resume el ambiente: guerra en la sombra. Martin Jäger, presidente del servicio de inteligencia exterior alemán, el BND, advirtió ante el Parlamento de que la confrontación con Rusia ha adquirido una dimensión más peligrosa y de que Berlín observa una escalada sobre Ucrania y una presión creciente contra Europa.
No significa que los servicios europeos estén pronosticando una invasión rusa inmediata de territorio de la OTAN. El peligro que describen es bastante más turbio: sabotajes, ciberataques, espionaje, interferencias, drones e incendios provocados, además de posibles acciones violentas selectivas capaces de permanecer por debajo del umbral de una guerra abierta.
Ahí reside buena parte del problema. Un misil que cruza una frontera deja pocas dudas. Un almacén incendiado por un intermediario contratado con criptomonedas, bastante más. La ambigüedad permite causar daño, negar responsabilidades y obligar al adversario a decidir cuánto está dispuesto a responder sin disponer siempre de una prueba pública definitiva.
Europa protege ya a quienes fabrican las armas de Ucrania
La última alerta amplía, en definitiva, el perímetro de seguridad alrededor de la industria europea de defensa. Los responsables de empresas de armamento, drones y componentes estratégicos han dejado de ser únicamente empresarios con una actividad comercial delicada: para los servicios occidentales, algunos pueden haberse convertido en objetivos de operaciones clandestinas rusas.
Los precedentes existen, las advertencias oficiales se acumulan y varios gobiernos europeos están reforzando tanto la contrainteligencia como la protección personal. Pero la fotografía exige precisión. Buena parte de la información procede inevitablemente de servicios secretos, las investigaciones permanecen abiertas y Moscú niega dirigir estas campañas.
Lo que sí ha cambiado es el clima. La guerra de Ucrania ya había llevado la confrontación hasta fábricas, cables, aeropuertos y sistemas informáticos europeos. La novedad es que, según cinco servicios de inteligencia del continente, la frontera entre atacar una infraestructura y atacar a quien la dirige empieza a estrecharse peligrosamente.
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