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Ciencia

Deisseroth, Hegemann y Nagel, Nobel de Medicina por la optogenética

La optogenética lleva a Deisseroth, Hegemann y Nagel al Nobel de Medicina por transformar la forma de estudiar y controlar los circuitos cerebrales.

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moneda del premio nobel de oro

Foto: Osama Shukir Muhammed Amin FRCP(Glasg), CC BY-SA 4.0.

Resumen

  • El Nobel premia a Deisseroth, Hegemann y Nagel por la optogenética
  • La técnica permite activar o silenciar neuronas mediante pulsos de luz
  • Su impacto alcanza la neurociencia y el estudio de enfermedades cerebrales

Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel han ganado el Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2026 por sus descubrimientos sobre los canales iónicos activados por la luz y el desarrollo de la optogenética, una técnica que permite encender o apagar células nerviosas concretas mediante impulsos luminosos. El trabajo de los tres investigadores abrió una forma completamente nueva de estudiar el cerebro: no limitarse a observar qué neuronas funcionan, sino intervenir sobre ellas con una precisión temporal extraordinaria.

La Asamblea Nobel del Instituto Karolinska anunció el galardón el 5 de octubre. Deisseroth, estadounidense de 54 años; Hegemann, alemán de 71; y Nagel, también alemán, de 73, compartirán los 12 millones de coronas suecas del premio. Su investigación convirtió una peculiar propiedad de unas algas microscópicas en una de las herramientas que más han cambiado la neurociencia contemporánea. Parece un salto extraño —del agua verdosa de un estanque al interior de un cerebro vivo—, pero ahí está precisamente la historia.

El Nobel premia una nueva manera de entrar en el cerebro

La optogenética combina genética y luz. Dicho sin bata blanca: los científicos consiguen que determinadas células nerviosas fabriquen proteínas sensibles a la luz y después utilizan pulsos luminosos para modificar su actividad. Pueden activar ciertos grupos de neuronas o silenciarlos y comprobar, casi inmediatamente, qué cambia en el comportamiento o en una función cerebral concreta.

La diferencia frente a técnicas anteriores es considerable. Durante décadas, la investigación pudo registrar señales eléctricas del cerebro, estimular áreas relativamente amplias o estudiar qué zonas se encendían durante determinadas tareas. La optogenética introdujo algo mucho más fino: actuar sobre tipos celulares específicos y hacerlo a la velocidad a la que trabajan las propias neuronas, en escalas de milisegundos.

No significa que baste con apuntar una linterna a la cabeza, claro. Para que una neurona responda a la luz necesita incorporar el material genético que produce esas proteínas fotosensibles. Esa combinación de biología molecular, ingeniería genética y tecnología óptica es la que convirtió el procedimiento en una herramienta tan poderosa.

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De un alga verde a un interruptor neuronal

La historia comienza lejos de cualquier laboratorio dedicado a enfermedades cerebrales. Hegemann investigaba desde principios de los años noventa cómo Chlamydomonas, un alga unicelular, podía detectar la luz y desplazarse hacia ella con enorme rapidez. La sospecha era que detrás de aquella reacción debía existir una proteína capaz de captar la luz y, al mismo tiempo, controlar el paso de iones a través de la membrana celular.

Nagel ayudó a demostrarlo experimentalmente. Al introducir genes del alga en otras células, los investigadores identificaron proteínas que funcionaban como canales activados por la luz. Entre ellas estaba la canalrodopsina-2, que se abre cuando recibe determinada iluminación y permite el movimiento de iones, generando una señal eléctrica.

En 2003, Nagel y Hegemann mostraron que este mecanismo podía trasladarse a células humanas cultivadas para provocar impulsos eléctricos mediante luz. La pieza biológica estaba sobre la mesa. Faltaba hacer algo todavía más audaz: colocar aquel interruptor microscópico dentro de una neurona.

Deisseroth llevó el concepto a las células nerviosas. En 2005 demostró que era posible introducir proteínas sensibles a la luz en neuronas y controlar su actividad con pulsos luminosos; poco después, el nuevo campo recibió el nombre de optogenética.

El cambio conceptual fue enorme. Hasta entonces, estudiar una región cerebral activa no permitía necesariamente saber si esa actividad estaba causando un comportamiento o era simplemente una consecuencia. Con la optogenética se podía alterar deliberadamente una población neuronal y observar qué ocurría después.

En experimentos con animales, esta posibilidad permitió intervenir sobre circuitos relacionados con el movimiento, el sueño, la memoria, las emociones o las conductas asociadas a la recompensa. Deisseroth llegó, por ejemplo, a activar células concretas de la corteza motora y modificar el movimiento de los bigotes de ratones, o estimular neuronas vinculadas al estado de vigilia para despertarlos.

Por qué la optogenética cambió la neurociencia

El cerebro humano contiene decenas de miles de millones de neuronas y cada una establece conexiones con muchas otras. El verdadero problema nunca ha sido únicamente localizar las piezas, sino entender qué circuitos hacen qué y cómo se relacionan entre sí.

Ahí encajó la optogenética. En lugar de observar el cerebro como quien contempla una ciudad desde un avión, los investigadores pudieron empezar a apagar una calle concreta, encender otra y comprobar por dónde dejaba de circular el tráfico. La comparación es imperfecta, pero ayuda: conocer la anatomía de un circuito no equivale a comprender su función.

Esta tecnología se extendió rápidamente por laboratorios de todo el mundo. Ha permitido construir mapas funcionales cada vez más detallados y estudiar qué poblaciones neuronales participan en procesos tan distintos como el miedo, la memoria, el aprendizaje, la adicción o el sueño. La capacidad de intervenir sobre circuitos concretos abrió una nueva etapa para la neurociencia.

Y queda mucho terreno. El propio cerebro se encarga de rebajar cualquier triunfalismo: cuanto más precisa es la lupa, más compleja parece la maquinaria.

Parkinson, epilepsia o Alzheimer: utilidad sin promesas fáciles

Una parte importante del interés médico de la optogenética reside en que permite investigar qué circuitos se alteran durante determinadas enfermedades. Los modelos animales se utilizan para estudiar trastornos como Parkinson, Alzheimer, epilepsia, esquizofrenia y adicciones, identificando qué grupos celulares participan en los síntomas y cómo interactúan.

Eso no significa que la optogenética se haya convertido de repente en un tratamiento habitual. Conviene separar dos planos que suelen mezclarse cuando una tecnología recibe un Nobel. Como instrumento experimental, su impacto ya es enorme. Como terapia para pacientes, buena parte de sus posibilidades continúa en desarrollo.

La lógica, pese a todo, resulta potente. Si se consigue averiguar qué células están detrás de una determinada alteración, esa información puede señalar nuevas dianas terapéuticas. Quizá no sea necesario utilizar luz en el paciente: comprender el circuito puede permitir diseñar medicamentos, sistemas de estimulación u otras intervenciones capaces de actuar sobre él de forma más selectiva.

La recuperación de la visión, uno de los campos más avanzados

Uno de los usos clínicos más prometedores se encuentra curiosamente en un órgano donde la luz ya entra por naturaleza: el ojo. Varios grupos investigan estrategias optogenéticas contra la retinosis pigmentaria, una enfermedad hereditaria que provoca una pérdida progresiva de visión.

La idea consiste en introducir proteínas sensibles a la luz en determinadas células de la retina que hayan sobrevivido a la degeneración. Estas células podrían adquirir entonces cierta capacidad para responder a estímulos luminosos y transmitir información al cerebro. Existen investigaciones y desarrollos clínicos en marcha, aunque estas terapias siguen lejos de ser una solución generalizada.

También se estudia la posibilidad de aplicar principios optogenéticos a futuros implantes cocleares, buscando una estimulación del nervio auditivo más precisa que la proporcionada por los dispositivos eléctricos convencionales. De nuevo, la frontera entre laboratorio y hospital sigue siendo importante.

Tres científicos, tres caminos hacia el mismo hallazgo

El Nobel también reconoce una cadena de descubrimientos que difícilmente habría existido dentro de una única disciplina. Hegemann llegó desde la investigación básica sobre organismos fotosensibles. Nagel aportó los experimentos que demostraron cómo podían funcionar aquellos canales de membrana fuera del alga. Deisseroth, médico y neurocientífico, vio en esas proteínas una herramienta para enfrentarse a una pregunta distinta: cómo comprender los circuitos responsables del comportamiento y de las enfermedades mentales.

Deisseroth había trabajado con pacientes psiquiátricos y se encontró con enfermedades para las que la medicina disponía de herramientas limitadas. Hegemann perseguía algo bastante más elemental: entender cómo un organismo diminuto detectaba la luz. Nagel, por su parte, convirtió esa curiosidad en un mecanismo experimental manejable. La ciencia básica tiene estas ironías. Uno estudia un alga porque quiere saber cómo nada hacia la claridad y, años después, esa pregunta termina iluminando neuronas en laboratorios de medio planeta.

La concesión del Nobel no premia una cura concreta, sino algo quizá más profundo: una herramienta para formular mejores preguntas sobre el cerebro. Y eso explica por qué la optogenética ha tenido semejante influencia.

Una luz pequeña para uno de los grandes misterios

La optogenética no ha descifrado el cerebro. Ni cerca. Siguen abiertas cuestiones fundamentales sobre cómo surge la memoria, cómo se construye la conciencia, por qué determinados circuitos desembocan en enfermedad o cómo miles de millones de células coordinan algo aparentemente tan sencillo como reconocer una cara.

Lo que sí hicieron Deisseroth, Hegemann y Nagel fue entregar a la ciencia un instrumento que permite acercarse a esos problemas de otra manera: intervenir, medir y relacionar causa y efecto con una precisión que hace apenas unas décadas parecía ciencia ficción.

El Nobel de Medicina de 2026 reconoce precisamente ese cambio. Una proteína que ayudaba a un alga microscópica a buscar la luz terminó proporcionando a los investigadores una forma de encender y apagar neuronas. A veces los grandes avances médicos empiezan así, en un rincón aparentemente remoto de la biología, mucho antes de que alguien sepa para qué acabarán sirviendo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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