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Ciencia

El Sol y la Luna pueden activar fallas críticas antes de un terremoto

Un nuevo estudio explica cómo las mareas terrestres del Sol y la Luna pueden modificar fallas críticas sin convertirlas en una alarma sísmica.

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El Sol y la Luna

Resumen

  • Las mareas del Sol y la Luna pueden alterar fallas ya muy tensas
  • El efecto es pequeño y no sustituye a la tectónica de placas
  • No permite predecir terremotos, pero ayuda a estudiar las fallas

La tectónica de placas sigue siendo el motor de los terremotos, pero no siempre actúa sola en el instante decisivo. Una nueva investigación ha logrado explicar cómo las diminutas deformaciones que provocan la gravedad del Sol y de la Luna pueden empujar determinadas fallas que ya se encuentran cerca de su límite y favorecer que comiencen a deslizarse.

El efecto es pequeño, muchísimo menor que las fuerzas acumuladas durante años o siglos por el movimiento de las placas. Ahí está precisamente lo llamativo. Los investigadores han comprobado mediante modelos físicos que una perturbación periódica de apenas unos kilopascales puede tener consecuencias apreciables cuando coincide con el ritmo natural de una falla especialmente sensible. No crea el terremoto de la nada: puede adelantar el momento en que una estructura geológica cargada termina moviéndose.

La Tierra también tiene mareas, aunque no las veamos

Cuando hablamos de mareas pensamos en una playa, en el agua retirándose decenas de metros o en un puerto donde las embarcaciones amanecen más arriba que unas horas antes. Pero la atracción gravitatoria del Sol y, sobre todo, de la Luna también deforma ligeramente la Tierra sólida.

La corteza sube y baja unos centímetros a medida que cambia la geometría entre ambos astros y nuestro planeta. Es una respiración geológica minúscula, imperceptible para una persona que camine por la calle, pero perfectamente medible con instrumentos de precisión.

Estas llamadas mareas terrestres modifican de manera periódica la presión y el esfuerzo que soportan las rocas. Y una falla cercana a su punto crítico puede comportarse de manera muy distinta a otra estable. Es la diferencia entre empujar una puerta cerrada con llave y tocar otra que ya estaba entreabierta.

El nuevo estudio, publicado el 20 de septiembre de 2026 en Journal of Geophysical Research: Solid Earth, ha utilizado modelos numéricos de fricción para determinar bajo qué condiciones esas pequeñas oscilaciones pueden convertirse en el último empujón. El trabajo está firmado por investigadores vinculados, entre otras instituciones, a la École Normale Supérieure de París, el CNRS, el BRGM francés y la Universidad de Tokio.

Un efecto parecido a empujar un columpio en el momento justo

El mecanismo que emerge de las simulaciones tiene mucho de física cotidiana. No hace falta una fuerza enorme si esta se aplica con el ritmo adecuado.

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Pensemos en un columpio. Un empujón aislado y suave apenas consigue moverlo. Repetido en el momento preciso, una y otra vez, puede hacer que alcance una oscilación considerable. Los científicos describen algo parecido a una amplificación por resonancia en determinadas fallas.

Las fuerzas gravitatorias del Sol y la Luna someten a la corteza a ciclos regulares de tensión. Si la duración de esas perturbaciones se aproxima a la escala temporal característica con la que responde una falla, su velocidad de deslizamiento puede aumentar de forma notable.

Eso ayuda a explicar una paradoja que llevaba tiempo rondando la sismología: cómo unas fuerzas aparentemente ridículas frente a las enormes tensiones tectónicas pueden dejar una señal detectable en ciertos tipos de actividad sísmica.

La comparación de magnitudes lo deja bastante claro. Las tensiones de marea implicadas suelen situarse en el orden de unos pocos kilopascales. Los propios investigadores las comparan con una presión suave ejercida con la mano. Sin embargo, una falla situada justo junto a su umbral de inestabilidad no necesita necesariamente un martillazo. A veces basta ese dedo.

Los terremotos lentos ofrecen una ventana excepcional

El trabajo se centra especialmente en los llamados terremotos lentos, episodios en los que dos bloques de una falla se desplazan sin liberar la energía de manera tan brusca como ocurre durante un terremoto convencional.

En un gran seísmo, kilómetros de roca pueden romperse y desplazarse en segundos, produciendo ondas sísmicas capaces de sacudir edificios a centenares de kilómetros. En los deslizamientos lentos, parte de esa deformación se desarrolla durante periodos mucho mayores y genera mucha menos vibración perceptible.

No son fenómenos marginales. Se observan en numerosas zonas de subducción y constituyen una pieza importante para comprender cómo se acumula y libera tensión alrededor de las grandes fallas.

Las simulaciones muestran que la respuesta depende principalmente de dos elementos: la intensidad de la perturbación y su duración en relación con el comportamiento natural de la falla. Al aumentar la amplitud de la perturbación, el modelo llega incluso a reproducir una transición desde movimientos lentos hacia eventos más rápidos. Es un resultado teórico, no la demostración de que las mareas puedan convertir por sí solas un deslizamiento lento en un gran terremoto destructivo, una diferencia bastante menos vistosa que algunos titulares pero bastante más importante.

La relación entre las mareas y los terremotos no es nueva

La posibilidad de que el Sol y la Luna influyan sobre la actividad sísmica se discute desde hace más de un siglo. Durante mucho tiempo los resultados fueron contradictorios. En catálogos mundiales con miles de terremotos, la señal provocada por las mareas suele quedar enterrada bajo una cantidad enorme de ruido estadístico.

Eso sigue siendo cierto. No todos los terremotos responden a las mareas y en muchas regiones no aparece ninguna relación significativa.

En determinados ambientes geológicos, sin embargo, la historia cambia. Los efectos se han encontrado con mayor claridad en zonas oceánicas, regiones volcánicas, sistemas hidrotermales, fallas con abundantes fluidos y algunos límites de placas.

Un ejemplo particularmente conocido se encuentra en Axial Volcano, sobre la dorsal de Juan de Fuca, bajo el océano Pacífico. Una investigación publicada en 2019 logró explicar por qué allí la actividad sísmica variaba intensamente con las mareas. La cámara magmática situada bajo el volcán se deformaba con los cambios de presión asociados al océano y modificaba, a su vez, el esfuerzo aplicado sobre las fallas circundantes.

Investigaciones posteriores han seguido encontrando esta sensibilidad. En la falla de San Andrés, por ejemplo, los terremotos de baja frecuencia registrados cerca de Parkfield muestran respuestas diferentes a los ciclos diarios y semidiarios de las mareas, algo que permite estudiar indirectamente la fricción y la presión efectiva existente kilómetros bajo nuestros pies. Un trabajo publicado en 2026 sobre la zona de subducción de Andamán-Sumatra encontró igualmente correlaciones entre determinadas fuerzas periódicas de marea y la actividad sísmica en ambientes ricos en fluidos.

Ni la luna llena es una alarma ni los eclipses predicen terremotos

Aquí conviene separar geofísica de astrología, que nunca viene mal.

Durante la luna nueva y la luna llena, el Sol, la Tierra y la Luna adoptan configuraciones que producen mareas más intensas. Eso puede modificar ligeramente el esfuerzo aplicado a ciertas fallas, especialmente en determinadas zonas de subducción y terremotos superficiales.

Pero ese efecto no convierte cada plenilunio en una cuenta atrás sísmica.

Las investigaciones han encontrado correlaciones en algunos tipos concretos de terremotos, mientras que numerosos estudios realizados sobre grandes catálogos no detectan una relación significativa. Incluso allí donde la probabilidad relativa aumenta, la probabilidad absoluta sigue siendo extremadamente pequeña.

Por esa razón las mareas no permiten anunciar que un terremoto ocurrirá el martes a las cuatro de la madrugada, ni nada remotamente parecido. Los ciclos gravitatorios se repiten continuamente y prácticamente siempre transcurren sin que suceda un gran seísmo.

Un eclipse tampoco posee ningún poder sísmico especial. Desde el punto de vista de las mareas gravitatorias es simplemente una determinada alineación del Sol, la Tierra y la Luna. Y las llamaradas solares o las tormentas geomagnéticas son otra historia completamente diferente: no existe evidencia de una relación causal entre la llamada meteorología espacial y los terremotos.

La tectónica sigue cargando el arma

La mejor forma de entender el nuevo hallazgo consiste en separar causa y desencadenante.

Las placas tectónicas se desplazan unos centímetros al año. Sus bordes se bloquean, se deforman y almacenan lentamente energía elástica. Ese proceso puede prolongarse décadas, siglos o incluso más. Cuando la resistencia de una falla deja de soportar la tensión acumulada, se produce el deslizamiento.

El Sol y la Luna no proporcionan esa gigantesca reserva de energía. Lo que hacen sus mareas es añadir y retirar diminutas cantidades de esfuerzo de forma periódica.

Una falla estable apenas lo nota. Una falla extremadamente próxima al deslizamiento puede responder.

Es parecido a un vaso situado en el centro de una mesa y otro que lleva horas peligrosamente colocado sobre el borde. Una vibración minúscula no afectará al primero. Al segundo puede hacerlo caer. La vibración no colocó allí el vaso ni creó la gravedad que lo derriba, aunque termine decidiendo el instante.

Ese matiz cambia bastante la lectura del fenómeno. Los terremotos siguen siendo esencialmente tectónicos; las fuerzas externas pueden modular el momento de algunas rupturas cuando el sistema ya está preparado para fallar.

Una pista para mirar dentro de las fallas

Probablemente la consecuencia más interesante de esta investigación no sea descubrir una nueva manera de predecir terremotos —no la ofrece—, sino utilizar las mareas como una especie de experimento natural que se repite todos los días.

La gravedad proporciona una perturbación periódica cuya intensidad y ritmo pueden calcularse con enorme precisión. Si una determinada zona sísmica responde a ella, esa reacción ofrece información sobre algo mucho más difícil de observar directamente: el estado de fricción de la falla, su presión, la presencia de fluidos o la proximidad a determinadas condiciones de inestabilidad.

Los investigadores plantean precisamente que comparar las respuestas sísmicas observadas con las previstas por sus modelos podría ayudar a acotar las propiedades físicas de las interfaces donde se produce el deslizamiento.

No es una bola de cristal. Es más parecido a auscultar una pared golpeándola suavemente y escuchar cómo responde el interior.

La Tierra se mueve también al ritmo de sus mareas

Y ahí reside el avance. Durante décadas se sabía que algunas fallas parecían moverse al compás de las mareas, pero faltaba entender por qué una fuerza tan modesta podía tener semejante efecto. Los nuevos modelos ofrecen una respuesta plausible: no importa únicamente cuánto se empuja, sino cuándo y con qué ritmo.

La Tierra, vista desde fuera, parece una esfera sólida girando tranquilamente en el espacio. Por dentro es otra cosa. Placas que avanzan, fallas bloqueadas, fluidos que circulan, roca sometida a tensiones gigantescas. Y sobre todo ese engranaje actúan, discretamente, las mareas del Sol y de la Luna. Un movimiento de centímetros capaz, bajo condiciones muy concretas, de dar el último toque a una falla que llevaba mucho tiempo esperando.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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