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Ciencia

Christina Koch propone usar la cara oculta de la Luna para buscar vida

Christina Koch defiende usar la cara oculta de la Luna como observatorio para buscar señales de vida y estudiar el universo con menos interferencias.

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Christina Koch

Imagen: Robert Markowitz / NASA / Dominio público.

Resumen

  • Koch propone usar la cara oculta de la Luna para buscar señales de vida
  • La Luna puede aislar observatorios del ruido radioeléctrico de la Tierra
  • Artemis II dio a Koch una nueva perspectiva científica sobre el satélite

La astronauta estadounidense Christina Koch ha defendido el uso de la Luna como plataforma científica para investigar una de las grandes cuestiones que acompañan a la humanidad desde mucho antes de que existieran los cohetes: averiguar si existe vida en otros lugares del universo. La integrante de Artemis II considera que nuestro satélite puede ofrecer condiciones especialmente valiosas para observar el cosmos y captar señales que desde la Tierra resultan mucho más difíciles de distinguir.

Koch puso el foco, durante una comparecencia este martes 20 de octubre en Oviedo, en la cara oculta de la Luna. Allí podrían instalarse radiotelescopios protegidos de buena parte de las interferencias generadas por nuestro propio planeta. No es simplemente una imagen bonita de ciencia ficción. La idea aprovecha una característica física muy concreta: la propia masa lunar actúa como una enorme pantalla frente al ruido radioeléctrico terrestre.

La astronauta se encuentra en Asturias antes de recibir el viernes 23 de octubre el Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2026, concedido tras una trayectoria que combina exploración espacial, ingeniería y trabajo colectivo. Su experiencia más reciente pesa mucho en esa mirada: en abril viajó alrededor de la Luna a bordo de Orion con la misión Artemis II.

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La cara oculta, un observatorio natural casi en silencio

Desde la Tierra, estudiar determinadas ondas de radio del universo es complicado. Nuestro planeta está envuelto en emisiones producidas por comunicaciones, satélites, radares y multitud de dispositivos. A eso se suma la ionosfera terrestre, capaz de bloquear o alterar algunas de las frecuencias más bajas que interesan a los astrónomos. El cielo, visto por radio, no siempre está tan despejado como parece cuando levantamos la cabeza por la noche.

En la cara de la Luna que permanece orientada en dirección contraria a la Tierra ocurre algo extraordinario: el propio satélite bloquea gran parte de ese ruido. El resultado es una especie de refugio radioeléctrico, un lugar excepcionalmente tranquilo desde el que estudiar fenómenos cósmicos difíciles de observar desde nuestro planeta.

Por qué allí se podría escuchar mejor el universo

NASA lleva años estudiando conceptos para aprovechar esa ventaja. Entre ellos figura la posibilidad de desplegar grandes antenas o incluso construir un radiotelescopio dentro de un cráter lunar. Uno de los diseños analizados contempla utilizar una malla metálica extendida sobre un cráter para observar longitudes de onda prácticamente inaccesibles para los instrumentos instalados en la Tierra.

Ese tipo de observatorio serviría para estudiar las primeras etapas del universo, la evolución del cosmos y determinadas señales procedentes del espacio profundo. Koch lleva el razonamiento un poco más allá y plantea que ese entorno también podría aprovecharse en la búsqueda de indicios de vida a enormes distancias.

Conviene poner los pies en el regolito lunar: captar una señal de radio extraña no equivaldría automáticamente a encontrar extraterrestres. Habría que descartar fenómenos naturales, interferencias y otras explicaciones. Pero disponer de un lugar con muchísimo menos ruido permitiría escuchar una parte del espectro con una nitidez difícil de conseguir desde la Tierra.

Artemis II cambió la perspectiva de Christina Koch

La reflexión de Koch llega apenas seis meses después de protagonizar una de las misiones espaciales más relevantes del último medio siglo. Artemis II despegó el 1 de abril de 2026 con Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y el astronauta canadiense Jeremy Hansen a bordo de la nave Orion.

La misión no alunizó. Su objetivo era probar con tripulación los sistemas necesarios para los siguientes pasos del programa Artemis. Orion abandonó la órbita terrestre, viajó hasta la Luna, pasó por su cara oculta y emprendió el regreso antes de amerizar en el Pacífico el 10 de abril. Fue la primera vez desde Apollo 17, en 1972, que seres humanos volvieron a viajar hasta las inmediaciones lunares.

Para Koch, aquella travesía tuvo también una dimensión menos técnica. Desde Orion contempló la Tierra reducida a un punto minúsculo, una experiencia que ha relacionado con la necesidad de entender el planeta como un espacio compartido. Desde cientos de miles de kilómetros, nuestras fronteras, discusiones y mapas administrativos desaparecen de la vista con bastante eficacia.

La astronauta ha recordado que durante el viaje pudo observar nuestro planeta como algo más pequeño que su dedo pulgar. Esa imagen, explicaba en Oviedo, reforzó una idea que ha repetido desde Artemis II: los seres humanos forman una misma tripulación y dependen de un hogar extraordinariamente pequeño frente a la escala del universo.

De ahí también su distancia respecto a la idea de abandonar la Tierra para empezar de nuevo en otro planeta. Koch no se siente especialmente atraída por la posibilidad de terraformar Marte, es decir, modificar deliberadamente sus condiciones para intentar hacerlo habitable. Cambiar un planeta entero sería una empresa gigantesca; cuidar el que ya permite respirar sin traje espacial parece, de momento, bastante más razonable.

Buscar vida sin convertir la ciencia en ciencia ficción

La propuesta de Koch se mueve dentro de un campo científico que lleva décadas intentando responder a una cuestión enorme: si la Tierra es una rareza o simplemente uno de muchos lugares donde puede aparecer la vida. Esa búsqueda abarca desde el estudio de atmósferas de exoplanetas hasta la detección de moléculas relacionadas con procesos biológicos y la escucha de posibles emisiones artificiales.

Un radiotelescopio lunar tendría una ventaja distinta. Desde una zona protegida del ruido terrestre podría explorar frecuencias que aquí permanecen ocultas o contaminadas. Eso permitiría ampliar la ventana con la que observamos el universo. En astronomía, muchas revoluciones han empezado justo así: no encontrando algo de inmediato, sino aprendiendo primero a mirar donde antes éramos casi ciegos.

Koch ha resumido esa ambición con una idea sencilla: saber si estamos solos sería uno de los descubrimientos más importantes posibles, y la Luna puede formar parte de la respuesta. No significa que exista una misión aprobada para encontrar vida extraterrestre desde un cráter lunar. Significa que el satélite ofrece unas condiciones científicas difíciles de reproducir en cualquier otro lugar cercano.

Una astronauta con 338 días acumulados en el espacio

Christina Koch llegó a Artemis II con una carrera poco corriente incluso dentro del cuerpo de astronautas. En su primera misión permaneció 328 días consecutivos en el espacio, estableciendo el récord del vuelo espacial individual más largo realizado por una mujer. Durante aquella estancia en la Estación Espacial Internacional participó en cientos de experimentos y realizó seis caminatas espaciales.

En octubre de 2019 protagonizó junto a Jessica Meir la primera caminata espacial realizada íntegramente por mujeres. Tras sumar el vuelo de Artemis II, su tiempo acumulado fuera de la Tierra alcanza los 338 días. Su perfil mezcla, además, la experiencia operativa con una formación en ingeniería eléctrica y física.

Su carrera afronta también un cambio inmediato. A partir del 1 de noviembre de 2026 asumirá el cargo de subdirectora de ingeniería en funciones de NASA, desde el que participará en la supervisión técnica y en la preparación de las misiones de la agencia. Cambia la cabina por una responsabilidad distinta, aunque no precisamente menor.

La Luna como laboratorio, no como escapatoria

Las declaraciones de Koch dibujan una visión de la exploración espacial bastante alejada de la vieja fantasía de conquistar mundos para escapar de este. Para ella, viajar lejos sirve también para comprender mejor la fragilidad de la Tierra, estudiar nuestros orígenes y construir instrumentos capaces de observar el universo desde lugares imposibles para la astronomía terrestre.

La Luna encaja especialmente bien en ese planteamiento. Está lo suficientemente cerca como para convertirse en un laboratorio accesible y, al mismo tiempo, ofrece condiciones que nuestro planeta no puede proporcionar: vacío, ausencia de atmósfera y regiones protegidas del ruido electromagnético terrestre. Es un territorio hostil para vivir, sí, pero extraordinariamente interesante para observar.

Un oído en la cara oculta de la Luna

La próxima gran utilidad científica de la Luna quizá no consista únicamente en caminar sobre ella o extraer muestras. Podría estar en aprender a utilizarla como una enorme plataforma de observación, con instrumentos capaces de escuchar el cosmos desde uno de los lugares radioeléctricamente más tranquilos del sistema solar cercano.

Christina Koch lo plantea después de haber contemplado personalmente la Tierra desde el otro lado de la Luna. Allí, lejos del zumbido tecnológico de nuestro planeta, un futuro radiotelescopio lunar podría abrir una ventana distinta al universo. Encontrar vida sería el premio mayor. Pero incluso el silencio, bien escuchado, también puede contar muchas cosas.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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