Historia
251 años de la Marina de EE.UU.: grandes batallas, victorias y sombras
Dos siglos y medio de poder naval: de Midway y Leyte a Vietnam, Cuba, Iran Air 655, Tailhook y los escándalos que marcaron a la US Navy moderna.
Por Michel Felice Corne (1752-1845), Dominio público, Wikimedia Commons
Resumen
- La Marina de EE.UU. cumple 251 años desde su fundación en 1775
- Midway, Leyte y Cuba explican su ascenso hasta convertirse en potencia naval
- Su historia también arrastra Tonkín, Iran Air 655, Tailhook y corrupción
La Marina de Estados Unidos cumple este 13 de octubre de 2026 exactamente 251 años. Su origen oficial se remonta a 1775, cuando el Congreso Continental autorizó en Filadelfia la adquisición y armamento de dos barcos para interceptar los suministros británicos durante la Guerra de Independencia. Era una fuerza diminuta frente a la Royal Navy, entonces la gran potencia marítima del planeta. Dos siglos y medio después, aquella apuesta casi temeraria desemboca en una flota capaz de proyectar poder militar prácticamente en cualquier océano.
La celebración de 2026 lleva por lema oficial “Unwavering Vigilance, Unmatched Lethality”, algo así como vigilancia inquebrantable y capacidad letal sin rival. Es una frase muy Pentagon, desde luego, pero resume bien la transformación: de unos mercantes adaptados con cañones a portaaviones nucleares, submarinos estratégicos, destructores de misiles, aviación embarcada y armas capaces de alcanzar objetivos situados cientos de kilómetros tierra adentro. La Marina estadounidense ha sido protagonista de guerras que alteraron el mapa mundial, desde 1812 hasta Irak, y de episodios que cambiaron la propia naturaleza de la guerra naval. También arrastra páginas mucho menos luminosas.
De dos barcos armados a una institución permanente
El nacimiento fue bastante menos majestuoso de lo que sugieren los actuales portaaviones de más de 100.000 toneladas. El 13 de octubre de 1775, el Congreso Continental decidió preparar dos barcos armados destinados a capturar transportes británicos cargados de munición y suministros. La idea parecía desproporcionada: enfrentarse en el mar a Gran Bretaña significaba medirse con una Royal Navy de más de 250 buques de guerra. Aun así, la fuerza naval de las colonias creció durante la revolución y sus cruceros consiguieron perturbar las rutas comerciales británicas.
Después llegó una curiosa desaparición. Terminada la Guerra de Independencia, la joven república carecía de dinero y de una administración federal suficientemente robusta para mantener una flota permanente. Los barcos se vendieron, los marineros regresaron a tierra y Estados Unidos comprobó enseguida que un país comercial con puertos abiertos al Atlántico podía ahorrarse una Marina durante un tiempo, pero no necesariamente ahorrarse los problemas.
Los ataques contra mercantes estadounidenses y la inseguridad marítima empujaron al Congreso a reconstruir una fuerza naval. La Naval Act de 1794 dio paso a las famosas seis fragatas originales; entre ellas estaba el USS Constitution, botado en 1797 y todavía conservado. En 1798 nació formalmente el Departamento de la Marina. La improvisación revolucionaria empezaba a convertirse en institución permanente.
«Old Ironsides» y el aprendizaje contra Gran Bretaña
La Guerra de 1812 proporcionó a la Marina estadounidense algunos de sus primeros mitos. El USS Constitution derrotó a la fragata británica HMS Guerriere en agosto de 1812. El combate duró unos 35 minutos desde la apertura del fuego estadounidense hasta la rendición británica y dejó un apodo destinado a sobrevivir durante generaciones: “Old Ironsides”, por la impresión de que los proyectiles enemigos rebotaban en su robusto casco.
Hubo más victorias, como la batalla del lago Erie en 1813, aunque conviene no convertir aquella guerra en una colección de estampas heroicas. Gran Bretaña mantuvo un duro bloqueo sobre buena parte de la costa estadounidense y llegó a incendiar Washington. La Marina era hábil, agresiva y cada vez más profesional, pero todavía no podía disputar el dominio general de los mares a Londres.
Ese aprendizaje fue importante. Durante el siglo XIX crecieron los astilleros, mejoraron la artillería y la propulsión y aparecieron barcos cada vez más complejos. En la Guerra Civil, el bloqueo naval de la Confederación adquirió una enorme importancia estratégica y el enfrentamiento entre los acorazados Monitor y Virginia anticipó algo que pronto sería evidente: la madera estaba dejando paso al hierro y al acero, y con ella desaparecía una forma de combatir que llevaba siglos gobernando los océanos.
De Manila a Pearl Harbor: la Marina se convierte en potencia mundial
El salto definitivo hacia una Marina global llegó a finales del siglo XIX. La explosión del acorazado USS Maine en el puerto de La Habana, el 15 de febrero de 1898, causó la muerte de 266 marineros estadounidenses y aceleró una crisis política que desembocó en la guerra contra España. Poco después, el comodoro George Dewey entró en la bahía de Manila y destruyó la escuadra española del Pacífico. Fue una victoria extraordinariamente desigual: la fuerza estadounidense salió prácticamente intacta.
Militarmente fue un triunfo espectacular. Políticamente abrió una puerta bastante más incómoda. Estados Unidos tomó posiciones en el Caribe y el Pacífico y, tras la derrota española, pasó a controlar Filipinas, Puerto Rico y Guam. En Filipinas, la sustitución del poder colonial español por el estadounidense desembocó en una guerra contra los independentistas filipinos. La Marina participó en el transporte y apoyo de las fuerzas norteamericanas. El nacimiento del poder naval global estadounidense quedó así ligado también a una expansión imperial, una parte inseparable de la historia aunque resulte bastante menos cómoda en los aniversarios.
La Primera Guerra Mundial añadió otro ingrediente: la logística oceánica. Tras la entrada de Estados Unidos en el conflicto en 1917, decenas de destructores estadounidenses operaron en aguas europeas contra los submarinos alemanes y se integraron en el sistema de convoyes que protegía el tráfico aliado. El poder naval ya no consistía simplemente en hundir al buque de enfrente. Consistía en conseguir que soldados, carbón, alimentos, munición y mercancías siguieran cruzando el Atlántico.
Y entonces llegó Pearl Harbor.
El 7 de diciembre de 1941, Japón atacó la principal base de la Flota del Pacífico en Hawái. Los acorazados estadounidenses fueron castigados con extrema dureza, aunque ninguno de los portaaviones de Estados Unidos se encontraba allí. Aquella ausencia, fruto en gran medida de las circunstancias, resultaría decisiva. El arma que iba a dominar el Pacífico ya no era el gran acorazado enfrentándose a otro a cañonazos; era el avión que despegaba desde una cubierta situada a cientos de kilómetros.
Midway y Leyte: cuando el Pacífico cambió de dueño
Seis meses después, entre el 4 y el 7 de junio de 1942, Midway cambió el ritmo de la guerra. La inteligencia estadounidense consiguió anticipar la operación japonesa y preparó una emboscada naval. Los aviones estadounidenses hundieron cuatro portaaviones japoneses que habían participado en el ataque a Pearl Harbor, mientras Estados Unidos perdió el Yorktown. Japón conservaba todavía una formidable capacidad de combate, pero su expansión había recibido un golpe que ya no conseguiría revertir.
Midway tiene algo casi cinematográfico, con bombarderos en picado llegando en el instante en que la cubierta de los portaaviones japoneses estaba atestada de aviones, combustible y municiones. Pero detrás de esa imagen hubo criptógrafos, reconocimiento aéreo, errores de mando, combustible agotándose y pilotos que atacaron sabiendo que probablemente no regresarían. La guerra naval moderna había dejado de ser únicamente una cuestión de blindaje y calibre; información, aviación y tiempo podían valer más que una coraza.
En octubre de 1944 llegó Leyte. Casi 200.000 hombres y 282 barcos participaron en una sucesión de combates extendidos sobre una inmensa zona del Pacífico filipino. Fue una de las mayores batallas navales jamás libradas y prácticamente destruyó la capacidad de Japón para emplear su flota de superficie como una fuerza estratégica coherente. En Samar, pequeños destructores, escoltas y portaaviones ligeros estadounidenses se enfrentaron a una fuerza japonesa mucho más poderosa. Hubo decisiones brillantes, otras discutibles y actos de una valentía difícil de exagerar sin caer en la literatura.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, el resultado era evidente. La Royal Navy seguía siendo una institución formidable, pero el centro de gravedad marítimo occidental había cruzado definitivamente el Atlántico. Estados Unidos era la gran potencia naval mundial.
Guerra Fría: submarinos nucleares, Cuba y Vietnam
Después de 1945, el océano adquirió una segunda dimensión. La superficie seguía ocupada por portaaviones, cruceros y destructores, pero debajo avanzaban submarinos capaces de permanecer ocultos durante meses y transportar misiles nucleares. La Marina se convirtió así no solo en una herramienta para ganar guerras, sino en una pieza del mecanismo destinado precisamente a impedir una guerra total.
La crisis de los misiles de Cuba de octubre de 1962 enseñó hasta qué punto una flota podía ejercer presión sin disparar necesariamente el primer tiro. Estados Unidos estableció una “cuarentena” naval alrededor de Cuba para interceptar barcos que transportasen material ofensivo soviético mientras Washington y Moscú negociaban al borde de una confrontación nuclear. Destructores, cruceros y aviación naval siguieron a mercantes y submarinos soviéticos durante semanas. La combinación de presión militar y diplomacia acabó permitiendo una salida al choque.
Vietnam mostraría la otra cara. Portaaviones estadounidenses lanzaron miles de misiones de combate, los barcos bombardearon posiciones costeras y la Séptima Flota mantuvo una presencia constante. Pero una de las imágenes históricas que quedaron asociadas al conflicto no fue una gran batalla naval, sino un episodio confuso entre radares, torpedos supuestamente detectados y decisiones políticas tomadas a miles de kilómetros.
Tonkín, cuando la niebla de guerra llegó a Washington
El 2 de agosto de 1964, el destructor USS Maddox se enfrentó a lanchas norvietnamitas en el golfo de Tonkín. Dos días después se informó de otro ataque contra el Maddox y el USS Turner Joy. La supuesta segunda acción fue utilizada en el contexto político que condujo a la Resolución del Golfo de Tonkín, con la que el presidente Lyndon B. Johnson obtuvo un enorme margen para intensificar la intervención estadounidense en Vietnam.
Décadas de documentos desclasificados han dejado ese segundo episodio bajo una sombra enorme. Los archivos revelaron contradicciones entre señales, radares, testimonios y análisis de inteligencia; investigaciones posteriores sostuvieron que la evidencia utilizada para respaldar el segundo ataque había sido seriamente malinterpretada. No es un detalle menor: Tonkín acabó convertido en un ejemplo clásico de cómo la incertidumbre táctica puede adquirir consecuencias políticas gigantescas.
Del golfo Pérsico a la guerra de precisión
En las décadas siguientes la Marina perfeccionó otra forma de proyectar fuerza: atacar desde el mar sin acercarse demasiado a la costa. Los portaaviones podían colocar decenas de aeronaves sobre una zona de combate y los submarinos y barcos de superficie empezaron a disparar misiles de crucero a larga distancia.
La Guerra del Golfo de 1991 convirtió el Tomahawk en símbolo de esa nueva etapa. El 17 de enero, barcos estadounidenses en el mar Rojo y el golfo Pérsico lanzaron los primeros ataques contra objetivos iraquíes mientras seis portaaviones participaban en la campaña aérea. La flota ya no necesitaba buscar a otra flota enemiga en mitad del océano para ser decisiva: podía influir directamente en una guerra terrestre desde centenares de kilómetros de distancia.
Esa capacidad siguió apareciendo en Irak, Afganistán y distintas operaciones posteriores. El portaaviones se convirtió casi en una base aérea móvil con código postal propio; el submarino nuclear, en una plataforma invisible de inteligencia y ataque; el destructor Aegis, en una mezcla de escolta, radar avanzado y lanzador de misiles. La tecnología naval estadounidense había cambiado de escala.
Pero la tecnología no abolió el error humano.
El 3 de julio de 1988, en plena tensión en el golfo Pérsico, el crucero USS Vincennes derribó el vuelo comercial Iran Air 655 después de identificarlo erróneamente como una amenaza militar. Murieron las 290 personas que viajaban en el Airbus. La investigación estadounidense describió el suceso como un accidente trágico ocurrido en un entorno de combate; para Irán se convirtió en una herida nacional y en uno de los episodios más controvertidos de la presencia naval estadounidense en Oriente Próximo.
Las sombras que también forman parte del uniforme
La historia de la Marina tampoco puede contarse solo desde los puentes de mando. Durante buena parte del siglo XX reflejó la segregación racial existente en la sociedad estadounidense. Port Chicago lo mostró con brutalidad.
El 17 de julio de 1944, una gigantesca explosión destruyó instalaciones de carga de munición en California. Los marineros afroamericanos realizaban buena parte de aquel peligroso trabajo bajo mandos blancos y con una formación deficiente. Tras la tragedia, cientos de supervivientes se negaron a volver a cargar explosivos en condiciones que consideraban inseguras. Cincuenta fueron finalmente procesados por motín. El episodio de Port Chicago, y el escándalo que provocó, terminó formando parte del proceso que empujó hacia la integración racial de las Fuerzas Armadas estadounidenses.
Décadas después apareció otra fractura institucional. En la convención Tailhook de 1991, mujeres oficiales denunciaron agresiones y acoso sexual protagonizados por miembros de la aviación naval durante reuniones y fiestas en un hotel de Las Vegas. El escándalo sacudió la cúpula de la Marina, provocó la dimisión del secretario de la institución y dejó al descubierto una cultura que había avanzado tecnológicamente mucho más deprisa que en determinadas cuestiones sociales.
Y mucho más recientemente llegó “Fat Leonard”. El contratista Leonard Glenn Francis construyó durante años una red de sobornos alrededor de personal de la Séptima Flota: dinero, viajes, hoteles, comidas de lujo, prostitutas y regalos a cambio de información sensible y decisiones favorables para sus empresas. Francis acabó condenado en 2024 a 15 años de prisión y a pagar 20 millones de dólares de restitución a la Marina, además del decomiso de 35 millones. El caso alcanzó a decenas de personas y se convirtió en uno de los mayores escándalos de corrupción de la historia naval estadounidense.
No invalida Midway. Ni Samar. Ni el sacrificio de generaciones de marineros. Pero una institución de 251 años tiene demasiados archivos como para escoger únicamente los que brillan bajo el barniz.
El mar sigue siendo el mismo, la guerra ya no
En 2026 la Marina estadounidense vuelve a mirar con especial intensidad hacia el Pacífico. La planificación naval de Washington sitúa a China y el Indo-Pacífico en el centro de buena parte de sus prioridades, al tiempo que acelera el desarrollo de sistemas autónomos, armas de largo alcance, redes de sensores y una flota capaz de operar de forma más dispersa. El viejo problema sigue ahí —controlar el mar y proteger las comunicaciones—, pero submarinos silenciosos, satélites, drones y misiles han cambiado por completo la partida.
Hay una simetría curiosa. En 1775, un grupo de dirigentes reunidos en Filadelfia se preguntaba si tenía sentido construir una Marina para desafiar a la potencia naval dominante de su tiempo. Doscientos cincuenta y un años después, Estados Unidos ocupa precisamente esa posición dominante y observa cómo otra gran potencia marítima crece al otro lado del Pacífico.
Entre ambos momentos caben el USS Constitution, Manila, los convoyes del Atlántico, Pearl Harbor, Midway, Leyte, los submarinos nucleares, Cuba, Vietnam, el golfo Pérsico y varias generaciones de portaaviones. También caben Port Chicago, Tonkín, Iran Air 655, Tailhook y Fat Leonard.
Esa es, probablemente, la forma más fiel de mirar los 251 años de la Marina de Estados Unidos: ni como una sucesión de estampas heroicas ni como un catálogo de culpas, sino como la historia de una institución que ayudó a convertir a una antigua colonia atlántica en una potencia mundial. Una fuerza nacida con dos pequeños barcos frente al imperio marítimo más poderoso de su época y que, dos siglos y medio más tarde, se encuentra en el otro lado del espejo.
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