Historia
Los apellidos de la esclavitud en Estados Unidos, España y Europa
Los apellidos de millones de afroamericanos guardan rastros de la esclavitud. En España, Francia y otros países también quedan nombres documentados.
Resumen
- La esclavitud dejó huella en los apellidos de Estados Unidos y Europa
- En España se documentan De la Cruz, Rodríguez y otros apellidos
- Los registros históricos y las cifras actuales muestran un legado persistente
Freeman, Freedman, Brown, Washington, Jefferson, Johnson, Jackson, Williams, Jones, Davis, Smith, Taylor, Robinson o Carter. Son algunos de los apellidos que aparecen en la historia de la esclavitud en Estados Unidos y que siguen formando parte de la identidad de millones de afroamericanos. Unos fueron heredados de familias propietarias de esclavos, otros existían entre las propias personas esclavizadas y muchos se escogieron libremente después de la emancipación. Ninguno permite demostrar, por sí solo, que quien lo lleva descienda de esclavos.
Esta historia no se limita a Estados Unidos. España también conserva apellidos documentados entre personas esclavizadas, como De la Cruz, Rodríguez, Pérez, Jiménez, Losada, Arenas o Ramos. En los antiguos territorios coloniales franceses aparecen nombres como Bellerose, Palmier, Rosier, Boston o Dahomey, mientras que los registros neerlandeses de emancipación recogen otros como Vrij, Berg, Goed y Verhard. Son ejemplos reales de historias familiares muy diferentes, unidos por una circunstancia: la esclavitud dejó huellas en la identidad de generaciones enteras.
Han pasado más de 160 años desde el final de la esclavitud en Estados Unidos y, sin embargo, sus consecuencias continúan presentes en la sociedad. El racismo sigue siendo un problema documentado: el FBI registró 10.881 incidentes por delitos de odio en 2025, aunque la cifra descendió respecto al año anterior. En Europa, la situación tampoco invita a la complacencia. Una encuesta de la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea reveló que el 45% de las personas afrodescendientes consultadas había sufrido discriminación racial en los cinco años anteriores al estudio.
Los apellidos son una parte visible de ese pasado, pero su significado depende de cada familia. Detrás de un nombre aparentemente corriente puede haber una emancipación, un bautismo, una decisión personal o una identidad transmitida durante siglos. Y también puede no existir ninguna relación con la esclavitud. La historia resulta bastante más compleja de lo que sugieren las listas de supuestos apellidos de esclavos que circulan por internet.
Cómo la esclavitud transformó los apellidos de millones de familias
Durante más de dos siglos, millones de africanos y sus descendientes fueron sometidos a esclavitud en las colonias británicas de Norteamérica y, posteriormente, en Estados Unidos. La pérdida de libertad también afectaba a su identidad. Muchas personas esclavizadas aparecían en los documentos oficiales únicamente con su nombre de pila, aunque otras utilizaban apellidos propios dentro de sus familias y comunidades.
La abolición de la esclavitud en 1865, mediante la decimotercera enmienda de la Constitución estadounidense, cambió aquella situación jurídica. Los antiguos esclavos tuvieron que reconstruir sus vidas en una sociedad que, pese a reconocer formalmente su libertad, seguía sometiéndolos a profundas restricciones.
Los apellidos desempeñaron un papel importante en aquel proceso. Algunas familias conservaron los que ya utilizaban, otras adoptaron el de sus antiguos propietarios y muchas eligieron uno nuevo. Los motivos podían ser prácticos, familiares, religiosos o políticos. Un apellido permitía identificar a los hijos, registrar matrimonios, adquirir propiedades o reclamar derechos.
No todos los afroamericanos adoptaron el apellido de sus esclavistas, pese a la extendida creencia popular. Algunos conservaron el de un propietario anterior; otros recuperaron nombres familiares o escogieron los de personajes admirados. Washington, Lincoln o Jefferson podían representar una identificación con la historia estadounidense, no necesariamente una relación directa con aquellas familias.
El censo de 1870, el primero realizado después de la abolición que identificó nominalmente a la población anteriormente esclavizada, constituye uno de los principales documentos para reconstruir esas genealogías. Antes de esa fecha, la investigación resulta bastante más complicada: muchos registros identificaban al propietario, pero no individualmente a las personas sometidas a esclavitud.
Conviene recordar que las familias esclavizadas también creaban y transmitían sus propios nombres. La documentación de los propietarios no siempre reflejaba esas identidades. Que una persona apareciera en un inventario sin apellido no significaba necesariamente que careciera de él en su vida familiar.
Los apellidos de la esclavitud en Estados Unidos y su significado
Freeman es probablemente uno de los ejemplos más expresivos. Su traducción literal del inglés es «hombre libre». El apellido existía en Inglaterra mucho antes de la esclavitud estadounidense y originalmente distinguía a una persona que disfrutaba de una condición jurídica libre.
Entre los afroamericanos, sin embargo, también fue adoptado después de la emancipación como símbolo de una condición recién conquistada. Algo semejante ocurrió con Freedman, que significa «hombre liberado». Elegir uno de estos nombres podía expresar una aspiración fundamental: no volver a ser propiedad de nadie.
Los dos apellidos tienen una relación histórica documentada con la emancipación, aunque no todos sus portadores actuales descienden de antiguos esclavos. Freeman, por ejemplo, también pertenece a familias de origen europeo cuya historia es completamente ajena a la esclavitud estadounidense.
Brown, por su parte, significa «marrón» y tiene raíces medievales inglesas, escocesas e irlandesas. Originalmente podía hacer referencia al color del cabello o a determinados rasgos físicos. No nació como una denominación exclusiva para personas negras ni identifica una procedencia racial concreta.
Su presencia entre los afroamericanos está relacionada con distintos procesos históricos, incluida la transmisión de apellidos durante la esclavitud. Según el censo estadounidense de 2010, Brown era el cuarto apellido más frecuente del país, con aproximadamente 1,44 millones de personas.
El caso de Washington resulta especialmente interesante. Procede originalmente de un topónimo inglés y posteriormente quedó asociado al primer presidente estadounidense, George Washington, que fue propietario de personas esclavizadas.
Los datos del censo de 2010 indican que el 87,53% de quienes llevaban el apellido Washington se identificaban como negros no hispanos. Es una proporción extraordinariamente elevada para un apellido de origen inglés.
Eso no significa que todos sean descendientes de esclavos pertenecientes a George Washington. El apellido pudo transmitirse desde diferentes propietarios, adoptarse por admiración hacia el presidente o llegar a las familias por otras vías.
Uno de los ejemplos históricos mejor documentados es Booker T. Washington, nacido esclavo y convertido posteriormente en uno de los educadores afroamericanos más influyentes de su época. En su autobiografía explicó que, cuando comenzó a asistir a la escuela, eligió Washington al descubrir que sus compañeros tenían apellidos y él solo conocía su nombre de pila, Booker.
Johnson, Jackson, Williams, Jefferson y muchos más
La relación entre los apellidos más frecuentes y la historia afroamericana se extiende mucho más allá de Freeman, Brown y Washington. Entre los nombres habituales figuran Johnson, Jackson, Williams, Jones, Davis, Smith, Miller, Wilson, Taylor, Robinson, Carter, Harris, Walker, Thompson, Moore, Anderson, Lewis, Clark, White, Green, Adams, Baker, Edwards y Jefferson.
Todos son apellidos históricos reales, recogidos en los registros de población estadounidenses. Muchos fueron utilizados por familias afroamericanas durante la esclavitud o después de la emancipación, aunque también pertenecen a millones de estadounidenses de otros orígenes. No forman una lista exclusiva de descendientes de esclavos.
Sus significados originales son variados. Johnson significa «hijo de John»; Jackson deriva de Jack; Williams procede de William; Jones se relaciona con John y Davis con David. Son nombres europeos anteriores a la colonización de América.
Smith designaba tradicionalmente a un herrero; Taylor, a un sastre; Baker, a un panadero, y Walker estaba relacionado con determinadas labores textiles. Otros, como White, Green o Brown, podían proceder de características físicas o de antiguos sobrenombres.
Jefferson significa originalmente «hijo de Jeffrey» y quedó también asociado al presidente Thomas Jefferson, otro propietario de personas esclavizadas. Lincoln, vinculado a Abraham Lincoln, adquirió un significado político especialmente importante por su relación con la emancipación.
Los apellidos Washington y Jefferson presentan una elevada proporción de población afroamericana, pero sus historias individuales tampoco pueden deducirse únicamente de los datos del censo.
Algunos nombres pasaron de generación en generación entre personas esclavizadas. Otros fueron elegidos después de recuperar la libertad. La historia de cada familia es distinta, incluso cuando comparte apellido con miles de personas.
Por eso, identificar a un antepasado esclavizado exige consultar censos, registros parroquiales, documentos de propietarios, archivos de matrimonios y expedientes de la Oficina de Libertos, creada tras la guerra civil estadounidense.
De Morgan Freeman a Muhammad Ali: apellidos de grandes figuras afroamericanas
La cultura popular estadounidense está llena de nombres que recuerdan aquella historia, aunque no siempre sepamos cómo llegaron exactamente a cada familia.
Morgan Freeman es uno de los actores más reconocidos del cine mundial. Su apellido coincide con el que numerosos afroamericanos adoptaron para expresar su libertad. El significado resulta llamativo, pero no basta para reconstruir su genealogía personal.
Algo parecido ocurre con Denzel Washington y Kerry Washington, dos intérpretes de generaciones diferentes que comparten uno de los apellidos estadísticamente más asociados a la población negra estadounidense.
En la música destaca James Brown, figura fundamental del soul y el funk. También encontramos a Chris Brown, a la cantante Mary J. Blige, al productor Quincy Jones, al músico Louis Armstrong y a la intérprete Diana Ross. Sus apellidos forman parte de la historia de las comunidades afroamericanas, aunque cada genealogía requiere una investigación propia.
En el deporte aparecen nombres como Jim Brown, Jaylen Brown, LeBron James, Michael Johnson, Magic Johnson, Jackie Robinson, Serena Williams, Venus Williams o Michael Jordan. Son ejemplos de apellidos heredados y utilizados por distintas generaciones de estadounidenses negros, no pruebas de que sus antepasados compartieran necesariamente una misma experiencia esclavista.
Todos forman parte de una historia cultural afroamericana mucho más amplia. Ahora bien, sería un error atribuir automáticamente a cada uno un mismo origen familiar o una vinculación concreta con antiguos esclavistas.
Hay casos en los que el nombre sí fue objeto de una decisión política deliberada.
El boxeador Muhammad Ali, nacido Cassius Marcellus Clay, abandonó ese nombre en 1964 tras su acercamiento a la Nación del Islam. Consideraba que Clay representaba una identidad heredada de la esclavitud y quiso adoptar otra que expresara su autonomía personal y religiosa.
La historia tiene una paradoja: su nombre de nacimiento recordaba también a Cassius Marcellus Clay, un destacado abolicionista blanco de Kentucky. La intención histórica de aquel homenaje no impidió que el boxeador rechazara el apellido como parte de una herencia impuesta.
El activista Malcolm X hizo algo semejante al sustituir Little por una X. Para él, aquella letra representaba el apellido africano perdido de sus antepasados, imposible de recuperar por la ruptura familiar causada por la esclavitud.
Mucho antes, el escritor y abolicionista Frederick Douglass había cambiado su apellido después de escapar de la esclavitud en 1838. Nacido Bailey, adoptó Douglass por sugerencia de un conocido, inspirado en un personaje literario de Walter Scott.
Cambiar de nombre podía ser una afirmación de libertad, una reivindicación política y una forma de recuperar el control sobre la propia identidad. No era un gesto meramente administrativo: para algunas personas significaba empezar a construir una historia familiar que ya no dependiera de la voluntad de un propietario.
España también tiene apellidos documentados entre personas esclavizadas
La esclavitud no fue un fenómeno exclusivamente americano. Durante los siglos XV, XVI y XVII existieron importantes poblaciones esclavizadas en ciudades españolas como Sevilla, Cádiz, Valencia, Málaga, Granada y otras localidades de Andalucía, Castilla y el litoral mediterráneo.
En aquella época había personas esclavizadas procedentes del África subsahariana, del norte de África y de diferentes territorios mediterráneos. También fueron sometidos a esclavitud numerosos moriscos tras determinados conflictos y rebeliones.
Los documentos conservados muestran una realidad incómoda: España también tuvo esclavos dentro de su territorio peninsular, no únicamente en sus colonias americanas.
Un estudio histórico sobre Béjar, en Salamanca, durante la Edad Moderna identificó varios casos de personas esclavizadas con el apellido De la Cruz y otros dos con Rodríguez. También aparecen Losada, Arenas y Ramos en la documentación examinada.
Las investigaciones sobre la esclavitud en distintas localidades murcianas ofrecen otros ejemplos. Entre ellos figuran Francisco Pérez, una persona esclavizada procesada por la Inquisición en 1616, y Luisa Jiménez, documentada como esclava en 1609.
En Alguazas se conserva noticia del matrimonio celebrado en 1712 entre Antonio de la Cruz y Catalina de la Cruz, ambos esclavizados. También aparecen otras personas con ese apellido, como Mariana de la Cruz y José de la Cruz, en documentación del siglo XVIII.
Son casos concretos, fechados y estudiados por historiadores. Demuestran que apellidos actualmente comunes en España fueron utilizados también por personas sometidas a esclavitud.
Pero hay una diferencia fundamental entre afirmar que De la Cruz o Rodríguez aparecen en registros esclavistas y asegurar que son apellidos originados por la esclavitud. Esto último sería falso. Ambos existían previamente y se transmitieron por multitud de vías familiares ajenas a aquella institución.
De la Cruz tiene una evidente relación con la tradición cristiana y podía utilizarse en el contexto de los bautismos. Rodríguez, como muchos apellidos españoles terminados en «-ez», significa originalmente «hijo de Rodrigo».
Otros nombres, como Moreno, Prieto, Negro o Mulato, pueden aparecer en documentos antiguos como descripciones físicas o identificaciones sociales. Algunos también existen como apellidos, pero no es correcto interpretarlos automáticamente como pruebas de esclavitud o ascendencia africana.
La historia de España permite encontrar ejemplos particularmente reveladores. El pintor Juan de Pareja, nacido hacia 1608 y vinculado al taller de Diego Velázquez, fue esclavo del artista hasta que obtuvo la libertad en 1654. Su apellido forma parte de una biografía individual documentada, no de una supuesta categoría de apellidos exclusivos de esclavos.
También destaca Juan Latino, humanista y profesor de latín en la Granada del siglo XVI, considerado una de las figuras intelectuales afrodescendientes más importantes de la España moderna. Su trayectoria se desarrolló en un contexto marcado por la esclavitud, la movilidad social y las jerarquías de origen.
En Sevilla, los registros de 1565 contabilizaban 6.327 personas esclavizadas, equivalentes aproximadamente al 7,4% de la población registrada en aquel recuento. La presencia de comunidades negras y mulatas dejó huellas en hermandades religiosas, documentos notariales y antiguos nombres de calles.
Valencia fue igualmente uno de los grandes centros mediterráneos del comercio de personas esclavizadas. La ciudad tuvo una importante población esclava durante el tránsito de la Edad Media a la Moderna, y todavía conserva documentación sobre libertos, compraventas y organizaciones de ayuda mutua.
La responsabilidad española se extendió después a América. La esclavitud fue abolida en Puerto Rico en 1873 y en Cuba en 1886, mucho más tarde que en buena parte de los territorios americanos que habían puesto fin legalmente a la institución.
Por ello, los apellidos españoles que aparecen en genealogías afrodescendientes de Cuba, Puerto Rico y otros territorios hispanoamericanos también pueden estar vinculados a la esclavitud colonial. García, Fernández, González, Pérez, Rodríguez, Martínez o López son apellidos españoles comunes que pudieron transmitirse por distintas vías, incluida su utilización por personas esclavizadas y sus descendientes.
Una vez más, compartir apellido no demuestra compartir origen. Para conocer la historia concreta de una familia deben examinarse sus documentos, no atribuirle un pasado a partir de una coincidencia nominal.
Francia, Reino Unido, Países Bajos y Portugal: otros apellidos de la esclavitud
La huella de la esclavitud en los apellidos europeos resulta especialmente visible en los antiguos territorios coloniales. Francia, Reino Unido, Países Bajos y Portugal participaron en distintos momentos en el comercio atlántico de personas esclavizadas y en sistemas de explotación colonial.
Sin embargo, sus sistemas de identificación familiar no fueron idénticos. En algunos territorios se conservaron apellidos utilizados durante la esclavitud; en otros, las autoridades asignaron nuevos nombres a miles de personas después de la abolición.
Los apellidos franceses creados tras la emancipación de 1848
El caso francés es uno de los mejor documentados. Tras la abolición de 1848, miles de antiguos esclavos de Martinica y Guadalupe fueron inscritos en registros especiales que les asignaban una identidad civil con nombre y apellido.
En Guadalupe, las investigaciones genealógicas han identificado cerca de 30.000 apellidos atribuidos a más de 80.000 personas liberadas a partir de 1848. Los registros muestran una variedad sorprendente.
Entre los nombres relacionados con plantas, árboles o flores aparecen Coco, Mango, Sapotille, Palmier, Palmiste, Rosier, Pommier, Bellerose, Rose y Tulippe.
También se documentan nombres tomados de personajes históricos, bíblicos o mitológicos, como César, Scipion, Sédécias, Remus y Vénus. Otros proceden de lugares geográficos: Boston, Calabre, Dahomey, Gabon y Caracas.
Los oficios y objetos dieron origen a apellidos como Raboteur, Taillepierre, Marteau y Pioche. Entre los inspirados en animales figuran Aigle, Lapin, Pigeon y Zèbre.
Una característica especialmente curiosa es la creación de apellidos mediante anagramas. Los registros contienen ejemplos como Cirederf, formado a partir de Frédéric; Etilage, relacionado con Égalité; y Douared, construido a partir de Édouard.
No todos estos nombres fueron elegidos por quienes iban a llevarlos. Muchos fueron asignados por funcionarios encargados del registro civil, siguiendo criterios muy variados. Algunos resultaban imaginativos; otros, abiertamente despectivos.
La emancipación jurídica llegó acompañada, por tanto, de una operación administrativa que condicionó la identidad de generaciones posteriores. El Estado que había permitido la esclavitud pasó también a intervenir en los apellidos de quienes acababan de recuperar su libertad.
En Martinica ocurrió algo semejante. Los registros de nuevos libres y la documentación de los antiguos esclavos permiten reconstruir decenas de miles de historias familiares. Esos documentos constituyen una parte fundamental de la memoria afrodescendiente francesa.
Los apellidos británicos y neerlandeses también conservan ese pasado
En los territorios coloniales británicos del Caribe, especialmente Jamaica y Barbados, los apellidos de origen inglés, escocés e irlandés se extendieron entre la población afrodescendiente durante la esclavitud y después de la emancipación.
Los nombres Campbell, Gordon, Williams, Brown, Grant, Clarke, James, Thomas y Robinson forman parte de ese amplio repertorio británico presente en las comunidades caribeñas. No fueron creados exclusivamente para personas esclavizadas, pero pueden encontrarse en genealogías vinculadas al sistema colonial.
La documentación histórica permite identificar casos concretos de personas esclavizadas que utilizaban apellidos. Por ejemplo, los registros jamaicanos de 1823 recogen a Adonis Penlington, James Penlington y Myra Wynter, identificados como personas sometidas a esclavitud.
El Reino Unido aprobó en 1833 la ley que puso en marcha la abolición de la esclavitud en buena parte de sus territorios coloniales, aplicada desde 1834. Sin embargo, el sistema de aprendizaje obligatorio que siguió a la emancipación mantuvo restricciones laborales hasta 1838.
La historia continúa investigándose. En septiembre de 2026, un proyecto vinculado al University College de Londres anunció la puesta a disposición pública de casi cuatro millones de registros históricos relativos a personas esclavizadas en antiguas colonias británicas.
Los documentos incluyen nombres, edades, vínculos familiares y, en determinados casos, referencias a los lugares de origen africano. Para muchas familias del Caribe y del Reino Unido, suponen una oportunidad de reconstruir genealogías interrumpidas por la esclavitud.
El caso neerlandés presenta otras particularidades. Países Bajos abolió la esclavitud en Surinam y las Antillas Neerlandesas en 1863. En Surinam, miles de personas emancipadas continuaron sometidas durante otros diez años a un sistema de supervisión estatal y trabajo obligatorio.
Los registros de emancipación conservan apellidos asignados a personas anteriormente esclavizadas. Entre los nombres documentados figuran Vrij, Berg, Goed, Goedig, Blok, Bom, Breidel, Grot, Hooker, Kemnaad, Tuinhout y Verhard.
El significado de algunos resulta especialmente expresivo. Vrij significa «libre» en neerlandés; Berg significa «montaña», y Goed puede traducirse como «bueno». No obstante, sus significados lingüísticos no explican necesariamente por qué fueron atribuidos a una familia determinada.
Los archivos neerlandeses conservan 17 registros de emancipación de Surinam que identifican a 34.441 personas liberadas en 1863. En muchos casos permiten relacionar a los antiguos esclavos con sus familias, sus propietarios y las plantaciones donde habían vivido.
Portugal y sus antiguos territorios coloniales presentan asimismo historias familiares relacionadas con nombres de tradición católica y apellidos portugueses. Entre los utilizados por personas esclavizadas o libertas aparecen da Silva, da Conceição, de Jesus y da Cruz, documentados en distintas investigaciones históricas.
Un estudio sobre el Brasil colonial reconstruye, por ejemplo, la historia de Efigênia da Silva y sus hijos a través de registros bautismales. Otra investigación examina el caso de Maria da Conceição, una mujer negra libre que fue vendida ilegalmente como esclava.
Estos ejemplos tampoco convierten da Silva o da Conceição en apellidos exclusivamente esclavistas. Son nombres de larga tradición portuguesa que también pudieron transmitirse mediante bautismos, relaciones familiares y procesos de emancipación.
La abolición definitiva de la esclavitud en Brasil llegó en 1888, mediante la llamada Ley Áurea. Para entonces, Portugal llevaba siglos conectado con las rutas atlánticas de comercio de personas y sus consecuencias sociales se extendían a ambos lados del océano.
El racismo en Estados Unidos y Europa: qué dicen los datos recientes
El final de la esclavitud no supuso el nacimiento inmediato de una sociedad igualitaria. Tras la guerra civil, buena parte del sur estadounidense desarrolló leyes de segregación racial, conocidas como leyes Jim Crow, que limitaron durante décadas los derechos de los ciudadanos negros.
Las grandes reformas federales llegaron un siglo después de la emancipación. La Ley de Derechos Civiles de 1964 prohibió importantes formas de discriminación y la Ley del Derecho al Voto de 1965 combatió las prácticas que impedían votar a los afroamericanos.
El progreso jurídico fue enorme. La eliminación de las desigualdades sociales ha sido bastante más lenta.
Una investigación de Pew Research Center publicada en 2024 reveló que el 75% de los adultos negros estadounidenses afirmaba haber experimentado discriminación racial de manera habitual u ocasional.
Otra encuesta del mismo centro, publicada en mayo de 2025, mostró una diferencia considerable en la percepción del problema: el 70% de los adultos negros consideraba que las personas negras sufrían mucha discriminación en Estados Unidos, frente al 28% de los adultos blancos.
No se trata únicamente de una discusión sobre el pasado. La discriminación afecta también al acceso al empleo, la vivienda, la educación y las relaciones con determinadas instituciones públicas.
Los datos del FBI publicados en agosto de 2026 ayudan a dimensionar otra parte del problema. En 2025 se notificaron 10.881 incidentes por delitos de odio. En la comparación interanual realizada con agencias que aportaron datos comparables, se registró un descenso del 7%.
El dato incluye delitos motivados por distintos prejuicios, no solo por racismo. Entre las víctimas de incidentes atribuidos a una única motivación discriminatoria, el 55,6% correspondía a prejuicios relacionados con la raza, la etnia o la ascendencia.
Las cifras muestran una reducción de los delitos denunciados, pero no permiten afirmar que haya desaparecido la discriminación racial. Muchos episodios no constituyen delitos penales y otros nunca llegan a denunciarse.
Estados Unidos también ha experimentado transformaciones profundas. La representación afroamericana en la política, la cultura, la universidad y la economía es incomparablemente mayor que en los tiempos de la segregación legal.
Sin embargo, el éxito individual no elimina la desigualdad colectiva. Que un afroamericano alcance la presidencia, gane un Óscar o se convierta en una estrella multimillonaria no demuestra que todos sus conciudadanos dispongan de las mismas oportunidades.
Europa tiene una historia distinta, aunque profundamente vinculada a la esclavitud atlántica. Las potencias coloniales europeas participaron durante siglos en el comercio de personas esclavizadas y levantaron parte de sus economías sobre sistemas de explotación colonial.
Las formas contemporáneas de racismo no son idénticas a las estadounidenses. En Europa intervienen también las migraciones recientes, las diferencias entre países, la situación de las comunidades gitanas y las tensiones relacionadas con la religión o el origen nacional.
El informe Being Black in the EU, publicado en 2023 por la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea a partir de encuestas realizadas en 2022, señaló que el 45% de los afrodescendientes encuestados en 13 países había sufrido discriminación racial durante los cinco años anteriores.
La proporción era del 39% en el estudio comparable anterior. También aumentó la discriminación experimentada durante los doce meses previos, del 24% al 34%.
El empleo y la vivienda figuraban entre los ámbitos más problemáticos. Solo el 9% de las víctimas de discriminación racial había presentado una denuncia o reclamación formal por las experiencias sufridas durante el año anterior a la encuesta.
Estas cifras corresponden a los participantes del estudio y no deben extrapolarse automáticamente a toda la población europea.
En España, el Consejo para la Eliminación de la Discriminación Racial o Étnica presentó en marzo de 2025 una investigación basada en 2.200 entrevistas realizadas en 2024 a personas pertenecientes a nueve grupos étnicos y raciales.
El porcentaje de encuestados que declaraba haber sufrido discriminación por su origen racial o étnico aumentó del 31% al 33% respecto al estudio anterior, de 2020.
La vivienda aparecía como uno de los principales escenarios de discriminación, seguida de los espacios públicos y el ámbito policial. El estudio también identificó problemas laborales, insultos, controles discriminatorios y dificultades para acceder a determinados establecimientos.
Las personas afrodescendientes, negras africanas y de origen árabe figuraban entre los colectivos que más experiencias discriminatorias comunicaban.
La Unión Europea adoptó el 20 de enero de 2026 su estrategia contra el racismo para el periodo 2026-2030, después de concluir el plan de acción anterior. Su objetivo es reforzar la igualdad de trato y combatir la discriminación en distintos ámbitos de la vida cotidiana.
La existencia de esas políticas demuestra que el problema está reconocido institucionalmente. Su eficacia dependerá de los resultados, no de la cantidad de declaraciones aprobadas.
Los apellidos sobreviven a la esclavitud, pero no determinan la identidad
Freeman, Freedman, Brown, Washington, Jefferson, Jackson, Williams, De la Cruz, Rodríguez, Bellerose, Palmier, Vrij y tantos otros apellidos forman parte de historias relacionadas con la esclavitud. Pero no constituyen una categoría cerrada de nombres nacidos de aquella institución.
Algunos existían mucho antes, otros fueron heredados de propietarios y otros se adoptaron por decisión propia o fueron asignados por las autoridades tras la emancipación.
Lo verdaderamente significativo es cómo una misma palabra puede contener historias opuestas. Freeman podía representar una libertad recién conquistada; Washington, una elección familiar, una admiración política o una relación con antiguos propietarios. Brown podía ser simplemente un apellido europeo transmitido entre generaciones. De la Cruz aparece documentado entre personas esclavizadas en España, pero también en incontables familias que nada tuvieron que ver con aquella condición.
Para muchas familias afroamericanas, reconstruir ese pasado continúa siendo difícil porque la esclavitud destruyó vínculos familiares y dejó importantes vacíos documentales. En España y otros países europeos, la dispersión de los archivos y el desconocimiento de esta parte de la historia plantean dificultades semejantes.
La sociedad estadounidense ha cambiado radicalmente desde 1865, pero sus actuales desigualdades raciales recuerdan que abolir una institución injusta y superar todas sus consecuencias son procesos diferentes.
Europa tampoco puede considerarse ajena a esa historia ni a sus manifestaciones contemporáneas. La esclavitud no fue simplemente un fenómeno que ocurrió al otro lado del Atlántico: también existió en ciudades europeas, enriqueció a comerciantes y propietarios y dejó descendientes cuyas historias todavía se están reconstruyendo.
Los apellidos sobreviven a quienes los impusieron, heredaron o eligieron. No determinan la identidad ni el destino de quienes los llevan, pero en ocasiones conservan una parte de la historia que los documentos no alcanzaron a contar. Su verdadero significado no reside únicamente en las letras que los forman, sino en las vidas de quienes tuvieron que recuperarlos, aceptarlos o reinventarlos después de conquistar la libertad.
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