Cultura
Alvise Pérez rechaza el análisis que atribuye un 97% de IA a su libro
Un detector atribuye a inteligencia artificial el 97% del libro de Alvise Pérez. El eurodiputado rechaza el resultado y reivindica su autoría.
Resumen
- Un detector atribuye a IA el 97% del texto del libro de Alvise Pérez
- El eurodiputado niega el resultado y asegura haberlo escrito palabra a palabra
- El porcentaje señala patrones de IA, pero no prueba por sí solo la autoría
El libro Devuélveme mi país, de Alvise Pérez, ha quedado en el centro de una polémica inesperadamente literaria. Un análisis realizado con Pangram, una herramienta especializada en detectar texto generado mediante inteligencia artificial, atribuye a una IA el 97% del contenido de la obra. El ensayo político llegó a ser número uno en Amazon España en febrero de 2026.
Pérez rechaza esa conclusión. El eurodiputado asegura haber escrito el libro “palabra a palabra” y respondió después de conocerse el análisis con un mensaje que posteriormente difundió en redes sociales. Hay, por tanto, dos hechos distintos y conviene no mezclarlos: el detector ofrece un resultado extraordinariamente alto y el autor niega que refleje cómo escribió su obra.
Un 97% que necesita contexto
Ese 97% no significa que exista un acta notarial demostrando que una inteligencia artificial escribió exactamente 97 de cada 100 palabras. Tampoco equivale a decir que haya un 97% de probabilidades de que Pérez no redactara el libro. El porcentaje representa la parte del texto que Pangram clasifica como generada por IA después de analizar sus patrones lingüísticos.
La diferencia parece pequeña, pero es decisiva. Los detectores trabajan buscando señales estadísticas: ritmos demasiado uniformes, determinadas estructuras, construcciones repetitivas y otros rasgos que los modelos generativos tienden a producir. No ven al autor escribiendo ni reconstruyen el proceso creativo. Ven el resultado.
En el caso de Devuélveme mi país, el análisis fue especialmente amplio porque la herramienta se aplicó posteriormente al texto completo del libro, no únicamente a unas páginas escogidas. Pangram acabó clasificando como generado mediante IA prácticamente todo el volumen.
Eso convierte el caso en llamativo, pero no elimina los matices. Una persona puede proporcionar ideas, esquemas o borradores a un modelo y pedirle que los desarrolle; puede dictar contenidos y utilizar después una IA para convertirlos en prosa; o limitarse a corregir con estas herramientas un texto escrito personalmente. Desde fuera, distinguir unos escenarios de otros resulta bastante menos limpio que contemplar un porcentaje en una pantalla.
Qué se analizó y qué encontró Pangram
La investigación de la que procede el dato examinó 119 libros populares publicados en 2025 y 2026, seleccionados entre títulos que habían aparecido en las listas de ventas de Amazon España y Casa del Libro, además de ganadores de premios literarios.
De cada obra se escogieron inicialmente tres fragmentos aleatorios de unas 1.000 palabras. Después se analizaron íntegramente doce títulos que mostraban señales especialmente elevadas de generación automática. Devuélveme mi país estaba entre ellos. De los 119 libros recientes examinados, 35 mostraron alguna presencia atribuida a IA y 13 superaron el 50%.
Aquí aparece otro detalle significativo: los casos en los que más de la mitad del contenido fue clasificado como artificial correspondían a obras autopublicadas. El fenómeno se concentra especialmente en ese mercado, donde publicar un libro resulta mucho más rápido y existen menos filtros previos que en una editorial tradicional.
El trabajo incluyó también 56 títulos de 2019 y 2020 como grupo de comparación, una época anterior a la expansión de los actuales modelos generativos de texto. Ninguno de los 168 fragmentos tomados de esas obras antiguas fue clasificado como generado mediante IA. Los investigadores hicieron igualmente el experimento inverso: crearon textos artificiales imitando estilos literarios y Pangram los identificó como tales.
El detector funciona bien, pero no es una máquina de la verdad
Pangram no es una herramienta improvisada. Una investigación académica publicada en 2026 que comparó varios sistemas de detección situó a Pangram entre los que ofrecían mejores resultados de los examinados, también en documentos que mezclaban escritura humana y texto generado.
Eso no convierte sus dictámenes en infalibles. Los estudios sobre estas herramientas recuerdan una cuestión bastante sensata: un detector puede aportar una señal relevante, incluso muy relevante, pero no debería utilizarse de forma aislada como prueba definitiva cuando están en juego atribuciones personales importantes.
Dicho de otra manera: un 97% es demasiado alto como para despacharlo con un encogimiento de hombros, pero sigue siendo el resultado de un clasificador. La estadística señala; no firma libros.
Alvise Pérez niega que la IA escribiera su obra
La reacción del político ha sido tajante. Pérez sostiene que escribió Devuélveme mi país personalmente y niega la interpretación que se desprende del análisis. Su respuesta introduce precisamente el terreno más resbaladizo de esta historia: qué significa escribir un libro en 2026 cuando las herramientas generativas forman parte del ordenador de millones de personas.
Una cosa es utilizar una IA para corregir comas, ordenar capítulos o señalar repeticiones. Otra, pedirle que redacte páginas completas a partir de unas instrucciones. Entre ambos extremos existe una zona gris enorme: ampliaciones de borradores, reescrituras, dictados, resúmenes convertidos en capítulos, cambios de tono, versiones sucesivas…
Pangram puede intentar identificar qué fragmentos se parecen estadísticamente al texto producido por un modelo, pero no puede reconstruir quién tomó cada decisión intelectual durante la elaboración del libro. Tampoco determina si las ideas pertenecen al autor, si hubo documentos previos o si una herramienta simplemente convirtió materiales humanos en una redacción final.
Por eso sería excesivo afirmar, sin matices, que una máquina es la autora del libro. Lo que sí puede afirmarse es bastante contundente por sí solo: un detector especializado atribuye a generación artificial el 97% de su texto, después de analizar la obra completa, y Pérez niega que esa lectura represente su proceso de escritura.
Amazon distingue entre texto generado y texto asistido
La discusión tiene también una vertiente editorial. Amazon permite vender libros elaborados con inteligencia artificial, pero sus normas de Kindle Direct Publishing establecen una diferencia clara entre contenido generado por IA y contenido simplemente asistido por estas herramientas.
Cuando la inteligencia artificial crea el texto propiamente dicho, Amazon lo considera contenido generado aunque después el autor realice modificaciones importantes. En esos casos, la plataforma exige que quien publica la obra informe de la utilización de IA durante el proceso de publicación.
Otra cosa es utilizar herramientas automáticas para revisar, corregir, pulir o mejorar un contenido originalmente escrito por una persona. Amazon lo considera IA asistida y no exige declararlo. También encaja en esa categoría utilizar sistemas generativos para buscar ideas cuando el texto definitivo ha sido redactado por el autor.
El matiz importa en el caso de Pérez porque el resultado de Pangram no permite establecer por sí mismo qué modalidad de uso habría existido, en caso de que la herramienta haya acertado. Tampoco permite concluir a partir del análisis si se realizó o no alguna declaración ante Amazon. Son asuntos distintos y no hay que llenar los huecos con imaginación.
El caso Alvise forma parte de algo bastante mayor
La historia podría quedarse en una polémica alrededor de un político conocido, pero los datos dibujan un paisaje bastante más amplio. De los libros recientes examinados, casi tres de cada diez mostraron alguna señal de inteligencia artificial. Y los casos donde la herramienta encontraba una presencia mayoritaria estaban concentrados en la autopublicación.
Ahí está probablemente el asunto de fondo. La IA ha reducido drásticamente el coste de producir texto. Lo que antes podía requerir meses de escritura puede convertirse en semanas, días o incluso horas cuando alguien trabaja con modelos capaces de generar miles de palabras a partir de instrucciones relativamente sencillas.
Eso no convierte automáticamente el resultado en malo. Tampoco en bueno. Una novela mediocre no mejora por haber necesitado dos años y un libro interesante no se vuelve inútil porque un programa haya participado en su elaboración. Pero cambia una vieja expectativa del lector: cuando aparece un nombre grande en la portada, solemos dar por hecho que existe una relación bastante directa entre ese nombre y las frases impresas dentro.
La tecnología ha convertido esa suposición en terreno pantanoso. Antes existían escritores fantasma, editores que reescribían medio manuscrito y autobiografías redactadas por periodistas. Nada completamente nuevo bajo el sol. La diferencia es la escala: una herramienta generativa puede producir en segundos lo que un colaborador humano tardaría jornadas enteras en escribir.
Un porcentaje que abre una discusión sobre la autoría
El episodio de Devuélveme mi país no demuestra por sí solo cómo se escribió cada una de sus páginas. Sí coloca una cifra difícil de ignorar encima de la mesa: 97% de texto clasificado como generado por IA frente a la afirmación del propio Alvise Pérez de que él redactó la obra.
Entre ambas posiciones queda un espacio que el detector no puede rellenar. Harían falta pruebas sobre el proceso de creación —versiones del manuscrito, borradores, archivos de trabajo o registros equivalentes— para reconstruir con precisión cómo nació el texto.
Mientras tanto, el caso sirve para algo más que otra refriega política. La inteligencia artificial está entrando en las librerías por la puerta grande, a veces sin que el lector pueda verla. Y eso obliga a redefinir una palabra antiquísima que hasta hace muy poco parecía sencilla: autor.
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