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Moody’s calcula que la guerra en Irán cuesta 2.000 dólares por hogar
Moody’s estima que energía, crédito y gasto militar han trasladado a cada hogar estadounidense unos 2.000 dólares de coste por la guerra en Irán.
Resumen
- Moody’s estima un coste de 2.000 dólares por hogar en Estados Unidos
- La factura nacional para los consumidores alcanza 265.000 millones
- Energía, intereses y gasto militar explican la mayor parte del impacto
La guerra en Irán ha supuesto hasta el momento un coste cercano a 2.000 dólares por hogar estadounidense, según una estimación de Mark Zandi, economista jefe de Moody’s Analytics. Tras casi ocho meses de conflicto, la factura acumulada para los consumidores de Estados Unidos alcanzaría los 265.000 millones de dólares, una cifra que va mucho más allá del gasto puramente militar.
El cálculo incorpora el encarecimiento de la gasolina y el diésel, el impacto indirecto de la energía sobre el transporte y los productos cotidianos, los mayores tipos de interés y el propio coste de las operaciones militares. No significa, por tanto, que cada familia haya recibido una factura de 2.000 dólares. Es una estimación del golpe económico medio que el conflicto ha trasladado al bolsillo de los hogares desde finales de febrero.
La energía explica más de la mitad de la factura
El componente más pesado está en algo bastante menos abstracto que un presupuesto de defensa: el surtidor. Moody’s calcula que los mayores costes energéticos han supuesto aproximadamente 1.100 dólares por hogar desde el comienzo de la guerra.
La gasolina regular ronda los 4,34 dólares por galón, frente a los 2,98 dólares previos al conflicto. El diésel se mueve cerca de los 5,8 dólares por galón y el combustible utilizado en otras formas de transporte también se ha encarecido con fuerza. Para millones de familias, la guerra está lejos en el mapa, pero bastante cerca cuando toca llenar el depósito.
Ahí aparece el efecto menos visible. El consumidor no paga el petróleo únicamente cuando reposta. Lo paga también cuando compra una caja de tomates trasladada cientos de kilómetros en camión, recibe un paquete por avión o reserva un vuelo. La energía se cuela en toda la cadena de precios: transporte, logística, calefacción, agricultura y distribución.
La presión tampoco ha desaparecido de los mercados internacionales. El Brent se movía este 14 de octubre alrededor de los 106 dólares por barril, con las tensiones en torno al estrecho de Ormuz y la seguridad del tráfico marítimo manteniendo elevada la prima de riesgo geopolítico.
La inflación vuelve a mirar al surtidor
Los datos estadounidenses empiezan a reflejar esa tensión. Los economistas esperaban para septiembre un avance mensual del índice de precios del 0,6%, impulsado sobre todo por gasolina y alimentos, con una inflación interanual alrededor del 3,6%. Solo la gasolina habría subido aproximadamente un 7,1% durante el mes.
El problema del diésel resulta incluso más delicado porque su precio se filtra rápidamente hacia el transporte de mercancías. Cuando mover un camión cuesta más, pocas empresas absorben eternamente la diferencia. Una parte termina en el supermercado, otra en el comercio electrónico y otra en casi cualquier producto que haya recorrido una carretera antes de llegar a casa. Ese coste logístico acaba repartido, de una manera u otra, entre millones de consumidores.
Los tipos de interés añaden otros 540 dólares por familia
El segundo gran bloque de la estimación de Moody’s procede del crédito. Zandi atribuye aproximadamente 540 dólares por hogar al aumento de los tipos de interés y al endurecimiento de las condiciones financieras registrado mientras la inflación energética volvía a ganar fuerza.
La Reserva Federal elevó en septiembre el rango objetivo de los tipos federales al 3,75%-4%. La economía estadounidense seguía mostrando resistencia, pero la inflación permanecía por encima del objetivo del 2%, con la energía y la incertidumbre geopolítica complicando el escenario. La guerra no explica por sí sola toda la política monetaria estadounidense, ni mucho menos, pero forma parte de ese cóctel que ha vuelto más incómodo el panorama.
La traducción doméstica se ve especialmente bien en la vivienda. Las hipotecas fijas a 30 años se han situado alrededor del 7,5%, frente a niveles inferiores al 6% antes del conflicto. Comprar una casa con un préstamo de varios cientos de miles de dólares a esos tipos cambia por completo la cuota mensual. No hacen falta demasiadas ecuaciones para notarlo.
Y ese encarecimiento también toca créditos empresariales, financiación de automóviles y tarjetas. Un conflicto situado a miles de kilómetros acaba apareciendo, con cierta crueldad contable, en el recibo de una hipoteca en Ohio o en la cuota de un coche en Florida. El vínculo pasa por inflación, tipos y coste del crédito.
El gasto militar completa el cálculo de Moody’s
Moody’s incorpora asimismo aproximadamente 360 dólares por hogar correspondientes al coste de las operaciones militares estadounidenses. Es una parte que el ciudadano no desembolsa directamente en una tienda, pero que termina financiándose mediante recursos públicos.
Las estimaciones sobre la factura militar han ido creciendo conforme se prolongaba el conflicto. En mayo, responsables del Pentágono situaban el coste cerca de los 29.000 millones de dólares. A finales de junio, distintos centros de análisis estadounidenses elevaban el cálculo a alrededor de 39.000 o 40.000 millones. La Casa Blanca solicitó posteriormente 87.000 millones adicionales para reponer arsenales y sostener despliegues dentro del área de operaciones del Mando Central estadounidense.
Aquí conviene separar conceptos. Los 265.000 millones calculados por Moody’s no son el presupuesto de la guerra ni equivalen únicamente a bombas, aviones, munición y despliegues. La cifra intenta medir una huella económica mucho más amplia sobre los consumidores: energía, inflación, financiación y gasto militar.
Casi la mitad del aumento de renta de ocho meses se esfuma
Quizá el dato más expresivo del análisis no sean los 2.000 dólares. Zandi calcula que el conjunto de estos costes ha absorbido aproximadamente la mitad del aumento de ingresos conseguido por el hogar estadounidense medio durante los últimos ocho meses.
Ese matiz explica por qué una economía puede seguir creciendo sobre el papel mientras buena parte de la población siente exactamente lo contrario. El salario puede avanzar, pero si simultáneamente suben combustible, transporte, vivienda y financiación, una porción importante de esa mejora desaparece antes de llegar al bolsillo. La macroeconomía dice una cosa; el ticket del supermercado, a veces, otra.
El malestar se está dejando notar. La confianza de los consumidores estadounidenses se encontraba a comienzos de octubre cerca de niveles muy bajos, mientras el coste de la vida y la energía continuaban entre las principales preocupaciones económicas. Todo ello ocurre, además, a pocas semanas de las elecciones legislativas del 3 de noviembre, con el conflicto convertido también en una cuestión de política doméstica.
Una guerra lejana que termina en la economía cotidiana
Los 2.000 dólares por hogar son una media y no describen a todas las familias por igual. Quien conduce muchos kilómetros, utiliza calefacción dependiente de combustibles fósiles, necesita refinanciar una hipoteca o compra numerosos bienes transportados a larga distancia puede soportar un impacto mayor. Otros hogares sentirán menos presión directa.
Pero la estimación de Moody’s dibuja con bastante nitidez el mecanismo. Aproximadamente 1.100 dólares proceden de la energía, otros 540 del encarecimiento financiero y unos 360 del gasto militar imputado por hogar. Tres caminos distintos que acaban prácticamente en el mismo sitio: la renta disponible de los estadounidenses.
Y la cuenta todavía no está cerrada. Mientras el conflicto continúe alterando los mercados energéticos y mantenga elevada la incertidumbre sobre inflación y tipos, su coste económico seguirá acumulándose. La distancia entre Teherán y una cocina estadounidense es enorme en el mapa; en una factura doméstica, bastante menos.
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