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Trump afronta las midterm del 3 de noviembre con el Congreso en juego

Estados Unidos renueva la Cámara y 35 escaños del Senado en unas midterm que pueden cambiar el rumbo político del segundo mandato de Donald Trump.

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el Congreso en las midterm

Resumen

  • EE. UU. renueva la Cámara y 35 escaños del Senado el 3 de noviembre
  • Los republicanos llegan con mayorías muy ajustadas en ambas cámaras
  • Los demócratas avanzan en las encuestas y amenazan el poder de Trump

Estados Unidos volverá a las urnas el 3 de noviembre de 2026 para decidir algo bastante más grande que una colección de elecciones locales. Las midterm renovarán los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 de los 100 puestos del Senado, una votación que determinará quién controla el Congreso durante los dos últimos años del segundo mandato de Donald Trump.

El presidente no aparecerá en las papeletas. Políticamente, sin embargo, estará en casi todas. Los republicanos llegan con el control de las dos cámaras, pero con márgenes incómodamente estrechos y un clima electoral que se ha deteriorado durante los últimos meses. Los demócratas parten con ventaja en el voto genérico al Congreso y han conseguido convertir en competitivos algunos estados que hace no tanto parecían territorio republicano bastante seguro.

La fotografía a menos de tres semanas de las elecciones explica la tensión. La Cámara cuenta con 218 republicanos, 214 demócratas, un independiente y dos escaños vacantes. En el Senado, los republicanos mantienen una mayoría de 53 frente a los 47 integrantes del bloque demócrata, incluidos los dos senadores independientes que votan habitualmente con ellos.

Para Trump hay otra particularidad. La XXII Enmienda de la Constitución establece que ninguna persona puede ser elegida presidente más de dos veces. Después de sus victorias de 2016 y 2024, estas serán por tanto sus últimas elecciones de mitad de mandato como presidente. No se juega la Casa Blanca, pero sí buena parte de su capacidad para gobernar desde enero de 2027.

La Cámara de Representantes, el frente más delicado para los republicanos

En la Cámara se renuevan los 435 distritos electorales. Con todos los escaños ocupados, la cifra decisiva es 218: quien llegue ahí controla la presidencia de la Cámara, las comisiones, la agenda legislativa y una parte considerable de la capacidad de investigación del Congreso.

Los republicanos defienden una mayoría mínima. Eso convierte pequeñas variaciones del voto suburbano, latino o independiente en movimientos potencialmente enormes sobre el mapa. Un puñado de distritos de Pensilvania, California, Nueva York, Michigan, Virginia o Iowa puede terminar decidiendo quién manda en Washington.

Las encuestas nacionales dibujan un terreno difícil para el partido de Trump. El promedio de sondeos del voto genérico al Congreso sitúa a los demócratas alrededor del 50%, frente a cerca del 42% republicano. No significa que esa diferencia vaya a trasladarse mecánicamente a los escaños —Estados Unidos elige representantes distrito por distrito—, pero sí señala el viento político que sopla.

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El número mágico es 218, pero el mapa importa tanto como los votos

Una mayoría nacional de votos tampoco garantiza una mayoría parlamentaria. La distribución territorial de los sufragios, el diseño de los distritos y las sucesivas redistribuciones de mapas pesan muchísimo. En Estados Unidos no basta con sumar papeletas; hay que sumarlas en el sitio adecuado. Una peculiaridad democrática con bastante geometría de por medio.

Varios estados llegan a estas elecciones con mapas congresuales modificados para el ciclo de 2026, mientras las disputas judiciales y políticas sobre los límites electorales han acompañado buena parte de la campaña. Cada línea trazada sobre el mapa puede terminar valiendo un escaño en Washington.

También conviene corregir una cifra que todavía aparece en algunos recuentos: California dispone de 52 distritos congresuales, no 53. Perdió un escaño tras el censo de 2020, aunque continúa siendo con diferencia el estado que más representantes envía a Washington.

El problema republicano es sencillo de formular. Con una mayoría tan pequeña, no hace falta una ola gigantesca para perder la Cámara. Bastaría con que el deterioro nacional del partido se trasladase a suficientes distritos competitivos. En las últimas semanas, organizaciones republicanas han desplazado recursos desde algunas circunscripciones inicialmente ofensivas hacia otras donde toca defender terreno. Cuando el dinero electoral empieza a moverse hacia atrás, suele contar una historia bastante clara.

El Senado pone en juego 35 escaños y una mayoría de 53-47

El Senado funciona de otra manera. Cada estado, tenga decenas de millones de habitantes como California o menos de uno como Wyoming, elige dos senadores. En 2026 se votan 35 escaños: los correspondientes al ciclo ordinario de la Clase II y dos elecciones especiales.

Los republicanos parten con 53 senadores y el bloque demócrata con 47, contando a los dos independientes que se alinean con los demócratas. Como el vicepresidente republicano puede romper un empate de 50-50, los demócratas necesitan alcanzar 51 para controlar realmente la cámara. Traducido: deben conseguir una ganancia neta de cuatro escaños sin dejar escapar sus posiciones decisivas.

Hace unos meses parecía una montaña. Ya no tanto.

Los demócratas tienen primero que defender posiciones sensibles, especialmente Georgia y Michigan. Jon Ossoff busca conservar Georgia, mientras Michigan celebra una elección abierta. Mantener ambos estados resulta prácticamente imprescindible para cualquier intento serio de conquistar el Senado.

Carolina del Norte, Maine, Ohio, Alaska y Texas entran en la pelea

La expansión del mapa es una de las grandes historias de estas midterm. Carolina del Norte se ha convertido en una de las principales oportunidades demócratas, mientras Maine mantiene bajo presión a la republicana Susan Collins. Ohio, Alaska e Iowa, estados que Trump ganó con claridad en 2024, han terminado entrando también en la conversación electoral.

Hay algo todavía más llamativo: Texas y Kansas aparecen en sondeos mucho más ajustados de lo que sugeriría su historia electoral reciente. En Texas, la carrera se ha estrechado hasta niveles incómodos para los republicanos. En Alaska, la demócrata Mary Peltola disputa el escaño al republicano Dan Sullivan, en un estado donde Trump ganó por un margen amplio dos años antes.

Son territorios donde un candidato demócrata necesita una combinación poco habitual de participación alta, independientes y republicanos moderados, pero ya no resultan meras fantasías de campaña. Varias elecciones senatoriales han entrado en zona verdaderamente competitiva y algunas diferencias de los sondeos apenas alcanzan uno o dos puntos. Demasiado poco para confundir una encuesta con un resultado.

Las encuestas favorecen a los demócratas, pero noviembre tiene memoria

El contexto nacional ayuda a explicar ese desplazamiento. La aprobación de Trump ha descendido hasta niveles delicados y el coste de la vida aparece repetidamente entre las principales preocupaciones del electorado. Es el flanco más doloroso para la Casa Blanca a pocas semanas de votar.

La inflación, la gasolina, la vivienda y los alimentos tienen una ventaja política muy poco sofisticada: caben en un ticket de supermercado. No necesitan discurso. Una amplia mayoría de estadounidenses atribuye al menos parte de la subida de los precios a las políticas de Trump, especialmente a sus decisiones comerciales y económicas.

También existe una diferencia de movilización. Entre quienes votaron a Kamala Harris en 2024, el entusiasmo por acudir a las urnas supera al registrado entre los votantes de Trump. En unas elecciones de mitad de mandato, donde la participación suele caer respecto a las presidenciales, esa distancia puede pesar tanto como las preferencias partidistas.

Nada de esto convierte el resultado en inevitable. Los republicanos conservan electorados muy sólidos en numerosos estados, poseen una estructura territorial poderosa y parten con ventaja numérica en el Senado. Las midterm se deciden, precisamente, porque el mapa nacional acaba fragmentado en cientos de pequeñas elecciones.

La vieja maldición de las midterm vuelve a perseguir a la Casa Blanca

Las elecciones de mitad de mandato tienen una costumbre bastante desagradable para quien ocupa el Despacho Oval: castigar al partido presidencial.

La lógica es casi estructural. Dos años después de unas presidenciales ha desaparecido buena parte de la luna de miel, los problemas cotidianos pesan más y la oposición suele acudir a votar con mayor motivación. Quienes están satisfechos se quedan en casa con más facilidad; los enfadados, curiosamente, encuentran antes el colegio electoral.

Las excepciones modernas son famosas precisamente porque son pocas. El partido del presidente ganó escaños en la Cámara en 1934 con Franklin D. Roosevelt, 1998 con Bill Clinton y 2002 con George W. Bush. Contextos muy distintos: la Gran Depresión y el New Deal en el primer caso, la reacción contra el proceso de destitución de Clinton en el segundo y el clima político posterior al 11-S en el tercero.

Trump intenta convertir las elecciones de 2026 en otra excepción. Ha pedido a sus seguidores que voten como si su propio nombre estuviera en la papeleta. Tiene sentido. Una derrota republicana en la Cámara transformaría inmediatamente la segunda mitad de su mandato.

Los demócratas recuperarían el control de las comisiones, la capacidad de emitir citaciones, abrir investigaciones y convocar comparecencias, además de bloquear buena parte de la legislación republicana. Grandes empresas, sectores regulados y grupos de presión llevan meses contemplando escenarios distintos según quién consiga el mazo de las comisiones del Congreso.

Gobernadores, referendos y casi 250 millones de electores

La noche del 3 de noviembre no terminará en el Capitolio. Habrá elecciones a gobernador en 36 estados, además de tres territorios estadounidenses. En total son 39 gobernaciones sometidas a votación, con numerosos puestos abiertos por límites de mandato o por la retirada de sus titulares.

California es uno de los grandes premios porque Gavin Newsom no puede presentarse de nuevo. También hay carreras relevantes en Arizona, Michigan, Pensilvania, Wisconsin, Kansas e Iowa, estados donde las elecciones estatales pueden funcionar como termómetro político y, al mismo tiempo, alterar profundamente las políticas sobre impuestos, educación, energía, aborto o inmigración.

A eso se suma una auténtica lluvia de consultas populares. Los votantes decidirán 145 medidas estatales en 40 estados durante las elecciones de noviembre. Si se cuentan las celebradas anteriormente durante 2026, el total anual asciende a 164. Los asuntos van desde impuestos y reglas electorales hasta derechos sociales, energía, regulación económica y organización institucional.

El tamaño del electorado ayuda a poner la jornada en perspectiva. Cerca de 250 millones de estadounidenses reúnen las condiciones básicas de edad y ciudadanía para votar. El electorado es también más diverso, con decenas de millones de votantes hispanos cuyo comportamiento puede resultar especialmente importante en Texas, Arizona, Nevada, Florida y numerosos distritos de California.

La elección llegará, además, bajo una vigilancia federal extraordinaria. El Departamento de Justicia prepara un amplio despliegue de observadores electorales para supervisar colegios y procedimientos de votación. La Administración sostiene que pretende garantizar el cumplimiento de la legislación electoral y los derechos de los votantes; organizaciones civiles cuestionan el alcance de una operación particularmente sensible en el clima político estadounidense.

La observación federal no es nueva. El Departamento de Justicia lleva décadas enviando personal a determinadas jurisdicciones para vigilar el cumplimiento de la legislación sobre derecho al voto. Lo excepcional esta vez es la escala. En un país donde incluso el mecanismo para contar papeletas se ha convertido en terreno partidista, la supervisión electoral tampoco será un detalle menor de la noche.

El último gran referéndum sobre Trump antes de 2028

Las midterm de 2026 decidirán el 120.º Congreso de Estados Unidos, que comenzará sus trabajos en enero de 2027. Pero su importancia real irá bastante más allá de repartir 435 despachos en la Cámara y varias decenas de asientos en el Senado.

Para los republicanos, mantener al menos una cámara significaría preservar un muro de protección alrededor del segundo mandato de Trump y mantener viva buena parte de su agenda. Conservar ambas sería una victoria política enorme frente a la tendencia histórica de las elecciones de mitad de mandato.

Para los demócratas, recuperar la Cámara permitiría frenar legislación, controlar comisiones e investigar a la Administración. Ganar también el Senado cambiaría todavía más el equilibrio: nombramientos, jueces, regulación y política económica quedarían sometidos a una negociación mucho más áspera.

Y ahí está el verdadero mapa de estas elecciones. No es únicamente rojo contra azul. Son 218 escaños en la Cámara, 51 votos en el Senado y decenas de carreras decididas por márgenes mínimos. Trump no figura como candidato, pero el 3 de noviembre Estados Unidos votará inevitablemente sobre él: sobre sus primeros dos años de regreso a la Casa Blanca y sobre cuánto poder quiere dejarle para los dos siguientes.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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