España
El Movimiento Socialista gana peso en Sol contra PSOE, Podemos y Sumar
Las banderas rojas de la CJS ganan espacio en la acampada de Sol con un discurso contra PSOE, Podemos y Sumar en plena crisis de vivienda en Madrid.
Por Soman - Trabajo propio, CC BY-SA 2.5, Wikimedia Commons
Resumen
- La CJS gana visibilidad en la acampada de Sol con sus banderas rojas
- Su discurso carga contra PSOE, Podemos, Sumar y la izquierda institucional
- La crisis de vivienda sirve de escaparate a una nueva izquierda socialista
La acampada de la Puerta del Sol nacida al calor de las protestas por la vivienda ha empezado a mostrar una segunda vida política. Entre tiendas, pancartas y asambleas, las banderas rojas de la Coordinadora Juvenil Socialista (CJS) han ganado una visibilidad que hace apenas unas semanas habría resultado improbable. Su discurso tampoco deja demasiado margen para la confusión: no pretende apuntalar al Gobierno ni empujar un poco más a la izquierda a los partidos progresistas. Quiere discutirles el terreno.
La organización, integrada en el llamado Movimiento Socialista, responsabiliza al PSOE y a la izquierda institucional de haber gestionado sin resolver problemas como la vivienda y presenta la movilización de Sol como algo que debe superar el marco parlamentario. Una de sus pancartas más visibles lo condensó sin sutilezas: “PSOE y Sumar, responsables de nuestra miseria”. La CJS ha pasado así de ser una sigla conocida sobre todo en ambientes militantes a convertirse en uno de los actores más reconocibles de una protesta en la que participan decenas de colectivos.
El fenómeno resulta especialmente incómodo para la izquierda tradicional porque aparece justo cuando PSOE, Podemos y el nuevo Frente Amplio se preparan para las elecciones generales del 29 de noviembre. Mientras unos discuten candidaturas, coaliciones y equilibrios electorales, estos jóvenes comunistas sostienen que el problema está precisamente en haber reducido la política transformadora a elecciones, ministerios y acuerdos parlamentarios. Una impugnación desde fuera del tablero. O, al menos, eso pretenden.
Las banderas rojas que han ganado espacio en Sol
La CJS llevaba presente en la movilización prácticamente desde el comienzo de la acampada. Su protagonismo creció especialmente después de que el Congreso rechazara el 2 de octubre los decretos de vivienda impulsados por el Gobierno, una votación en la que coincidieron PP, Vox y Junts. Aquella noche, varios centenares de jóvenes participaron en una marcha encabezada por la organización desde Sol mientras se escuchaban consignas contra los rentistas, la Policía y el sistema económico.
No era una simple adhesión a las demandas iniciales. La organización defendió la necesidad de levantar una “alternativa política socialista propia”, situando el conflicto de la vivienda dentro de una crítica mucho más amplia al capitalismo. Ahí está una de las diferencias fundamentales con buena parte del movimiento de inquilinos: para la CJS, limitar alquileres, impedir determinados desahucios o aumentar el parque público pueden aliviar problemas concretos, pero no eliminan aquello que consideran su origen.
Ese lenguaje ha encontrado audiencia entre una franja de jóvenes que mira con bastante menos fascinación que hace una década las instituciones surgidas del ciclo del 15M. La propia organización interpreta el crecimiento del Movimiento Socialista como una reacción a aquella experiencia: mucha energía callejera terminó, a su juicio, absorbida por una representación parlamentaria incapaz de transformar sustancialmente las condiciones de vida.
La ironía política tiene cierta precisión quirúrgica. Podemos nació acusando al viejo sistema de domesticar la protesta; una década después, otra generación acusa a Podemos y a sus herederos de haber sido domesticados por ese mismo sistema.
Del País Vasco a Madrid: de dónde sale el Movimiento Socialista
El Movimiento Socialista no nació en Sol ni alrededor del caso de Maricarmen Abascal. Sus raíces se encuentran principalmente en Euskal Herria, en un proceso de ruptura y reorganización de sectores juveniles y estudiantiles que habían orbitado alrededor de la izquierda abertzale.
Uno de sus principales referentes es Gazte Koordinadora Sozialista (GKS), organización juvenil que forma parte de este espacio junto con otras estructuras socialistas. Su desarrollo estuvo relacionado con las discrepancias surgidas a finales de la década pasada dentro del movimiento juvenil vasco sobre la estrategia institucional seguida por la izquierda abertzale.
Conviene introducir aquí una precisión porque las etiquetas políticas, cuando se lanzan deprisa, terminan funcionando como pintura gorda. Que algunos antecedentes organizativos procedan de espacios vinculados históricamente a la izquierda abertzale no convierte al actual Movimiento Socialista en una prolongación de ETA, ni acredita una relación operativa con la desaparecida organización terrorista. Sus dirigentes y militantes sitúan el proyecto en un ciclo político posterior y articulado alrededor de una lectura marxista revolucionaria propia.
Una organización con capacidad para movilizar jóvenes
La dimensión del fenómeno ya no es exclusivamente madrileña. GKS y la organización estudiantil IAS reunieron este octubre a más de 4.000 jóvenes en Elizondo, según los organizadores, durante su principal encuentro socialista juvenil. Allí volvieron a presentar la construcción de una alternativa socialista como su horizonte político y a reivindicar una estrategia independiente de las instituciones existentes.
En Madrid, la Coordinadora Juvenil Socialista, surgida en 2024, ha seguido una trayectoria parecida adaptada a la capital: centros sociales, movilizaciones estudiantiles, presencia en conflictos laborales y, finalmente, la crisis de la vivienda. La acampada de Sol le ha proporcionado algo difícil de comprar incluso con una campaña electoral millonaria: escaparate.
No significa que controle la protesta. La acampada ha agrupado más de 40 colectivos y nació impulsada fundamentalmente por la indignación provocada por el desahucio de Maricarmen Abascal y por la movilización del Sindicato de Inquilinas. Presentar todo ese espacio como propiedad política de una sola organización sería confundir una fotografía llamativa con el álbum entero.
Maricarmen, vivienda y una protesta que cambió de escala
El origen inmediato de esta ola de movilizaciones continúa siendo el caso de Maricarmen Abascal, la mujer de 87 años que fue desahuciada el 23 de septiembre de la vivienda madrileña en la que había vivido durante décadas. Su expulsión desencadenó manifestaciones, acampadas y una presión política extraordinaria alrededor del problema de la vivienda. Maricarmen falleció el 7 de octubre después de permanecer ingresada en el hospital.
La reacción fue enorme. Una manifestación celebrada en Madrid en su memoria reunió a unas 20.000 personas según la Delegación del Gobierno, recorriendo las calles desde Sol hasta su antigua vivienda. La plaza, mientras tanto, permaneció ocupada por tiendas, altares improvisados, flores y mensajes.
Ese movimiento nació alrededor de reivindicaciones concretas: protección frente a los desahucios, regulación de alquileres, estabilidad contractual y acceso a vivienda asequible. Pero Sol funciona también como un recipiente político. Cuando miles de personas permanecen durante días en una plaza, aparecen inevitablemente organizaciones que intentan interpretar el malestar, orientarlo y darle una salida.
La CJS está haciendo exactamente eso.
La disputa ya no es solo contra el Gobierno
Aquí aparece la novedad política. El Movimiento Socialista no reserva sus críticas para Pedro Sánchez. Su diagnóstico alcanza al conjunto de la izquierda que ha participado o aspira a participar en las instituciones: PSOE, Sumar, Podemos y las nuevas fórmulas electorales que intentan recomponer ese espacio.
Desde su perspectiva, los límites no proceden simplemente de una mala decisión ministerial o de que falten diputados progresistas. El problema sería estructural. Consideran insuficiente la política basada en reformas parciales porque mantiene intactas las relaciones económicas que, según su análisis, generan precariedad, rentismo y desigualdad.
Frente a ese planteamiento, PSOE, Podemos y las organizaciones que componen Frente Amplio compiten precisamente por demostrar que las instituciones sí pueden producir cambios materiales. El contraste se ha vuelto especialmente visible ante las elecciones del 29-N. Frente Amplio, formado por Movimiento Sumar, IU, Más Madrid y Comuns, ha estrenado su nueva identidad mientras continúa el complicado reordenamiento de la izquierda; Podemos, por su parte, ha descartado integrarse por ahora en esa coalición.
La escena tiene algo de paradoja histórica. Los partidos nacidos o reforzados por las plazas vuelven a mirar hacia una plaza para comprobar que una generación distinta está cuestionando el camino institucional que ellos eligieron.
Una izquierda joven que no quiere heredar el 15M
Comparar automáticamente esta acampada con el 15M puede resultar tentador. Sol, tiendas de campaña, asambleas, descontento social… el decorado ayuda. Pero las diferencias políticas son importantes.
El 15M de 2011 nació con un carácter deliberadamente transversal, una fuerte desconfianza hacia los partidos y un lenguaje que evitaba inicialmente identificarse con ideologías tradicionales. La actual movilización comenzó alrededor de una reivindicación mucho más concreta, la crisis de la vivienda, y dentro de ella conviven colectivos con estrategias muy diferentes.
El Movimiento Socialista tampoco es una reedición del 15M. Al contrario: se presenta como una crítica a su desenlace. No esconde la palabra comunismo, utiliza simbología roja, habla de clases sociales, capitalismo y revolución, y defiende estructuras militantes organizadas. Bastante lejos del célebre “no somos de izquierdas ni de derechas” que circuló por las plazas hace quince años.
Esa claridad ideológica puede limitar su capacidad para representar a una mayoría social, pero también constituye una parte de su atractivo entre determinados jóvenes: ofrece identidad política, comunidad militante y un enemigo definido en una época donde buena parte de la política institucional se consume discutiendo siglas, coaliciones y cabezas de lista.
Sol se convierte también en una batalla dentro de la izquierda
La evolución de la acampada dirá cuánto hay de fenómeno duradero y cuánto de momento excepcional. Las imágenes de banderas rojas pueden resultar espectaculares, pero una plaza llena durante unas semanas no equivale automáticamente a una fuerza política capaz de alterar el sistema de partidos.
Hay, sin embargo, un cambio que ya resulta difícil ignorar. La izquierda institucional ha dejado de tener el monopolio del discurso radical entre los jóvenes. A su izquierda está creciendo un espacio que no pretende presionarla para conseguir mejores pactos, sino cuestionar la utilidad de esos pactos.
La vivienda ha ofrecido el combustible. El caso de Maricarmen puso rostro al conflicto, la acampada proporcionó el escenario y la crisis electoral de la izquierda ha añadido el contraste. Mientras PSOE, Podemos y Frente Amplio discuten cómo reagrupar un espacio fragmentado antes del 29-N, las banderas rojas de Sol lanzan otro mensaje: para estos militantes, reorganizar las papeletas no basta.
Quizá esa sea la parte realmente nueva de la historia. No las banderas —Europa lleva más de un siglo viéndolas—, sino quién vuelve a levantarlas y contra quién.
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