España
El comunismo joven se expande desde Euskadi y gana peso en España
El Movimiento Socialista nacido en Euskadi se extiende por España, gana presencia entre jóvenes y sitúa vivienda y lucha de clases en el centro.
Resumen
- El Movimiento Socialista nacido en Euskadi se extiende por toda España
- La vivienda y la precariedad impulsan su crecimiento entre los jóvenes
- No compite en elecciones y apuesta por reconstruir una fuerza comunista de masas
Una nueva generación de organizaciones comunistas está creciendo en España con un discurso que recupera sin complejos conceptos que parecían relegados a los libros de historia política: lucha de clases, proletariado, revolución y socialismo. El llamado Movimiento Socialista, nacido en Euskadi a finales de la pasada década, ha extendido durante los últimos años su estructura hacia Madrid, Cataluña, Comunitat Valenciana, Baleares, Galicia, Asturias y otros territorios, con especial presencia entre jóvenes y estudiantes.
No se trata, al menos por ahora, de un nuevo partido dispuesto a competir por escaños en el Congreso. Tampoco de una simple recuperación estética de la bandera roja. Su apuesta es más larga —y bastante más ambiciosa—: reconstruir una organización comunista de masas al margen de la izquierda institucional, a la que acusa de haber abandonado cualquier proyecto de transformación profunda del sistema económico. La crisis de la vivienda, la precariedad laboral y el encarecimiento de la vida le han proporcionado, entretanto, un terreno político mucho más fértil que hace unos años.
De una ruptura en Euskadi a una red cada vez más extensa
El origen inmediato del Movimiento Socialista puede situarse en 2018, cuando Ikasle Abertzaleak, histórico sindicato estudiantil del entorno de la izquierda abertzale, rompió sus relaciones con Ernai, las juventudes de Sortu. De aquel proceso surgió posteriormente Ikasle Antolakunde Sozialista, conocida como IAS, una organización estudiantil que coloca la construcción del socialismo entre sus objetivos políticos.
En febrero de 2019 apareció la Gazte Koordinadora Sozialista, GKS, presentada en Vitoria-Gasteiz. La nueva organización comenzó a construir una identidad propia dentro de la izquierda vasca: marxista, revolucionaria y muy crítica con la progresiva institucionalización de EH Bildu. Después llegarían otras estructuras especializadas y territoriales. Itaia, centrada en la organización política de las mujeres trabajadoras, se incorporó en 2020 y ese mismo periodo vio crecer organismos socialistas de carácter más amplio.
El salto político más significativo en Euskal Herria llegó en diciembre de 2023 con la creación del Euskal Herriko Kontseilu Sozialista, EHKS, que funciona como referencia política general del espacio socialista vasco. Su proyecto defiende la construcción de un Estado socialista y una organización independiente de los partidos tradicionales de izquierda. Pero hay un matiz importante: pese a adoptar una estructura política cada vez más reconocible, el movimiento no ha convertido las elecciones en el centro de su actividad.
Es una diferencia nada menor. En una época en la que buena parte de la política termina midiéndose en porcentajes, diputados y tertulias, estos grupos trabajan principalmente en universidades, conflictos laborales, sindicatos de vivienda y movilizaciones juveniles. Otro terreno, otras reglas.
Madrid, Cataluña, Galicia y otras ramas del mismo fenómeno
Lo que empezó como una corriente fundamentalmente vasca dejó hace tiempo de quedarse en Euskadi. En 2022 apareció Horitzó Socialista, con actividad en Cataluña, Comunitat Valenciana y Baleares, y posteriormente nació la Organització Juvenil Socialista. En Galicia se desarrolló Creba Socialista y después la Coordinadora da Mocidade Socialista.
Uno de los movimientos más relevantes se produjo en 2024 con la creación de la Coordinadora Juvenil Socialista, CJS. Parte de sus cuadros procedían del conflicto interno de la Unión de Juventudes Comunistas de España, vinculada históricamente al PCE. La nueva organización se integró en la corriente del Movimiento Socialista y comenzó a extenderse por distintas ciudades españolas. La propia CJS aseguró pocos meses después de su nacimiento haber realizado presentaciones en 16 ciudades.
Madrid se ha convertido en uno de sus escaparates más visibles. La CJS ha participado en las grandes protestas relacionadas con la vivienda y ha ganado presencia en movilizaciones juveniles y estudiantiles. Durante las recientes protestas y acampadas madrileñas por el acceso a una casa, sus banderas y militantes han dejado de ser una rareza reconocible únicamente para iniciados.
El mapa continúa ampliándose. En enero de 2026 surgieron también los Encuentros por el Socialismo en Canarias, todavía como una fórmula previa a una organización estable semejante a las existentes en otros territorios. El Movimiento Socialista mantiene así una arquitectura peculiar: distintas organizaciones y nombres, una cultura política compartida y una estrategia que intenta trascender las fronteras autonómicas.
La vivienda ha sido su gran acelerador
Hay una razón bastante terrenal para que un lenguaje político del siglo XIX encuentre oyentes en pleno 2026: el alquiler.
Para buena parte de esta nueva militancia, la crisis de la vivienda no constituye una anomalía que pueda corregirse únicamente construyendo más pisos, limitando algunos alquileres o concediendo ayudas públicas. La interpreta como una expresión del funcionamiento normal de una economía en la que la vivienda puede convertirse en activo financiero y fuente de rentas privadas.
De ahí que sus reivindicaciones vayan bastante más lejos que las propuestas habituales del debate parlamentario. La CJS defiende una vivienda universal y cuestiona tanto a los grandes fondos como al rentismo, al tiempo que sostiene que las reformas parciales no eliminan el conflicto entre propietarios y trabajadores. Es su análisis político, no una conclusión económica aceptada de manera general, pero permite entender por qué el movimiento se ha incrustado con tanta facilidad en las protestas recientes.
La coyuntura le ha dado visibilidad. Las movilizaciones por la vivienda han llenado plazas en varias ciudades españolas y han conectado una reivindicación concreta —poder pagar una casa sin dejar medio sueldo por el camino— con un malestar generacional bastante más amplio. El comunismo encuentra ahí una puerta de entrada menos abstracta que un tratado de Marx: el recibo del alquiler.
Un comunismo que rompe también con la izquierda institucional
El Movimiento Socialista no dirige sus críticas únicamente hacia la derecha. Ahí reside probablemente uno de sus elementos más distintivos: también cuestiona de manera frontal a la izquierda parlamentaria.
Sus organizaciones consideran que la izquierda institucional ha terminado administrando el capitalismo en lugar de construir una alternativa al mismo. PSOE, Sumar o Podemos aparecen, con diferentes grados de responsabilidad, dentro de una crítica general a la política institucional. En Euskadi, esa tensión se reproduce particularmente con EH Bildu y Sortu, cuya evolución institucional es cuestionada desde posiciones situadas más a la izquierda.
No es una disputa puramente teórica. Las relaciones entre organizaciones vinculadas a GKS y sectores de la izquierda abertzale han acumulado roces en espacios juveniles, universitarios, movilizaciones e incluso en la participación en determinadas fiestas populares. Durante 2026, colectivos relacionados con el Movimiento Socialista denunciaron públicamente lo que consideraban un veto político para participar en algunas estructuras festivas de Bilbao.
La vieja familia de la izquierda vuelve así a protagonizar una de sus costumbres más resistentes: discutir consigo misma. Esta vez, sin embargo, existe una diferencia generacional bastante evidente. Muchos de quienes están organizando estas estructuras no habían nacido cuando cayó la Unión Soviética y tienen poca relación biográfica con las grandes batallas del comunismo español del siglo XX.
Su marco es otro: alquileres imposibles, salarios bajos, trabajos temporales, crisis climática, guerras, dificultades para emanciparse y una profunda desconfianza hacia los partidos. El decorado histórico ha cambiado bastante, aunque algunas palabras vuelvan a sonar conocidas.
Miles de jóvenes y una señal de crecimiento que ya resulta visible
El tamaño exacto del Movimiento Socialista resulta difícil de determinar porque no existe un censo público conjunto de militantes y las diferentes organizaciones no funcionan como una única formación política convencional. Pero sus movilizaciones ofrecen algunas pistas sobre la capacidad de convocatoria alcanzada.
El 31 de enero de 2026, GKS congregó a miles de jóvenes en Bilbao y Pamplona en manifestaciones contra el fascismo y el autoritarismo. Meses después, distintas organizaciones del Movimiento Socialista celebraron movilizaciones simultáneas por el Primero de Mayo; las estimaciones difundidas en el entorno del movimiento situaron en alrededor de 10.000 participantes la asistencia conjunta en el Estado.
La imagen más reciente llegó este octubre en Elizondo, Navarra. El Gazte Topagune Sozialista organizado por GKS e IAS reunió durante varios días a unas 4.500 personas según los organizadores, frente a las más de 3.000 contabilizadas en la edición de 2024. Hubo debates políticos, formación marxista, conciertos y una manifestación contra el fascismo y el autoritarismo estatal.
El encuentro terminó elevando todavía más el listón ideológico. GKS planteó como horizonte político la reconstrucción de un Partido Comunista de dimensión europea, dentro de una estrategia internacionalista que supera incluso el marco español.
Son cifras apreciables para un espacio político juvenil y extraparlamentario. Conviene, sin embargo, no convertirlas automáticamente en otra cosa. Congregaciones de miles de personas no equivalen a millones de votantes ni permiten afirmar que España atraviese una resurrección comunista de masas. No existen encuestas que midan específicamente el apoyo social al Movimiento Socialista y, de momento, sus principales organizaciones tampoco compiten electoralmente.
Marx vuelve, pero en un país completamente distinto
La particularidad de esta generación es que recupera un vocabulario antiguo para problemas muy contemporáneos. Habla de burguesía y proletariado, pero sus militantes se encuentran con plataformas digitales, contratos precarios, fondos inmobiliarios y precios urbanos que dificultan marcharse de casa de los padres. Lenin conviviría aquí, probablemente algo desconcertado, con Wallapop, Bizum y alquileres de cuatro cifras.
Su discurso bebe del marxismo revolucionario clásico y atribuye numerosos conflictos —vivienda, precariedad, desigualdad, crisis climática o discriminación— a una misma estructura económica. Esa visión integral es precisamente uno de sus argumentos para atraer a activistas que anteriormente militaban en movimientos sectoriales.
También explica algunas de sus discrepancias con determinadas corrientes de la izquierda contemporánea. Frente a una política construida alrededor de identidades o problemas tratados por separado, el Movimiento Socialista pretende situar nuevamente la clase social como eje organizador.
Nada especialmente nuevo en la historia del pensamiento socialista; bastante menos habitual, en cambio, en la política española de las últimas décadas. La novedad está menos en la doctrina que en la generación que vuelve a reivindicarla.
De las banderas rojas a una incógnita política real
El Movimiento Socialista ha dejado de ser una pequeña peculiaridad de la política juvenil vasca. Tiene organizaciones en numerosos territorios, capacidad para reunir a miles de jóvenes, presencia creciente en conflictos sociales y una identidad ideológica muy definida para una época dominada por partidos que suelen rebajar el volumen de sus grandes palabras.
Otra cosa es hasta dónde puede llegar. Su rechazo de la política parlamentaria convencional le permite presentarse como alternativa a una izquierda institucional desgastada entre gobiernos, pactos y contradicciones. A la vez, esa misma estrategia dificulta medir su verdadera fuerza social. No hay resultados electorales detrás de las banderas, ni encuestas suficientemente precisas, ni una estructura estatal única comparable a la de un partido.
Lo indiscutible es el cambio de escala. De aquella ruptura estudiantil vasca de 2018 ha surgido una constelación organizada que, ocho años después, aparece en Madrid, Barcelona, Galicia, Valencia, Asturias o Canarias y llena encuentros con varios miles de jóvenes.
El comunismo no ha regresado a España como una repetición exacta del siglo XX. Ha vuelto con otro acento generacional, otro paisaje y otros conflictos. Y su primera gran batalla no está en una fábrica de chimeneas negras, sino en algo mucho más cercano a la vida cotidiana de quienes tienen veinte o treinta años: trabajo, alquiler y futuro.
-
EspañaCuatro jóvenes agreden a un conductor del tranvía durante el Pilar
-
TecnologíaMuere Richard ‘Levelord’ Gray, el diseñador detrás de Duke Nukem 3D
-
EconomíaVillajoyosa plantea dos años sin nuevas licencias de pisos turísticos
-
MundoVenezuela retoma el diálogo y negocia una reforma electoral clave
-
MundoJapón sopesa submarinos de propulsión nuclear con Takaichi al frente
-
EspañaCayetana Álvarez de Toledo gana peso como número dos del PP por Madrid
-
EstiloCabello en la menopausia: cuidados, color y tratamientos adecuados
-
SaludNavarra registra 305 casos de salmonelosis y alerta por las tortillas
-
CienciaRejuvenecen células de sangre de 80 años y las convierten en neuronas
-
CienciaTres galaxias sin materia oscura refuerzan la idea de que sí existe
-
HistoriaLa Casa de Oldemburgo une a todos los monarcas hereditarios europeos
-
EspañaUna lista única puede arrebatar al PP el control del Senado el 29-N