España
El 70% cree que los menores vivirán peor que sus padres, según el CIS
Siete de cada diez ciudadanos creen que los menores vivirán peor que sus padres, mientras pantallas, redes y pobreza marcan la preocupación social.
Resumen
- El 70% cree que los menores vivirán peor que sus padres
- Pantallas y redes sociales encabezan las preocupaciones sobre su futuro
- El CIS refleja también inquietud por pobreza, acoso y violencia infantil
España mira al futuro de sus hijos con bastante menos optimismo del que cabría esperar de una sociedad que, al menos sobre el papel, dispone de más tecnología, más educación y más protección legal que hace unas décadas. Siete de cada diez ciudadanos creen que los menores de hoy vivirán peor que sus padres cuando lleguen a la edad adulta, según el estudio sobre infancia y adolescencia publicado este 15 de octubre por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Solo un 16% confía en que vivirán mejor.
El diagnóstico no se queda en una vaga inquietud generacional. Cuando se pregunta por los principales problemas que rodean a niños y adolescentes aparecen, en primera línea, las pantallas, los videojuegos, los móviles y las redes sociales. Para el 19% de los encuestados, la adicción a estos dispositivos es el principal problema de la infancia; entre los adolescentes cobran especial peso la falta de educación y valores y el uso excesivo de las redes.
Una generación con más protección y menos futuro
El dato central dibuja una paradoja bastante incómoda. Buena parte de los adultos considera que los menores están hoy mejor protegidos que hace dos décadas —el 53% comparte esa impresión—, pero esa mejora no se traduce en confianza sobre el mundo que encontrarán cuando crezcan. Protegidos durante la infancia, quizá; mejor situados en la vida adulta, no necesariamente.
No es una sensación completamente nueva. En junio de 2024, otra encuesta del CIS concluía que un 58% de los españoles pensaba que los jóvenes vivirían peor que sus padres. El nuevo estudio eleva el pesimismo cuando la mirada se concentra específicamente en los niños y adolescentes actuales. La fotografía cambia de encuadre, pero la sombra es parecida: la vieja idea del progreso entre generaciones ha perdido fuerza.
Durante décadas funcionó una especie de contrato silencioso: estudiar más, trabajar, independizarse y terminar viviendo algo mejor. Esa escalera parece hoy bastante menos sólida en la percepción social. El futuro ya no se da por supuesto como una habitación más grande que la del presente.
Pantallas y redes sociales, en el centro de la preocupación
Para los niños, el uso problemático de pantallas, videojuegos y teléfonos móviles aparece como la principal preocupación mencionada por los adultos. Le siguen cuestiones como la carencia de educación y valores y la falta de atención familiar. En la adolescencia cambia ligeramente el orden: la falta de educación y valores aparece en primer lugar, seguida del uso excesivo de redes sociales y de la dependencia de las pantallas.
Conviene no convertir el teléfono móvil en el villano universal de la película. Las redes también sirven para relacionarse, informarse, aprender o mantener comunidades que antes sencillamente no existían. El problema señalado es el uso excesivo o problemático, no la mera existencia de la tecnología. Y ahí la frontera puede resultar resbaladiza: el mismo aparato sirve para hacer los deberes, hablar con un amigo, ver veinte vídeos seguidos y recibir una agresión a través de una aplicación.
El mundo digital también deja heridas reales
El estudio permite observar esa otra cara. Entre los encuestados de 40 años o menos, más de una cuarta parte asegura que durante su infancia o adolescencia recibió insultos, amenazas o acoso a través de internet, redes sociales o servicios de mensajería. Un 23,5% afirma haber recibido proposiciones sexuales, contenido sexual no solicitado o presiones para enviar imágenes íntimas.
Es un detalle importante porque rompe aquella antigua separación entre el mundo «real» y el digital. Para un adolescente, un insulto recibido en una pantalla puede pesar tanto como el pronunciado en el patio del instituto. A veces más: queda escrito, puede difundirse y cabe en el bolsillo.
La pobreza infantil aparece como un problema político
El pesimismo sobre el futuro tampoco se reduce a TikTok, videojuegos y móviles. El 73% de los ciudadanos considera que la pobreza de los menores puede mitigarse mediante compromisos políticos de las distintas administraciones, con medidas como prestaciones económicas, becas de comedor o protección frente a los desahucios.
El matiz es relevante. La encuesta refleja preocupación, pero no fatalismo absoluto. Una mayoría entiende que las condiciones en las que crece un niño dependen también de decisiones colectivas: renta disponible en el hogar, vivienda, ayudas públicas, alimentación, educación. El futuro de una generación no cabe entero en una pantalla de seis pulgadas.
Ahí aparece uno de los contrastes más llamativos del estudio. Un 64% considera que las administraciones se preocupan poco o nada por la defensa y protección de los menores. Y un 63% sostiene que los centros educativos prestan poca o ninguna atención adecuada a quienes sufren acoso escolar.
El recuerdo de la infancia adulta deja datos difíciles de ignorar
La encuesta del CIS no se limita a preguntar cómo vemos a los menores actuales. También obliga a los adultos a mirar hacia atrás. Y esa parte del espejo es áspera.
El 48,6% de los adultos afirma haber recibido bofetadas o golpes como castigo durante su infancia o adolescencia. Un 17,3% recuerda haber sufrido patadas o palizas y un 10,4% agresiones relacionadas con características personales, como el color de piel o la orientación sexual. Aproximadamente un tercio dice haber sido ignorado o tratado con indiferencia, mientras un 31,8% recuerda no haber recibido el apoyo que necesitaba ante problemas emocionales, educativos o personales importantes.
También aparecen experiencias de violencia sexual: uno de cada tres adultos declara haber vivido comentarios, insinuaciones o comportamientos sexuales que le hicieron sentirse incómodo; un 17% sufrió contactos físicos de carácter sexual no deseados y un 8,8% asegura haber sido obligado a realizar otros actos sexuales que no quería.
El castigo conserva todavía espacio en la educación
La transformación cultural, además, dista de estar terminada. Más de la mitad de los participantes está de acuerdo con que a los niños se les debe enseñar a obedecer desde pequeños incluso mediante castigos, aunque un 45,4% rechaza el uso de insultos para reprenderlos.
Cuando se pregunta por los valores que deberían transmitir las familias, el respeto ocupa el primer lugar, citado por el 54%; le siguen la empatía, con un 34%, y la responsabilidad, con un 24%. La sociedad parece haber cambiado de vocabulario —menos autoridad por sí misma, más respeto y empatía— aunque conserva algunas contradicciones de la educación de otras épocas.
Un estudio con más de 6.000 entrevistas en toda España
El trabajo del CIS se apoya en 6.028 entrevistas a mayores de 18 años, realizadas en 1.422 municipios de las 50 provincias españolas entre el 17 y el 25 de septiembre de 2026. La ficha técnica establece un margen de error de ±1,3 puntos para el conjunto de la muestra, con un nivel de confianza del 95,5%.
Se trata del primer estudio de estas características realizado por el organismo dentro del marco establecido por la ley de protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia, aprobada en 2021, que contempla la recopilación periódica de información sobre las actitudes sociales hacia la violencia ejercida contra menores.
Eso también permite leer los resultados con cierta cautela. La encuesta mide percepciones y experiencias declaradas, no certifica que los menores actuales vayan efectivamente a vivir peor dentro de veinte o treinta años. Una expectativa social no es una profecía económica. Pero cuando siete de cada diez adultos comparten semejante pronóstico, deja de ser una impresión aislada y pasa a describir el estado de ánimo de una sociedad.
El progreso deja de darse por supuesto
El resultado más potente del estudio quizá sea precisamente ese cambio de perspectiva. Durante mucho tiempo España pudo mirar hacia atrás y comprobar transformaciones enormes entre generaciones: más años de escolarización, mayor esperanza de vida, sanidad universal, nuevas libertades civiles, hogares mejor equipados y oportunidades que los abuelos ni siquiera podían imaginar.
La tecnología ha avanzado todavía más deprisa. En el bolsillo de un adolescente hay una máquina que habría parecido ciencia ficción no hace tanto. Y, sin embargo, solo un 16% cree que esos menores vivirán mejor que sus padres.
Es una contradicción muy de este tiempo: nunca hubo tantas herramientas para comunicarse, aprender o acceder al conocimiento y, al mismo tiempo, una mayoría adulta observa a la generación que viene con una mezcla de preocupación y desconfianza. Las pantallas concentran una parte visible del temor, pero debajo asoman cuestiones mucho más antiguas —pobreza, atención familiar, violencia, educación y protección pública—. El móvil quizá sea el objeto más brillante de la habitación. No necesariamente es todo lo que está pasando.
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