Ciencia
Las niñas muestran más interés por los rostros desde el nacimiento
Un estudio de Cambridge con 130 recién nacidos detecta una mayor preferencia de las niñas por los rostros durante las primeras horas de vida
Resumen
- Las niñas miran más los rostros desde las primeras horas de vida
- El estudio analizó a 130 recién nacidos con una edad media de 33 horas
- La diferencia es media y no permite predecir conductas individuales
Las diferencias en la atención social entre niños y niñas pueden aparecer mucho antes de lo que se pensaba. Un estudio de la Universidad de Cambridge realizado con 130 recién nacidos, examinados cuando apenas habían transcurrido unas horas desde el parto, ha detectado que las niñas muestran de media una mayor preferencia visual por los rostros humanos que los niños.
El matiz importa. Los bebés de ambos sexos se sienten atraídos por las caras, pero las niñas distribuyeron una proporción mayor de su atención hacia el rostro cuando podían elegir entre este y un objeto mecánico en movimiento. La diferencia apareció cuando los pequeños tenían una edad media de apenas 33 horas, un momento en el que la experiencia acumulada fuera del útero es todavía mínima.
Una diferencia visible apenas unas horas después del nacimiento
El trabajo, publicado en Biology of Sex Differences, incluyó a 67 niños y 63 niñas nacidos a término y sin problemas de salud conocidos. Los investigadores querían abordar una discusión bastante más antigua que cualquier laboratorio moderno: hasta qué punto ciertas diferencias de comportamiento aparecen por la educación y el entorno, y hasta qué punto pueden intervenir factores presentes antes del nacimiento.
La respuesta que ofrece el experimento es interesante, pero menos rotunda de lo que algunos titulares podrían sugerir. Encontrar una diferencia durante las primeras horas de vida hace difícil atribuirla únicamente a la socialización posterior, pero no demuestra una causa genética u hormonal concreta, ni mucho menos que el comportamiento futuro de una persona quede escrito en la cuna.
Hay promedios, no destinos individuales. Los propios investigadores subrayan que existe una amplia superposición entre niños y niñas y una considerable variabilidad dentro de cada grupo. Una recién nacida no tiene por qué interesarse más por una cara que un recién nacido simplemente por su sexo. La diferencia aparece cuando se comparan estadísticamente ambos grupos.
Un rostro frente a un péndulo de Newton
El experimento fue deliberadamente sencillo. A cada bebé se le mostraron simultáneamente dos vídeos. En uno aparecía un rostro humano con movimientos naturales; en el otro, unas bolas metálicas oscilaban de manera regular, como en el conocido péndulo de Newton.
La elección no fue casual. Los científicos buscaban contraponer un estímulo social, cambiante y humano con otro mecánico y previsible. También pretendían corregir algunos problemas metodológicos señalados en investigaciones anteriores, entre ellos el uso de personas reales como estímulo, algo que puede introducir pequeños cambios involuntarios en gestos, posición o expresión. Los vídeos permitieron ofrecer exactamente los mismos estímulos a todos los bebés.
Las niñas dedicaron un 58,5% de su atención al rostro
En el conjunto de los participantes, los recién nacidos pasaron aproximadamente el 54,75% de su tiempo de observación mirando la cara, por encima del 50% que correspondería a una elección completamente equilibrada entre ambos estímulos.
La diferencia apareció al separar los datos por sexo. Las niñas dedicaron de media el 58,53% de su tiempo de observación al rostro, mientras que los niños se situaron en el 51,20%. Dicho de otra manera, ellas repartieron su mirada de forma más claramente inclinada hacia el estímulo social; ellos la distribuyeron de manera mucho más equilibrada entre la cara y el mecanismo. La magnitud estadística de la diferencia fue moderada.
Aquí aparece uno de esos detalles que separan un resultado científico de una frase demasiado cómoda. Cuando los investigadores analizaron el tiempo absoluto dedicado a cada vídeo, no encontraron que las niñas mirasen significativamente más tiempo las caras que los niños. Lo que cambia es cómo reparten su atención entre los dos estímulos disponibles.
Entre las niñas sí apareció una preferencia clara dentro del propio grupo: observaron el rostro durante una media de 33,2 segundos y el objeto durante 22,9. Entre los niños, en cambio, la diferencia entre el rostro, 30,9 segundos, y el mecanismo, 26,5, no fue estadísticamente significativa.
La biología prenatal entra en escena, pero no resuelve el misterio
Que la diferencia pueda detectarse aproximadamente un día después del parto plantea una posibilidad evidente: algunos de los factores implicados podrían comenzar a actuar durante el embarazo. Entre las hipótesis están los niveles hormonales prenatales, las diferencias madurativas y otros mecanismos biológicos relacionados con el desarrollo fetal.
Pero una hipótesis no es una sentencia. El estudio no midió directamente qué hormona, gen o mecanismo cerebral pudo provocar la conducta observada. Tampoco permite descartar explicaciones más sencillas, como diferencias en la maduración visual de los recién nacidos o incluso características perceptivas concretas de los dos vídeos utilizados.
Los investigadores reconocen esas limitaciones. El resultado depende tanto del tipo de estímulos enfrentados como del método empleado para medir la atención. También destaca una proporción elevada de nacimientos por cesárea, cercana al 47%, aunque la vía del parto no explicó las diferencias encontradas cuando fue incluida en el análisis estadístico.
No es, por tanto, el certificado de defunción del viejo debate entre naturaleza y educación. Más bien añade una pieza bastante temprana al puzle: cuando la educación apenas ha tenido tiempo de entrar en escena, ya pueden observarse diferencias promedio en la atención visual.
Por qué el estudio interesa a la investigación sobre el autismo
Uno de los terrenos donde estos resultados pueden tener más recorrido es el estudio del autismo y de otras formas de neurodiversidad. El autismo se diagnostica con mayor frecuencia en niños que en niñas y, al mismo tiempo, diversas investigaciones han advertido de que parte de esa distancia puede estar relacionada con diferencias en la presentación clínica y con un posible infradiagnóstico entre niñas y mujeres.
El estudio no sostiene que mirar durante unos segundos un rostro permita predecir autismo. Nada parecido. La posible relación es más sutil: si existen diferencias sexuales muy tempranas en los mecanismos que orientan la atención hacia la información social, observar cómo evolucionan podría ayudar a comprender mejor por qué algunos trastornos del neurodesarrollo presentan patrones distintos según el sexo.
El equipo continúa precisamente esa línea mediante estudios longitudinales, siguiendo a los niños a medida que crecen para comprobar si las preferencias detectadas durante los primeros días guardan alguna relación con diferencias posteriores en el cerebro, la conducta o las capacidades sociales. Eso será bastante más revelador que una fotografía tomada a las 33 horas de vida.
También obliga a manejar el asunto con cautela. Una menor preferencia relativa por una cara no equivale a una dificultad social, del mismo modo que prestar más atención al mecanismo no convierte a un recién nacido en más sistemático. Son interpretaciones tentadoras porque encajan bien en categorías adultas; precisamente por eso necesitan pruebas.
Una pequeña diferencia que abre una pregunta científica enorme
Lo más sólido del trabajo no está en afirmar que niños y niñas nacen con dos cerebros radicalmente distintos —los datos no dicen eso—, sino en mostrar que algunas diferencias promedio en la atención pueden detectarse prácticamente desde el nacimiento.
El efecto es moderado, las distribuciones se solapan ampliamente y quedan muchas explicaciones abiertas. Pero ese es justamente su interés. Entre un rostro que se mueve y unas bolas metálicas que chocan una y otra vez, 130 bebés recién llegados al mundo han dejado una señal estadística medible.
Todavía queda por saber qué la produce, cuánto dura y si significa algo para el desarrollo posterior. La ciencia, para desgracia de los eslóganes fáciles, suele funcionar así: una diferencia de unos pocos puntos porcentuales abre una puerta; no escribe el resto de la historia.
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