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Ciencia

Bacterias en Marte: un microbio sobrevive 14 días en una simulación

Una arquea terrestre soportó un mes de desecación y 14 días de Marte simulado antes de recuperar su crecimiento al volver a condiciones favorables.

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Bacterias en Marte

Resumen

  • Un microbio terrestre sobrevivió 14 días bajo condiciones marcianas simuladas
  • Antes del ensayo pasó un mes desecado y después volvió a crecer
  • El hallazgo refuerza el interés por rocas, regolito y subsuelo de Marte

Un microorganismo terrestre ha conseguido sobrevivir durante 14 días bajo condiciones que imitan las de Marte y, terminado el experimento, volvió a crecer cuando los investigadores lo colocaron de nuevo en un ambiente favorable. Antes había pasado, además, un mes completamente desecado. El resultado ofrece una nueva pista sobre hasta dónde puede llegar la resistencia de la vida microscópica en un planeta que, visto desde una célula terrestre corriente, se parece bastante a una cámara frigorífica sometida a vacío y radiación.

Conviene hacer una precisión desde el principio. Aunque búsquedas como «bacterias en Marte» se utilizan habitualmente para hablar de estos experimentos, el protagonista no es técnicamente una bacteria. Se llama Acidianus manzaensis y pertenece al dominio de las arqueas, microorganismos distintos de las bacterias aunque a simple vista puedan parecer parientes cercanos. El estudio sometió al organismo a una simulación especialmente severa del ambiente marciano.

Catorce días en un Marte fabricado en laboratorio

El experimento se desarrolló en la Mars Simulation Facility del Centro Aeroespacial Alemán, en Berlín. Durante 340 horas, exactamente 14 días, las muestras soportaron ciclos diseñados para reproducir parte de lo que encontrarían sobre la superficie marciana.

La temperatura osciló entre 15 ºC y −50 ºC, siguiendo jornadas artificiales de 16 horas de luz y ocho de oscuridad. La presión se redujo hasta aproximadamente 8 hectopascales, una fracción diminuta de la presión terrestre al nivel del mar, mientras que la atmósfera de la cámara estaba compuesta principalmente por dióxido de carbono. También se reprodujo un espectro de radiación solar semejante al marciano, incluida radiación ultravioleta.

No era, por tanto, simplemente meter unos microbios en frío. El problema de Marte es precisamente la combinación: sequedad extrema, presión bajísima, radiación y grandes cambios térmicos, todo ello bajo una atmósfera dominada por el CO₂. Cada factor por separado puede resultar dañino; juntos convierten la superficie marciana en un lugar particularmente hostil para la vida terrestre conocida.

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Y aun así, parte del material biológico sobrevivió.

El detalle decisivo: las células volvieron a crecer

Para demostrar supervivencia no bastaba con encontrar restos celulares. Los investigadores intentaron recultivar las muestras después del experimento. Las colocaron de nuevo en condiciones adecuadas para Acidianus manzaensis, a unos 75 ºC, y siguieron su evolución durante 72 horas.

La recuperación funcionó. Eso significa que había células capaces de reanudar su actividad tras la desecación y la posterior exposición marciana simulada. No eran simplemente restos microscópicos conservados dentro de una roca o de una muestra mineral.

El resultado resulta más llamativo porque las muestras habían soportado previamente un mes sin agua disponible. Primero sequedad; después, dos semanas de Marte artificial. Una especie de doble filtro ambiental que muchas formas de vida no superarían.

Qué tiene de especial Acidianus manzaensis

No se eligió un microorganismo cualquiera. Acidianus manzaensis fue aislado originalmente en una fumarola caliente de Manza, Japón, y pertenece a un grupo de arqueas acostumbradas a escenarios que a nosotros nos parecerían poco hospitalarios: temperaturas elevadas, ambientes muy ácidos y presencia de metales pesados.

Es un extremófilo. El término no significa que sea indestructible, sino que puede desenvolverse en condiciones situadas fuera de la cómoda franja ambiental donde vivimos los humanos y buena parte de los organismos que conocemos.

Precisamente por eso interesa a la astrobiología. El Marte actual es frío y seco, pero el Marte primitivo fue mucho más activo desde el punto de vista geológico, con agua líquida en su superficie, vulcanismo y entornos que pudieron parecerse en algunos aspectos a determinadas zonas hidrotermales terrestres.

Una arquea que vive de una química muy básica

Este microorganismo también resulta interesante por su metabolismo. Puede obtener energía mediante reacciones con compuestos inorgánicos y utilizar dióxido de carbono como fuente de carbono. No necesita un paisaje verde, oxígeno abundante ni un lago templado.

Eso amplía bastante el concepto intuitivo de lugar habitable. Cuando se busca vida fuera de la Tierra, imaginar un bosque es probablemente empezar mal. Una célula escondida entre minerales, alimentándose de azufre o hierro y soportando condiciones desagradables durante años sería un candidato mucho más realista. Los extremófilos terrestres funcionan así como pequeños ensayos generales de lo que podría ocurrir en otros mundos.

El experimento no demuestra que exista vida en Marte

Aquí conviene poner el freno antes de que el titular viaje más rápido que los datos. Nadie ha encontrado esta arquea en Marte, ni el experimento demuestra que organismos terrestres puedan permanecer indefinidamente vivos sobre su superficie.

Tampoco significa que una colonia pudiera crecer tranquilamente junto a un rover. Los investigadores han probado supervivencia durante un periodo limitado y bajo una simulación controlada, no una reproducción perfecta de todos los peligros acumulados durante años, siglos o millones de años en el planeta rojo.

Hay otro matiz particularmente importante. Las células se encontraban mezcladas con un material mineral que imitaba el regolito marciano. La radiación ultravioleta afecta sobre todo a las capas más expuestas y unos pocos milímetros de material pueden proporcionar una protección considerable frente a parte de esa radiación.

Eso no resta interés al resultado. Al contrario. Hace que la cuestión científica sea más concreta: quizá la superficie desnuda de Marte sea demasiado agresiva, mientras que el interior del regolito, las grietas de las rocas o el subsuelo podrían comportarse de una manera muy distinta.

Sobrevivir no es lo mismo que vivir normalmente

Existe también una diferencia esencial entre sobrevivir y desarrollarse. Una célula puede entrar en un estado de actividad mínima, soportar condiciones pésimas y recuperarse cuando el ambiente mejora. Eso no implica que esté creciendo y reproduciéndose mientras dura la exposición.

En Marte ese matiz es enorme. Un microorganismo podría permanecer protegido durante un tiempo sin que el planeta ofrezca las condiciones necesarias para mantener una población activa en superficie. Por eso los resultados hablan principalmente de resistencia biológica, no de habitabilidad demostrada.

Las moléculas que también interesan a los científicos

El trabajo no se limitó a comprobar si las células seguían vivas. Los investigadores estudiaron unas moléculas conocidas como quinonas con grupos de tiofeno, componentes relacionados con procesos metabólicos celulares y especialmente interesantes porque algunas de sus estructuras químicas pueden sobrevivir durante periodos muy largos.

Los tiofenos llaman la atención por otra razón: compuestos de este tipo ya se han detectado en sedimentos marcianos del cráter Gale, explorado durante años por el rover Curiosity.

Eso no convierte los tiofenos marcianos en una señal automática de vida. Pueden formarse mediante procesos biológicos, pero también mediante reacciones químicas no biológicas. Ahí está precisamente el quebradero de cabeza de la astrobiología: encontrar una molécula orgánica es relativamente sencillo; demostrar que la fabricó un ser vivo es otra historia.

Los científicos analizaron cómo cambiaban estas moléculas después de someter las muestras a las condiciones simuladas. Aparecieron algunas diferencias, aunque esos resultados moleculares todavía necesitan experimentos más sensibles y nuevas pruebas con distintos tipos de radiación.

Marte obliga a buscar vida donde menos se ve

El experimento con Acidianus manzaensis aporta, sobre todo, una enseñanza incómoda para nuestras intuiciones: la vida microscópica puede ser mucho más resistente de lo que parece.

Dos semanas no son millones de años, claro. El estudio tampoco transforma Marte en un planeta acogedor. Pero demuestra que determinadas células terrestres pueden superar simultáneamente desecación prolongada, baja presión, oscilaciones térmicas y radiación marciana simulada para después recuperar su crecimiento.

Eso afecta también a la llamada protección planetaria. Si microorganismos extremadamente resistentes pueden viajar adheridos a materiales y sobrevivir durante cierto tiempo en ambientes extraterrestres, esterilizar las sondas que enviamos a otros mundos deja de ser una obsesión burocrática y se convierte en una necesidad científica. Encontrar vida en Marte sería extraordinario; encontrar allí, por accidente, algo que nosotros mismos llevamos desde la Tierra tendría bastante menos encanto.

Y la otra lectura es todavía más sugerente. Si algún microorganismo llegó a existir en el Marte antiguo, quizá buscarlo directamente sobre una superficie castigada durante miles de millones de años por la radiación no sea la mejor apuesta. Rocas, minerales, grietas y subsuelo vuelven a aparecer como los escondites más prometedores.

Un planeta hostil con refugios todavía por explorar

Marte sigue siendo un lugar brutal para la vida conocida. El frío, la sequedad, la baja presión y la radiación forman una barrera formidable. Pero este experimento demuestra que algunos microorganismos terrestres pueden soportar mucho más de lo que cabría esperar y recuperar después su actividad.

No es una prueba de vida marciana, ni mucho menos. Es algo quizá más modesto y científicamente más útil: una demostración de que los límites de la supervivencia microbiana siguen desplazándose. Y de que, cuando se busque vida en Marte, probablemente habrá que mirar menos al paisaje abierto y más a esos lugares discretos donde una roca, unos milímetros de polvo o una grieta pueden separar un entorno letal de un pequeño refugio.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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