Síguenos

Economía

El FMI alerta: la eurozona crecerá un 1,3% en 2028 pese a las crisis

Europa resiste mejor de lo previsto, pero el FMI mantiene un crecimiento débil y alerta de inflación, deuda y tensiones que frenan la recuperación

Publicado

el

Kristalina Gueorguieva

Por World Bank Group / Grant Ellis - World Bank, CC BY-SA 4.0, Wikimedia Commons

Resumen

  • La eurozona crecerá un 1,1% en 2026 y apenas un 1,3% en 2028
  • La inflación alcanzó el 3,8% en septiembre, impulsada por la energía
  • España destaca con un crecimiento previsto del 2,5% en 2026

La economía europea ha demostrado una resistencia mayor de la que cabía esperar después de encadenar guerras, encarecimiento de la energía, tensiones comerciales, sequía y unos aranceles que siguen pesando sobre las exportaciones. Pero resistir no es lo mismo que avanzar. El Fondo Monetario Internacional dibuja para la eurozona un horizonte de crecimiento muy débil: el PIB aumentará un 1,1% en 2026, un 1,2% en 2027 y apenas un 1,3% en 2028.

La lectura tiene dos caras. La buena es que la actividad económica se ha comportado mejor de lo previsto a pesar de una sucesión de perturbaciones externas que habría hecho descarrilar a economías europeas menos preparadas hace apenas una década. La mala, bastante menos fotogénica, es que el continente parece acostumbrarse a crecer alrededor del 1%. No hay recesión, pero tampoco despegue. Una especie de estabilidad a velocidad de bicicleta.

Europa aguanta los golpes, aunque sigue sin ganar velocidad

El diagnóstico del FMI parte de una constatación incómoda. Los problemas ya no llegan de uno en uno. A los efectos de las guerras y del encarecimiento energético se han sumado los aranceles internacionales, una elevada incertidumbre geopolítica y geoeconómica y, durante el verano, episodios de calor extremo y sequía que también han repercutido sobre la actividad.

Canal oficial
El Folio en WhatsApp
Recibe las noticias más importantes, alertas y última hora.

Con semejante paisaje, que Europa continúe creciendo tiene mérito. El propio Fondo reconoce que la economía regional ha funcionado mejor de lo esperado. Sin embargo, califica la expansión como frágil y advierte de que el horizonte a medio plazo sigue siendo mediocre. Los Estados tienen que gastar más en defensa, energía, envejecimiento de la población e infraestructuras precisamente cuando los costes de financiación vuelven a hacerse notar y el margen presupuestario no sobra.

Ese es uno de los grandes cambios respecto a la Europa de los tipos de interés ultrabajos. Endeudarse ya no sale casi gratis y las facturas que esperan a los gobiernos son mayores. El resultado es una combinación algo ingrata: más necesidades de gasto público, crecimiento insuficiente para financiarlas con comodidad y una política monetaria que tampoco puede relajarse alegremente.

La inflación vuelve a complicar el tablero europeo

Porque mientras el crecimiento permanece anémico, los precios han vuelto a acelerar. La inflación anual de la eurozona alcanzó el 3,8% en septiembre de 2026, frente al 3,2% de agosto y el 2,2% registrado un año antes. En el conjunto de la Unión Europea, la tasa también se situó en el 3,8%.

La energía está detrás de buena parte del salto. Su tasa interanual alcanzó el 18,8% en septiembre y aportó 1,71 puntos porcentuales a la inflación de la zona euro. Después aparecen los servicios, que sumaron otros 1,52 puntos. Es una combinación que explica por qué el escenario económico resulta bastante menos cómodo de lo que sugeriría una simple cifra positiva de PIB: crecimiento bajo y energía cara dejan escaso espacio para errores.

El FMI espera que estas presiones terminen moderándose y calcula que la inflación de la eurozona se irá acercando de nuevo al objetivo del 2%, hasta rondar el 2,2% en 2028. Pero la trayectoria puede torcerse fácilmente si vuelven a agravarse las interrupciones energéticas, las guerras o las tensiones comerciales. Y ahí aparece la paradoja clásica: una economía que agradecería condiciones financieras más suaves convive con una inflación que obliga a mantener la guardia alta.

España se desmarca del atasco de la eurozona

Dentro de este escenario gris hay diferencias importantes. España continúa siendo una de las grandes excepciones. El FMI elevó en octubre su previsión de crecimiento para la economía española hasta el 2,5% en 2026, cuatro décimas más que en su estimación anterior y más del doble del 1,1% previsto para el conjunto de la zona euro. Para 2027 espera una moderación hasta el 1,8%.

La distancia es considerable. España se beneficia de una demanda interna más dinámica, el empleo, la inversión y una evolución de los servicios mejor que la de buena parte de sus socios. También Irlanda contribuye de manera relevante a mejorar la media europea. Es decir, el 1,1% de la eurozona esconde economías con velocidades muy distintas.

Eso no convierte a España en una isla inmune. La debilidad de Alemania, Francia o Italia termina llegando mediante el comercio, la inversión y las cadenas industriales; y una factura energética elevada atraviesa fronteras con mucha más facilidad que cualquier reglamento comunitario. El crecimiento español ofrece un colchón, no una muralla.

El problema europeo empieza donde terminan las crisis

Las guerras y los aranceles explican parte del frenazo, pero el FMI insiste desde hace tiempo en algo menos espectacular y bastante más difícil de resolver: Europa arrastra problemas estructurales que existirían incluso con un escenario internacional tranquilo.

La productividad avanza lentamente, muchas empresas encuentran dificultades para crecer hasta adquirir escala continental y el mercado único continúa dividido por regulaciones, sistemas fiscales, normas financieras y procedimientos nacionales. Europa ahorra mucho dinero, pero no siempre consigue dirigir ese capital hacia las empresas jóvenes e innovadoras capaces de convertirse en grandes grupos tecnológicos o industriales.

Un análisis del propio FMI calcula que profundizar la integración de los mercados bancarios y del capital riesgo podría elevar la producción europea al menos un 3% a largo plazo. Solo reducir las barreras al negocio bancario transfronterizo supondría alrededor de un 2% adicional de PIB para la Unión Europea. El dinero existe; lo curioso es que a menudo sigue detenido en las antiguas fronteras nacionales aunque esas fronteras lleven décadas sin garitas.

Defensa, pensiones y deuda compiten por el mismo presupuesto

A esta falta de productividad se une una cuestión demográfica que no admite demasiada retórica. Europa envejece. Eso significa más gasto en pensiones y sanidad justo cuando el continente pretende aumentar simultáneamente su inversión en defensa, infraestructuras y energía.

El FMI considera que cerca de tres cuartas partes de los países europeos necesitarán combinar reformas estructurales con consolidación fiscal durante los próximos años. El ajuste medio necesario rondaría el 3,5% del PIB, mientras que los actuales planes europeos se sitúan, de media, más cerca del 2%. Para aproximadamente una cuarta parte de los países, el esfuerzo requerido podría superar incluso el 5% del PIB.

No se trata simplemente de recortar gasto. El dilema es bastante más complejo: una austeridad indiscriminada puede debilitar todavía más una economía que ya crece poco, mientras que mantener déficits elevados durante años aumenta la deuda y los intereses. El Fondo empuja, por eso, hacia una mezcla de cuentas públicas sostenibles y reformas capaces de elevar la productividad. Difícil de vender en campaña electoral, seguramente. Pero las matemáticas fiscales tienen la desagradable costumbre de no votar.

Europa sigue en pie, pero necesita algo más que resistencia

La fotografía del FMI no describe una economía europea al borde del precipicio. Describe algo quizá menos dramático y más persistente: una región capaz de absorber golpes extraordinarios pero con dificultades para recuperar una velocidad de crecimiento convincente.

Que la eurozona haya resistido mejor de lo previsto las guerras, la crisis energética, los aranceles y la incertidumbre internacional es una señal de fortaleza institucional y económica. Que después de todo eso el horizonte continúe instalado entre el 1,1% y el 1,3% revela, al mismo tiempo, el tamaño del problema.

El riesgo para Europa no es únicamente la próxima crisis. Es acostumbrarse a que crecer poco sea normal. Con una población que envejece, más gasto en defensa, energía todavía cara y una competencia tecnológica cada vez más dura, unas décimas de PIB dejan de ser una estadística aburrida. Son el margen con el que se pagan salarios, pensiones, inversión y servicios públicos.

La resistencia ha evitado lo peor. El siguiente desafío es bastante menos épico y mucho más importante: conseguir que una economía que sabe soportar golpes vuelva también a crecer con suficiente fuerza.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído