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Economía

Turiel advierte de una crisis por vivienda, IA, energía e inflación

Antonio Turiel relaciona vivienda, inteligencia artificial, energía e inflación y alerta de un modelo económico sometido a nuevas tensiones.

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crisis entre vivienda, IA y energía

Resumen

  • Turiel relaciona vivienda, IA, energía e inflación con una crisis de modelo
  • La presión del alquiler y el coste energético ya pesan sobre los hogares
  • El auge de la IA añade otro foco de riesgo financiero, aunque no certeza

Antonio Turiel ha puesto nombre a una sensación que empieza a instalarse en demasiados hogares europeos: “lo perentorio”, aquello que ya no admite demasiadas prórrogas. En su última reflexión, publicada el 19 de octubre, el investigador del Instituto de Ciencias del Mar del CSIC reúne bajo una misma tesis el encarecimiento de la vivienda, la fiebre inversora alrededor de la inteligencia artificial, las tensiones energéticas, la inflación y un malestar social que, a su juicio, no puede explicarse como una simple sucesión de crisis independientes.

Su diagnóstico es severo: el modelo económico basado en el crecimiento permanente estaría llegando a límites cada vez más difíciles de sortear. Hay ahí una interpretación política discutible, y Turiel no la esconde. Pero bajo esa interpretación aparecen problemas bastante menos discutibles. La inflación española alcanzó el 4,9% interanual en septiembre, mientras el alquiler continuó un 5,6% por encima del nivel de un año antes. Al mismo tiempo, los organismos internacionales han comenzado a advertir de los riesgos financieros asociados a las enormes inversiones en inteligencia artificial y el mercado energético atraviesa otra etapa de fuertes tensiones.

El resultado no equivale automáticamente al gran colapso que dibuja Turiel. Tampoco permite despacharlo con una sonrisa condescendiente. La economía de 2026 está acumulando varias fuentes de presión a la vez y, cuando todas terminan cayendo sobre la misma nómina, las diferencias entre macroeconomía y vida cotidiana se vuelven bastante académicas.

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Turiel llama “perentorio” a un problema que considera estructural

Antonio Turiel, físico y matemático de formación e investigador científico del CSIC, lleva años divulgando sobre disponibilidad energética, recursos y límites materiales del crecimiento. En su reflexión sobre lo perentorio da un paso más y enlaza esos asuntos con la vivienda y con el auge de la inteligencia artificial. No plantea una desaceleración pasajera, sino una crisis del propio mecanismo de crecimiento de las economías avanzadas.

Su argumento arranca de una idea clásica de la economía política: cuando resulta más difícil encontrar nuevos espacios donde aumentar la rentabilidad, el capital busca otros lugares de los que extraerla. Turiel identifica dos especialmente visibles. Uno es tecnológico, la inteligencia artificial, alrededor de la cual observa una inversión extraordinaria y unas expectativas quizá todavía más extraordinarias. El otro no tiene nada de futurista: cuatro paredes, un techo y una llave. La vivienda.

Aquí aparece la parte más potente de su planteamiento. No porque demuestre que el capitalismo esté al borde de desaparecer —eso pertenece ya al terreno de su tesis política—, sino porque señala una transformación social evidente. El coste de las necesidades básicas absorbe una parte creciente de los ingresos mientras vuelve a subir la factura energética. El salario puede mejorar nominalmente y, aun así, la sensación doméstica ser exactamente la contraria.

El dinero disponible entra por la puerta y sale casi sin quitarse el abrigo. La metáfora tiene poco de académica, pero resume bastante bien lo que ocurre cuando vivienda, alimentación, transporte y energía compiten por una nómina que no crece al mismo ritmo.

De la crisis hipotecaria de 2008 a la presión del alquiler

Turiel establece una comparación deliberada con 2008, aunque las dos situaciones son bastante distintas. La gran crisis financiera nació de una combinación explosiva de crédito hipotecario, endeudamiento, titulización bancaria y precios inmobiliarios inflados. La vulnerabilidad estaba metida en los balances de los bancos y en millones de hipotecas.

En 2026, el foco social se ha desplazado. El problema no es únicamente comprar una vivienda, sino poder permanecer de alquiler cerca del trabajo, emanciparse o formar un hogar sin entregar una porción desproporcionada del sueldo al casero.

Una presión inmobiliaria distinta, pero cada vez más cotidiana

El precio anunciado del alquiler habitual en España se situó en septiembre en unos 15,1 euros por metro cuadrado al mes, un 5,6% más que un año antes. El dato nacional, como siempre ocurre con los promedios inmobiliarios, esconde un mapa mucho más áspero: Baleares superaba los 20 euros por metro cuadrado y las grandes áreas urbanas continuaban concentrando buena parte de la presión.

Hay otro cambio silencioso. La competencia por determinadas viviendas es feroz: durante el tercer trimestre, los anuncios de alquiler analizados recibieron una media de 43 contactos antes de retirarse, un 16% más que el año anterior. Barcelona llegó a una media de 92. Ya no se trata únicamente del precio escrito en el anuncio; se trata también de la cola invisible que hay detrás.

Llamar a esto una réplica de 2008 sería engañoso. El mecanismo financiero es diferente. Pero Turiel acierta al señalar una fractura que quizá explique mejor el clima social: para una parte creciente de la población, la vivienda ha dejado de funcionar como horizonte patrimonial y se ha convertido simplemente en un gasto mensual difícil de contener.

La inteligencia artificial empieza a enfrentarse a la factura

La segunda pieza del argumento de Turiel es más controvertida. Define el auge de la inteligencia artificial como una enorme burbuja destinada a estallar. La primera parte —que existe una extraordinaria concentración de inversión y expectativas— tiene cada vez más respaldo. La segunda —que el estallido sea inevitable— no puede darse por demostrada.

El Fondo Monetario Internacional ha incluido expresamente una corrección de los activos vinculados a la IA entre los riesgos capaces de desencadenar turbulencias financieras. Su preocupación no es que la tecnología carezca de utilidad, sino que las expectativas de beneficios, las valoraciones bursátiles, el endeudamiento y las inversiones en infraestructura hayan avanzado a velocidades distintas.

La escala ayuda a entender el nerviosismo. Las estimaciones manejadas por el mercado apuntan a que los grandes grupos tecnológicos podrían gastar conjuntamente más de 7 billones de dólares entre 2025 y 2030 en inversiones relacionadas con la IA, mientras aumenta la utilización de deuda y de estructuras de financiación vinculadas a centros de datos. La incógnita que empieza a recorrer Wall Street es bastante menos poética que las presentaciones corporativas: cuánto dinero regresará realmente después de gastar semejante montaña.

Eso no convierte automáticamente la inteligencia artificial en las puntocom de 2000 ni en las hipotecas basura de 2008. Una tecnología puede transformar industrias enteras y, al mismo tiempo, generar una burbuja financiera alrededor de determinadas empresas. El ferrocarril lo hizo en el siglo XIX; internet, bastante después. Una innovación real no garantiza cualquier valoración bursátil.

Ahí está precisamente el matiz que se pierde cuando se anuncia el estallido como certeza. Los organismos financieros hablan de riesgo, no de destino escrito. Y riesgo significa algo menos espectacular, aunque mucho más serio: precios que incorporan un futuro excepcional y que pueden caer con violencia si ese futuro termina siendo solamente bueno.

Energía e inflación: la geopolítica vuelve al supermercado

La energía completa el triángulo de Turiel. Y aquí el contexto de octubre es especialmente incómodo. Las perturbaciones en Oriente Próximo han vuelto a golpear los mercados petroleros y de productos refinados, encareciendo transporte, seguros y combustibles. Las previsiones internacionales apuntan a una caída de la demanda mundial de petróleo durante 2026, en buena medida porque los precios elevados y el deterioro económico están destruyendo consumo.

Eso introduce una paradoja que suele perderse entre titulares. Que baje la demanda de petróleo no significa necesariamente que el problema energético esté solucionándose. Puede significar que familias y empresas están consumiendo menos porque la energía se ha vuelto demasiado cara.

España ofrece una fotografía bastante nítida. El IPC de septiembre subió al 4,9%, seis décimas más que en agosto y su mayor tasa desde febrero de 2023. La inflación subyacente, que elimina buena parte de los componentes más volátiles, se situó en el 3,1%. Los combustibles estuvieron entre los factores que empujaron el índice hacia arriba.

En el conjunto de la zona euro, la inflación alcanzó el 3,8%, con la energía como principal contribución al aumento. Es decir, la transmisión ya está ocurriendo: del estrecho, el petrolero y la refinería al transporte; del transporte a la empresa; y de ahí, con mayor o menor retraso, a la etiqueta del supermercado. Poca épica. Mucha aritmética doméstica.

Donde el diagnóstico económico se convierte en una tesis política

Turiel no se limita a describir estas tensiones. Su conclusión es mucho más radical: considera necesario superar un capitalismo que, en su opinión, no puede funcionar sin crecimiento continuo dentro de un planeta con recursos finitos.

Ese salto merece separar dos planos. Los límites físicos existen; también existen el cambio climático, la degradación ambiental y la dependencia material de cualquier actividad económica. Lo que no existe es un consenso científico equivalente sobre la idea de que esos problemas conduzcan necesariamente a una única arquitectura económica posterior al capitalismo.

Ahí comienza el debate político. Ante una crisis de vivienda pueden defenderse más construcción, parque público, regulación de alquileres, reformas fiscales o distintas combinaciones de todas ellas. Frente al calentamiento global aparecen impuestos al carbono, regulación, inversión pública, electrificación, nuclear, renovables, reducción del consumo material o modelos de decrecimiento. Sobre desigualdad, otro tanto. Las discrepancias económicas y políticas no son precisamente pequeñas.

Presentar cualquiera de esas respuestas como matemáticamente inevitable sería sustituir la política por una ecuación que no existe. Los mismos problemas admiten diagnósticos distintos y, sobre todo, respuestas incompatibles entre sí.

Pero el exceso contrario también sería cómodo: pensar que basta con un pequeño ajuste aquí, una deducción allá y una aplicación móvil con inteligencia artificial para resolver unas tensiones que ya afectan simultáneamente a vivienda, energía, salarios y expectativas de futuro. La historia suele ser poco amable con las sociedades que confunden problemas estructurales con molestias pasajeras.

Una advertencia que pesa más cuando se separa el dato del veredicto

La tesis de Turiel funciona mejor como advertencia que como profecía. Reúne en una misma imagen varias grietas reales y después ofrece una interpretación ideológica muy concreta de por qué existen y adónde conducen. Conviene no confundir ambas cosas.

No sabemos que la inversión en inteligencia artificial vaya a terminar en un estallido comparable al de otras burbujas. Sí sabemos que los organismos financieros ya contemplan una corrección del mercado ligado a la IA como un riesgo, que la financiación de las grandes infraestructuras tecnológicas está aumentando y que los inversores empiezan a exigir resultados.

Tampoco estamos ante una repetición exacta de la crisis inmobiliaria de 2008. Pero el acceso a la vivienda se ha convertido en una fuente de inseguridad cotidiana para hogares que ni siquiera aspiran ya a comprar. Y la energía, después de unos años en los que Europa creyó haber recuperado cierto margen de tranquilidad, vuelve a recordar que la economía mundial todavía depende de rutas marítimas, combustibles y equilibrios geopolíticos bastante menos virtuales que una nube informática.

Quizá ahí resida lo verdaderamente perentorio, despojado de grandes proclamas: cuando vivienda, inflación y energía aprietan al mismo tiempo, el crecimiento agregado dice cada vez menos sobre cómo vive una familia concreta. Esa distancia entre unas estadísticas que pueden seguir mostrando actividad y unos hogares que sienten cómo se estrecha su margen es combustible político de primera calidad.

Y no necesita ninguna teoría del colapso para empezar a arder.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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