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Miles de estudiantes toman Italia por la escuela pública y el clima
Estudiantes de toda Italia salen a la calle por la escuela pública, el clima y el coste de la vida, con protestas en las principales ciudades.
Por Paluello17 - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, Wikimedia Commons
Resumen
- Miles de estudiantes protestan en Italia por la escuela pública y el clima
- Las marchas recorren Roma, Milán, Bolonia y otras grandes ciudades
- Los convocantes critican el gasto militar y varias políticas de Meloni
Miles de estudiantes han salido este viernes 16 de octubre a las calles de las principales ciudades de Italia para reclamar más inversión en la educación pública, mejores condiciones en los centros y medidas más contundentes frente a la crisis climática. Roma, Milán, Bolonia, Turín, Génova, Pisa y Nápoles han sido algunos de los escenarios de una movilización que ha mezclado reivindicaciones educativas, ecologismo y críticas directas al Gobierno de Giorgia Meloni.
La protesta ha tenido dos corrientes que terminaron confluyendo. Por un lado, las movilizaciones estudiantiles agrupadas bajo consignas como No Meloni Day; por otro, la jornada impulsada por Fridays for Future para volver a colocar el calentamiento global y los combustibles fósiles en el centro del debate. En Roma, los organizadores del cortejo estudiantil aseguraron haber reunido a unas 20.000 personas, mientras las concentraciones se reproducían de norte a sur del país.
Una protesta nacional con la escuela en el centro
El malestar estudiantil no responde a una única medida. Las organizaciones convocantes han puesto sobre la mesa el estado de numerosos edificios escolares, la falta de recursos, el coste de la vida y varias decisiones del Ejecutivo italiano que consideran restrictivas. La pancarta política estaba clara: más dinero para la escuela y menos para el gasto militar.
La Oposición Estudiantil Alternativa, uno de los colectivos más activos en las protestas, sostiene que numerosos centros sufren un deterioro acumulado y reclama que una parte de los fondos destinados al rearme se redirija a educación. Es una reivindicación política de los convocantes, no una simple discusión contable, pero conecta con un problema más amplio: cuánto espacio ocupa realmente la enseñanza pública dentro de las prioridades italianas.
Los últimos datos comparables de la OCDE ayudan a poner algo de suelo bajo ese debate. En 2023, Italia destinó gasto público equivalente al 2,7 % del PIB a la educación desde primaria hasta la enseñanza postsecundaria no universitaria, frente al 3 % de media de la organización. En educación terciaria, la proporción fue del 0,7 %, también por debajo del 1 % promedio de la OCDE. No explica por sí solo cada desconchón de un instituto, claro, pero tampoco es un detalle decorativo.
El límite de alumnos extranjeros eleva la tensión
Otro foco del conflicto es la normativa impulsada por el Gobierno que establece un límite del 30 % de alumnos extranjeros en determinadas clases, teniendo en cuenta factores como el recorrido educativo y el dominio del italiano.
Los colectivos estudiantiles denuncian que ese modelo puede dificultar la integración y convertir el origen de los alumnos en un criterio demasiado determinante para organizar las aulas. En Milán, varios miles de jóvenes marcharon precisamente bajo el lema “Nadie es extranjero”, una de las imágenes políticas más claras de la jornada.
La cuestión toca un nervio especialmente sensible. La escuela italiana, como la española o la francesa, ya no se parece demasiado a la fotografía social de hace treinta años. Pretender gestionar esa diversidad únicamente con porcentajes puede parecer administrativamente cómodo; la realidad dentro del aula acostumbra a ser bastante menos obediente que una hoja de cálculo. Ahí está, precisamente, uno de los grandes debates sobre integración y educación.
El clima vuelve a ocupar las calles italianas
La movilización educativa coincidió con una nueva jornada promovida por Fridays for Future, que convocó protestas en distintas ciudades italianas para denunciar la insuficiencia de las políticas frente al calentamiento global.
Las reivindicaciones climáticas apuntaron al uso continuado de combustibles fósiles, las emisiones contaminantes, el consumo de suelo y las condiciones ambientales de las ciudades. También apareció una idea que el movimiento ecologista lleva años intentando sacar del cajón de los asuntos exclusivamente ambientales: la crisis climática tiene consecuencias sociales, desde la pobreza energética hasta la desigual exposición a fenómenos extremos.
En Roma estaba prevista por la tarde una marcha hacia el Ministerio de Medio Ambiente y Seguridad Energética. En Bolonia, colectivos como Fridays for Future, Extinction Rebellion y organizaciones ecologistas participaron en las concentraciones, mientras parte de los manifestantes cuestionó también los planes de crecimiento del aeropuerto de la ciudad por su impacto ambiental.
Roma y Bolonia registran momentos de tensión
La mayor parte de las movilizaciones transcurrió con carácter reivindicativo, aunque hubo incidentes puntuales. En Roma, algunos participantes lanzaron petardos contra la sede del Ministerio de Educación, protegida por agentes antidisturbios, mientras los estudiantes reclamaban la salida del ministro Giuseppe Valditara.
En Bolonia, la situación se tensó al llegar una de las marchas a la estación central. Hubo lanzamiento de objetos contra la policía y una breve intervención de los agentes; el acceso principal de la estación llegó a cerrarse temporalmente. Turín también registró episodios de tensión, con lanzamiento de objetos y huevos contra las fuerzas de seguridad.
Esos episodios no representan el conjunto de las protestas, extendidas por numerosas ciudades y con miles de participantes, pero forman parte de una jornada política que llegó precedida por ocupaciones y movilizaciones en distintos institutos italianos.
Del coste de la vida al rechazo al rearme
La protesta tampoco se ha quedado encerrada en las paredes de los centros educativos. Entre los motivos de la movilización aparecen el encarecimiento de la vida, el gasto militar, las políticas migratorias y la situación de los servicios públicos. En Cagliari, por ejemplo, cientos de estudiantes recorrieron el centro denunciando la falta de docentes y el deterioro de edificios escolares.
La mezcla puede parecer dispersa vista desde fuera: aulas, clima, armas, integración, vivienda, salarios. Para los estudiantes que han convocado las marchas, sin embargo, esas cuestiones comparten un mismo hilo, el temor a que su generación termine pagando una factura cada vez mayor mientras disminuyen los recursos destinados a educación, servicios públicos y transición ecológica.
También existe un evidente componente europeo. Algunas de las protestas italianas se han presentado en solidaridad con movilizaciones juveniles y sociales registradas en otros países, especialmente Francia. Las aulas vuelven así a funcionar como un pequeño sismógrafo político: captan antes que otros lugares tensiones que después aparecen, con distinto uniforme, en el resto de la sociedad. La movilización juvenil ha dejado de ser un fenómeno exclusivamente italiano.
Una movilización que va más allá de un viernes
El 16 de octubre deja una fotografía bastante nítida de una parte de la juventud italiana: estudiantes organizados en defensa de la escuela pública, críticos con varias políticas del Gobierno de Meloni y dispuestos a enlazar la educación con debates que van desde la emergencia climática hasta el rearme europeo.
Las protestas han tenido momentos incómodos e incidentes que forman parte de la noticia, pero reducir la jornada a esos choques borraría buena parte de lo ocurrido. En las calles había, sobre todo, jóvenes reclamando aulas en mejores condiciones, recursos públicos y otra respuesta frente al calentamiento global. La próxima fecha que algunas organizaciones han señalado en sus movilizaciones es el 30 de octubre, vinculada a una convocatoria de huelga general. El malestar, por tanto, difícilmente termina al guardar las pancartas.
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