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España y Taiwán: cuatro siglos de historia y una relación pendiente
De los fuertes españoles del siglo XVII a los semiconductores, España y Taiwán conservan vínculos estrechos pese a no tener relaciones diplomáticas.
Imagen: Johannes Vingboons / Nationaal Archief / Dominio público.
Resumen
- España llegó al norte de Taiwán en 1626 y permaneció allí 16 años
- Desde 1973, Madrid reconoce a Pekín y no mantiene embajada en Taipéi
- El comercio, la cultura y los chips sostienen una relación sin embajadas
España y Taiwán cumplen cuatro siglos de vínculos históricos desde que, en 1626, una expedición española estableció posiciones en el norte de la isla, entonces conocida en Europa como Formosa. Aquella presencia duró apenas dieciséis años, pero dejó nombres, fortificaciones, misiones religiosas y una conexión que ha sobrevivido, bastante maltrecha por la geopolítica, hasta el siglo XXI.
La paradoja es considerable. España tuvo presencia colonial en Taiwán, mantuvo después relaciones diplomáticas con la República de China y conserva intercambios económicos, culturales y consulares con la isla, pero Madrid y Taipéi no tienen relaciones diplomáticas oficiales. Desde 1973, España reconoce a la República Popular China y mantiene la política de una sola China. Cuatrocientos años después de aquel desembarco español, la efeméride recupera una historia poco conocida y vuelve a colocar sobre la mesa una relación que existe en casi todo salvo en el nombre.
Cuando el Imperio español llegó al norte de Formosa
La historia comienza en 1626, cuando España, asentada desde hacía décadas en Filipinas, decidió establecer una posición en el norte de Taiwán. Los neerlandeses ya se habían instalado dos años antes en el sur de la isla y el tablero asiático tenía entonces bastante poco de exótico: era una lucha muy concreta por rutas comerciales, puertos, plata, influencia política y control marítimo.
Los españoles desembarcaron en la zona de la actual Keelung, donde levantaron San Salvador, en la isla de Heping. Desde allí extendieron su presencia hacia Tamsui. La Gobernación española de Formosa nunca comprendió toda Taiwán, como a veces se cuenta de forma demasiado alegre, sino determinadas áreas del norte y nordeste. Conviene hacer esa precisión porque los mapas antiguos soportan mal los entusiasmos retrospectivos.
La posición tenía una lógica evidente. Taiwán estaba situada frente a las costas de China y muy cerca del corredor marítimo que conectaba Manila con el comercio de Asia oriental. España buscaba contener la expansión neerlandesa, proteger Filipinas y abrir nuevas vías comerciales y misioneras.
San Salvador y Santo Domingo, las huellas del siglo XVII
En Tamsui los españoles levantaron el Fuerte de Santo Domingo, origen del conjunto histórico que todavía domina la desembocadura del río. Aquí aparece uno de esos detalles en los que la historia se vuelve menos cómoda y bastante más interesante.
El fuerte fue fundado por los españoles a finales de la década de 1620, pero la construcción que hoy puede contemplarse no es simplemente un edificio español conservado intacto durante cuatro siglos. Tras expulsar a España en 1642, los neerlandeses levantaron cerca de las ruinas una fortaleza de piedra, conocida como Fort Antonio. El recinto fue transformándose después bajo distintas administraciones y recibió también modificaciones británicas.
El nombre de Fort San Domingo conserva, por tanto, la memoria española aunque buena parte de la estructura visible corresponda a etapas posteriores. Es casi una metáfora perfecta de la relación entre España y Taiwán: el rastro existe, pero hay que levantar varias capas para encontrarlo.
También quedó San Salvador de Keelung, aunque la antigua fortificación desapareció prácticamente de la superficie. Las investigaciones arqueológicas han tratado de localizar sus restos bajo un paisaje profundamente transformado. Durante aquellos años hubo asimismo actividad de misioneros católicos y pequeños núcleos vinculados al poder colonial.
La aventura terminó en 1642, cuando las fuerzas neerlandesas expulsaron definitivamente a los españoles. Dieciséis años. Poco en la escala de un imperio, mucho más de lo que suele ocupar esta historia en la memoria española.
De los viejos vínculos a la ruptura diplomática de 1973
El contacto no quedó sepultado en el siglo XVII. La relación adquirió otra dimensión después de la guerra civil china, cuando el Gobierno de la República de China, dirigido por el Kuomintang, se trasladó a Taiwán en 1949 mientras Mao Zedong proclamaba en el continente la República Popular China.
España mantuvo relaciones con el Gobierno instalado en Taipéi. Durante las décadas siguientes hubo embajadores, acuerdos comerciales e intercambios culturales y educativos. En aquel contexto se desarrollaron también los estudios de lengua española en universidades taiwanesas como Tamkang y Fu Jen, una semilla cuyo resultado continúa siendo visible.
Pero el mundo estaba cambiando. En 1971 la República Popular China ocupó el asiento chino en Naciones Unidas y numerosos países occidentales comenzaron a ajustar su política exterior a una realidad que llevaba años llamando a la puerta.
España hizo ese movimiento el 9 de marzo de 1973. El Gobierno español estableció relaciones diplomáticas con la República Popular China y aceptó la política de una sola China. Poco después cesaron las relaciones diplomáticas oficiales con Taipéi.
No fue precisamente una rareza española. Fue parte de un vuelco internacional mucho más amplio. La diplomacia, como de costumbre, tiene una memoria histórica excelente hasta que aparece una correlación de fuerzas nueva.
Desde entonces, Madrid mantiene relaciones oficiales con Pekín. Y en abril de 2026 España y China dieron un paso más al crear un Mecanismo de Diálogo Estratégico Diplomático, dentro de la asociación bilateral y del Plan de Acción 2025-2028. Ese dato coloca cualquier especulación sobre un reconocimiento español de Taiwán en su contexto real: la política oficial española no ha cambiado.
Sin embajadas, pero con una relación muy real
La ausencia de relaciones diplomáticas no significa ausencia de relación. España dispone en Taipéi de una estructura de representación económica y consular articulada alrededor de la Cámara de Comercio de España en Taiwán, mientras que en Madrid funciona la Oficina Económica y Cultural de Taipéi.
Es la arquitectura habitual de muchos países que mantienen vínculos sustanciales con Taiwán sin reconocerlo diplomáticamente como Estado. Los nombres parecen escogidos por un comité especialmente aficionado a los eufemismos, pero detrás de ellos hay trabajo bastante concreto: comercio, visados, documentación, inversiones y cultura, además de contactos empresariales, educativos y consulares.
También existe una posición política española sobre la seguridad del estrecho. En octubre de 2022, la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso aprobó una proposición que defendía que la relación entre China y Taiwán se desarrollase mediante diálogo y sin coacción, y rechazaba cualquier acción unilateral capaz de alterar el statu quo.
Es una formulación muy próxima a la posición de la Unión Europea. Bruselas mantiene su política de una sola China y, al mismo tiempo, considera a Taiwán un socio relevante, sostiene relaciones económicas y tecnológicas con la isla y rechaza que el statu quo del estrecho sea modificado mediante fuerza o coerción.
De los galeones a los semiconductores
Si en el siglo XVII el interés español estaba en puertos, rutas marítimas y comercio asiático, cuatrocientos años después una palabra resume buena parte de la nueva importancia de Taiwán: semiconductores.
La isla ocupa una posición excepcional en la fabricación mundial de chips avanzados y se ha convertido en una pieza central de las cadenas tecnológicas. Para Europa, esa capacidad industrial ya no es una curiosidad comercial sino una cuestión de autonomía económica y seguridad.
España también mira hacia ese ecosistema. La industria taiwanesa ofrece posibilidades para compañías españolas en campos como el diseño de chips, la fotónica, la inteligencia artificial y la microelectrónica, sectores que han ganado peso en la agenda industrial europea.
La relación funciona igualmente en sentido contrario. Taiwán es un mercado de más de 23 millones de consumidores con una elevada renta y demanda de productos europeos. El aceite de oliva español, por ejemplo, ha ganado terreno con fuerza: las exportaciones pasaron de unos 22 millones de euros en 2024 a más de 32 millones en 2025.
No todo son microchips y aceite. Hay intercambios académicos, programas culturales y una presencia apreciable del español. Taipéi acogerá entre el 21 y el 23 de enero de 2027 el XII Congreso Internacional de la Asociación Asiática de Hispanistas, en la Universidad Nacional de Taiwán. Que uno de los principales encuentros del hispanismo asiático vuelva a celebrarse allí cuatro siglos después de la llegada española tiene una simetría histórica difícil de ignorar.
El delicado espacio entre Pekín y Taipéi
El debate sobre unas eventuales relaciones diplomáticas entre España y Taiwán tropieza con una realidad elemental: reconocer oficialmente a Taipéi supondría una transformación radical de la relación española con Pekín, que considera Taiwán parte de su territorio y el principio de una sola China una condición esencial para establecer relaciones diplomáticas.
No hay que confundir, por eso, dos discusiones diferentes. Una cosa es ampliar los vínculos económicos, parlamentarios, científicos y culturales con Taiwán; otra, bastante más gruesa, es reconocerlo diplomáticamente.
La propia Unión Europea vive dentro de esa distinción. Mantiene relaciones estrechas con Taiwán en comercio, inversiones, innovación, derechos humanos, ciberseguridad y lucha contra la desinformación mientras conserva su política de una sola China. En 2026, las instituciones europeas seguían insistiendo tanto en la cooperación con Taiwán como en la oposición a cualquier cambio del statu quo mediante coerción o fuerza.
España se mueve dentro de ese marco. Y no parece que la recuperación de una fortaleza del siglo XVII, por sugerente que resulte, vaya a modificar por sí sola medio siglo de política exterior.
Sí puede servir para otra cosa: mirar a Taiwán con algo más de profundidad que la habitual fotografía de portaaviones, ejercicios militares y fábricas de chips.
Cuatro siglos que siguen teniendo eco
El aniversario de 1626 devuelve a España una pieza casi borrada de su propia historia asiática. Antes de que Taiwán se convirtiera en uno de los grandes puntos de fricción entre China y Estados Unidos, España ya había estado allí. Llegó desde Manila, fundó San Salvador, ocupó Tamsui y levantó el primer Santo Domingo. Después vinieron los neerlandeses, los Qing, Japón, la República de China y el laberinto político contemporáneo.
Cuatrocientos años más tarde, España y Taiwán mantienen una relación extraña pero nada inexistente. No hay embajadas ni reconocimiento diplomático, pero sí oficinas, comercio, universitarios, empresas, representación consular y cultura, además de una creciente conexión tecnológica.
La historia no obliga a restaurar las relaciones diplomáticas ni ofrece recetas cómodas para el estrecho de Taiwán. Sí desmonta una idea bastante extendida: que España y la isla apenas tienen nada que ver. Cuatro siglos dicen exactamente lo contrario. Lo verdaderamente pendiente no es descubrir el vínculo, porque lleva mucho tiempo ahí, sino decidir hasta dónde puede desarrollarse en un escenario internacional donde cada palabra diplomática pesa casi tanto como un barco en el estrecho.
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