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Netanyahu convierte las elecciones de Israel en «derecha o Palestina»
Israel vota el 27 de octubre con Eisenkot ligeramente por delante, pero ningún bloque suma 61 escaños y Netanyahu aún puede seguir gobernando.
Imagen: Government Press Office (Israel) / Spokesperson Unit of the President of Israel / CC BY-SA 3.0.
Resumen
- Israel vota el 27 de octubre y elige los 120 escaños de la Knéset
- Eisenkot lidera varios sondeos, pero ningún bloque alcanza los 61 escaños
- No habrá segunda vuelta: el Gobierno se decidirá mediante pactos parlamentarios
Benjamín Netanyahu ha comprimido las elecciones israelíes del próximo 27 de octubre en una disyuntiva tan eficaz para una campaña como discutible para describir todo un país: «o la derecha o Palestina». El primer ministro presenta la votación como una elección entre la continuidad de su bloque y un Gobierno alternativo articulado alrededor de Gadi Eisenkot, Naftali Bennett, Yair Golan, Avigdor Lieberman y, en determinados escenarios parlamentarios, los partidos árabes. Es el marco con el que el Likud pretende movilizar a su electorado en la recta final.
La realidad que encontrarán los israelíes dentro de la cabina es bastante más complicada. Israel votará el martes 27 de octubre de 2026, elegirá los 120 miembros de la Knéset en una única vuelta y las encuestas dibujan un Parlamento sin dueño: Gadi Eisenkot llega por delante del Likud en varios sondeos recientes, pero ni su espacio ni el de Netanyahu se acercan con claridad a los 61 diputados necesarios para controlar la Cámara.
Conviene despejar desde el principio una confusión habitual. No habrá segunda vuelta ni balotaje entre Netanyahu y Eisenkot. Tampoco se elige directamente al primer ministro. Los israelíes votan listas de partidos; después se reparten los escaños y comienza la negociación para averiguar quién puede reunir una mayoría capaz de sostener un Gobierno.
Israel vota el 27 de octubre: una sola vuelta y 120 escaños
Las urnas abrirán el 27 de octubre y la jornada será festiva en Israel. La mayor parte de los colegios electorales funcionará entre las 7:00 y las 22:00, aunque determinados centros especiales tienen horarios diferentes. Algunos funcionarios, diplomáticos y familiares autorizados destinados fuera del país pueden votar con antelación; para el israelí que simplemente reside o viaja en el extranjero, en cambio, no existe un sistema general de voto postal comparable al de otros países.
Más de 7,3 millones de ciudadanos figuran en el censo electoral. La referencia de las anteriores elecciones ayuda a medir la magnitud: en 2022 participaron cerca de 4,8 millones de personas, un 70,63% del electorado de entonces. Una movilización semejante llevaría esta vez a votar a algo más de cinco millones de ciudadanos.
Israel funciona electoralmente como una única circunscripción nacional. El votante escoge una lista, no diputados individuales por provincia o distrito, y los 120 puestos de la Knéset se distribuyen proporcionalmente. Esa arquitectura explica buena parte de la fragmentación política israelí: partidos relativamente pequeños pueden convertirse después en imprescindibles para fabricar una mayoría.
Existe, eso sí, una puerta de entrada. Las candidaturas necesitan superar el 3,25% de los votos válidos para participar en el reparto de escaños. Quedarse unas décimas por debajo puede convertir cientos de miles de votos en representación cero y alterar indirectamente la distribución del resto del Parlamento. En unas elecciones tan ajustadas, la frontera entre el 3,2% y el 3,3% tiene más dinamita política de la que sugieren dos simples decimales.
Los partidos que se disputan la próxima Knéset
La papeleta incluye decenas de candidaturas, aunque la batalla real está concentrada en un grupo mucho menor de formaciones con posibilidades de superar el umbral. El paisaje va desde la derecha nacionalista y los partidos ultraortodoxos hasta el centro, la izquierda sionista y las fuerzas que representan principalmente a la población árabe. La fragmentación vuelve insuficiente ganar las elecciones: hay que ganar después la aritmética.
Netanyahu conserva un bloque reconocible a su derecha
El Likud de Benjamín Netanyahu continúa siendo la pieza central del actual espacio gubernamental, aunque llega a estas elecciones más debilitado que en 2022, cuando consiguió 32 diputados. Su objetivo no consiste sólo en quedar por delante de Eisenkot, sino en lograr que sus socios naturales acumulen suficientes escaños para construir una mayoría.
A su alrededor aparecen Shas, referencia histórica del judaísmo ultraortodoxo sefardí; Judaísmo Unido de la Torá, de base ultraortodoxa asquenazí; Otzma Yehudit, vinculada a Itamar Ben-Gvir; y el espacio del sionismo religioso encabezado por dirigentes como Bezalel Smotrich. Son partidos diferentes, incluso enfrentados en algunas cuestiones, pero constituyen el camino parlamentario más reconocible para que Netanyahu siga gobernando.
La campaña del primer ministro intenta mantener cohesionado precisamente ese mundo electoral. Seguridad, Irán, Gaza, identidad nacional y participación de los partidos árabes aparecen una y otra vez en el discurso. El lema «derecha o Palestina» convierte así unas elecciones multipartidistas en una especie de plebiscito ideológico. La papeleta, naturalmente, es bastante menos binaria.
Eisenkot encabeza una oposición muy heterogénea
Frente a Netanyahu emerge Gadi Eisenkot, antiguo jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel y dirigente de Yashar. Su trayectoria militar complica el intento de presentarlo simplemente como un candidato de izquierdas: mantiene posiciones duras en seguridad y su principal activo electoral es precisamente atraer a votantes que desean sustituir a Netanyahu sin sentirse parte de la izquierda tradicional.
En el espacio opositor también se mueve Naftali Bennett, antiguo primer ministro procedente de la derecha nacionalista, junto con Yair Lapid y otras figuras del centro político. A ellos se suman los Demócratas de Yair Golan y Yisrael Beiteinu, la formación nacionalista y secular de Avigdor Lieberman. El denominador común es Netanyahu. Después empiezan las diferencias.
Eso explica el principal problema de una eventual alternativa. Sumar diputados contra Netanyahu no equivale automáticamente a poder gobernar juntos. Las discrepancias sobre seguridad, religión, relación con los ultraortodoxos, futuro de los territorios palestinos o cooperación con partidos árabes pueden convertirse en una pared nada más conocerse el resultado electoral.
Fuera de los dos bloques convencionales aparecen las principales formaciones de representación árabe, entre ellas la Lista Conjunta y Ra’am, encabezada por Mansour Abbas. Su peso puede ser decisivo para romper el empate, aunque varios dirigentes de los grandes partidos han establecido límites muy estrictos a cualquier acuerdo que dependa directamente de ellas.
Las encuestas ponen a Eisenkot delante, pero nadie tiene mayoría
Los sondeos publicados en la recta final coinciden en una fotografía esencial: Yashar aventaja al Likud en varias encuestas, pero los dos grandes espacios políticos permanecen muy lejos de una victoria concluyente. Un promedio de cuatro sondeos recientes sitúa a la oposición sionista en torno a 51 diputados y al bloque de Netanyahu prácticamente en la misma cifra.
Eisenkot aparece alrededor de los 21 o 22 escaños de media en esas mediciones, frente a unos 19 para el Likud, aunque las diferencias entre encuestadoras son relevantes. Algunos estudios amplían la distancia; otros muestran a Netanyahu bastante más fuerte. A nueve días de las urnas, convertir una fotografía demoscópica en sentencia sería una temeridad.
La tendencia, sin embargo, permite afirmar algo con prudencia: Eisenkot parte con opciones serias de encabezar la lista más votada. Eso no significa que vaya a ser primer ministro. Netanyahu podría terminar segundo y conservar mejores posibilidades de formar Gobierno si su bloque reúne más apoyos parlamentarios.
El punto más delicado está precisamente en los partidos pequeños. Varias candidaturas se mueven alrededor del umbral electoral del 3,25%. Una formación que consiga superarlo puede entrar con aproximadamente cuatro escaños; otra prácticamente igual que se quede unas décimas por debajo desaparece del reparto. Esa diferencia podría decidir qué bloque termina acercándose a los 61.
También será determinante la participación del electorado árabe israelí. Los ciudadanos árabes representan aproximadamente una quinta parte de la población del país y una movilización elevada puede incrementar sustancialmente la representación de sus partidos. Eso no garantiza su entrada en un Gobierno, pero puede convertirlos en actores indispensables para una investidura, una abstención o simplemente para impedir que otro candidato reúna mayoría.
La paradoja es considerable. Netanyahu intenta presentar los comicios como una elección entre su derecha y «Palestina», mientras precisamente los diputados árabes pueden convertirse en árbitros de un Parlamento bloqueado. No porque exista una gran coalición esperando en un cajón, sino porque 13 o 14 escaños situados fuera de los dos grandes bloques pesan muchísimo cuando ambos rondan los 50.
Qué ocurre después de votar: pactos, no balotaje
Cuando cierren las urnas empezará el recuento y, después, una fase política que puede resultar bastante más larga que la propia campaña. El presidente de Israel consultará a los partidos con representación y encargará formar Gobierno al diputado que considere con mejores posibilidades de reunir apoyos. No tiene por qué ser el líder del partido más votado.
Este detalle cambia por completo la lectura de la noche electoral. Eisenkot podría quedar primero y ver cómo Netanyahu dispone de una combinación parlamentaria más viable; Netanyahu podría ganar en votos y encontrarse, en cambio, sin aliados suficientes. El ganador efectivo será quien pueda construir una mayoría, no necesariamente quien aparezca en la primera casilla de los resultados.
El primer candidato encargado de formar Gobierno dispone inicialmente de 28 días y puede recibir una prórroga. Si fracasa, el presidente puede encomendar la tarea a otro diputado. El sistema contempla nuevas oportunidades parlamentarias antes de llegar al escenario extremo: que nadie consiga una mayoría y el país termine encaminándose de nuevo hacia elecciones.
Israel conoce perfectamente ese terreno. Entre 2019 y 2022 celebró cinco elecciones en menos de cuatro años, consecuencia de sucesivos bloqueos parlamentarios y de la incapacidad para construir coaliciones duraderas. Por eso unas urnas sin vencedor claro no serían una extravagancia histórica. Más bien una película ya vista demasiadas veces.
Tampoco existe una segunda vuelta presidencial disfrazada. Lo más parecido llega en las negociaciones posteriores: un candidato prueba a formar Gobierno, fracasa y otro recibe la oportunidad. La segunda oportunidad ocurre en la Knéset, no ante los electores.
Los escenarios posibles son varios. Netanyahu puede conservar el poder si Likud, los partidos ultraortodoxos y la derecha nacionalista alcanzan juntos la mayoría o consiguen atraer algún apoyo adicional. Eisenkot podría encabezar una alternativa si el espacio opositor suma suficientes diputados y encuentra una fórmula compatible con la representación árabe. También existe una tercera posibilidad: un Gobierno de unidad surgido del bloqueo y de la presión para evitar otra repetición electoral.
La elección sigue abierta hasta el último escaño
A pocos días de la votación, la predicción más sólida no es una victoria indiscutible de Netanyahu ni un relevo seguro encabezado por Eisenkot. Es otra: Israel se dirige hacia una Knéset profundamente fragmentada, con los dos grandes bloques lejos por ahora de la mayoría absoluta.
Eisenkot dispone de una pequeña ventaja en varios sondeos y aparece como el rival más serio que Netanyahu ha encontrado en esta campaña. El primer ministro, sin embargo, conserva un bloque electoral muy reconocible, décadas de experiencia negociadora y una capacidad probada para sobrevivir políticamente cuando sus adversarios ya estaban redactando su epitafio.
Entre ambos quedan Bennett, Lapid, Lieberman, Golan, las fuerzas árabes y varias candidaturas pequeñas que se juegan su presencia parlamentaria por décimas. Ahí puede estar la elección. No necesariamente en quién consiga uno o dos diputados más como primera fuerza, sino en qué votos atraviesen el 3,25% y cuáles desaparezcan del reparto.
El 27 de octubre habrá una única votación. No habrá balotaje ni una papeleta Netanyahu-Eisenkot. Más de 7,3 millones de ciudadanos están llamados a distribuir 120 escaños entre las distintas listas y, una vez terminado ese reparto, comenzará la verdadera carrera para reunir 61 apoyos.
Netanyahu quiere que los israelíes vean dos opciones: «derecha o Palestina». Las urnas ofrecerán muchas más. Y si las encuestas aciertan en algo, la mañana siguiente tampoco ofrecerá una respuesta sencilla sobre quién gobernará Israel.
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